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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. МЕКСИКА
yraíces yél estaba muyocupado en sacar leña, de modo que no podía
fi jarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás
de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare alos dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día
de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque
mi papá con muchos trabajos había conseguido ala Serpentina, desde
que era una vaquilla, para dársela ami hermana, con el fi n de que ella
tuviera un capitalito yno se fuera air de piruja como lo hicieron mis
otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos
muypobres en mi casa y ellas eran muyretobadas. Desde chiquillas
ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con
hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron
pronto yentendían muybien los chifl idos, cuando las llamaban aaltas
horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua
al río y aveces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el
corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas ycada una con un
hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió alas dos. Primero les aguantó todo lo
que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más yles dio carrera
para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan
de pirujas.
Por eso le entra la mortifi cación ami papá, ahora por la Tacha, que no
quiere vaya aresultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó
muypobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va atener con qué
entretenerse mientras le da por crecer ypueda casarse con un hombre
bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va aestar difícil. Con
la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de
casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo.
Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si
así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja.
Y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas
hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá,
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nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios
yeran muyobedientes yno le cometían irreverencias anadie. Todos
fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría aese par de hijas
suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas atodos sus
recuerdos yno ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una
hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez
que piensa en ellas, llora ydice: «Que Dios las ampare alas dos.»
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa
es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece ycrece
yque ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de
sus hermanas: puntiagudos yaltos ymedio alborotados para llamar la
atención.
– Sí – dice –, le llenará los ojos acualquiera dondequiera que la
vean. Y acabará mal; como que estoyviendo que acabará mal.
Ésa es la mortifi cación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado
el río. Está aquí ami lado, con su vestido color de rosa, mirando el río
desde la barranca ysin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de
agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con
más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por
las orillas del río, que la hace temblar ysacudirse todita, y, mientras, la
creciente sigue subiendo. El sabor apodrido que viene de allá salpica
la cara mojada de Tacha ylos dos pechitos de ella se mueven de arriba
abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para
empezar atrabajar por su perdición.
OCTAVIO PAZ
EL RAMO AZUL
Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién
regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas
revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la
hamaca ydescalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán
salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqué al ventanillo
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yaspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche, enorme,
femenina. Regresé al centro de la habitación, vacié el agua de la jarra
en la palangana de peltre yhumedecí la toalla. Me froté el torso ylas
piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme
que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me
vestí ycalcé. Bajé saltando la escalera pintada de verde. En la puerta
del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto yreticente. Sentado en
una sillita de tule, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me
preguntó:
– ¿Dónde va señor?
– A dar una vuelta. Hace mucho calor.
– Hum, todo está ya cerrado. Y no hayalumbrado aquí. Más le valiera
quedarse.
Alcé los hombros, musité «ahora vuelvo» yme metí en lo oscuro.
Al principio no veía nada. Caminé atientas por la calle empedrada.
Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra,
iluminando un muro blanco, desmoronado atrechos. Me detuve, ciego
ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los
tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos
vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían
establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un
vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis
actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino
pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa
palabra de la cual yo era una sílaba? ¿Quién dice esa palabra y aquién
se la dice? Tiré el cigarrillo sobre la banqueta. Al caer, describió una
curva luminosa, arrojando breves chispas, como un cometa minúsculo.
Caminé largo rato, despacio. Me sentía libre, seguro entre los labios
que en ese momento me pronunciaban con tanta felicidad. La noche era
un jardín de ojos. Al cruzar la calle, sentí que alguien se desprendía de
una puerta. Me volví, pero no acerté adistinguir nada. Apreté el paso.
Unos instantes percibí unos huaraches sobre las piedras calientes. No
quise volverme, aunque sentía que la sombra se acercaba cada vez más.
Intenté correr. No pude. Me detuve en seco, bruscamente. Antes de que
pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda yuna
voz dulce:
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– No se mueva, señor, o se lo entierro.
Sin volver la cara pregunté:
– ¿Qué quieres?
– Sus ojos, señor –contestó la voz suave, casi apenada.
– ¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un
poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si
me dejas. No vayas amatarme.
– No tenga miedo, señor. No lo mataré. Nada más voy asacarle
los ojos.
– Pero, ¿para qué quieres mis ojos?
– Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules ypor
aquí haypocos que los tengan.
Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.
– Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.
– No se le sacan aun cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.
– No se haga el remilgoso, me dijo con dureza. Dé la vuelta.
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría
medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que
brillaba con la luz de la luna.
– Alúmbrese la cara.
Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo
entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano fi rme. No
podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies yme contempló
intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció
un instante silencioso.
– ¿Ya te convenciste? No los tengo azules.
