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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ВЕНЕСУЭЛА И КОЛУМБИЯ
vuelo, torpe yruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir arefugiarse
en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el
paisaje sequizo.
La pedreá continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa.
Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le
doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía
ahogos angustiosos.
Y se le llenó de dolor, como atodos los redentores cuando se ven
perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor,
incomprendido y traicionado por todos! Él había querido libertar
a «su pueblo» de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco,
levantarlo hasta sí, insufl arle con su látigo el ánimo viril que antaño los
arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce
jugar con el peligro.
Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero ypoderoso,
fue a darle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno
suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa yque bajo sus
pies la tierra se le escapaba. Dio un grito ycayó de bruces sobre
el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho
ycomenzó adesbandarse.
Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado
en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de
albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra.
Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la
víctima que estaba tendida en el basurero.
Luego el payaso emprendió la fuga.
Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó
funambulesca contra el resplandor del ocaso.
MIGUEL OTERO SILVA
CASAS MUERTAS (Fragmento)
De repente comenzó allover. Se tornaron grises los cielos azules, se
escondió tras los grises del despiadado sol del Llano, se arremolinó en
las bocacalles un viento en espirales de polvo yhojas secas. Y comenzó
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a llover sobre Ortiz, sobre Parapara, sobre El Sombrero, sobre las
sabanas peladas, sobre la soledad yel llanto.
No siempre lloví a igual, pero siempre lloví a. A veces descendí a
una llovizna menudita, un polvillo ingrá vido, polen de las estrellas,
corpú sculos de nubes, que mojaba lentamente los techos, empapaba
las calles y poní a brillos de pedrerí a en el verde lustroso de los
cotoperí es. Otras veces caí an goterones que golpeaban la tierra como
salivazos, chas- queaban como lá tigos sobre las planchas de zinc, se
esparcí an sobre el polvo como monedas de agua. Y una yotra lluvia se
transformaban al cabo en un mismo aguacero obstinado, turbio muro
de plata, estero de pie, faralló n de cristal, que convertí a la mañ ana en
tarde, la tarde en noche, la noche en oscuro corazó n del rí o.
Carmen Rosa, prisionera inmó vil en su corredor de ladrillos, veí a
bajar toda el agua de los cielos. Las plantas del patio, que recibieron
alegre- mente las primeras lluvias, sufrí an ahora la furia asoladora
del llover sin acabar. Se doblegaron mustias las cayenas, se desnudó
de blanco el jazminero, se hundieron en la entrañ a del fango los
capachos, se fugaron en busca de azul los arrendajos ylos turpiales.
Entre los charcos del jardí n nacieron deformes sapos terrosos.
Lenguas de ocre invadí an los corredores, se deslizaban bajo los
muebles yavanzaban hasta el zaguá n para fundirse con lenguas de
ocre idé nticas que ascendí an desde la calle inundada.
Lloví a implacablemente sobre el Paya, agua del cielo integrá ndose
al agua del rí o, anchando sus má rgenes, engrosando su caudal. Ya el
Paya no era una corriente escuá lida ytranquila sino un torrentoso
rugido de linfa y pantano que arrastraba esquifes verdes, á rboles
tronchados, el cadá ver de un becerro, en su desatada cabellera de
almagre. Lloví a con sañ a sobre las casas medio derruidas, sobre los
techos carcomidos, sobre los muros sin asideros, sobre los dinteles
sin puertas, sobre las tumbas desvalidas del viejo cementerio.
Sú bitamente, desleí da por las lluvias, trocada en muralló n de
fango, se tambaleaba una pared para derrumbarse luego al embate
del viento. Sobre un oscuro solar anegado se desplomó el segundo
piso de una antigua casa abandonada, en la calle real. Quedó en pie
la escalera, invá lido camino de madera que ya no conducí a
aninguna parte.
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En una de esas noches lluviosas, atendiendo al llamado primordial
del agua, se apagó el alma de don Casimiro Villena, el padre de Carmen
Rosa. Murió silenciosamente, mientras dormí a, ysolamente llegaron
aenterarse en la casa despué s del amanecer, cuando doñ a Carmelita
entró al cuarto con el pocillo de café que le llevaba todas las mañ anas.
Se le habí a detenido el corazó n ala luz de un relá mpago, el estampido
de un trueno, yconservaba en la regió n de la muerte el rostro tranquilo
yapacible del sueñ o, la difusa inexpresió n de su demencia.
