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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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tan afanosamente buscaba… Las circunstancias se habían concitado también para que ignorara completamente el lugar en donde sus compañeros lo habían dejado. Y después, la borrachera… Bueno, la borrachera había sido la culpa de todo lo demás.
¿Dónde estaba el cadáver de Martín? ¿Se había resbalado misteriosamente por las pendientes nevadas, regresando de nuevo al mar, para no dejarlo vivir en paz? ¿Se había incorporado ya su alma ala suya partiéndola en dos yatormentándole, mientras su cuerpo permaneciera afl or de tierra o deambulara por las profundidades marinas?
Indagó sigilosamente por el cementerio; pero nadie le dio indicio alguno. Don Erico, el dueño del bar, tampoco sabía nada. Todo el mundo ignoraba el misterioso suceso.
La vida se le hizo angustiosa, insoportable. Vagó como un mendigo de puerta en puerta, encendiéndoles el fuego en las mañanas alas cantinas y alos bares por un pedazo de pan o una copa de aguardiente. Después, ya ni siquiera pudo seguir realizando estos minúsculos trabajos domésticos yle faltó el alcohol que lo sostenía.
Una madrugada lo encontraron helado dentro de una pequeña cueva que la erosión había hecho en los acantilados que quedan en las afueras del puerto, por el lado del oriente. Tenía la característica mueca de los escarchados, ysus ojos abiertos, fi jos, miraban intensamente hacia el este, hacia la desembocadura del estrecho, en cuyo horizonte se pierden los mástiles de esos viejos vagabundos de los mares, que pasan de largo por el puerto o recalan solo porque tienen que reparar alguna avería o dejar algún enfermo.
Sobrevino lo que llaman el «veranito de San Juan» yel macilento sol austral aumentó por algunos días sus calorías, deshelando la gruesa capa de nieve que se había formado con las tormentas pasadas. En una calle de las afueras, camino del cementerio, apareció un buen día un extraño cajón de muerto, pintado de verde ycon su cadáver helado adentro. El hallazgo conmovió alas autoridades; la policía realizó investigaciones, autopsias; pero nadie pudo saber aciencia cierta nada.
Sólo Mike, el hijo medio loco del pastelero, cuando se encontró con el ataúd que sacaban de la morgue para conducirlo al cementerio yse puso gorra en mano asu lado para acompañarlo, trató de decir
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algo, mostró los cinco dedos, bamboleó como un marinero, indicó el ataúd insistentemente; pero nadie comprendió que con su mímica quería decir:
«Cinco marineros yun ataúd verde».
ALEJANDRO JODOROWSKY
LA DANZA DE LA REALIDAD
Nací en 1929 en el norte de Chile en tierras conquistadas aPerú yBolivia. Tocopilla es el nombre de mi pueblo natal. Un pequeño puerto situado, quizás no por casualidad, en el paralelo 22. El Tarot tiene 22 arcanos mayores. Cada uno de los 22 arcanos del Tarot de Marsella está dibujado dentro de un rectángulo compuesto de dos cuadrados. El cuadrado superior puede simbolizar el cielo, la vida espiritual, yel inferior puede simbolizar la tierra, la vida material. En el centro de este rectángulo se inscribe un tercer cuadrado que simboliza al ser humano, unión entre la luz yla sombra, receptivo hacia lo alto, activo hacia la tierra. Esta simbología que se encuentra en los mitos chinos o en los egipcios -el dios Shu, «ser vacío», separa al padre tierra, Geb, de la madre cielo, Nuth - aparece también en la mitología mapuche: al comienzo el cielo yla tierra estaban tan apretados el uno contra el otro que no dejaban sitio entre ellos, hasta la llegada del ser consciente, que liberó al hombre alzando el fi rmamento. Es decir, estableciendo la diferencia entre bestialidad yhumanidad. En quechua Toco signifi ca «doble cuadrado sagrado» yPilla «diablo». Aquí el diablo no es una encarnación del mal sino un ser de la dimensión subterránea que se asoma por una ventana hecha de espíritu ymateria, el cuerpo, para observar el mundo yaportarle su conocimiento. Entre los mapuches, Pillán es «alma, espíritu humano llegado asu estado defi nitivo».