– ¡Ah, qué mañoso es usted! –respondió- A ver, encienda otra vez.
Froté otro fósforo ylo acerqué amis ojos. Tirándome de la manga,
me ordenó.
– Arrodíllese.
Mi hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome
la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, curioso ytenso, mientras el
machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos.
– Ábralos bien –ordenó.
Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de
improviso.
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– Pues no son azules, señor. Dispense.
Y despareció.
Me acodé junto al muro, con la cabeza entre las manos. Luego me
incorporé. A tropezones, cayendo ylevantándome, corrí durante una
hora por el pueblo desierto. Cuando llegué ala plaza, vi al dueño del
mesón, sentado aún frente ala puerta.
Entré sin decir palabra.
Al día siguiente huí de aquel pueblo.
JOSE EMILIO PACHECO
TENGA PARA QUE SE ENTRETENGA
Estimado señor:
Le envío junto con estas líneas el informe confi dencial que me solicitó.
Espero que lo encuentre de su entera csatisfacción. Incluyo recibo timbrado
por $1,200.00 (un mil doscientos pesos moneda nacional) que le ruego se
sirva cubrir por cheque, giro o personalmente en estas ofi cinas.
Advertirá usted que el precio de mis servicios profesionales excede
ligeramente lo convenido. Ello se debe aque el informe salió bastante más
largo ydetallado de lo que supuse en un principio. Tuve que hacerlo dos
veces para dejarlo claro, ante lo difícil yaún increíble del caso. Redactarlo,
dicho sea entre paréntesis, me permitió practicar mihobby, que consiste en
escribir – sin ningún ánimo de publicación por supuestoEn espera de sus noticias, me es grato saludarle yponerme asu disposición
como su affmo. yss.
Ernesto Domínguez Puga
Detective Privado
Informe Confi dencial
El 9 de agosto de 1943 la señora Olga Martínez de Andrade ysu hijo
de seis años, Rafael Andrade Martínez, salieron de su casa (Tabasco
106, colonia Roma). Iban aalmorzar con doña Caridad Acevedo viuda de
Martínez en su domicilio (Gelati 36 bis, Tacubaya). Ese día descansaba
el chofer. El niño no quiso viajar en taxi: le pareció una aventura ir como
los pobres en tranvía yautobús. Se adelantaron ala cita y ala señora
Olga se le ocurrió pasear al niño por el cercano Bosque de Chapultepec.
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Rafael se divirtió en los columpios yresbaladillas del Rancho de
la Hormiga, atrás de la residencia presidencial (Los Pinos). Más tarde
fueron por las calzadas hacia el lago ydescansaron en la falda del cerro.
Llamó la atención de Olga un detalle que hoy mismo, tantos
años después, pasa inadvertido alos transeúntes: los árboles de
ese lugar tienen formas extrañas, se hallan como aplastados por
un peso invisible. Esto no puede atribuirse al terreno caprichoso
ni a la antigüedad. El administrador del Bosque informó que no
son árboles vetustos como los ahuehuetes prehispánicos de las
cercanías: datan del siglo XIX. Cuando actuaba como emperador
de México, el archiduque Maximiliano ordenó sembrarlos en vista
de que la zona resultó muydañada en 1847, aconsecuencia de los
combates en Chapultepec y el asalto del Castillo por las tropas
norteamericanas.
El niño estaba cansado yse tendió de espaldas en el suelo. Su madre
tomó asiento en el tronco de uno de aquellos árboles que, si usted me
lo permite, califi caré de sobrenaturales. Pasaron varios minutos. Olga
sacó su reloj, se lo acercó alos ojos, vio que ya eran las dos de la tarde
y debían irse a casa de la abuela. Rafael le suplicó que lo dejara un
rato más. La señora aceptó de mala gana, inquieta porque en el camino
se habían cruzado con varios aspirantes a torero quienes, ya desde
entonces, practicaban al pie de la colina en un estanque seco, próximo
al sitio que se asegura fue el baño de Moctezuma.
A la hora del almuerzo el Bosque había quedado desierto. No se
escuchaba rumor de automóviles en las calzadas ni trajín de lanchas
en el lago. Rafael se entretenía en obstaculizar con una ramita el paso
de un caracol. En ese instante se abrió un rectángulo de madera oculto
bajo la hierba rala del cerro yapareció un hombre que dijo aRafael:
– Déjalo. No lo molestes. Los caracoles no hacen daño yconocen el
reino de los muertos.
Salió del subterráneo, fue hacia Olga, le tendió un periódico doblado
yuna rosa con un alfi ler:
– Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda.
