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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ВЕНЕСУЭЛА И КОЛУМБИЯ
vuelo, torpe yruidoso, lanzando fatídicos gruñidos para ir arefugiarse en las ramas escuetas de un árbol que se levantaba espectral sobre el paisaje sequizo.
La pedreá continuaba cada vez más nutrida, cada vez más furiosa. Pedro Nolasco sentía que las fuerzas le abandonaban. Las piernas se le doblaban rendidas; dos veces cayó en su carrera; el corazón le producía ahogos angustiosos.
Y se le llenó de dolor, como atodos los redentores cuando se ven perseguidos por las criaturas amadas. ¡Porque él se sentía redentor, incomprendido ytraicionado por todos! Él había querido libertar a«su pueblo» de la vergonzosa sugestión de aquel payaso grotesco, levantarlo hasta sí, insufl arle con su látigo el ánimo viril que antaño los arrastran en pos de él, empujados por esa voluptuosidad que produce jugar con el peligro.
Por fin una piedra, lanzada por un brazo más certero ypoderoso, fue adarle en la cabeza. La vista se le nubló, sintió que en torno suyo las cosas se lanzaban en una ronda vertiginosa yque bajo sus pies la tierra se le escapaba. Dio un grito ycayó de bruces sobre el basurero. Detúvose la chusma, asustada de lo que había hecho ycomenzó adesbandarse.
Sucedió un silencio trágico. El payaso permaneció un rato clavado en el sitio, agitando maquinalmente el abanico. Bajo la risa pintada de albayalde en su rostro, el asombro adquiría una intensidad macabra. Desde el árbol fatídico los zamuros alargaban los cuellos hacia la víctima que estaba tendida en el basurero.
Luego el payaso emprendió la fuga.
Al pasar sobre el lomo de un collado, su sombrilla se destacó funambulesca contra el resplandor del ocaso.
MIGUEL OTERO SILVA
CASAS MUERTAS (Fragmento)
De repente comenzó allover. Se tornaron grises los cielos azules, se escondió tras los grises del despiadado sol del Llano, se arremolinó en las bocacalles un viento en espirales de polvo yhojas secas. Y comenzó
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allover sobre Ortiz, sobre Parapara, sobre El Sombrero, sobre las sabanas peladas, sobre la soledad yel llanto.
No siempre lloví a igual, pero siempre lloví a. A veces descendí a una llovizna menudita, un polvillo ingrá vido, polen de las estrellas, corpú sculos de nubes, que mojaba lentamente los techos, empapaba las calles yponí a brillos de pedrerí a en el verde lustroso de los cotoperí es. Otras veces caí an goterones que golpeaban la tierra como salivazos, chas- queaban como lá tigos sobre las planchas de zinc, se esparcí an sobre el polvo como monedas de agua. Y una yotra lluvia se transformaban al cabo en un mismo aguacero obstinado, turbio muro de plata, estero de pie, faralló n de cristal, que convertí a la mañ ana en tarde, la tarde en noche, la noche en oscuro corazó n del rí o.
Carmen Rosa, prisionera inmó vil en su corredor de ladrillos, veí a bajar toda el agua de los cielos. Las plantas del patio, que recibieron alegre- mente las primeras lluvias, sufrí an ahora la furia asoladora del llover sin acabar. Se doblegaron mustias las cayenas, se desnudó de blanco el jazminero, se hundieron en la entrañ a del fango los capachos, se fugaron en busca de azul los arrendajos ylos turpiales. Entre los charcos del jardí n nacieron deformes sapos terrosos. Lenguas de ocre invadí an los corredores, se deslizaban bajo los muebles yavanzaban hasta el zaguá n para fundirse con lenguas de ocre idé nticas que ascendí an desde la calle inundada.
Lloví a implacablemente sobre el Paya, agua del cielo integrá ndose al agua del rí o, anchando sus má rgenes, engrosando su caudal. Ya el Paya no era una corriente escuá lida ytranquila sino un torrentoso rugido de linfa ypantano que arrastraba esquifes verdes, á rboles tronchados, el cadá ver de un becerro, en su desatada cabellera de almagre. Lloví a con sañ a sobre las casas medio derruidas, sobre los techos carcomidos, sobre los muros sin asideros, sobre los dinteles sin puertas, sobre las tumbas desvalidas del viejo cementerio. Sú bitamente, desleí da por las lluvias, trocada en muralló n de fango, se tambaleaba una pared para derrumbarse luego al embate del viento. Sobre un oscuro solar anegado se desplomó el segundo piso de una antigua casa abandonada, en la calle real. Quedó en pie la escalera, invá lido camino de madera que ya no conducí a aninguna parte.