Para doñ a Carmelita fue el derrumbamiento. Ella seguí a
considerando un ser vivo y presente a don Casimiro Villena, no
obstante que su mente se habí a ausentado de este mundo hací a tantos
añ os. Desde el instante en que lo encontró muerto hasta muchas
horas má s tarde, que despué s serí an dí as enteros, se sentó allorarlo
humildemente en una mecedora de esterilla, mientras pasaba
maquinalmente entre los dedos cuentas de un rosario yrepetí a como
autó mata palabras latinas cuyo sentido no penetraba: «Agnus Dei qui
tollis peccata mundi, parce nobis Domine...»
Estaban solas en la casa, las dos mujeres yla lluvia, con el cadá ver
de don Casimiro. Carmen Rosa se lanzó a la calle con la cabeza
descubierta, abrié ndose paso entre cortinas de agua. Llegó a la casa
parroquial vuelta un guiñ apo, las greñ as pegadas al rostro, dejando en
los ladrillos del zaguá n un rastro de pantano, goteante yjadeante como
si acabase de cruzar anado el rí o crecido.
– Muchacha, ¿qué te pasa? – gritó el padre Perní a saltando de su
viejo yduro silló n de madera.
– Papá amaneció muerto – dijo simplemente Carmen Rosa. Y le tocó
al cura salir con ella adesafi ar el aguacero. Fueron en busca de Pascual,
el carpintero, para encargar la urna yregresaron ala casa, metié ndose
de frente alos charcos sin saltarlos, arezar las oraciones. Ya estaba
ahí Olegario contemplando el cadá ver con los brazos cruzados sobre
el pecho. Aquel hombre que yací a ahora, defi nitivamente quieto, lo
habí a arrancado de la choza donde comí a tierra y lo picaban bichos
extrañ os, para traerlo a vivir consigo y enseñ arlo a trabajar. Parado
ante la cama del muerto, empapado por el aguacero, Olegario reconstruí a mentalmente esa historia tan lejana de su infancia. Por el
rostro curtido le corrí an gotas de lluvia yllanto.
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Por la tarde fue el entierro. Seguí a lloviendo reciamente como en
la no- che anterior. Y se sabí a que seguirí a lloviendo al mismo ritmo
durante mucho tiempo porque el cielo era una gran nube pizarra sin una
sola grieta azul. No estaba Sebastiá n en Ortiz, ni pasó por la carretera,
¡quié n iba a pasar bajo aquel diluvio!, un ser humano acaballo o en
vehí culo que quisiera llevarle la noticia a Parapara. El padre Perní a
asumió í ntegramente la difí cil tarea de dar sepultura al cadá ver bajo
un cielo volcado en el furor del agua, en un suelo convertido en espeso
barrizal.
Al principio no habí a quien cargara la urna. La noticia de la muerte
de don Casimiro tardó en atravesar la tempestad. El primero en llegar
fue Panchito, con Marta deshecha en lá grimas, ambos chorreando agua,
con las huellas de fango má s arriba de los tobillos. Luego se acercaron
cuatro o cinco hombres del vecindario. Pero la urna pesaba má s bajo
aquel diluvio indeclinable, sobre aquella tierra pegajosa. El propio
padre Perní a, tuvo que meter el hombro en la cuesta que conducí a al
portal del cementerio, con la sotana arremangada ysujeta ala cintura
por la correa del pantaló n.
Lo enterraron de prisa en la entrañ a del lodazal y volvieron todos
alas casas destilando pantano, con los pies deformados por las pelladas
gredosas, ya habituadas las espaldas caladas al repiqueteo de los
goterones que seguí an cayendo. Habí an entregado para siempre al agua
turbia de los charcos, al corazó n plomizo de las nubes, al llanto diagonal
de la lluvia, la sombra vaga que restaba de don Casimiro Villena.
JULIO GARMENDIA
LA TIENDA DE MUÑECOS
No tengo sufi ciente fi losofía para remontarme alas especulaciones
elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por
qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia -si así puede
llamarse- de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó
amanos de mi padrino, yde las de éste alas mías. A mis ojos posee esta
tienda el encanto de los recuerdos de familia; yasí como otros conservan
los retratos de sus antepasados, amí me basta, para acordarme de los
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míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos
muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró
amirarlos con seriedad. Mi abuelo, ydespués mi padrino, solían decir,
refi riéndose aellos:
– ¡Les debemos la vida!
No era posible que yo, que les amé entrañablemente a ambos,
considerara con ligereza aaquellos aquienes adeudaba el precioso don
de la existencia.
Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los
muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasifi cados
en orden riguroso, sometidos auna estricta jerarquía, ysin que jamás
pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones;
ni los plebeyos andarines que tenían cuerda sufi ciente para caminar
durante el espacio de un metro ymedio en superfi cie plana, con los
lujosos y aristocráticos muñecos de chistera y levita, que apenas
si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente
calzado. A unos yotros, mi padrino no les dispensaba más trato que
el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde
estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía
la menor chanza con ellos. Había instaurado en la pequeña tienda un
régimen que habría de entrar en decadencia cuando yo entrara en
posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo
temple de la suya yse resentiría visiblemente de las ideas ytendencias
libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.
