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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ЦЕНТРАЛЬНАЯ АМЕРИКА
escalera de una ciudad de altos: Xibalbá, Tuláin, ciudades mitológicas, lejanas, arropadas en la niebla. Iximché, en cuyo blasón el águila cautiva corona el galibal de los señores cakchiqueles. Utatlán, ciudad de señoríos. Y Atitlán, mirador engastado en una roca sobre un lago azul. ¡La fl or del maíz no fue más bella que la última mañana de estos reinos! El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.
En la primera ciudad de los Conquistadores – gemela de la ciudad del Señor Santiago –, una ilustre dama se inclina ante el esposo, más temido que amado. Su sonrisa entristece al Gran Capitán, quien, sin pérdida de tiempo, le da un beso en los labios yparte para las Islas de la Especiería. Evocación de un tapiz antiguo. Trece navíos aparejados en el golfo azul, bajo la luna de plata. Siete ciudades de Cíbola construidas en las nubes de un país de oro. Dos caciques indios dormidos en el viaje. No se alejan de las puertas de Palacio los ecos de las caballerías, cuando la noble dama ve o sueña, presa de aturdimientos, que un dragón hace rodar asu esposo al silo de la muerte, ahogándola aella en las aguas oscuras de un río sin fondo.
Pasos de ciudad colonial. Por las calles arenosas, voces de clérigos que mascullan Ave-Marías, yde caballeros ycapitanes que disputan poniendo aDios por testigo. Duerme un sereno arrebozado en la capa. Sombras de purgatorio. Pestañeo de lámparas que arden en las hornacinas. Ruido de alguna espuela castellana, de algún pájaro agorero, de algún reloj despierto.
En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio yviejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje. En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor alcalde. Se habla amedia voz. Se ve con los párpados caídos. La visión de la vida através de los ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos. Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes claras. Grave metal de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta ciudad antigua bajo la cruz católica yla guarda fi el de sus volcanes! Luego, fi estas reales celebradas en geniales días, yfestivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares, se dejan saludar por caballeros de bigote petulante ytraje de negro yplata. Ésta une al pie breve la mirada lánguida. Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume
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desmaya el aliento de la que ahora conversa con un señor de la Audiencia. La noche penetra... penetra... El obispo se retira, seguido de los bedeles. El tesorero, gentil hombre ycaballero de la orden de Montesa, relata la historia de los linajes. De los veladores de vidrio cae la luz de las candelas entumecida yeclesiástica. La música es suave, bullente, yla danza triste acompás de tres por cuatro. A intervalos se oye la voz del tesorero que comenta el tratamiento de «Muyilustre Señor» concedido al conde de la Gomera, capitán general del Reino, yel eco de dos relojes viejos que cuentan el tiempo sin equivocarse. La noche penetra... penetra... El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.
Estamos en el templo de San Francisco. Se alcanzan aver la reja que cierra el altar de la Virgen de Loreto, los pavimentos de azulejos de Génova, las colgaduras de Damasco, los tafetanes de Granada ylos terciopelos carmesí yde brocado. ¡Silencio! Aquí se han podrido más de tres obispos ylas ratas arrastran malos pensamientos. Por las altas ventanas entra furtivamente el oro de la luna. Media luz. Las candelas sin llamas yla Virgen sin ojos en la sombra.
Una mujer llora delante de la Virgen. Su sollozo en un hilo va cortando el silencio. El hermano Pedro de Betancourt viene aorar después de medianoche: dio pan alos hambrientos, asilo alos huérfanos yalivio alos enfermos. Su paso es imperceptible. Anda como vuela una paloma.
Imperceptiblemente se acerca ala mujer que llora, le pregunta qué penas la aquejan, sin reparar en que es la sombra de una mujer inconsolable, yla oye decir:
¡Lloro porque perdí aun hombre que amaba mucho; no era mi esposo, pero lo amaba mucho! ... ¡Perdón, hermano, esto es pecado!
El religioso levantó los ojos para buscar los ojos de la Virgen, y..., ¡qué raro!, había crecido yestaba más fuerte. De improviso sintió caer sobre sus hombros la capa aventurera, la espada ceñida asu cintura, la bota asu pierna, la espuela asu talón, la pluma asu sombrero. Ycomprendiéndolo todo, porque era santo, sin decir palabra inclinóse ante la dama que seguía llorando...
¿Don Rodrigo?
