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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ВЕНЕСУЭЛА И КОЛУМБИЯ
de todos los rí os, me quedé dormida ypor mi culpa se ha ahogado mi
padre, yo lo he matado en sueñ os, el tinitus de sus oí dos resonará por
siempre en mi alma, aturdirá mi alma cada dí a de mi vida recordá ndome
su despedida, Cruz no le pongan, dirí a quizá s la voz extraviada de su
madre Blanca, Cruz no le pongan, solo una piedra, una piedra má s entre
las muchas piedras que ruedan por la memoria borrada de Eugenia.
Cruz no le pongan ycruz no le pusieron, nada que identifi que el lugar
del entierro, y só lo dí as despué s recupera Eugenia la nitidez del
recuerdo al verse a sí misma en medio de una escena familiar tan
está tica que má s parece una fotografí a, en torno ala mesa del comedor
es- tá n sentados su hermana Sofi , Farax, su madre yella, Eugenia, que
escucha asu madre anunciar en un tono cordial, sedante, el tono de
quien espera que la vida siga pese atodo, Niñ as, su padre ha regresado
aAlemania, donde se quedará no se sabe por cuá nto tiempo. Eso es lo
que les comunica Blanca, la madre, de manera inequí voca ycontundente
ysin derecho aapelaciones, ¿Padre se fue aAlemania sin despedirse?,
pregunta Eugenia, que ya no sabe qué hacer con su propio sueñ o de
entierro y antorchas a la orilla del rí o, no sabe qué hacer con la
enumeració n de tí os de Alemania que esa noche padre murmuraba
como si fuera una oració n fú nebre, Si padre está en Alemania entonces
dó nde está la noche aquella en que se dejó tentar por el llamado del rí o,
quié n se soñ ó el sueñ o de que mi padre bajaba al rí o por descuido mí o,
que no supe detenerlo, que fui la culpable por quedarme dormida,
padre regresó aAlemania pero dejó aquí su gran dolor, sus horas de
tribulaciones, su cabeza obnubilada, si padre volvió a Alemania
entonces quizá no tenga la culpa ella, Eugenia, tal vez, si está tranquilo
allá en su tierra, padre le haya perdonado el horrendo descuido, si
padre está lejos y a salvo, el tropel de las culpas de Eugenia quizá se
calme, se mitigue, se apague yella pueda descansar, aveces Eugenia
siente que no ha vuelto adormir desde esa noche de fuegos artifi ciales
en que se durmió cuando no debí a, Si, dice en la mesa del comedor de
Sasaima la niñ a Eugenia, si, si, si, dice yrepite, padre si se fue para
Alema- nia sin avisarnos yquié n sabe cuá ndo vuelva, si es que vuelve
algú n dí a. ¿Y Farax? ¿Qué fue de Farax, desaparecido casi antes de
aparecer del todo, ese Abelito Caballero que espejea en un sueñ o
escurridizo que con el despertar se esfuma? Tras terminar de leer los
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diarios y las cartas del armario Aguilar no tiene clara la respuesta,
a partir de cierto punto se le han borrado Farax y Abelito como si
hubieran sido escritos con tinta deleble; Aguilar le pregunta ala tí a Sofi
qué fue de la vida de Farax, Dí gamelo usted, Sofi , si usted no lo sabe no
lo sabe nadie por- que la abuela Blanca no vuelve amencionarlo en sus
memorias, simplemente lo deja de lado como si no hubiera existido
nunca, Yo calculo que Farax debió permanecer con nosotras en la
casona de Sasaima unos tres o cuatro meses mas apartir de la fecha en
que mi padre regresó aAlemania, contesta tí a Sofi , unos tres o cuatro
meses hasta que un dí a no amaneció má s allí , agarró su chaqueta de
alpaca, su viejo morral ysus soldaditos de plomo y se fue por donde
habí a venido, es decir por el camino de Anapoima, tal vez no encontró
sentido en que- darse porque ya no habí a quié n le enseñ ara piano, o tal
vez se negó aaceptar la demasiada herencia que le legó mi padre, tal
vez nunca amó ami madre o la amó demasiado, tal vez leyó en mis ojos
o en los de Eugenia expectativas que lo desasosegaron, quié n sabe qué
habrá sido, só lo me consta que Farax quedó tan atrá s como los dí as de
nuestra adolescencia yque Abelito Caballero desapareció un buen dí a
como habí a desaparecido mi padre, igual que mi padre pero por el
camino yno por el rí o, yo só lo sé que de ninguno de los dos, mejor
dicho de ninguno de los tres volvimos asaber nada porque mi madre
nunca dio explicaciones ni mencionó má s sus nombres.
