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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. КАРИБСКИЙ РЕГИОН
asumió el país fue la creación del llamado Hombre Nuevo, el hombre del futuro que es el presente de hoy. Sin embargo, el gobierno cubano ha mostrado una gran preocupación por la corrosiva presencia de la corrupción en la sociedad actual: yen un país donde casi todo pertenece al Estado, la corrupción vive ycrece en las propias estructuras estatales, entre las personas designadas yescogidas, casi siempre por sus méritos políticos, para dirigir el país en los diversos niveles de decisión ypoder. El renacimiento de la prostitución hace más de dos décadas volvió aser una realidad evidente en los circuitos turísticos cubanos; las manifestaciones de violencia o de la llamada indisciplina social recorren el país yexplotan de los más diversos modos; la falta de educación formal, de respeto al derecho ajeno, la falta de solidaridad yhasta de humanidad con los semejantes, con los animales, con la naturaleza se repiten yse hacen visibles todos los días; la indolencia, el cansancio, la búsqueda del camino más corto para «resolver» son actitudes cotidianas de muchísima gente; el afán de «especular» (ostentar lo que se tiene, aunque sea fruto del robo ydel «invento») recorre el espíritu de un porciento notable de la juventud; día adía decenas, o cientos, de cubanos se lanzan ala aventura del exilio de los más diversos yhasta arriesgados modos. Todo eso ocurre en el mismo país donde la gente puede pelearse por comprar un libro o entrar aun cine, donde las funciones de ballet clásico se dan ateatro lleno yen el que las personas pueden hablar en cualquier esquina de los graves problemas del cambio climático en el planeta... «La vida es más ancha que la historia», escribió Gregorio Marañón. Y aunque en Cuba se pueda exhibir con orgullo una larga lista de logros sociales yhumanos, el peso de la vida también ha arrastrado muchos sueños ynos ha enfrentado auna realidad en la cual el Hombre Nuevo no acaba de fraguar: al menos lo que veo con mis ojos, día adía, ese espécimen está bastante lejos de ser demasiado nuevo o mejor, al menos éticamente.
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Luego de medio siglo de socialismo ydespués de haber atravesado la durísima crisis económica de los años noventa del siglo pasado, Cuba parecía salir de la Historia para entrar en la Normalidad: un
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estadio de coherencia en el que, antes de cocinar el pollo, se enciende el fuego, yno la histórica resolución de pretender cocinar el pollo sin fuego o, simplemente, la de comernos el pollo crudo porque se ha decidido comer pollo, con o sin fuego. Las muydisímiles estrategias de supervivencia practicadas por la gente les han permitido salir vivos, aunque marcados, de la dura experiencia que signifi có una crisis como la de la década de 1990, en la que todo faltó, durante años, yse pusieron afl ote las más conmovedoras manifestaciones de solidaridad junto alas más mezquinas actitudes ycomportamientos ciudadanos. Con la cercanía ala realidad que se entrevé en los cambios recientemente introducidos ylos que se esperan que lleguen yquizás normalicen un poco más la vida cubana, la gente siente que la presión de la historia yde la ancestral desproporción cubana van bajando sus niveles y, ala vez, van coloreando ciertas esperanzas de que la vida cotidiana, esa única vida que tiene cada persona, sea un poco menos ardua. Un camino largo ylleno de sacrifi cios, la sostenida tensión creada por tanta historia ydesproporción nacional, han provocado un cansancio yun desgaste que la gente trata de mitigar buscando la normalidad: una cerveza, un reguetón yun poco de evasión puede ser la exigencia de muchas personas, quizás demasiadas personas, alas cuales ni les interesa ni les pasa por la mente la posibilidad de cambios políticos. Pero que desean que algo cambie, lo necesitan, yesperan que los cambios lleguen. Yalgunos cambios no llegan.
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Los periodistas que me entrevistan por mi trabajo literario siempre me hacen una misma pregunta (una interrogación que nadie le haría aun escritor mexicano, costarricense o argentino): ¿cómo ve usted el futuro de Cuba? Como aún no tengo ni nunca tendré la bola de cristal para predecir el futuro, mi respuesta, más sentimental que racional, es un deseo: tiene que ser mejor, les digo, porque los cubanos, buenos ymalos, de dentro yde fuera, nos merecemos un futuro mejor.
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JUAN BOSCH
EN UN BOHÍO
La mujer no se atrevía apensar. Cuando creía oír pisadas de bestias se lanzaba ala puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto yse quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, yadentro se vivía entre tierra yhollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran las lluvias; ella lo sabía, ysabía también que no podía dejarlo, porque fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.