Con el tino del loco que se propone atrapar su propia sombra, ella se puso en pie, recogió la cola de su traje, llegóse aél yle cubrió de besos. ¡Era el mismo Don, Rodrigo! ... ¡Era el mismo Don Rodrigo! ...
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Dos sombras felices salen de la iglesia – amada yamante– y se pierden en la noche por las calles de la ciudad, torcidas como las costillas del infi erno.
Y ala mañana que sigue cuéntase que el hermano Pedro estaba en la capilla profundamente dormido, más cerca que nunca de los brazos de Nuestra Señora.
El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos. De los telares asciende un siseo de moscas presas. Un razraz de escarabajo escapa de los rincones venerables donde los cronistas del rey, nuestro señor, escriben de las cosas de Indias. Un lero-lero de ranas se oye en los coros donde la voz de los canónigos salmodia al crepúsculo. Palpitación de yunques, de campanas, de corazones...
Pasa FrayPayo Enríquez de Rivera. Lleva oculta, en la oscuridad de su sotana, la luz. La tarde sucumbe rápidamente. FrayPayo llama ala puerta de una casa pequeña e introduce una imprenta.
Las primeras voces me vienen adespertar; estoy llegando. ¡Guatemala de la Asunción, tercera ciudad de los Conquistadores! Ya son verdad las casitas blancas sorprendidas desde la montaña como juguetes de nacimiento. Me llena de orgullo el gesto humano de sus muros – clérigos o soldados vestidos por el tiempo–, me entristecen los balcones cerrados yme aniñan los zaguanes abuelos. Ya son verdad las carreras de los rapaces que se persiguen por las calles ylas voces de las niñas que juegan aAndares:
– «¡Andares! ¡Andares!»
– «¿Qué te dijo Andares?»
– «¡Que me dejaras pasar!»
– ¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo, repito, para creer que estoyllegando! Su llanura feliz. La cabellera espesa de sus selvas. Sus montañas inacabables que al redor de la ciudad forman la Rosca de San Blas. Sus lagos. La boca yla espalda de sus cuarenta volcanes. El patrón Santiago. Mi casa ylas casas. La plaza yla iglesia. El puente. Los ranchos escondidos en las encrucijadas de las calles arenosas. Las calles enredadas entre los cercos de yerba-mala ychichicaste. El río que arrastra continuamente la pena de los sauces. Las fl ores de izote. – ¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo!
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VÍCTOR CÁCERES LARA
PALUDISMO
La noche iba poniendo oscuros toques de angustia en los ángulos de la habitación destartalada donde el aire penetraba sometido aracionamiento riguroso ydonde la luz, aun en la hora más soleada del día, no alcanzaba ailuminar plenamente. Afuera, sonaba como temeroso de ser oído el chorro imperceptible de una llave de agua mal cerrada. La única llave para la sed de infi nidad de personas que habitaban la misma cuartería. Un niño imploraba pan avoz en cuello yla madre – posiblemente por la desesperación– le contestaba su pedido con palabras groseras:
– ¡Callate, jodido… nadie ha comido aquí!
Ella, la enferma del cuarto destartalado, veía cómo la poca luz iba terminándose; no disponía de alumbrado eléctrico yel aceite de la humilde lámpara estaba casi agotado. Ella no sentía ni un hilo de fuerza en sus músculos, ni una emanación tibia dentro de sus venas vacías. Un frío torturante iba subiéndole por las carnes enfl aquecidas; ascendía por su cintura otrora fl exible ydelicada como los mimbres silvestres yse apoderaba de su corazón que entonces parecía enroscarse de tristeza, estallando en una plegaria muda, temblorosa de emoción reconcentrada.
La luz del día terminaba lentamente. En la calle se oían pisadas de gentes que iban, en derroche de vida, camino de la diversión barata: del estanco consumidor de energías ycentavos; del burdel lleno de carne pútrida vendida aalto precio; en fi n, de toda esa sarta de distracciones que el pobre puede proporcionarse en nuestro medio yque, ala larga, lejos de ocasionar gozo o contento, acarrea desgaste, enfermedad, miseria, desamparo, muerte…
Ella, ahora, en la tarde que afuera tenía gorjeos alegres, se sentía morir. Sentía que la «pálida» se enroscaba en su vida e iba asfi xiándola lenta, implacable, seguramente, mientras un frío terrible le destrozaba los huesos yle hacía tamborilear enloquecidamente las sienes.