A veces me pregunto si me dejé absorber por el Tarot la mayor parte de mi vida por la infl uencia que ejerció sobre mí el haber nacido en el paralelo 22, en un pueblo llamado doble cuadrado sagrado -ventana por donde surge la conciencia-, o bien si nací allí predeterminado sin más para hacer lo que hice sesenta años más tarde: restaurar el Tarot de Marsella e inventar la Psicomagia. ¿Puede existir un destino?
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¿Puede nuestra vida estar orientada hacia fi nes que sobrepasan los intereses individuales? ¿Es por casualidad que mi buen maestro en la escuela pública se apellidara Toro? Entre «Toro» y«Tarot» hayuna similitud evidente. El me enseñó aleer con un método personal: me mostró un mazo de cartas donde en cada una estaba impresa una letra. Me pidió que las barajara, tomara al azar unas cuantas ytratara de formar palabras. La primer aque obtuve -no tenía yo más de 4 años­fue OJO. Cuando la dije en voz alta, como si de pronto algo estallara en mi cerebro, así, de golpe, aprendí aleer. El señor Toro, luciendo en su rostro moreno el albor de una gran sonrisa, me felicitó: «No me extraña que aprendas tan rápido porque en medio de tu nombre tienes un ojo de oro». Y dispuso así las cartas: «alejandr OJO D OR O wsky». Ese momento me marcó para siempre. Primero, porque enalteció mi mirada ofreciéndome el edén de la lectura y, segundo, porque me separó del mundo. Ya no fui como los otros niños. Me cambiaron aun curso superior, entre muchachos de más edad que, por no poder leer con mi soltura, se convirtieron en enemigos. Todos esos niños, la mayoría hijos de mineros en paro – el desplome de la bolsa norteamericana en 1929 había dejado en la miseria al 70% de los chilenos –, eran de piel morena ynariz pequeña. Yo, descendiente de emigrantes judío-rusos, tenía una voluminosa nariz curva yla piel muyblanca. Lo que bastó para que me bautizaran «Pinocho» yme impidieran con sus burlas usar pantalones cortos. «¡Patas de leche!» Quizás por poseer un ojo de oro, para mitigar la horrible falta de amiguitos, me enclaustré en la Biblioteca Municipal, recién inaugurada. En aquellos años no presté atención al emblema que reinaba sobre su puerta, un compás entrecruzado con una escuadra. La habían fundado los masones. Allí, en la fresca sombra, leí durante horas los libros que el amable bibliotecario me dejó tomar de las estanterías. Cuentos de hadas, aventuras, adaptaciones infantiles de libros clásicos, diccionarios de símbolos. Un día, escarbando entre las hileras de impresos, encontré un volumen amarillento, «Les Tarots, par Etteilla». Por más que traté de leerlo, no pude. Las letras tenían forma extraña ylas palabras eran incomprensibles. Tuve miedo de haberme olvidado de leer. El bibliotecario, cuando le comuniqué mi angustia, se puso areír. «¡Pero cómo vas acomprender: está escrito en francés, amiguito! ¡Ni yo lo entiendo!» ¡Ah, cuan atraído me sentí por esas misteriosas páginas!
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Las recorrí una por una, vi amenudo números, sumas, repetidas veces la palabra «Thot», algunas formas geométricas... pero lo que me fascinó fue un rectángulo en cuyo interior, sentada en un trono, una princesa, portando una corona terminada en tres puntas, acariciaba aun león que apoyaba la cabeza en sus rodillas. El animal tenía una expresión de profunda inteligencia sumada auna dulzura extrema. ¡Era una fi era mansa! La imagen me gustó tanto que cometí un delito, del que aún no me arrepiento: arranqué la hoja yme la llevé ami dormitorio. Escondida bajo una tabla del piso, «LA FORCE» se convirtió en mi secreto tesoro. Con la fuerza de mi inocencia me enamoré de la princesa.
