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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. КАРИБСКИЙ РЕГИОН
asumió el país fue la creación del llamado Hombre Nuevo, el hombre
del futuro que es el presente de hoy. Sin embargo, el gobierno cubano
ha mostrado una gran preocupación por la corrosiva presencia
de la corrupción en la sociedad actual: y en un país donde casi
todo pertenece al Estado, la corrupción vive ycrece en las propias
estructuras estatales, entre las personas designadas yescogidas, casi
siempre por sus méritos políticos, para dirigir el país en los diversos
niveles de decisión ypoder. El renacimiento de la prostitución hace
más de dos décadas volvió aser una realidad evidente en los circuitos
turísticos cubanos; las manifestaciones de violencia o de la llamada
indisciplina social recorren el país y explotan de los más diversos
modos; la falta de educación formal, de respeto al derecho ajeno, la
falta de solidaridad y hasta de humanidad con los semejantes, con
los animales, con la naturaleza se repiten yse hacen visibles todos
los días; la indolencia, el cansancio, la búsqueda del camino más
corto para «resolver» son actitudes cotidianas de muchísima gente;
el afán de «especular» (ostentar lo que se tiene, aunque sea fruto del
robo ydel «invento») recorre el espíritu de un porciento notable de
la juventud; día adía decenas, o cientos, de cubanos se lanzan ala
aventura del exilio de los más diversos yhasta arriesgados modos.
Todo eso ocurre en el mismo país donde la gente puede pelearse por
comprar un libro o entrar aun cine, donde las funciones de ballet
clásico se dan ateatro lleno y en el que las personas pueden hablar
en cualquier esquina de los graves problemas del cambio climático en
el planeta... «La vida es más ancha que la historia», escribió Gregorio
Marañón. Y aunque en Cuba se pueda exhibir con orgullo una larga
lista de logros sociales y humanos, el peso de la vida también ha
arrastrado muchos sueños ynos ha enfrentado auna realidad en la
cual el Hombre Nuevo no acaba de fraguar: al menos lo que veo con
mis ojos, día adía, ese espécimen está bastante lejos de ser demasiado
nuevo o mejor, al menos éticamente.
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Luego de medio siglo de socialismo ydespués de haber atravesado
la durísima crisis económica de los años noventa del siglo pasado,
Cuba parecía salir de la Historia para entrar en la Normalidad: un
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estadio de coherencia en el que, antes de cocinar el pollo, se enciende
el fuego, yno la histórica resolución de pretender cocinar el pollo sin
fuego o, simplemente, la de comernos el pollo crudo porque se ha
decidido comer pollo, con o sin fuego. Las muydisímiles estrategias
de supervivencia practicadas por la gente les han permitido salir vivos,
aunque marcados, de la dura experiencia que signifi có una crisis como
la de la década de 1990, en la que todo faltó, durante años, yse pusieron
a fl ote las más conmovedoras manifestaciones de solidaridad junto
a las más mezquinas actitudes y comportamientos ciudadanos. Con
la cercanía ala realidad que se entrevé en los cambios recientemente
introducidos ylos que se esperan que lleguen yquizás normalicen un
poco más la vida cubana, la gente siente que la presión de la historia
y de la ancestral desproporción cubana van bajando sus niveles y,
ala vez, van coloreando ciertas esperanzas de que la vida cotidiana,
esa única vida que tiene cada persona, sea un poco menos ardua. Un
camino largo y lleno de sacrifi cios, la sostenida tensión creada por
tanta historia ydesproporción nacional, han provocado un cansancio
yun desgaste que la gente trata de mitigar buscando la normalidad:
una cerveza, un reguetón yun poco de evasión puede ser la exigencia
de muchas personas, quizás demasiadas personas, alas cuales ni les
interesa ni les pasa por la mente la posibilidad de cambios políticos.
Pero que desean que algo cambie, lo necesitan, y esperan que los
cambios lleguen. Yalgunos cambios no llegan.
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Los periodistas que me entrevistan por mi trabajo literario
siempre me hacen una misma pregunta (una interrogación que
nadie le haría a un escritor mexicano, costarricense o argentino):
¿cómo ve usted el futuro de Cuba? Como aún no tengo ni nunca
tendré la bola de cristal para predecir el futuro, mi respuesta, más
sentimental que racional, es un deseo: tiene que ser mejor, les
digo, porque los cubanos, buenos ymalos, de dentro yde fuera, nos
merecemos un futuro mejor.