Olga dio las gracias, extrañada por la aparición del hombre yla
amabilidad de sus palabras. Lo creyó un vigilante, un guardián del
Castillo, y de momento no reparó en su vocabulario ni en el olor
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ahumedad que se desprendía de su cuerpo ysu ropa. Mientras tanto
Rafael se había acercado al desconocido yle preguntaba:
– ¿Ahí vives?
– No: más abajo, más adentro.
– ¿Y no tienes frío?
– La tierra en su interior está caliente.
– Llévame aconocer tu casa. Mamá ¿me das permiso?
– Niño, no molestes. Dale las gracias al señor yvámonos ya: tu
abuelita nos está esperando.
– Señora, permítale asomarse. No lo deje con la curiosidad.
– Pero, Rafaelito, ese túnel debe de estar muy oscuro. ¿No te da
miedo?
– No, mamá.
Olga asintió con gesto resignado. El hombre tomó de la mano
aRafael ydijo al empezar el descenso:
– Volveremos. Usted no se preocupe. Sólo voy aenseñarle la boca
de la cueva.
– Cuídelo mucho, por favor. Se lo encargo.
Según el testimonio de parientes y amigos, Olga fue siempre
muydistraída. Por tanto, juzgó normal la curiosidad de su hijo, aunque
no dejaron de sorprenderla el aspecto yla cortesía del vigilante. Guardó
la fl or ydesdobló el periódico. No pudo leerlo. Apenas tenía veintinueve
años pero desde los quince necesitaba lentes bifocales yno le gustaba
usarlos en público.
Pasó un cuarto de hora. El niño no regresaba. Olga se inquietó yfue
hasta la entrada de la caverna subterránea. Sin atreverse apenetrar en
ella, gritó con la esperanza de que Rafael yel hombre le contestaran.
Al no obtener respuesta, bajó aterrorizada hasta el estanque seco. Dos
aprendices de torero se adiestraban allí. Olga les informó de lo sucedido
yles pidió ayuda.
Volvieron al lugar de los árboles extraños. Los torerillos cruzaron
miradas al ver que no había ninguna cueva, ninguna boca de ningún
pasadizo. Buscaron agatas sin hallar el menor indicio. No obstante, en
manos de Olga estaban la rosa, el alfi ler, el periódico -yen el suelo, el
caracol yla ramita.
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Cuando Olga cayó presa de un auténtico shock, los torerillos
entendieron la gravedad de lo que en principio habían juzgado una
broma o una posibilidad de aventura. Uno de ellos corrió aavisar por
teléfono desde un puesto aorillas del lago. El otro permaneció al lado
de Olga e intentó calmarla.
Veinte minutos después se presentó en Chapultepec el ingeniero
Andrade, esposo de Olga ypadre de Rafael. En seguida aparecieron los
vigilantes del Bosque, la policía, la abuela, los parientes, los amigos
y desde luego la multitud de curiosos que siempre parece estar
invisiblemente al acecho en todas partes y se materializa cuando
sucede algo fuera de lo común.
El ingeniero tenía grandes negocios y estrecha amistad con el
general Maximino Ávila Camacho. Modesto especialista en resistencia
de materiales cuando gobernaba el general Lázaro Cárdenas,
Andrade se había vuelto millonario en el nuevo régimen gracias alas
concesiones de carreteras ypuentes que le otorgó don Maximino. Como
usted recordará, el hermano del presidente Manuel Ávila Camacho
era el secretario de Comunicaciones, la persona más importante del
gobierno yel hombre más temido de México. Bastó una orden suya para
movilizar ala mitad de todos los efectivos policiales de la capital, cerrar
el Bosque, detener e interrogar alos torerillos. Uno de sus ayudantes
irrumpió en Palma 10 yme llevó aChapultepec en un automóvil ofi cial.
Dejé todo para cumplir con la orden de Ávila Camacho. Yo acababa de
hacerle servicios de la índole más reservada yme honra el haber sido
digno de su confi anza.
Cuando llegué aChapultepec hacia las cinco de la tarde, la búsqueda
proseguía sin que se hubiese encontrado ninguna pista. Era tanto el
poder de don Maximino que en el lugar de los hechos se hallaban para
dirigir la investigación el general Miguel Z. Martínez, jefe de la policía
capitalina, yel coronel José Gómez Anaya, director del Servicio Secreto.
Agentes yuniformados trataron, como siempre, de impedir mi labor.
El ayudante dijo alos superiores el nombre de quien me ordenaba hacer
una investigación paralela. Entonces me dejaron comprobar que en la
tierra había rastros del niño, no así del hombre que se lo llevó.