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En una de esas noches lluviosas, atendiendo al llamado primordial del agua, se apagó el alma de don Casimiro Villena, el padre de Carmen Rosa. Murió silenciosamente, mientras dormí a, ysolamente llegaron aenterarse en la casa despué s del amanecer, cuando doñ a Carmelita entró al cuarto con el pocillo de café que le llevaba todas las mañ anas. Se le habí a detenido el corazó n ala luz de un relá mpago, el estampido de un trueno, yconservaba en la regió n de la muerte el rostro tranquilo yapacible del sueñ o, la difusa inexpresió n de su demencia.
Para doñ a Carmelita fue el derrumbamiento. Ella seguí a considerando un ser vivo ypresente adon Casimiro Villena, no obstante que su mente se habí a ausentado de este mundo hací a tantos añ os. Desde el instante en que lo encontró muerto hasta muchas horas má s tarde, que despué s serí an dí as enteros, se sentó allorarlo humildemente en una mecedora de esterilla, mientras pasaba maquinalmente entre los dedos cuentas de un rosario yrepetí a como autó mata palabras latinas cuyo sentido no penetraba: «Agnus Dei qui tollis peccata mundi, parce nobis Domine...»
Estaban solas en la casa, las dos mujeres yla lluvia, con el cadá ver de don Casimiro. Carmen Rosa se lanzó ala calle con la cabeza descubierta, abrié ndose paso entre cortinas de agua. Llegó ala casa parroquial vuelta un guiñ apo, las greñ as pegadas al rostro, dejando en los ladrillos del zaguá n un rastro de pantano, goteante yjadeante como si acabase de cruzar anado el rí o crecido.
– Muchacha, ¿qué te pasa? – gritó el padre Perní a saltando de su viejo yduro silló n de madera.
– Papá amaneció muerto – dijo simplemente Carmen Rosa. Y le tocó al cura salir con ella adesafi ar el aguacero. Fueron en busca de Pascual, el carpintero, para encargar la urna yregresaron ala casa, metié ndose de frente alos charcos sin saltarlos, arezar las oraciones. Ya estaba ahí Olegario contemplando el cadá ver con los brazos cruzados sobre el pecho. Aquel hombre que yací a ahora, defi nitivamente quieto, lo habí a arrancado de la choza donde comí a tierra ylo picaban bichos extrañ os, para traerlo avivir consigo yenseñ arlo atrabajar. Parado ante la cama del muerto, empapado por el aguacero, Olegario re­construí a mentalmente esa historia tan lejana de su infancia. Por el rostro curtido le corrí an gotas de lluvia yllanto.
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Por la tarde fue el entierro. Seguí a lloviendo reciamente como en la no- che anterior. Y se sabí a que seguirí a lloviendo al mismo ritmo durante mucho tiempo porque el cielo era una gran nube pizarra sin una sola grieta azul. No estaba Sebastiá n en Ortiz, ni pasó por la carretera, ¡quié n iba apasar bajo aquel diluvio!, un ser humano acaballo o en vehí culo que quisiera llevarle la noticia aParapara. El padre Perní a asumió í ntegramente la difí cil tarea de dar sepultura al cadá ver bajo un cielo volcado en el furor del agua, en un suelo convertido en espeso barrizal.
Al principio no habí a quien cargara la urna. La noticia de la muerte de don Casimiro tardó en atravesar la tempestad. El primero en llegar fue Panchito, con Marta deshecha en lá grimas, ambos chorreando agua, con las huellas de fango má s arriba de los tobillos. Luego se acercaron cuatro o cinco hombres del vecindario. Pero la urna pesaba má s bajo aquel diluvio indeclinable, sobre aquella tierra pegajosa. El propio padre Perní a, tuvo que meter el hombro en la cuesta que conducí a al portal del cementerio, con la sotana arremangada ysujeta ala cintura por la correa del pantaló n.
Lo enterraron de prisa en la entrañ a del lodazal yvolvieron todos alas casas destilando pantano, con los pies deformados por las pelladas gredosas, ya habituadas las espaldas caladas al repiqueteo de los goterones que seguí an cayendo. Habí an entregado para siempre al agua turbia de los charcos, al corazó n plomizo de las nubes, al llanto diagonal de la lluvia, la sombra vaga que restaba de don Casimiro Villena.
JULIO GARMENDIA
LA TIENDA DE MUÑECOS
No tengo sufi ciente fi losofía para remontarme alas especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia -si así puede llamarse- de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó amanos de mi padrino, yde las de éste alas mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; yasí como otros conservan los retratos de sus antepasados, amí me basta, para acordarme de los
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míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró amirarlos con seriedad. Mi abuelo, ydespués mi padrino, solían decir, refi riéndose aellos:
– ¡Les debemos la vida!