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JUAN BOSCH
EN UN BOHÍO
La mujer no se atrevía apensar. Cuando creía oír pisadas de bestias
se lanzaba ala puerta, con los ojos ansiosos; después volvía al cuarto
yse quedaba allí un rato largo, sumida en una especie de letargo.
El bohío era una miseria. Ya estaba negro de tan viejo, yadentro se
vivía entre tierra yhollín. Se volvería inhabitable desde que empezaran
las lluvias; ella lo sabía, ysabía también que no podía dejarlo, porque
fuera de esa choza no tenía una yagua donde ampararse.
Otra vez rumor de voces. Corrió ala puerta, temerosa de que nadie
pasara. Esperó un rato; esperó más, un poco más: ¡nada! Solo el camino
amarillo ypedregoso. Era el viento, ahí enfrente; el condenado viento de
la loma, que hacía gemir los pinos de la subida ylos pomares de abajo;
otal vez el río, que corría en el fondo del precipicio, detrás del bohío.
Uno de los enfermitos llamó, yella entró a verlo, deshecha, con
ganas de llorar, pero sin lágrimas para hacerlo.
– Mama, ¿no era taita? ¿No era taita, mama?
Ella no se atrevía acontestar. Tocaba la frente del niño yla sentía
arder.
– ¿No era taita, mama?
– No – negó –, tu taita viene después.
El niño cerró los ojos yse puso de lado. Aún en la oscuridad del
aposento se le veía la piel lívida.
– Yo lo vide, mama. Taba ahí yme trujo un pantalón nuevo…
La mujer no podía seguir oyendo. Iba a derrumbarse, como los
troncos viejos que se pudren por dentro ycaen un día, de golpe. Era el
delirio de la fi ebre lo que hacía hablar así asu hijo, yella no tenía con
qué comprarle una medicina.
El niño pareció dormitar yla madre se levantó para ver al otro. Lo
halló tranquilo. Era huesos nada más ysilbaba al respirar, pero no se
movía ni se quejaba; solo la miraba con sus grandes ojos serenos. Desde
que nació había sido callado.
El cuartucho hedía atela podrida. La madre –fl aca, con las sienes
hundidas, un paño sucio en la cabeza yun viejo traje de listado– no
podía apreciar ese olor, porque se hallaba acostumbrada, pero algo
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le decía que sus hijos no podrían curarse en tal lugar. Pensaba que
cuando su marido volviera, si era que algún día salía de la cárcel,
hallaría solo cruces sembradas frente alos horcones del bohío, yde
este, ni tablas ni techo. Sin comprender por qué, se ponía en el lugar
de Teo, ysufría.
Le dolía imaginar que Teo llegara ynadie saliera arecibirlo. Cuando
él estuvo en el bohío por última vez –justamente dos días antes de
entregarse– todavía el pequeño conuco se veía limpio, yel maíz, los
frijoles yel tabaco se agitaban ala brisa de la loma. Pero Teo se entregó,
porque le dijeron que podía probar la propia defensa yque no duraría
en la cárcel; ella no pudo seguir trabajando porque enfermó, y los
muchachos –la hembrita ylos dos niños–, tan pequeños, no pudieron
mantener limpio el conuco ni ir al monte para tumbar los palos que
se necesitaban para arreglar los lienzos de palizada que se pudrían.
Después llegó el temporal, aquel condenado temporal, y el agua
estuvo cayendo, cayendo, cayendo día ynoche, sin sosiego alguno, una
semana, dos, tres, hasta que los torrentes dejaron solo piedras ybarro
en el camino yse llevaron pedazos enteros de la palizada yllenaron el
conuco de guijarros yel piso de tierra del bohío crió lamas ylas yaguas
empezaron apudrirse.
Pero mejor era no recordar esas cosas. Ahora esperaba. Había
mandado ala hembrita aNaranjal, allá abajo, auna hora de camino;
la había mandado con media docena de huevos que pudo recoger en
nidales del monte para que los cambiara por arroz ysal. La niña había
salido temprano y no volvía. Y la madre ojeaba el camino, llena de
ansiedad.
Sintió pisadas. Esta vez no se engañaba: alguien, montando
caballo, se acercaba. Salió al alero del bohío con los músculos del
cuello tensos ylos ojos duros. Sentía que le faltaba el aire. Miró hacia
la subida. Sentía que le faltaba el aire, lo que le obligaba adistender
las ventanas de la nariz. De pronto vio un sombrero de caña que
ascendía ycoligió que un hombre subía la loma. Su primer impulso
fue el de entrar; pero algo la sostuvo allí, como clavada. Debajo del
sombrero apareció un rostro difuso, después los hombros, el pecho
yfi nalmente el caballo. La mujer vio al hombre acercarse ytodavía no
pensaba en nada. Cuando el hombre estuvo apocos pasos, ella le miró
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los ojos ysintió, más que comprendió, que aquel desconocido estaba
deseando algo.