Otra vez rumor de voces. Corrió ala puerta, temerosa de que nadie pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Solo el camino amarillo ypedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de la loma, que hacía gemir los pinos de la subida ylos pomares de abajo; otal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.
Uno de los enfermitos llamó, yella entró averlo, deshecha, con ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.
– Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?
Ella no se atrevía acontestar. Tocaba la frente del niño yla sentía arder.
– ¿No era taita, mama?
– No – negó –, tu taita viene después.
El niño cerró los ojos yse puso de lado. Aún en la oscuridad del aposento se le veía la piel lívida.
– Yo lo vide, mama. Taba ahí yme trujo un pantalón nuevo…
La mujer no podía seguir oyendo. Iba aderrumbarse, como los troncos viejos que se pudren por dentro ycaen un día, de golpe. Era el delirio de la fi ebre lo que hacía hablar así asu hijo, yella no tenía con qué comprarle una medicina.
El niño pareció dormitar yla madre se levantó para ver al otro. Lo halló tranquilo. Era huesos nada más ysilbaba al respirar, pero no se movía ni se quejaba; solo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde que nació había sido callado.
El cuartucho hedía atela podrida. La madre –fl aca, con las sienes hundidas, un paño sucio en la cabeza yun viejo traje de listado– no podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo
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le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel, hallaría solo cruces sembradas frente alos horcones del bohío, yde este, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar de Teo, ysufría.
Le dolía imaginar que Teo llegara ynadie saliera arecibirlo. Cuando él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio, yel maíz, los frijoles yel tabaco se agitaban ala brisa de la loma. Pero Teo se entregó, porque le dijeron que podía probar la propia defensa yque no duraría en la cárcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermó, y los muchachos –la hembrita ylos dos niños–, tan pequeños, no pudieron mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían. Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, yel agua estuvo cayendo, cayendo, cayendo día ynoche, sin sosiego alguno, una semana, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron solo piedras ybarro en el camino yse llevaron pedazos enteros de la palizada yllenaron el conuco de guijarros yel piso de tierra del bohío crió lamas ylas yaguas empezaron apudrirse.
Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había mandado ala hembrita aNaranjal, allá abajo, auna hora de camino; la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en nidales del monte para que los cambiara por arroz ysal. La niña había salido temprano yno volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de ansiedad.
Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del cuello tensos ylos ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le obligaba adistender las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de caña que ascendía ycoligió que un hombre subía la loma. Su primer impulso fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho yfi nalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse ytodavía no pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo apocos pasos, ella le miró
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los ojos ysintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba deseando algo.
Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró de golpe ala voz del hombre.
– Saludo – había dicho él.
Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano ysuplicó:
– Deme algo, alguito.
El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer fl aca ysucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola yque sin duda, también, deseaba aun hombre.
– Deme alguito – insistía ella.
Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese hombre volvía de La Vega, ysi había ido avender algo, tendría dinero. Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un hombre yque le veía como amujer.
– Bájese – dijo ella, muerta de vergüenza.
El hombre se tiró del caballo.
– Yo no más tengo medio peso – aventuró él.
Serena ya, dueña de sí, ella dijo:
– Ta bien, dentre.
El hombre perdió su recelo ypareció sentir una súbita alegría. Agarró la jáquima del caballo yse puso aamarrarla al pie del bohío. La mujer entró, yde pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no estaban enfermos. Tenía ganas de llorar yde estar muerta.
El hombre entró preguntando:
– ¿Aquí?
Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angustia que no le cabía en el alma, se acercó ala puerta del aposento; asomó la cabeza yvio alos niños dormitar. Entonces dio la cara al extraño yadvirtió que hedía asudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la mujer brillaban duramente, como los de los muertos.
– Unjú, aquí – afi rmó ella.
El hombre se le acercó, respirando sonoramente, yjustamente en ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía
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cortar como una navaja. Salió atoda prisa, hecha un haz de nervios. La niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era pequeña, quemada, huesos ypellejos nada más.
– ¿Qué te pasó, Minina? – preguntó la madre.
La niña sollozaba yno quería hablar. La madre perdió la paciencia.
– ¡Diga pronto!
– En el río – dijo la pequeña –; pasando el río… Se mojó el papel yna más quedó esto.
En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Seguía llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas del bohío.
La madre sintió que ya no podía más. Entró, ysus ojos no acertaban afi jarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, ycuando lo vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación.
– Vino la muchacha, mi muchacha… Váyase – dijo.
Se sentía muycansada yse arrimó ala puerta. Con los ojos turbios vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima ysubir al caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el caminante yenfrente mugía la brisa. Ella pensaba: «Medio peso, medio peso perdido».
– Mama – llamó el niño adentro –. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?
Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se quedó respondiendo:
– No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.
VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN
LA ENEMIGA
Recuerdo muybienel día en que papá trajo la primera muñeca
en una caja grande de cartón envuelta en papel de muchos colores yatada con una cinta roja, aunque yo estaba entonces muylejos de imaginar cuánto iba acambiar todo como consecuencia de esa llegada inesperada.
Aquel mismo día comenzaban nuestras vacaciones ymi hermana Esther yyo teníamos planeadas un montón de cosas para hacer en el
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verano, como, por ejemplo, la construcción de un refugio en la rama más gruesa de la mata de jobo, la cacería de mariposas, la organización de nuestra colección de sellos ylas prácticas de béisbol en el patio de la casa, sin contar las idas al cine en las tardes de domingo. Nuestro vecinito de enfrente se había ido ya con su familia apasar las vacaciones en la playa yesto me dejaba aEsther para mí solo durante todo el verano.
Esther cumplía seis años el día en que papá llegó acasa con el regalo. Mi hermana estaba excitadísima mientras desataba nerviosamente la cinta yrompía el envoltorio. Yo me asomé por encima de su hombro yobservé cómo iba surgiendo de los papeles arrugados aquel adefesio ridículo vestido con un trajecito azul que le dejaba al aire una buena parte de las piernas ylos brazos de goma. La cabeza era de un material duro yblanco yen el centro de la cara tenía una estúpida sonrisa petrifi cada que odié desde el primer momento.
Cuando Esther sacó la muñeca de la caja vi que sus ojos, provistos de negras ygruesas pestañas que parecían humanas, se abrían o cerraban según se la inclinara hacia atrás o hacia adelante yque aquella idiotez se producía al mismo tiempo que un tenue vagido que parecía salir de su vientre invisible.
Mi hermana recibió su regalo con un entusiasmo exagerado. Brincó de alegría al comprobar el contenido del paquete ycuando terminó de desempacarlo tomó la muñeca en brazos ysalió corriendo hacia el patio. Yo no la seguí ypasé el resto del día deambulando por la casa sin hacer nada en especial.
Esther comió ycenó aquel día con la muñeca en el regazo yse fue con ella ala cama sin acordarse de que habíamos convenido en clasifi car esa noche los sellos africanos que habíamos canjeado la víspera por los que teníamos repetidos de América del Sur.
Nada cambió durante los días siguientes. Esther se concentró en su nuevo juguete en forma tan absorbente que apenas nos veíamos en las horas de comida. Yo estaba realmente preocupado, ycon razón, en vista de las ilusiones que me había forjado de tenerla ami disposición durante las vacaciones. No podía construir el refugio sin su ayuda yme era imposible ocuparme yo solo de la caza de mariposas yde la clasifi cación de los sellos, aparte de que me aburría mortalmente tirar hacia arriba la pelota de béisbol yapararla yo mismo.
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Al cuarto día de la llegada de la muñeca ya estaba convencido de que tenía que hacer algo para retornar las cosas ala normalidad que su presencia había interrumpido. dos días después sabía exactamente qué. Esa misma noche, cuando todos dormían en la casa, entre de puntillas en la habitación de Esther ytomé la muñeca de su lado sin despertar ami hermana apesar del triste vagido que produjo al moverla. Pasé sin hacer ruido al cuarto donde papá guarda su caja de herramientas ycogí el cuchillo de monte yel más pesado de los martillos y, todavía de puntillas, tomé una toalla del cuarto de baño yme fui al fondo del patio, junto al pozo muerto que ya nadie usa. Puse la toalla abierta sobre la yerba, coloqué en ella la muñeca – que cerró los ojos como si presintiera el peligro– yde tres violentos martillazos le pulvericé la cabeza.
Luego desarticulé con el cuchillo las cuatro extremidades y, después de sobreponerme al susto que me dio oír el vagido por última vez, descuarticé el torso, los brazos ylas piernas convirtiéndolos en un montón de piececitas menudas. Entonces enrollé la toalla envolviendo los despojos ytiré el bulto completo por el negro agujero del pozo. Tan pronto regresé ami cama me dormí profundamente por primera vez en mucho tiempo.
Los tres días siguientes fueron de duelo para Esther.
Lloraba sin consuelo yme rehuía continuamente. Pero apesar de sus lágrimas yde sus reclamos insistentes no pudo convencer amis padres de que le habían robado la muñeca mientras dormía y ellos persistieron en su creencia de que la había dejado por descuido en el patio la noche anterior asu desaparición. En esos días mi hermana me miraba con un atisbo de desconfi anza en los ojos pero nunca me acusó abiertamente de nada.