No era posible que yo, que les amé entrañablemente a ambos, considerara con ligereza aaquellos aquienes adeudaba el precioso don de la existencia.
Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasifi cados en orden riguroso, sometidos auna estricta jerarquía, ysin que jamás pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones; ni los plebeyos andarines que tenían cuerda sufi ciente para caminar durante el espacio de un metro ymedio en superfi cie plana, con los lujosos yaristocráticos muñecos de chistera ylevita, que apenas si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente calzado. A unos yotros, mi padrino no les dispensaba más trato que el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía la menor chanza con ellos. Había instaurado en la pequeña tienda un régimen que habría de entrar en decadencia cuando yo entrara en posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo temple de la suya yse resentiría visiblemente de las ideas ytendencias libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.
Por sobre todas las cosas él imponía alos muñecos el principio de autoridad yel respeto supersticioso al orden ylas costumbres establecidas desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles temor ytratarlos con dureza afi n de evitar la confusión, el desorden, la anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los grandes imperios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en que se había educado yque procuró inculcarme por todos los medios; yviendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando. En cuanto aHeriberto, el mozo que desde hace un tiempo atrás servía en el negocio, mi padrino le equiparaba alos peores muñecos de cuerda yle trataba al igual que alos maromeros de madera ylos payasos de
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serrín, muyen boga entonces. A su modo de ver, Heriberto no tenía más sesos que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por adquirir costumbres frívolas yafeminadas, y atal punto subían en este particular sus escrúpulos, que desconfi aba de aquellos muñecos que habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser vendidos en defi nitiva. A estos desdichados acababa por separarlos de los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos en las manos de Heriberto.
Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine aser un hombre maduro ymi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha difi cultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo, que así, aunque hijo legítimo de honestos padres, podía considerarme fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos picarescos.
Un día mi padrino se sintió mal.
– Se me nublan los ojos -me dijo- yconfundo los abogados con las pelotas de goma, que en realidad están muypor encima.
– Me fl aquean las piernas -continuó, tomándome afectuosamente la mano- yno puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy amorir, no me prometo muchas horas de vida ydesde ahora heredas la Tienda de Muñecos.
Mi padrino pasó ahacerme extensas recomendaciones acerca del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la tienda yla trastienda su mirada ya próxima aextinguirse. Abarcaba así, sin duda, el vasto panorama del presente ydel pasado, dentro de los estrechos muros tapizados de fi gurillas que hacían sus gestos acostumbrados yse mostraban en sus habituales posturas. De pronto, fi jándose en los soldados que ocupaban un compartimiento entero en los estantes, refl exionó:
– A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.
Yo insistía cerca de él afi n de que consintiera en llamar médicos que lo vieran. Pero se limitó amostrarme una gran caja que había en un rincón.
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– Encierra precisamente cantidad de sabios, profesores, doctores yotras eminencias de cartón yprofundidades de serrín que ahí se han quedado sin venta ypermanecen en la oscuridad que les conviene. No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón. En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan siempre con provecho; también las de pasta yceluloide suelen ser solicitadas, yhasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales
-no lo olvides-, en especial te recomiendo alos asnos ylos osos, que en todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa.
Después de estas palabras mi padrino se sintió peor todavía yme hizo traer atoda prisa un sacerdote ydos religiosas. Alargando el brazo, los tomé en el estante vecino al lecho.
– Hace ya tiempo – dijo, palpándolos con suavidad-, hace ya tiempo que conservo aquí estos muñecos, que difícilmente se venden. Puedes ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo equivaldrá a los diezmos en lo tocante alos curas. En cuanto alas religiosas, hazte el cargo que es una que les das.
En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida entre las manos, yno podía escuchar sin pena los últimos acentos del dueño de la Tienda de Muñecos.
– Heriberto – dijo, dirigiéndose aéste-: no tengo más que repetirte lo que tantas veces antes ya te he dicho: que no atiples la voz ni manosees los muñecos.
Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo, cada vez más altos ymás destemplados.
Sin duda, esta contrariedad apresuró el fi n de mi padrino, que expiró poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus ojos yenjugué en silencio una lágrima. Me mortifi caba, sin embargo, que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba ahogado en llanto, se mesaba los cabellos, corría desolado de uno aotro extremo de la trastienda. Al fi n me estrechó en sus brazos:
– ¡Estamos solos! ¡Estamos solos! -gritó.
Me desasí de él sin violencia, yseñalándole con el dedo el sacerdote, el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto alecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos…
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PEDRO EMILIO COLL
EL DIENTE ROTO
A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, yel diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.
Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador ypendenciero, tornóse en callado ytranquilo.
Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos ytranseúntes víctimas de las perversidades del chico, yque habían agotado toda clase de reprimendas ycastigos, estaban ahora estupefactos yangustiados con la súbita transformación de Juan.
Juan no chistaba ypermanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
– El niño no está bien, Pablo – decía la madre al marido-, hayque llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofl etes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
– Señora – terminó por decir el sabio después de un largo examen­la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar austed…
– ¿Qué, señor doctor de mi alma? – interrumpió la angustiada madre.
– Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible – continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoyllamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un fi lósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.
Parientes yamigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del «niño prodigio», ysu fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió ala
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opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía acolación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison… etcétera.
Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.
Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y«profundo», ynadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir yconquistar aquel espíritu superior, entregado ahondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.
Pasaron los años, yJuan Peña fue diputado, académico, ministro yestaba apunto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.
Y doblaron las campanas yfue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración anombre de la patria, ycayeron rosas ylágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.
FRANCISCO MASSIANI
YO SOY UN TIPO
¿Quién duda que yo soyun tipo? Y cuando me pongo mi terrible bluyín, yme forro el pecho con el pulover que me trajo el primo de allá arriba, yclavo mis botas tacón aluminio en Bebi, yarranco, ¿quién duda que yo soyun tipo? Así ytodo sin la Bebi ¿quién lo duda? Basta con mirar aese tipo, que soyyo, ese que está en el espejo, ahí delante de ti, animal, fíjate la altura, el cuerpo, fíjate los músculos de los brazos, de las piernas, duro, compacto, igual amí, Bebi, maldito sea el italiano, el carajo que me la mató. La Bebi, la linda, me llamaban fl echa de oro. Apenas cogía una curva yestaban las Gutiérrez asomadas en la ventana, envidia, una maldita ypodrida envidia es lo que tenía Tobi, el
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hermano. ¡Ese Tobi, qué tipo! ¡Ese sí que es un tipo! El tipo más culillúo que he visto en mi vida, «Oye Tulita», ¡qué tipo! con esos pantalones de vaca gorda, ni siquiera sabe meterse un tabaco en la boca, pobre friend, está condenado, siempre lo dije. «Ese amigo tuyo Tulita, no me gusta», fíjense: de novio con mi hermana. Me pregunto, aveces, cuando estoysolo en mi cuarto, yfumo, ymiro el techo yme siento feliz porque mañana voy acansar aBebi, la voy aquemar por la playa, pensando en la arena ylos cauchos arrastrándose sabroso sobre el pavimento, raspando la tierra, después un salto, la curva, ydejas atrás los árboles, las palmas, la gente pasmada, ytú solo con todo el aire quemándote la cara, el viento entre brazo ybrazo, perforando el aire con tu cuerpo, cuando pienso yfumo ymiro el techo, me pregunto para que sirve sinceramente tener una novia yvisitarla, me pregunto, para qué enredarse la vida con una carajita que lo único que hace es «Oye, Rulos, ¿por qué no me llamaste el otro día?» Yo no le marco tarjeta anadie, ysi vivo en casa es para que los viejos me mantengan, que alguna culpa yvergüenza debería de darles haberme traído aesta aburridísima ypordiosera vida. ¿Para qué vives? le pregunté el otro día al Nico, yel Nico se rió como un estúpido. «¿Que para qué vivo? ¿Y pa qué me preguntas esas vainas? ¿No ves que estoycansado? Estoy meditando en la erótica», me dijo. Él llama eróticas alas películas donde aparece por lo menos una mujer desnuda, o por lo menos, ¿qué te digo yo? Una tetica al aire, eso. No crean. Yo sí me lo pregunto, y aveces les cojo una arrechera alos puretos: ¿para qué carajo?, me digo yo, ¿no? ¿Para qué tener hijos? ¿Para qué reventarse el coco trabajando como un animal ytener que vestir al salvaje, educar al salvaje, ymatarse porque el salvaje tenga que matarse después salvajemente, para tener que mantener otro podrido salvaje como tú? Me juro amí, aéste que ahora cruza la calle, yque es el tipo más cojonudo de por aquí, que aeste terrible yúnico tipo, ymás tipo que todos los tipos de por aquí, este tipo que soyyo te daría asco tener que mantener un maldito. ¿Para qué? A veces estoycon los del monte. Juro que por mí, que arrasen con la ciudad y
quemen esta chifl adura ydeprimidísima ciudad, ¿qué se gana?, me digo yo. ¿Pero qué diablos ganas con quemarte los veinte años de podrida vida que te quedan, pudriéndote en un deprimido trabajo? ¿Un billete? ¿Y qué haces, dime, con ese billete? ¿Lo metes en
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