Había una serie de imágenes vagas pero amargas en la cabeza de la
mujer: su hija, los huevos, los niños enfermos, Teo. Todo eso se borró
de golpe ala voz del hombre.
– Saludo – había dicho él.
Sin saber cómo lo hacía, ella extendió la mano ysuplicó:
– Deme algo, alguito.
El hombre la midió con los ojos, sin bajar del caballo. Era una mujer
fl aca ysucia, que tenía mirada de loca, que sin duda estaba sola yque
sin duda, también, deseaba aun hombre.
– Deme alguito – insistía ella.
Y de súbito en esa cabeza atormentada penetró la idea de que ese
hombre volvía de La Vega, ysi había ido avender algo, tendría dinero.
Tal vez llevaba comida, medicinas. Además comprendió que era un
hombre yque le veía como amujer.
– Bájese – dijo ella, muerta de vergüenza.
El hombre se tiró del caballo.
– Yo no más tengo medio peso – aventuró él.
Serena ya, dueña de sí, ella dijo:
– Ta bien, dentre.
El hombre perdió su recelo y pareció sentir una súbita alegría.
Agarró la jáquima del caballo yse puso aamarrarla al pie del bohío.
La mujer entró, yde pronto, ya vencido el peor momento, sintió que se
moría, que no podía andar, que Teo llegaba, que los niños no estaban
enfermos. Tenía ganas de llorar yde estar muerta.
El hombre entró preguntando:
– ¿Aquí?
Ella cerró los ojos e indicó que hiciera silencio. Con una angustia
que no le cabía en el alma, se acercó ala puerta del aposento; asomó
la cabeza yvio a los niños dormitar. Entonces dio la cara al extraño
yadvirtió que hedía asudor de caballo. El hombre vio que los ojos de la
mujer brillaban duramente, como los de los muertos.
– Unjú, aquí – afi rmó ella.
El hombre se le acercó, respirando sonoramente, yjustamente en
ese momento ella sintió sollozos afuera. Se volvió. Su mirada debía
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cortar como una navaja. Salió atoda prisa, hecha un haz de nervios. La
niña estaba allí, arrimada al alero, llorando, con los ojos hinchados. Era
pequeña, quemada, huesos ypellejos nada más.
– ¿Qué te pasó, Minina? – preguntó la madre.
La niña sollozaba yno quería hablar. La madre perdió la paciencia.
– ¡Diga pronto!
– En el río – dijo la pequeña –; pasando el río… Se mojó el papel yna
más quedó esto.
En el puñito tenía todo el arroz que había logrado salvar. Seguía
llorando, con la cabeza metida en el pecho, recostada contra las tablas
del bohío.
La madre sintió que ya no podía más. Entró, ysus ojos no acertaban
afi jarse en nada. Había olvidado por completo al hombre, ycuando lo
vio tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de la situación.
– Vino la muchacha, mi muchacha… Váyase – dijo.
Se sentía muycansada yse arrimó ala puerta. Con los ojos turbios
vio al hombre pasarle por el lado, desamarrar la jáquima ysubir al
caballo; después lo siguió mientras él se alejaba. Ardía el sol sobre el
caminante yenfrente mugía la brisa. Ella pensaba: «Medio peso, medio
peso perdido».
– Mama – llamó el niño adentro –. ¿No era taita? ¿No tuvo aquí taita?
Pasándole la mano por la frente, que ardía como hierro al sol, ella se
quedó respondiendo:
– No, jijo. Tu taita viene dispués, más tarde.
VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN
LA ENEMIGA
Recuerdo muybien el día en que papá trajo la primera muñeca
en una caja grande de cartón envuelta en papel de muchos colores
yatada con una cinta roja, aunque yo estaba entonces muylejos de
imaginar cuánto iba acambiar todo como consecuencia de esa llegada
inesperada.