JOSÉ EUSTASIO RIVERA
LA VORÁGINE (Fragmento)
Correa me aclaró algunos detalles relativos al embrollo de Franco
en Arauca. Un joven llamado Helí Mesa, que «actualmente viví a como
colono en el cañ o Caracarate», vino una vez aLa Maporita, ymientras
desyerbaban el «conuco», le relató los sucesos como testigo presencial.
Franco era teniente de la guarnició n, y estableció su casa lejos del
cuartel, ala orilla del rí o. El capitá n dio en perseguir ala niñ a Griselda,
y, para cortejarla asu antojo, dejaba en servicio al subalterno. Este,
enterado ya de los propó sitos del jefe, abandonó el puesto una noche
ycorrió asu habitació n. Nadie ha sabido qué pasarí a apuerta cerrada.
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El capitá n apareció con dos puñ aladas en el pecho, y, debilitado por
el desangre, murió de fi ebres en la misma semana, despué s de hacerle
declaraciones ala justicia, favorables al acusado.
Ni el hombre ni su mujer fueron perseguidos jamá s, aunque
desaparecieron la misma noche de la desgracia. Só lo el juez de Orocué
les expedí a motu proprio boletas de comparendo, equivalente aletras
de cambio, pues el oro corrí a a hablar por ellos, con tan descarada
costumbre, que ya las ó rdenes judiciales se limitaban adecir: «Manden
lo de este mes».
En tanto que departí amos por la estepa, un cefirillo repentino
ycreciente empezó aalborotar las crines de los caballos y aretozar
con nuestros sombreros. A poco, unas nubes endemoniadas se
levantaron hacia el sol, devorando la luz, yun cañ oneo subterrá neo
estremecí a la tierra. Correa me advirtió que se avecinaba el chubasco,
y abreviamos las planicies a galope tendido, arreando la brigada,
suelta, para que se defendiese con libertad. Buscá bamos el abrigo
de los montes lontanos, ysalimos a una llanada donde gemí an las
palmeras, zarandeadas por el brisote con tan poderosa insolencia
que las hací a desaparecer del espacio, agachá ndolas sobre el
suelo, para que barrieran el polvo de los pastizales crispados. En
las rampas, con disciplinada premura congregá banse los rebañ os,
presididos por toros mugientes, de desviadas colas, que se imponí an
al vendaval agrupando a las hembras cobardes, y abriendo en
contorno una brecha categó rica y defensiva. Las aguas corrí an al
revé s y las bandadas de patos volteaban en las alturas, cual hojas
dispersas. Sú bito, cerrando las lejaní as entre cielo ytierra, descolgó
sus telones el nublado, terrible, rasgado por centellas, aturdido por
truenos, convulsionado por borrascas que vení an empujando a la
oscuridad.
El huracá n fué tan furibundo que casi nos desgajaba de las
monturas, y nuestros caballos detuvié ronse, dando las grupas
a la tormenta. Rá pidamente nos desmontamos y, requiriendo los
bayetones bajo el chaparró n, nos tendimos de pecho entre el pajonal.
Oscureció se el á mbito que nos separaba de las palmeras, y só lo
veí amos una, de grueso tallo yluengas alas, que se erguí a como la
bandera del viento y zumbaba al chispear cual una yesca bajo el
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relá mpago que la encendí a; yera bello yaterrador el espectá culo de
aquella palmera heroica, que agitaba alrededor del hendido tronco
las fi bras del penacho fl amante ymorí a en su sitio, sin humillarse ni
enmudecer.