Abandono total en torno de ella. Nadie llegaba con una palabra, con un mendrugo de cariño, con un vaso de leche. Ella misma tenía que salir, entre uno yotro de los fríos de la fi ebre, abuscarse el pedazo de
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tortilla dura que comía, vacío en la imposibilidad de comprarse un poco decon qué. En sus salidas pedía limosnas ylas había estado obteniendo de centavo en centavo, tras de sufrir horribles humillaciones.
Y ella no podía explicarse el porqué del abandono que sufría… Fue ella siempre buena con el prójimo. Fue siempre caritativa ydadivosa. Por sus vecinas hizo siempre lo que pudo: alos niños los adoró siempre, quizá porque no pudo tenerlos. Pero era posible que la vieran muydelgada, muyamarilla. Quizá la oían toser ypensaban que estaba tísica. Ella sabía que la mataba el paludismo. Pero, ¿cómo hacer para que los demás no creyeran otra cosa? Mientras tanto había que sufrir, que esperar el momento defi nitivo en que cesaran sus negras penas, sus infructuosas peregrinaciones, su terrible sangrar de plantas recorriendo los pedregales del mundo…
En el techo empezaban abailotear sombras extrañas; las sienes la martillaban más recio ysu vista se le iba hacia lejanías remotas, una lejanía casi imprecisa ya, casi sin contornos, pero que al evocarla en lánguida reminiscencia, la hacía sentir una voz de consuelo yresignación abriendo trocha de luz en lo más puro yen lo más íntimo de su vida.
Vivía entonces sus días de infancia en la aldea remota que atesoraba fragancia tonifi cante de pinos; música de zorzales enamorados; olor de terneritos retozones; cadencia de torrentes despeñados; frescura de sabanetas empapadas de rocío; pureza de sencilleces campesinas impregnadas de salves yrosarios devotísimos.
En la aldea lozana ycándida vio cómo se levantaban sus senos robustos ycómo le vibraban las carnes alos impulsos primeros del amor, del amor sencillo, sin complicaciones civilizadas, pero con las dulzuras agrestes de los idilios de Longo. Después, sus anhelos por venirse hacia la costa soñada, insinuación de dichas yperspectiva en brazos de promesa cuando desde la lejanía se sueña.
Las ilusiones prendían grandes fogatas en su mente sencilla ybuena ylos llamados del instinto empezaban aquemar sus carnes morenas, turgentes, con un fuego distinto al del generoso sol de los trópicos. Empezó adeleitarse en la propia contemplación cuando, libre de la prisión del vestido, surgía ala luz la soberbia retadora de su cuerpo ycuando crespos por la cosquilla de la brisa, como dos conos de fuego, se le escapaban los pechos de la prisión delicada de la blusa.
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Entonces conoció al hombre que avivó su fuego interior y la predispuso ala aventura en tentativa de dominar horizontes. Oyó la invitación de venirse ala costa como pudo haber oído la de irse para el cielo. El hombre le gustaba por fuerte, por guapo, porchucano. Porque le ofrecía aquello que ella quería conocer: el amor y, además del amor, la Costa Norte.
– Allá – le decía él– los bananos crecen frondosos, se ganan grandes salarios ypronto haremos dinero. Tú me ayudarás en lo que puedas ysaldremos adelante.
– ¿Y si alguna mujer te conquista yme das viaje?
– ¡De ninguna manera, mi negra, yo te quiero solo ati y juntos andaremos siempre!… Andaremos en tren… En automóvil… Iremos al cine, alas verbenas, en fi n, atodas partes…
– ¿Y son bonitos los trenes?
– ¡Como gusanones negros que echaran humo por la cabeza, sabes! Allí va un gentío, de campo en campo, de La Lima al Puerto. Un hombre va diciendo los nombres de las estaciones: «¡Indiana!… ¡ Mopala!… ¡Tibombo!… ¡Kele-Kele!…» ¡Es arrechito! ¡Lo vas aver!
Ella deliraba con salir del viejo pueblo de sus mayores. Amar ycorrer mundo. Para ella su pueblo estaba aletargado en una noche sin amanecer yde nada servía su belleza, acodada junto al riachuelo murmurante de encrespado lecho de riscos yde guijas. Quería dejar el pueblito risueño donde pasó sus años de infancia ydonde el campo virgen yla tierra olorosa pusieron en su cuerpo fragancias yurgencias vitales. Así fue como emprendió el camino, cerca de su hombre, bajando estribaciones, cruzando bulliciosos torrentes, pasando valles calcinados por un sol de fuego entre el concierto monótono de loschiquirinesque introducía menudas astillitas en la monorritmia desesperante de los días.