Aquel mismo día comenzaban nuestras vacaciones y mi hermana
Esther yyo teníamos planeadas un montón de cosas para hacer en el
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verano, como, por ejemplo, la construcción de un refugio en la rama
más gruesa de la mata de jobo, la cacería de mariposas, la organización
de nuestra colección de sellos ylas prácticas de béisbol en el patio de
la casa, sin contar las idas al cine en las tardes de domingo. Nuestro
vecinito de enfrente se había ido ya con su familia apasar las vacaciones
en la playa yesto me dejaba aEsther para mí solo durante todo el verano.
Esther cumplía seis años el día en que papá llegó acasa con el regalo.
Mi hermana estaba excitadísima mientras desataba nerviosamente la
cinta yrompía el envoltorio. Yo me asomé por encima de su hombro
yobservé cómo iba surgiendo de los papeles arrugados aquel adefesio
ridículo vestido con un trajecito azul que le dejaba al aire una buena
parte de las piernas ylos brazos de goma. La cabeza era de un material
duro y blanco y en el centro de la cara tenía una estúpida sonrisa
petrifi cada que odié desde el primer momento.
Cuando Esther sacó la muñeca de la caja vi que sus ojos, provistos de
negras ygruesas pestañas que parecían humanas, se abrían o cerraban
según se la inclinara hacia atrás o hacia adelante yque aquella idiotez
se producía al mismo tiempo que un tenue vagido que parecía salir de
su vientre invisible.
Mi hermana recibió su regalo con un entusiasmo exagerado. Brincó
de alegría al comprobar el contenido del paquete ycuando terminó
de desempacarlo tomó la muñeca en brazos ysalió corriendo hacia el
patio. Yo no la seguí ypasé el resto del día deambulando por la casa sin
hacer nada en especial.
Esther comió ycenó aquel día con la muñeca en el regazo yse fue
con ella ala cama sin acordarse de que habíamos convenido en clasifi car
esa noche los sellos africanos que habíamos canjeado la víspera por los
que teníamos repetidos de América del Sur.
Nada cambió durante los días siguientes. Esther se concentró en
su nuevo juguete en forma tan absorbente que apenas nos veíamos en
las horas de comida. Yo estaba realmente preocupado, ycon razón, en
vista de las ilusiones que me había forjado de tenerla ami disposición
durante las vacaciones. No podía construir el refugio sin su ayuda
yme era imposible ocuparme yo solo de la caza de mariposas yde la
clasifi cación de los sellos, aparte de que me aburría mortalmente tirar
hacia arriba la pelota de béisbol yapararla yo mismo.
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Al cuarto día de la llegada de la muñeca ya estaba convencido de
que tenía que hacer algo para retornar las cosas ala normalidad que
su presencia había interrumpido. dos días después sabía exactamente
qué. Esa misma noche, cuando todos dormían en la casa, entre de
puntillas en la habitación de Esther y tomé la muñeca de su lado
sin despertar ami hermana apesar del triste vagido que produjo al
moverla. Pasé sin hacer ruido al cuarto donde papá guarda su caja
de herramientas ycogí el cuchillo de monte yel más pesado de los
martillos y, todavía de puntillas, tomé una toalla del cuarto de baño
yme fui al fondo del patio, junto al pozo muerto que ya nadie usa.
Puse la toalla abierta sobre la yerba, coloqué en ella la muñeca –
que cerró los ojos como si presintiera el peligro– yde tres violentos
martillazos le pulvericé la cabeza.
Luego desarticulé con el cuchillo las cuatro extremidades y, después
de sobreponerme al susto que me dio oír el vagido por última vez,
descuarticé el torso, los brazos y las piernas convirtiéndolos en un
montón de piececitas menudas. Entonces enrollé la toalla envolviendo
los despojos ytiré el bulto completo por el negro agujero del pozo. Tan
pronto regresé ami cama me dormí profundamente por primera vez en
mucho tiempo.
Los tres días siguientes fueron de duelo para Esther.
Lloraba sin consuelo yme rehuía continuamente. Pero apesar de
sus lágrimas yde sus reclamos insistentes no pudo convencer amis
padres de que le habían robado la muñeca mientras dormía y ellos
persistieron en su creencia de que la había dejado por descuido en el
patio la noche anterior asu desaparición. En esos días mi hermana me
miraba con un atisbo de desconfi anza en los ojos pero nunca me acusó
abiertamente de nada.
Después las aguas volvieron asu nivel yEsther no mencionó más
la muñeca. El resto de las vacaciones fue transcurriendo plácidamente
y ya a mediados del verano habíamos terminado el refugio y allí
pasábamos muchas horas del día pegando nuestros sellos en el álbum
yorganizando la colección de mariposas.