Jaime arrendó un par de cuartos en una casa de huéspedes, frente ala triste plaza. El albergue era un apartamento sombrío, con dormitorios semejantes ajaulas, donde en un escueto comedor nos servían, al almuerzo y ala cena, hojas de lechuga anémica, sopa con nostalgia de pollo, puré de papas arenoso, una lámina de caucho bautizada bistec y, como postre, un bizcocho lisiado cubierto con engrudo. Café sin leche yun bolillo por cabeza por la mañana. Cambio de sábana s ytoallas una vez cada quince días. Sin embargo ni mi madre ni mi padre se quejaron. El porque, desprendiéndose de preocupaciones familiares, podía dedicarse abuscar el local que necesitaba para recomenzar su combate – precisamente ala nueva tienda la llamó El Combate yla decoró con un letrero donde dos bulldogs, cada uno para su santo, tiraba de la pierna de un calzón femenino, demostrando que el artículo en cuestión era irrompible –; yella porque Jashe, su querida madre, vivía apocos metros de la plaza Almagro... En espera de inscribirme en la escuela pública, me dejaron preso en ese ámbito inhóspito encargado ala patrona, una viuda tan reseca como el puré cotidiano, que sin golpear entraba en el cuarto sólo para hacerme cómplice de sus improperios contra el gobierno del Frente Popular. Mientras Jaime comía empanadas en la calle ySara tomaba mate en la casa de su madre, yo deglutí acon trabajo el menú de la Gran-Pensión El Edén de Creso. Tímido como era, hundí ami rostro entre las páginas de las aventuras de John Cárter en Marte. Frente amí se sentaba una anciana con la espalda en forma de gancho, que había perdido todos los dientes menos un colmillo de la mandíbula inferior. Cada vez que le servían la sopa, escarbaba en su bolso sarnoso, con disimulo extraía un huevo
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y, con gesto tembloroso, lo quebraba contra su diente huérfano para vaciarlo desde lo alto en el líquido insípido, salpicando el mantel ymi libro. Yo imaginaba ala vieja acuclillada en su cuarto, como una enorme gallina desplumada, poniendo cada día un huevo en lugar de defecar. Así como había aprendido avencer el dolor tuve que aprender adominar el asco. Al fi nal del almuerzo yla cena, se despedía de mí besándome las mejillas. Yo obligaba ami boca asonreír.
La zona comercial ocupaba tres cuadras solamente, por ella circulaba un enjambre de gente pobre, empleadas domésticas, obreros ymercachifl es, sobre todo los sábados, día de paga. Junto alas barreras del tren, en cuclillas, se veían fi las de vendedores de conejos. Los cadáveres colgando del borde de canastos, conservando la piel pero con el estómago abierto, donde brillaba un negro hígado del tamaño de un aaceituna, formaban collares asediados por las moscas. Vendedores callejeros anunciaban jabones que eliminaban todas las manchas, jarabes buenos para la tos, la diarrea yla impotencia, tijeras tan poderosas que cortaban clavos... Muchachos delgados, con la máscara cetrina de la tuberculosis, ofrecían sus servicios de lustrabotas. No exagero. Los sábados se me hacía difícil respirar, tan espeso era el hedor aropa sucia que surgía de la multitud. En esos cuatrocientos metros, como enormes arañas somnolientas, abrían sus puertas tres tiendas de ropa hecha, una zapatería, una farmacia, un gran almacén, una heladería, un garaje, una iglesia. Además, bulliciosas, atestadas de parroquianos ydesparramando efl uvios avinagrados, siete cantinas. Chile era un país de borrachos. Todas las actividades giraban en torno al alcohol. Desde el presidente, Pedro Aguirre Cerda, al que por su mucho beber ysu nariz abultada lo llamaban «don Tinto», hasta el miserable obrero que cada fi n de semana, después de comprarle asu mujer ropa interior nueva y asu prole camisas ycalcetines, se bebí ael resto del sueldo yluego se paraba en medio de la vía férrea – en Matucana pasaban, entre la calle yla vereda, largos trenes de carga- ydesafi aba, puños en ristre, ala locomotora. El orgullo viril de los ebrios no tenía límites. Una vez, me tocó pasar por la calle en el momento en que la máquina acababa de despedazar aun altanero. Los mirones jugaban, pateándolo entre jocosos gritos, alanzarse un trozo de carne humana.