¡Y qué hombre era su hombre! Por las noches de jornada, durmiendo bajo las estrellas, sabía recompensarle todas sus esperanzas, todos sus sueños ytodos sus deseos. A la hora en que las tinieblas empezaban adescender sobre los campos, cuando la noche era más prieta ymás espesa, cuando la aurora empezaba aregar sus arreboles por la lámina lejana del Oriente… Ella sentía la impetuosidad, el fuego, la valentía, el coraje indomeñable de su hombre ysentía que su entraña se le encrespaba en divinos palpitos de esperanza yde orgullo.
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Llegaron, por fi n, aLa Lima yempezó la búsqueda de trabajo. Demetrio lo obtenía siempre porque por suschucanadasera amigo de capitanes,taimkípers ymandadores, pero lo perdía luego porque en el fondo tenía mal carácter ypor su propensión marcada a los vicios. Montevista, Omonita, Mopala, Indiana, Tibombo, los campos del otro lado… en fi n, cuanto sitio tiene abierto la Frutera conoció la peregrinación de ellos en la búsqueda de la vida. Unas veces era en las tareas dechapia, otras comocorteroojunterode bananos; después como irrigador de veneno, cubierto de verde desde la cabeza hasta los pies. Siempre de sol asol, asándose bajo el calor desesperante que ala hora del mediodía hacía rechinar de fatiga las hojas de las matas de banano. Por las noches el hombre regresaba cansado, agobiado, mudo de la fatiga que mordía los músculos otrora elásticos como de fi era en las selvas.
En varias oportunidades enfermó él de paludismo, y, para curarse, acudía con más frecuencia al aguardiente. Todo en vano: la enfermedad seguía, ysuspender el trabajo era morirse de hambre. Trabajaban por ese tiempo en Kele-Kele. Ella vendía de comer yél tenía una pequeña contrata. Una noche de octubre los hombres levantaban elbordoponiéndole montañas de sacos de arena. Las embestidas del Ulúa eran salvajes. Las aguas sobrepasaban el nivel del dique yDemetrio desapareció entre las tumultuosas aguas que minuto aminuto aumentaba el temporal.
Quedó sola yenferma. Enferma también de paludismo. Con un nudo en el alma dejó los campos yse fue al puerto. Anduvo buscando qué hacer ysolo en Los Marinos pudo colocarse en trabajos que en nada la enorgullecían sino que ahora, al evocarlos, le hacían venir ala cara los colores de la vergüenza. Miles de hombres de diferente catadura se refocilaban en su cuerpo. Enferma yextenuada, con el alma envenenada para siempre, dejó el garito yvino acaer aSan Pedro Sula. El paludismo no la soltaba, cada día las fi ebres fueron más intensas yahora se encontraba postrada en aquel pobre catre, abandonada de todos, mientras la luz se iba ysombras atemorizadas le hacían extrañas piruetas cabalgando en las vigas del techo.
Sus ojos que supieron amar, son ahora dos lagos resecos donde solo perdura el sufrimiento; sus manos descarnadas, no son promesa de
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caricia ni de tibieza embrujadora; sus senos fl ácidos casi ni se insinúan bajo la zaraza humilde de la blusa; pasó sobre ella el vendaval de la miseria, yse insinúa, como seguridad única, la certeza escalofriante de la muerte.
En la calle, varios chiquillos juegan enloquecidos de júbilo. Una pareja conversa acerca del antiguo ynuevo tema del amor. Un carro hiere el silencio con la arrogancia asesina de su claxon. A la distancia, el mixto deja oír la estridencia de su pito, yla vida sigue porque tiene que seguir…
RUBÉN DARÍO
LA LARVA
Como se hablase de Benvenuto Cellini yalguien sonriera de la afi rmación que hace el gran artífi ce en suVida, de haber visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo:
– No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo avosotros, si no una salamandra, una larva o una empusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería ylos brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas yde duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció aun joven yle reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoymismo los descendientes. Aparecióse un obispo aotro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó auna mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna ypavorosa de un fraile sin cabeza yde una mano peluda yenorme que
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se aparecía sola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue alos quince años; lo que yo vi ypalpé del mundo de las sombras yde los arcanos tenebrosos.