Cuando pasó la tromba, advertimos que la brigada habí a
desaparecido y cabalgamos para perseguirla. Calados, entre
la ventolera procelosa, anduvimos leguas y leguas sin poder
encontrarla, ycaminando tras la nube que corrí a como negro muro,
dimos con los peñ ones del desbordado Meta. Desde allí mirá bamos
hervir las revolucionadas ondas, en cuyos crestones mojá banse los
rayos en culebreo implacable, mientras que los barrancos ribereñ os
se desprendí an con sus colonias de monte virgen, levantando
altí simas columnas de agua. Y el estruendo de la caí da era seguido
por el traqueteo de los bejucos, hasta que al fin giraba el bosque en
el oleaje, como la balsa del espanto.
Despué s, entre yerbales llovidos donde las palmeras iban
enderezá ndose con miedo, proseguimos la busca de la bestiada,
yambulando siempre, cayó sobre nosotros la noche. Mohí no, trotaba en
pos de Correa, al parpadeo de los postreros relá mpagos, metié ndonos
hasta la cincha en los inundados bají os, cuando desde el comienzo de
una ajarafe divisamos lejanas hogueras que parecí an alegrar el monte.
– ¡Allí vivaquean nuestros compañ eros, allí está n!- Y alborozado,
principié agritarles. – ¡Por Dios, por Dios, cierre la boca que son indios!
Y otra vez nos alejamos por el desierto oscuro, donde comenzaban
a himplar las panteras, sin resolvernos a descansar, sin abrigo, sin
rumbo, hasta que la aurora tardí a abrió su alcá zar de oro a nuestra
desfalleciente esperanza.
* * *
¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la
neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cá rcel verde?
Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bó veda, siempre
está n sobre mi cabeza, entre mi aspiració n yel cielo claro, que só lo
entreveo cuando tus copas estremecidas mueven su oleaje, ala hora
de tus crepú sculos angustiosos. ¿Dó nde estará la estrella querida que
de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos celajes de oro ymú rice con que
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se viste el á ngel de los ponientes, por qué no tiemblan en tu dombo?
¡Cuá ntas veces suspiró mi alma adivinando al travé s de tus laberintos
el refl ejo del astro que empurpura las lejaní as, hacia el lado de mi paí s,
donde hayllanuras inolvidables y cumbres de corona blanca, desde
cuyos picachos me vi ala altura de las cordilleras! ¿Sobre qué sitio
erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú me robaste el ensueñ o
del horizonte ysó lo tienes para mis ojos la monotoní a de tu cenit, por
donde pasa el plá cido albor, que jamá s alumbra las hojarascas de tus
senos hú medos!
Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos
hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo
longevidad alos á rboles imponentes, contemporá neos del paraí so,
que eran ya decanos cuando las primeras tribus aparecieron
y esperan impasibles el hundimiento de los siglos venturosos.
Tus vegetales forman sobre la tierra la poderosa familia que no se
traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo
llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el
dolor de la hoja que cae. Tus multí sonas voces forman un solo eco al
llorar por los troncos que se desploman, yen cada brecha los nuevos
gé rmenes apresuran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la
fuerza có smica yencarnas un misterio de la creació n. No obstante,
mi espí ritu só lo se aviene con lo inestable, desde que soporta el
peso de tu perpetuidad, y, má s que a la encina de fornido gajo,
aprendió a amar a la orquí dea raquí tica, porque es efí mera como
el hombre y marchitable como su ilusió n. ¡Dé jame huir, oh selva,
de tus enfermizas penumbras, formadas con el há lito de los seres
que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma pareces
un cementerio enorme donde te pudres yresucitas! ¡Quiero volver
alas regiones donde el secreto no aterra anadie, donde es imposible
la esclavitud, donde la vista no tiene obstá culos y se encumbra el
espí ritu en la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo
de las caní culas, la vibració n de las pampas abiertas! ¡Dé jame tornar
ala tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lá grimas ysangre
que recorrí en nefando dí a, cuando tras la huella de una mujer me
arrastré por montes y desiertos, en busca de la Venganza, diosa
implacable que só lo sonrí e sobre las tumbas!