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ISABEL ALLENDE
MI PAÍS INVENTADO (Fragmento)
Empecemos por el principio, por Chile, esa tierra remota que pocos pueden ubicar en el mapa porque es lo má s lejos que se puede ir sin caerse del planeta. «¿Por qué no vendemos Chile ycompramos algo má s cerca de Parí s…?», preguntaba uno de nuestros escritores. Nadie pasa casualmente por esos lados, por muyperdido que ande, aunque muchos visitantes deciden quedarse para siempre, enamorados de la tierra yla gente. Es el fi n de todos los caminos, una lanza al sur del sur de Amé rica, cuatro mil trescientos kiló metros de cerros, valles, lagos ymar. Así la describe Neruda en su ardiente poesí a: Noche, nieve yarena hacen la forma de mi delgada patria, todo el silencio está en su larga lí nea, toda la espuma sale de su barba marina, todo el carbó n la llena de misteriosos besos.
Este esbelto territorio es como una isla, separada del resto del continente al norte por el desierto de Atacama, el má s seco del mundo, segú n les gusta decir asus habitantes, aunque debe ser falso, porque en primavera una parte de ese cascote lunar suele arroparse con un manto de fl ores, como una prodigiosa pintura de Monet; al este por la cordillera de los Andes, formidable macizo de roca ynieves eternas; al oeste por las abruptas costas del océ ano Pací fi co; abajo por la solitaria Antá rtida. Este paí s de topografí a dramá tica yclimas diversos, salpicado de caprichosos obstá culos ysacudido por los suspiros de centenares de volcanes, que existe como un milagro geoló gico entre las alturas de la cordillera ylas profundidades del mar, está unido de punta arabo por el empecinado sentimiento de nació n de sus habitantes.
Los chilenos seguimos conectados ala tierra, como los campesinos que antes fuimos. La mayorí a de nosotros sueñ a con tener un pedazo de tierra, aunque sea para plantar cuatro apolilladas lechugas. El diario má s importante, El Mercurio, publica un suplemento semanal de agricultura que informa ala població n en general sobre el ú ltimo bicho insignifi cante que ha aparecido en las papas, o la producció n de leche que se obtiene con determinado forraje. Los lectores, que viven en el asfalto yel cemento, lo leen apasionadamente, aunque jamá s hayan visto auna vaca viva.
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A grandes rasgos se puede decir que cuatro climas muydistintos existen alo largo de este mi espigado Chile. El paí s está dividido en provincias de nombres hermosos, alos cuales los militares, que posiblemente tení an cierta difi cultad en memorizarlos, agregaron un nú mero. Me niego ausarlos, porque no es posible que una nació n de poetas tenga el mapa salpicado de nú meros, como un delirio aritmé tico. Hablemos de las cuatro grandes regiones, empezando por el norte grande, inhó spito yrudo, vigilado por altas montañ as, que ocupa una cuarta parte del territorio yesconde en sus entrañ as un tesoro inagotable de minerales.
Fui al norte en la infancia yno lo he olvidado, apesar de que ha transcurrido medio siglo desde entonces. Má s tarde en mi vida me tocó atravesar un par de veces el desierto de Atacama y, aunque siempre la experiencia es extraordinaria, los recuerdos má s persistentes son los de esa primera vez. En mi memoria, Antofagasta, que en lengua quechua quiere decir «pueblo del salar grande», no es la ciudad moderna de hoy, sino un puerto anticuado ypobretó n, con olor ayodo, salpicado de botes pesqueros, gaviotas ypelí canos. Antofagasta surgió en el siglo XIX como un espejismo en el desierto, gracias ala industria del salitre, que fue uno de los principales productos de exportació n del paí s durante varias dé cadas. Má s tarde, cuando se inventó el nitrato sinté tico, el puerto no perdió su importancia, porque ahora exporta cobre, pero las compañ í as salitreras fueron cerrá ndose una auna yla pampa quedó sembrada de pueblos fantasmas. Aquellas dos palabras, «pueblo fantasma», echaron avolar mi imaginació n en aquel primer viaje.