En aquella ciudad, semejante aciertas ciudades españolas de provincias, cerraban todos los vecinos las puertas alas ocho, yamás tardar, alas nueve de la noche. Las calles quedaban solitarias ysilenciosas. No se oía más ruido que el de las lechuzas anidadas en los aleros, o el ladrido de los perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico, de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal empedradas yllenas de baches, alumbrado apenas por los faroles apetróleo que daban su luz escasa colocados en sendos postes.
Algunas veces se oían ecos de músicas o de cantos. Eran las serenatas ala manera española, las arias yromanzas que decían, acompañadas por la guitarra, ternezas románticas del novio ala novia. Esto variaba desde la guitarra sola yel novio cantor, de pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, yaun orquesta completa yun piano, que tal o cual señorete adinerado hacía soñar bajo las ventanas de la dama de sus deseos.
Yo tenía quince años, una ansia grande de vida yde mundo. Y una de las cosas que más ambicionaba era poder salir ala calle, e ir con la gente de una de esas serenatas. Pero ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que me cuidó desde mi niñez, una vez rezado el rosario, tenía cuidado de recorrer toda la casa, cerrar bien todas las puertas, llevarse las llaves ydejarme bien acostado bajo el pabellón de mi cama. Mas un día supe que por la noche había una serenata. Más aún: uno de mis amigos, tan joven como yo, asistiría ala fi esta, cuyos encantos me pintaba con las más tentadoras palabras. Todas las horas que precedieron ala noche las pasé inquieto, no sin pensar ypreparar mi plan de evasión. Así, cuando se fueron las visitas de mi tía abuela -entre ellas un cura ydos licenciados- que llegaban aconversar de política o ajugar el tute o al tresillo, yuna vez rezada las oraciones ytodo el mundo acostado, no pensé sino en poner en práctica mi proyecto de robar una llave ala venerable señora.
Pasadas como tres horas, ello me costó poco pues sabía en dónde dejaba las llaves, yademás, dormía como un bienaventurado. Dueño de la que buscaba, ysabiendo aqué puerta correspondía, logré salir a
la
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calle, en momentos en que, alo lejos, comenzaban aoírse los acordes de violines, fl autas yvioloncelos. Me consideré un hombre. Guiado por la melodía, llegue pronto al punto donde se daba la serenata. Mientras los músicos tocaban, los concurrentes tomaban cerveza ylicores. Luego, un sastre, que hacía de tenorio, entonó primeroA la luz de la pálida luna, yluegoRecuerdas cuando la aurora… Entro en tanto detalles para que veáis cómo se me ha quedado fi jo en la memoria cuanto ocurrió esa noche para mí extraordinaria. De las ventanas de aquella Dulcinea, se resolvió ir alas de otras. Pasamos por la plaza de la Catedral. Yentonces…He dicho que tenía quince años, era en el trópico, en mí despertaban imperiosas todas las ansias de la adolescencia…
Y en la prisión de mi casa, donde no salía sino para ir al colegio, ycon aquella vigilancia, ycon aquellas costumbres primitivas… Ignoraba, pues, todos los misterios. Así, ¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi, sentada en una acera, arropada en su rebozo, como entregada al sueño, auna mujer! Me detuve.
¿Joven? ¿Vieja? ¿Mendiga? ¿Loca? ¡Qué me importaba! Yo iba en busca de la soñada revelación, de la aventurera anhelada.
Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaza llegaba escasamente. Me acerqué. Hablé; no diré que con palabras dulces, mas con palabras ardientes yurgidas. Como no obtuviese respuesta, me incliné ytoqué la espalda de aquella mujer que ni quería contestarme yhacía lo posible por que no viese su rostro. Fui insinuante yaltivo. Y cuando ya creía lograda la victoria, aquella fi gura se volvió hacia mí, descubrió su cara, y¡oh espanto de los espantos! aquella cara estaba viscosa ydeshecha; un ojo colgaba sobre la mejilla huesona ysaniosa; llegó amí como un relente de putrefacción. De la boca horrible salió como una risa ronca; yluego aquella «cosa», haciendo la más macabra de las muecas, produjo un ruido que se podría indicar así:
– ¡Kgggggg!…
Con el cabello erizado, di un gran salto, lancé un gran grito. Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata, la «cosa» había desaparecido.
Os doymi palabra de honor, concluyó Isaac Codomano, que lo que os he contado es completamente cierto.
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