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TOMÁS GONZÁLEZ
PRIMERO ESTABA EL MAR (Fragmento)
Entonces llegaron las lluvias. Comenzó el primero de los dos
inviernos que J. habría de vivir en aquella región; el primero de sus dos
últimos sobre la tierra.
Gruesas nubes, gris oscuro, comenzaron a sobrevolar el mar,
haciéndolo hermosamente lúgubre yeterno. Antes de que empezaran
a caer las primeras gotas, el sol alcanzaba ameterse aún por algún
roto entre las nubes, precipitando anchos chorros de luz sobre las
oscurecidas aguas. Los rayos quebraban el espacio por todas partes,
retumbando, ylas gaviotas graznaban, altas, en el cielo. Entonces las
nubes se unían completamente ygruesas gotas, que repicaban como
piedras pequeñas contra las tejas de zinc, iniciaban aguaceros masivos
que podían durar muchos días con sus noches. El calor pesado que
precedía al descenso de las aguas se veía reemplazado por una frescura
triste ysombría, yla plomiza defi nición de las nubes se perdía, como si
la tierra se hubiera unido de nuevo con las aguas yya no hubiera más
separación entre luz y tinieblas. A veces se alcanzaba aoír desde la
casa, mar afuera, entre la confusión de elementos, el ronroneo difuso
de algún barco del que sólo se distinguía la sombra opaca.
Al principio del invierno, Elena y J. permanecían encerrados
durante el tiempo que durara el aguacero. Un erotismo húmedo
yoscuro se apoderaba entonces de sus huesos. Y mientras la lluvia caía
pesada ymonótona sobre los techos, ellos disfrutaban de sus cuerpos
hasta el agotamiento. Sin embargo, cuando Elena debía levantarse
para atender aalgún cliente en la tienda, no tenía más remedio que
mirar al exterior. La visión del mar oscurecido le oprimía entonces
el corazón; la multitud de arroyitos embarrados que bajaban de la
montaña yenfangaban los alrededores de la casa le daban ganas de
llorar. El inmenso mango del patio, que en verano se levantaba como
un rey, se veía ahora apabullado yempequeñecido por el agua. Todas
ycada una de las cosas que miraba, los perros, las vacas quietas, las
palmeras vencidas, el agua misma del mar, tenían expresión sombría.
Una sensación de intensa soledad la sobrecogía entonces yregresaba
de nuevo al cuarto, abuscar el cuerpo de J.
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Después de dos o tres días de lluvia continua las aguas podían
retirarse. Al despertar, luego de una larga noche de techos estrepitosos,
J. se encontraba aboca de jarro con la luz y el silencio. «Escampó,
hermana», le decía aElena, sacudiéndola, ylos dos salían al corredor.
Un universo como recién creado aparecía entonces ante sus ojos.
El sol golpeaba sobre las hojas mojadas de los árboles, golpeaba
contra la playa, golpeaba contra la espuma de las olas. Las sardinas
casi repicaban en el aire al saltar sobre el agua. Bandadas de gaviotas,
deslumbrantes en el nuevo día, revoloteaban en el mar, pescando en
desordenada alegría.
Sin embargo, tales recesos duraban muypoco. Pronto las nubes
volvían a acumularse y a oscurecer la tierra con su sombra pétrea.
Cuando el agua se desplomaba de nuevo sobre el mundo, ellos recaían
en su lubricidad desesperada yse encerraban otra vez en el cuarto.
Hasta que Gilberto dijo:
– Es el tiempo bueno para sembrar los semilleros, patrón.
J. estaba en el corredor, al atardecer, mirando cómo la oscuridad
pasaba de gris anegra. Elena dormía en el cuarto. Había que salir del
letargo, escapar de aquella impotencia que le producía una pequeña
úlcera de pánico en el estómago. En casi mes ymedio no se había hecho
ningún trabajo de importancia en la fi nca.
– Listo, Gilberto – contestó– . Mañana empezamos.