Recuerdo que mi familia yyo subimos, cargados de bultos, aun tren que iba apaso de tortuga por el inclemente desierto de Atacama hacia Bolivia. Sol, piedras calcinadas, kilómetros ykilómetros de espectral soledad, de vez en cuando un cementerio abandonado, unos edifi cios en ruinas de adobe o de madera. Hacía un calor seco al que ni las moscas sobrevivían. La sed era inextinguible; tomábamos agua por galones, chupábamos naranjas ynos defendíamos aduras penas del polvo, que se introducía por cada resquicio. Se nos partían los labios hasta sangrar, nos dolían los oídos, estábamos deshidratados. Por la noche caía un frío duro como cristal, mientras la luna alumbraba el paisaje con un
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resplandor azul. Muchos años más tarde visité Chuquicamata, la mayor mina de cobre atajo abierto del mundo, un inmenso anfi teatro donde millares de hombres del color de la tierra, como hormigas, arrancan el mineral de las piedras. El tren ascendió amás de cuatro mil metros de altura yla temperatura descendió hasta el punto que el agua se helaba en los vasos. Pasamos por el salar de Uyuni, un blanco mar donde reina un silencio puro yno vuelan pájaros, yotros salares donde vimos elegantes fl amencos. Parecían brochazos de pintura entre los cristales formados, como piedras preciosas, en la sal.
El llamado norte chico, que algunos no consideran propiamente una región, divide el norte seco de la fértil zona central. Aquí está el valle de Elqui, uno de los centros espirituales de la Tierra que, según dicen, es mágico. Las fuerzas misteriosas de Elqui atraen peregrinos que acuden aconectarse con la energía cósmica del universo ymuchos se quedan avivir en comunidades esotéricas. Meditación, religiones orientales, gurús de diversos pelajes, de todo hayen Elqui; es como un rincón de California. Allí también se hace nuestro pisco, un licor de uva de moscatel, translúcido, virtuoso ysereno como la fuerza angélica que emana de esa tierra. Es la materia prima del pisco sour, nuestra dulce ytraicionera bebida nacional, que se toma con confi anza, pero al segundo vaso suelta una patada capaz de voltear al más 9 valiente. El nombre de este licor se lo usurpamos sin contemplaciones ala ciudad de Pisco, en Perú. Si cualquier vino con burbujas suele llamarse champaña, aunque el auténtico sólo sea de Champagne, en Francia, supongo que también nuestro pisco puede apropiarse de un nombre ajeno. En el norte chico se construyó La Silla, uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo, porque el aire es tan límpido, que ninguna estrella -ni muerta ni por nacer- escapa al ojo del gigantesco telescopio. A propósito de esto, me contó alguien que ha trabajado allí por tres décadas que los más célebres astrónomos del mundo esperan durante años su turno para escudriñar el universo. Le comenté que debía ser estupendo trabajar con científi cos que tienen los ojos siempre puestos en el infi nito yviven despegados de las miserias terrenales; pero me informó que es todo lo contrario: los astrónomos son tan mezquinos como los poetas. Dice que pelean por la mermelada del desayuno. La condición humana es sorprendente. El valle central es la zona más
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próspera del país, tierra de uva ymanzanas, donde se aglomeran las industrias yun tercio de la población, que vive en la capital. Santiago fue fundado en este lugar por Pedro de Valdivia en 1541, porque después de caminar durante meses por las sequedades del norte, le pareció que había alcanzado el jardín del Edén. En Chile todo está centralizado en la capital, apesar de los esfuerzos de diversos gobiernos, que durante medio siglo han tratado de dar poder alas provincias. Parece que lo que no sucede en Santiago no tenga importancia, aunque la vida en el resto del país es mil veces más agradable ytranquila.