Fue hacia fi nes del verano cuando llegó la segunda muñeca. Esta
vez fue mamá quien la trajo yno vino dentro de una caja de cartón,
como la otra, sino envuelta en una frazada color de rosa. Esther yyo
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presenciamos cómo mamá la colocaba con mucho cuidado en su
propia cama hablándole con voz suave, como si ella pudiese oírla. En
ese momento, mirando de reojo aEsther, descubrí en su actitud un
sospechoso interés por el nuevo juguete que me ha convencido de que
debo librarme también de este otro estorbo antes de que me arruine
el fi nal de las vacaciones. A pesar de que adivino esta vez una secreta
complicidad entre mamá yEsther para proteger la segunda muñeca, no
me siento pesimista: ambas se duermen profundamente por las noches,
la caja de herramientas de papi está en el mismo lugar y, después de
todo, yo ya tengo experiencia en la solución del problema.
JOSÉ LUIS GONZÁLEZ
MIEDO
Habían escogido como sitio de reunión un rancho destartalado
donde en otros tiempos, antes de que llegara la caña aaquellas tierras,
se secaban las cosechas de tabaco.
El primero en llegar fue Lupercio Andrade. Se agachó junto al hueco
en la pared que otrora había sido puerta yencendió un jumazo agrio.
Mientras duró su espera, logró con perfecta facilidad no pensar en nada.
Los demás fueron llegando en grupos de tres o cuatro. Se sentaron
en el suelo unos, y otros permanecieron en cuclillas. Lupercio fue
saludando con movimientos de la cabeza a los que mejor conocía,
echando de menos a más de uno, dándose cuenta al fi n de que no
estaban todos los que esperaba encontrar allí. Casi se sorprendió
cuando el organizador recién llegado de la capital dio por iniciada la
reunión. Dijo lo que ya todos sabían: que el paro llevaba seis semanas,
que no era posible prolongarlo indefi nidamente, que la central había
empezado acontratar rompehuelgas. Y añadió:
– Por esas razones, no queda otro recurso que el que acabo de
proponerle, en nombre de la Federación, al compañero Hernández.
Las miradas de todos coincidieron inmediatamente en el rostro del
hombrecito que estaba de pie junto al organizador. Martín Hernández, el
líder local del sindicato, parecía encerrar en su pequeño cuerpo, de talla
casi infantil, una especie de energía reprimida que solo se manifestaba
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en la constante movilidad de sus facciones yen su atropellada manera
de hablar. Ahora, arrugando súbitamente el entrecejo, echó afuera
cinco palabras como si le molestara llevarlas dentro:
– Vamos aquemar la caña.
A Lupercio Andrade le saltó el corazón dentro del pecho. Paseó la
mirada por el grupo de hombres que mantenían un silencio tenso, sin
moverse apenas, como si ninguno quisiera ser el primero en darse por
enterado de lo que todos acababan de escuchar. Alguno carraspeó desde
un rincón del rancho ydespués escupió con un chasquido prolongado.
Entonces se dejó oír una voz extrañamente sosegada, casi apacible,
pero fi rme:
– Compañero, yo quisiera decir que es la primera vez que se nos
habla de una cosa así. La Federación nos prometió…
– La Federación – interrumpió el organizador al peón que hablaba–
no podía prever la intransigencia patronal. El acuerdo que proponen
es una burla, pero además ya declararon que no recibirán anuestros
representantes si no es para fi rmar.
– Es cuestión de tiempo – insistió el peón –. La caña no puede
esperar yellos lo saben.
– Por eso se buscaron rompehuelgas. Y el compañero sabe de parte
de quién se pone la policía en esos casos.
– De todas maneras – dijo ahora Martín Hernández entornando un
solo ojo –, aquí no vamos aobligar anadie aque haga lo que no quiere.
Si alguien más está en contra de la proposición, que levante la mano
yle daremos la palabra.
Lupercio Andrade miró nerviosamente asu alrededor. No había una
sola mano levantada. Le dio una chupada al jumazo ycomprobó que se
había apagado. Se lo retiró de la boca yescupió hacia un lado. La voz del
organizador atenuó el tono conminatorio para explicar:
– La quema de una o dos piezas será una simple advertencia.
Digamos una invitación anegociar. ¿Está claro? Entonces, compañeros,
los que estén afavor…
Lupercio sintió, sin mirar, que todas las manos se levantaban en
silencio.
– Esta mañana – prosiguió el organizador – el compañero
Hernández yyo escogimos los nombres de tres de ustedes para que
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