Al día siguiente, cubiertos por encauchados gruesos, empezaron
apreparar los semilleros. Elena trabajó con ellos al principio; luego,
cuando las repugnantes gotas de agua que se fi ltraban por el cuello
y resbalaban por la espalda comenzaron a resultarle insoportables,
cuando aquel calor húmedo que olía a caucho comenzó aresultarle
insoportable, abandonó el trabajo yse metió de nuevo en la casa.
– Si la hijueputa máquina no se hubiera dañado, algo podría hacer,
vida cagada– le dijo aJ.
Comiendo, trataba de equilibrar el peso tremendo de su aburrimiento.
No había terminado de desayunar cuando sus glándulas empezaban
apresagiar con deleite neurótico el sábalo frito del almuerzo. Y entre
una comida yotra devoraba mangos maduros, viciosamente.
Con las lluvias, tal como había dicho Salomón, llegó también la pesca
abundante. Pero era tanta la abundancia que no tenían que arrojar la
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red todas las noches. Ahora salía repleta de peces más que sufi cientes
para abastecer la casa yla vereda durante varios días.
La noche de la primera pesca importante, Salomón entregó a J.
treinta cojinúas grandes, quince mojarras y cuatro sábalos de casi
metro ymedio cada uno. Era la mitad de lo que habían sacado.
– Déjenos la mitad de eso, Salomón, y llévese el resto para la
vereda – dijo J.
Pero incluso eso resultó demasiado. Mercedes colgó parte del
pescado sobre la estufa, para que se ahumara, ysaló el resto. Cuatro
días después el pescado salado comenzó a oler mal y tuvieron que
tirarlo.
Poco apoco comenzaron amenguar las lluvias. Cada vez las nubes
se demoraban más en acumular un nuevo aguacero, ylas treguas de sol
se hacían cada vez más amplias.
Elena trajo de Medellín los repuestos para la máquina de coser. Ya
reparada, la Singer fue instalada tras el mostrador de la tienda, lo que
le permitía a Elena trabajar mientras despachaba. De Medellín trajo
también un gran rollo de tela estampada con grandes fl ores rojas. El
mismo día de su llegada empezó atomar las medidas, y afi nales del
invierno ya había cortinas en todas las ventanas de la casa.
J. disfrutó con esa minuciosa encortinada. Cada vez que llegaba
de los potreros se sorprendía con la visión de la decrépita casona de
madera que relampagueaba con fl ores de cretona. Y por las tardes,
cuando llegaban los fuertes vientos del mar, J., sentado en el corredor,
disfrutaba oyendo los latigazos que la brisa arrancaba aaquellas fl ores
rojas enloquecidas en las ventanas.
Ya iban disminuyendo las lluvias cuando brotaron los cocos del
semillero. «Venga le muestro una cosa, patrón», le dijo Gilberto una
mañana, después del desayuno, ycaminaron hasta el lugar. En el tope
de algunos de los cocos habían aparecido codos húmedos de apariencia
fetal; en otros se habían empezado adesplegar los abanicos.
Para J. era muynítida la imagen de lo que sería la fi nca dentro de
algunos años. Los minúsculos abanicos, de un verde muyfresco, habrían
de convertirse en una apacible plantación de coco que se extendería alo
largo de la playa yocuparía el terreno frente ala casa yaquel donde se
levantaba la casa misma. Una nueva vivienda, que nada tendría que ver
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con tejas de zinc o pilotes, se levantaría en la cima de la loma donde se
apoyaba la edifi cación actual. A J. nunca le gustaron esas tejas sofocantes
ybullangueras, ni tampoco el repulsivo espacio que había debajo de los
corredores, donde irremediablemente iban aparar inútiles enredajos de
alambre, pedazos de ladrillo ytablas de desecho. La casa dominaría el
mar desde un sitio más alto yse alejaría del fango de los corrales, que
en invierno llenaba de moscas desayunos y almuerzos y anegaba la
respiración con emanaciones de boñiga repisada. Muy amenudo Elena
yJ. subían hasta el sitio donde se construiría la nueva casa ydiscutían la
futura distribución de cuartos, baños yventanas.
A fi nales del invierno se apoderó de J. la compulsión de sembrar.