El administrador del Bosque aseguró no tener conocimiento de
que hubiera cuevas o pasadizos en Chapultepec. Una cuadrilla excavó
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el sitio en donde Olga juraba que había desaparecido su hijo. Sólo
encontraron cascos de metralla yhuesos muyantiguos. Por su parte, el
general Martínez declaró alos reporteros que la existencia de túneles
en México era sólo una más entre las muchas leyendas que envuelven
el secreto de la ciudad. La capital está construida sobre el lecho de un
lago; el subsuelo fangoso vuelve imposible esta red subterránea: en
caso de existir, se hallaría anegada.
La caída de la noche obligó a dejar el trabajo para la mañana
siguiente. Mientras se interrogaba alos torerillos en los separos de la
Inspección, acompañé al ingeniero Andrade a la clínica psiquiátrica
de Mixcoac donde atendían a Olga los médicos enviados por Ávila
Camacho. Me permitieron hablar con ella ysólo saqué en claro lo que
consta al principio de este informe.
Por los insultos que recibí en los periódicos no guardé recortes
yahora lo lamento. La radio difundió la noticia, los vespertinos ya no la
alcanzaron. En cambio los diarios de la mañana desplegaron en primera
plana y aocho columnas lo que apartir de entonces fue llamado «El
misterio de Chapultepec».
Un pasquín ya desaparecido se atrevió a afi rmar que Olga tenía
relaciones con los dos torerillos. Chapultepec era el escenario de sus
encuentros. El niño resultaba el inocente encubridor que al conocer la
verdad tuvo que ser eliminado.
Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron
creer que había visto lo que contó. En realidad el niño fue víctima de
una banda de «robachicos». (El término, traducido literalmente de
kidnapers, se puso de moda en aquellos años por el gran número de
secuestros que hubo en México durante la segunda guerra mundial.)
Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar aRafael para
obligarlo ala mendicidad.
Aún más irresponsable, cierta hoja inmunda engañó asus lectores
con la hipótesis de que Rafael fue capturado por una secta que adora
dioses prehispánicos ypractica sacrifi cios humanos en Chapultepec.
(Como usted sabe, Chapultepec fue el bosque sagrado de los aztecas.)
Según los miembros de la secta, la cueva oculta en este lugar es uno de
los ombligos del planeta yla entrada al inframundo. Semejante idea
parece basarse en una película de Cantinfl as, El signo de la muerte.
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En fi n, la gente halló un escape de la miseria, las tensiones de la
guerra, la escasez, la carestía, los apagones preventivos contra un
bombardeo aéreo que por fortuna no llegó jamás, el descontento, la
corrupción, la incertidumbre… Y durante algunas semanas se apasionó
por el caso. Después, todo quedó olvidado para siempre.
Cada uno piensa distinto, cada cabeza es un mundo y nadie se
pone de acuerdo en nada. Era un secreto avoces que para 1946 don
Maximino ambicionaba suceder adon Manuel en la presidencia. Sus
adversarios aseguraban que no vacilaría en recurrir al golpe militar yal
fratricidio. Por tanto, de manera inevitable se le dio un sesgo político
aeste embrollo: através de un semanario de oposición, sus enemigos
civiles difundieron la calumnia de que don Maximino había ordenado el
asesinato de Rafael con objeto de que el niño no informara al ingeniero
Andrade de las relaciones que su protector sostenía con Olga.
El que escribió esa infamia amaneció muerto cerca de Topilejo, en
la carretera de Cuernavaca. Entre su ropa se halló una nota de suicida
en que el periodista manifestaba su remordimiento, hacía el elogio
de Ávila Camacho yse disculpaba ante los Andrade. Sin embargo la
difamación encontró un terreno fértil, ya que don Maximino, personaje
extraordinario, tuvo un gusto proverbial por las llamadas «aventuras».
Además, la discreción, el profesionalismo, el respeto asu dolor y asus
actuales canas me impidieron decirle antes austed que en 1943 Olga
era bellísima, tan hermosa como las estrellas de Hollywood pero sin la
intervención del maquillista ni el cirujano plástico.
Tan inesperadas derivaciones tenían que encontrar un hasta aquí.
Gracias amétodos que no viene al caso describir, los torerillos fi rmaron
una confesión que aclaró las dudas y acalló la maledicencia. Según
consta en actas, el 9 de agosto de 1943 los adolescentes aprovechan
la soledad del Bosque a las dos de la tarde y la mala vista de Olga
para montar la farsa de la cueva yel vigilante misterioso. Enterados
de la fortuna del ingeniero, que hasta entonces había hecho esfuerzos
por ocultarla, se proponen llevarse al niño yexigir un rescate que les
permita comprar su triunfo en las plazas de toros. Luego, atemorizados
al ver que pisan terrenos del implacable hermano del presidente, los
torerillos enloquecen de miedo, asesinan a Rafael, lo descuartizan
yechan sus restos al Canal del Desagüe.
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