Después las aguas volvieron asu nivel yEsther no mencionó más la muñeca. El resto de las vacaciones fue transcurriendo plácidamente yya amediados del verano habíamos terminado el refugio yallí pasábamos muchas horas del día pegando nuestros sellos en el álbum yorganizando la colección de mariposas.
Fue hacia fi nes del verano cuando llegó la segunda muñeca. Esta vez fue mamá quien la trajo yno vino dentro de una caja de cartón, como la otra, sino envuelta en una frazada color de rosa. Esther yyo
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presenciamos cómo mamá la colocaba con mucho cuidado en su propia cama hablándole con voz suave, como si ella pudiese oírla. En ese momento, mirando de reojo aEsther, descubrí en su actitud un sospechoso interés por el nuevo juguete que me ha convencido de que debo librarme también de este otro estorbo antes de que me arruine el fi nal de las vacaciones. A pesar de que adivino esta vez una secreta complicidad entre mamá yEsther para proteger la segunda muñeca, no me siento pesimista: ambas se duermen profundamente por las noches, la caja de herramientas de papi está en el mismo lugar y, después de todo, yo ya tengo experiencia en la solución del problema.
JOSÉ LUIS GONZÁLEZ
MIEDO
Habían escogido como sitio de reunión un rancho destartalado donde en otros tiempos, antes de que llegara la caña aaquellas tierras, se secaban las cosechas de tabaco.
El primero en llegar fue Lupercio Andrade. Se agachó junto al hueco en la pared que otrora había sido puerta yencendió un jumazo agrio. Mientras duró su espera, logró con perfecta facilidad no pensar en nada.
Los demás fueron llegando en grupos de tres o cuatro. Se sentaron en el suelo unos, yotros permanecieron en cuclillas. Lupercio fue saludando con movimientos de la cabeza alos que mejor conocía, echando de menos amás de uno, dándose cuenta al fi n de que no estaban todos los que esperaba encontrar allí. Casi se sorprendió cuando el organizador recién llegado de la capital dio por iniciada la reunión. Dijo lo que ya todos sabían: que el paro llevaba seis semanas, que no era posible prolongarlo indefi nidamente, que la central había empezado acontratar rompehuelgas. Y añadió:
– Por esas razones, no queda otro recurso que el que acabo de proponerle, en nombre de la Federación, al compañero Hernández.
Las miradas de todos coincidieron inmediatamente en el rostro del hombrecito que estaba de pie junto al organizador. Martín Hernández, el líder local del sindicato, parecía encerrar en su pequeño cuerpo, de talla casi infantil, una especie de energía reprimida que solo se manifestaba
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en la constante movilidad de sus facciones yen su atropellada manera de hablar. Ahora, arrugando súbitamente el entrecejo, echó afuera cinco palabras como si le molestara llevarlas dentro:
– Vamos aquemar la caña.
A Lupercio Andrade le saltó el corazón dentro del pecho. Paseó la mirada por el grupo de hombres que mantenían un silencio tenso, sin moverse apenas, como si ninguno quisiera ser el primero en darse por enterado de lo que todos acababan de escuchar. Alguno carraspeó desde un rincón del rancho ydespués escupió con un chasquido prolongado. Entonces se dejó oír una voz extrañamente sosegada, casi apacible, pero fi rme:
– Compañero, yo quisiera decir que es la primera vez que se nos habla de una cosa así. La Federación nos prometió…
– La Federación – interrumpió el organizador al peón que hablaba– no podía prever la intransigencia patronal. El acuerdo que proponen es una burla, pero además ya declararon que no recibirán anuestros representantes si no es para fi rmar.
– Es cuestión de tiempo – insistió el peón –. La caña no puede esperar yellos lo saben.
– Por eso se buscaron rompehuelgas. Y el compañero sabe de parte de quién se pone la policía en esos casos.
– De todas maneras – dijo ahora Martín Hernández entornando un solo ojo –, aquí no vamos aobligar anadie aque haga lo que no quiere. Si alguien más está en contra de la proposición, que levante la mano yle daremos la palabra.
Lupercio Andrade miró nerviosamente asu alrededor. No había una sola mano levantada. Le dio una chupada al jumazo ycomprobó que se había apagado. Se lo retiró de la boca yescupió hacia un lado. La voz del organizador atenuó el tono conminatorio para explicar:
– La quema de una o dos piezas será una simple advertencia. Digamos una invitación anegociar. ¿Está claro? Entonces, compañeros, los que estén afavor…
Lupercio sintió, sin mirar, que todas las manos se levantaban en silencio.
– Esta mañana – prosiguió el organizador – el compañero Hernández yyo escogimos los nombres de tres de ustedes para que
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