Sembró mangos en lo que habría de ser el patio de la nueva casa,
un plantío de piñas en la falda de la loma – dejando libre una franja
de tierra hasta la cima, por la que treparía una escalera de piedra–
ynaranjos alrededor de los corrales.
Y también afi nales del invierno comenzó aescribir en el mamotreto
que, afalta de mejor nombre, llamaba «el libro». Era un tomo de cuero
negro con dos mil hojas blancas que había empastado un amigo
suyo, obrero de Coltejer, afi cionado a encuadernar cosas. La idea del
amigo había sido empastar, yluego escribir, un gran libro. «Un libro el
hijueputa», explicaba, «con palabras todas del diccionario». Y como aJ.
siempre le habían interesado ciertas aventuras intelectuales perdidas
que lo acompañaban de algún modo en su propia ambigua – ytal vez
confusa– rebelión contra la cultura, el asunto le llamó la atención.
Cuando se encontraba con su amigo le preguntaba con sincero interés
por el progreso del libro. «Voyen la página quince», podía responder el
otro con gesto cansado, como de maratonista. «Apenas lo termine te lo
muestro».
Pero nunca lo terminó. A la altura de la página treinta, ysin mostrarle
nada anadie – ni siquiera aJ., aquien respetaba–, arrancó yquemó lo
escrito. La burla que en algunos de sus amigos provocó la intención
de mantenerse dentro de los límites del diccionario había sido tal vez
demasiado fuerte para él.
– Yo soy un hijueputa obrero, hermano, y a mucha honra – le
dijo aJ.– . Así que quedate vos con el libro, que alo mejor vos sabés
trabajarlo.
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Pensando que podía serle de alguna utilidad en la fi nca, pero sobre
todo por cariño con el objeto en sí ycon su historia, J. lo incluyó –
mil novecientas setenta páginas en blanco– entre las cosas que los
acompañaron al mar.
«Junio 4/76: don Eduardo nos trajo hoycuatrocientos cogollos de
piña. Los cobró ados pesos unidad. Los trajo en un burro viejo que
tiene, al que llama Criatura de Dios.
«Hayunas nubes gruesas que se están acumulando por el sur. Si nos
ponemos las pilas asembrar hoy ymañana, alo mejor el agua agarre
alos cogollitos recién sembrados.
«Don Eduardo dice que conoce un emplasto vegetal muybueno para
prevenir ycombatir mis hongos. Elena no cree en nada de lo que dice
el viejo – que no es tan viejo, según dicen –, pero con tal de que no me
vuelvan yo me pongo en los pies las matas que sean.
«Una de las vacas parió anoche un ternero muerto».
No habían tenido suerte con el ganado. Ya el primer mes de su
llegada un rayo fulminó auna vaca con su cría. Poco tiempo después
desaparecieron dos animales, al parecer robados. Hubo indagaciones yse
denunció el robo en la inspección – el policía no sabía usar la máquina yJ.
debió teclear la denuncia él mismo–, pero nada pudo esclarecerse. Vagas
sospechas, engendradas por una difusa y casi impersonal acusación,
señalaban aRoberto, hijo menor de doña Rosa yoveja negra de la familia,
como culpable; también aJuan, el tendero, como supuesto comprador.
Este último tenía fama de comprar cosas robadas, yRoberto, de calavera
ypoco trabajador. Pero nadie, aparte de Elena, habría estado dispuesto
ajurar que ellos eran los culpables, yElena no tenía ninguna prueba.
Total, que ahora había las mismas veintinueve cabezas del
principio. Los animales nacidos habían compensado las pérdidas,
pero estaban por criar y engordar. Entonces, en parte tratando de
aumentar su ganadería a la fuerza, en parte porque se antojó del
animal, J. compró un magnífi co cebú reproductor. Lo compró contra
la opinión de Elena y del mismo Gilberto, quienes pensaban, con
razón, que no se necesitaba, pues un vecino les alquilaba barato un
buen reproductor. El animal era manso, inmenso como una catedral,
patriarcal; una barroca ysólida estructura llena de pliegues ycascadas
musculares, que lucía espectacular en los potreros.
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