Por sobre todas las cosas él imponía alos muñecos el principio de
autoridad yel respeto supersticioso al orden ylas costumbres establecidas
desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles
temor ytratarlos con dureza afi n de evitar la confusión, el desorden, la
anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los
grandes imperios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en
que se había educado yque procuró inculcarme por todos los medios;
yviendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la
tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando.
En cuanto aHeriberto, el mozo que desde hace un tiempo atrás servía
en el negocio, mi padrino le equiparaba alos peores muñecos de cuerda
yle trataba al igual que a los maromeros de madera ylos payasos de
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serrín, muyen boga entonces. A su modo de ver, Heriberto no tenía más
sesos que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por
adquirir costumbres frívolas yafeminadas, y atal punto subían en este
particular sus escrúpulos, que desconfi aba de aquellos muñecos que
habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser
vendidos en defi nitiva. A estos desdichados acababa por separarlos de
los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos
en las manos de Heriberto.
Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine aser un hombre
maduro ymi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi
niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha
difi cultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo,
que así, aunque hijo legítimo de honestos padres, podía considerarme
fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos
picarescos.
Un día mi padrino se sintió mal.
– Se me nublan los ojos -me dijo- yconfundo los abogados con las
pelotas de goma, que en realidad están muypor encima.
– Me fl aquean las piernas -continuó, tomándome afectuosamente
la mano- yno puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te
separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy amorir, no
me prometo muchas horas de vida ydesde ahora heredas la Tienda de
Muñecos.
Mi padrino pasó a hacerme extensas recomendaciones acerca
del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la
tienda y la trastienda su mirada ya próxima aextinguirse. Abarcaba
así, sin duda, el vasto panorama del presente y del pasado, dentro
de los estrechos muros tapizados de fi gurillas que hacían sus gestos
acostumbrados yse mostraban en sus habituales posturas. De pronto,
fi jándose en los soldados que ocupaban un compartimiento entero en
los estantes, refl exionó:
– A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado
buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.
Yo insistía cerca de él afi n de que consintiera en llamar médicos
que lo vieran. Pero se limitó amostrarme una gran caja que había en
un rincón.
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– Encierra precisamente cantidad de sabios, profesores, doctores
yotras eminencias de cartón yprofundidades de serrín que ahí se han
quedado sin venta y permanecen en la oscuridad que les conviene.
No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón.
En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan
siempre con provecho; también las de pasta y celuloide suelen ser
solicitadas, yhasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales
-no lo olvides-, en especial te recomiendo alos asnos ylos osos, que en
todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa.
Después de estas palabras mi padrino se sintió peor todavía yme
hizo traer atoda prisa un sacerdote ydos religiosas. Alargando el brazo,
los tomé en el estante vecino al lecho.
– Hace ya tiempo – dijo, palpándolos con suavidad-, hace ya tiempo
que conservo aquí estos muñecos, que difícilmente se venden. Puedes
ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo equivaldrá a los
diezmos en lo tocante alos curas. En cuanto alas religiosas, hazte el
cargo que es una que les das.
En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de
Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida
entre las manos, yno podía escuchar sin pena los últimos acentos del
dueño de la Tienda de Muñecos.
– Heriberto – dijo, dirigiéndose aéste-: no tengo más que repetirte
lo que tantas veces antes ya te he dicho: que no atiples la voz ni
manosees los muñecos.
Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo,
cada vez más altos ymás destemplados.
Sin duda, esta contrariedad apresuró el fi n de mi padrino, que expiró
poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus
ojos yenjugué en silencio una lágrima. Me mortifi caba, sin embargo,
que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba
ahogado en llanto, se mesaba los cabellos, corría desolado de uno aotro
extremo de la trastienda. Al fi n me estrechó en sus brazos:
– ¡Estamos solos! ¡Estamos solos! -gritó.
Me desasí de él sin violencia, yseñalándole con el dedo el sacerdote,
el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto
alecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos…
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PEDRO EMILIO COLL
EL DIENTE ROTO
A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió
un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la
cara, yel diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la
edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto;
el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador
ypendenciero, tornóse en callado ytranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos
y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, yque habían
agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora
estupefactos yangustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba ypermanecía horas enteras en actitud hierática,
como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca
cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
– El niño no está bien, Pablo – decía la madre al marido-, hayque
llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofl etes
sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
– Señora – terminó por decir el sabio después de un largo examenla santidad de mi profesión me impone el deber de declarar austed…
– ¿Qué, señor doctor de mi alma? – interrumpió la angustiada
madre.
– Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible –
continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso
fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que
hoyllamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un fi lósofo
precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes yamigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida
con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se
citó el caso admirable del «niño prodigio», ysu fama se aumentó como
una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela,
que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió ala
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opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo.
Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo:
Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado,
Edison… etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que
no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del
diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio
y«profundo», ynadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de
Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir
yconquistar aquel espíritu superior, entregado ahondas meditaciones,
para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente
roto, sin pensar.
Pasaron los años, yJuan Peña fue diputado, académico, ministro
yestaba apunto de ser coronado Presidente de la República, cuando
la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de
la lengua.
Y doblaron las campanas yfue decretado un riguroso duelo nacional;
un orador lloró en una fúnebre oración anombre de la patria, ycayeron
rosas ylágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido
tiempo de pensar.
FRANCISCO MASSIANI
YO SOY UN TIPO
¿Quién duda que yo soyun tipo? Y cuando me pongo mi terrible
bluyín, yme forro el pecho con el pulover que me trajo el primo de allá
arriba, yclavo mis botas tacón aluminio en Bebi, yarranco, ¿quién duda
que yo soyun tipo? Así ytodo sin la Bebi ¿quién lo duda? Basta con
mirar aese tipo, que soyyo, ese que está en el espejo, ahí delante de
ti, animal, fíjate la altura, el cuerpo, fíjate los músculos de los brazos,
de las piernas, duro, compacto, igual amí, Bebi, maldito sea el italiano,
el carajo que me la mató. La Bebi, la linda, me llamaban fl echa de
oro. Apenas cogía una curva y estaban las Gutiérrez asomadas en la
ventana, envidia, una maldita ypodrida envidia es lo que tenía Tobi, el
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hermano. ¡Ese Tobi, qué tipo! ¡Ese sí que es un tipo! El tipo más culillúo
que he visto en mi vida, «Oye Tulita», ¡qué tipo! con esos pantalones
de vaca gorda, ni siquiera sabe meterse un tabaco en la boca, pobre
friend, está condenado, siempre lo dije. «Ese amigo tuyo Tulita, no me
gusta», fíjense: de novio con mi hermana. Me pregunto, aveces, cuando
estoysolo en mi cuarto, yfumo, ymiro el techo yme siento feliz porque
mañana voy acansar aBebi, la voy aquemar por la playa, pensando
en la arena ylos cauchos arrastrándose sabroso sobre el pavimento,
raspando la tierra, después un salto, la curva, ydejas atrás los árboles,
las palmas, la gente pasmada, ytú solo con todo el aire quemándote
la cara, el viento entre brazo ybrazo, perforando el aire con tu cuerpo,
cuando pienso yfumo y miro el techo, me pregunto para que sirve
sinceramente tener una novia y visitarla, me pregunto, para qué
enredarse la vida con una carajita que lo único que hace es «Oye, Rulos,
¿por qué no me llamaste el otro día?» Yo no le marco tarjeta anadie,
y si vivo en casa es para que los viejos me mantengan, que alguna
culpa yvergüenza debería de darles haberme traído aesta aburridísima
y pordiosera vida. ¿Para qué vives? le pregunté el otro día al Nico,
yel Nico se rió como un estúpido. «¿Que para qué vivo? ¿Y pa qué me
preguntas esas vainas? ¿No ves que estoycansado? Estoy meditando
en la erótica», me dijo. Él llama eróticas alas películas donde aparece
por lo menos una mujer desnuda, o por lo menos, ¿qué te digo yo?
Una tetica al aire, eso. No crean. Yo sí me lo pregunto, y aveces les
cojo una arrechera alos puretos: ¿para qué carajo?, me digo yo, ¿no?
¿Para qué tener hijos? ¿Para qué reventarse el coco trabajando como
un animal y tener que vestir al salvaje, educar al salvaje, ymatarse
porque el salvaje tenga que matarse después salvajemente, para tener
que mantener otro podrido salvaje como tú? Me juro amí, aéste que
ahora cruza la calle, yque es el tipo más cojonudo de por aquí, que
aeste terrible yúnico tipo, ymás tipo que todos los tipos de por aquí,
este tipo que soyyo te daría asco tener que mantener un maldito. ¿Para
qué? A veces estoycon los del monte. Juro que por mí, que arrasen con
la ciudad y
quemen esta chifl adura y deprimidísima ciudad, ¿qué se
gana?, me digo yo. ¿Pero qué diablos ganas con quemarte los veinte
años de podrida vida que te quedan, pudriéndote en un deprimido
trabajo? ¿Un billete? ¿Y qué haces, dime, con ese billete? ¿Lo metes en
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