La zona sur empieza en Puerto Montt, acuarenta grados de latitud sur, una región encantada de bosques, lagos, ríos yvolcanes. Lluvia ymás lluvia alimenta la enmarañada vegetación de la selva fría, donde crecen nuestros árboles nativos, de mil años de antigüedad yhoyamenazados por la industria maderera. Hacia el sur el viajero recorre pampas azotadas por vientos inclementes; luego el país se desgrana en un rosario de islas despobladas ybrumas lechosas, un laberinto de fi ordos, islotes, canales, agua por todas partes. La última ciudad continental es Punta Arenas, mordida por todos los vientos, áspera yorgullosa, de cara alos páramos ylos ventisqueros.
Chile posee un trozo del ignoto continente antártico, un mundo de hielo ysoledad, de infi nita blancura, donde nacen las fábulas yperecen los hombres; en el polo sur hemos plantado nuestra bandera. Por mucho tiempo nadie le atribuyó valor ala Antártida, pero ahora sabemos cuántas riquezas minerales esconde, además de ser un paraíso de fauna marina, así es que no haypaís que no le haya puesto el ojo encima. Un crucero permite visitarla con relativa comodidad en verano, pero cuesta caro ypor el momento sólo hacen el viaje los turistas ricos ylos ecólogos pobres, pero determinados.
En 1888 nos adjudicamos la misteriosa Isla de Pascua, «el ombligo del mundo», o Rapanui, como se llama en el idioma pascuence. Está perdida en la inmensidad del océano Pacífi co, ados mil quinientas millas de distancia del Chile continental, más o menos aseis horas en avión desde Valparaíso o Tahití. No estoysegura de por qué nos pertenece. En esos tiempos bastaba que un capitán de barco plantara una bandera para apoderarse legalmente de una tajada del planeta, aunque sus habitantes, en este caso de apacible raza polinésica,
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no estuvieran de acuerdo. Así lo hacían las naciones europeas; Chile no podía quedarse atrás. Para los pascuences el contacto con Sudamérica fue fatal. A mediados del siglo XIX la mayor parte de la población masculina fue llevada al Perú atrabajar como esclavos en las guaneras, mientras Chile se encogía de hombros ante la suerte de aquellos olvidados ciudadanos. Fue tal el maltrato que recibió esa pobre gente, que en Europa se levantó una protesta internacional y, después de una larga lucha diplomática, los últimos quince sobrevivientes fueron devueltos asus familias. Iban infectados de viruela yen poco tiempo la enfermedad exterminó al ochenta por ciento de los pascuences que quedaban en la isla. El destino de los demás no fue mucho mejor. Las ovejas se comieron la vegetación, convirtiendo el terreno en un pelado cascote de lava, yla desidia de las autoridades -en este caso, la marina chilena- sumió alos habitantes en la miseria. En las últimas dos décadas el turismo yel interés del mundo científi co han rescatado aRapanui. Diseminados por la isla, haymonumentales estatuas de piedra volcánica, algunas de más de veinte toneladas de peso. Estos moais han intrigado alos expertos por siglos. Tallarlos en las laderas de los volcanes yluego arrastrarlos por un terreno irregular, erguirlos en una plataforma amenudo inaccesible ycolocarles encima un sombrero de piedra roja, fue tarea de titanes. ¿Cómo lo hicieron? No hayrastros de una civilización avanzada que expliquen semejante proeza. Dos razas diferentes poblaron la isla y, según la leyenda, una de ellas, los arikis, poseía poderes mentales superiores, mediante los cuales hacía levitar alos moais ylos trasladaba fl otando sin esfuerzo físico hasta sus empinados altares. Es una lástima que esa técnica se haya perdido. En 1940, el antropólogo noruego Thor Heyerdahl fabricó una balsa, llamada Kon Tiki, con la que navegó desde Sudamérica hasta Isla de Pascua, para probar que existió contacto entre los incas ylos pascuences.
Chile también posee la isla de Juan Fernández, donde en 1704 fue abandonado el marinero escocés Alexander Selkirk, quien inspiró la novela de Daniel Defoe Robinson Crusoe. Selkirk vivió en la isla más de cuatro años, sin un loro amaestrado ysin la compañía de un nativo llamado Viernes, como en el libro, hasta que lo rescató otro capitán ylo llevó de vuelta aInglaterra, donde su destino no fue mucho mejor
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