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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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el banco? ¿Se lo das atu abuela? ¿Te rascas los cojones con ellos? No: pagas. Pagas ysigues pagando las chifl adas cuentas que la histérica mujer que odias, todos los días, te enchufa porque el televisor explotó, el gas, la luz, el agua, ytodo ese loquito millar de deudas que tienes en todas partes. Por eso yo, yo soyun tipo, mano. No hayquien lo dude. Mira aese tórtolo, velo ahí, ese que camina como volteando para atrás, no mano, esa es una versión podrida, no es tu, no es como yo, que soyun tipo yque ahora acurruco el pito entre los dientes ydisparo tres tiros de humo, ¡ay!, es que dan lástima. Mira atoda esta gente... todos apuraditos por llegar asus casitas yechar una cagadita ydarle una cogidita asu hembrita para tragarse su platico ysalir apuradito acoger el carrito, tomar la callecita menos podridita de los podridos auticos, para llegar tempranito al trabajito ysaludar al jefecito y tomarse después un cafecito ysalir tempranito porque su mujercita no puede estar tranquilita porque no ha llegado el maridito, o si no tragarse el aguacolonia porque es muyjediondo llegar tan temprano atu podridita camita donde estirar tus podridos huesos yesperas que la tumba abra su jeta yte trague, cabrón, porque es eso lo que te va ahacer. Por eso, mano, yo soyun tipo. Yo no sudo. Que suden los civiles. Que el presidente yel loquito que va asalvar la nación yel que te levanta el puente yse llena de billetes. Yo no, mano, yo tranquilo con mi Bebí, hasta que tenga que volarme la cabeza con una automática, porque yo, mano, cuando tenga que caer en esa chifl adura ydeprimidísima cityme vuelo antes la tapa del coco. Ya Goyo lo hizo. Pero lo hizo demasiado temprano. Ese estaba loco. Yo no, mano, yo no estoyloco. Yo tranquilo yquemo ala Bebi, ysaludo ala Pelopeinao, que ahora me debe estar esperando para ir auna de balas. Creo que es el Día más Largo. Me dijo Pelopeinao que es un tiro: apenas tú estás sentado, ves más de un millón de balas. Me gusta esa vaina. Después la dejo en su departamento, yyo sigo aver al grupo. Pelopeinao. Pelopeinao. ¡Ja! buen nombre. Fue una tipa que saqué de la locura, un día que la encontré derretida de alegría en un café. En mi vida de tipo que tengo, en los diecinueve años de tipo que tengo respirando, no vi una hermana más podrida de fastidio. Me senté yle dije: tú, oye, te habla el tipo. Ella sonrió. Mira, tú, el tipo te dice que quiere conocerte. La tipa cayó. Oye, tú, el tipo te invita un helado. La tipa histérica, ytuve que llevármela al cerro. Es fácil. Coges
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por el Country, dejas aBebi, te vas por un caminito ytranquilo. Aunque tengo tiempo sin echar un vistazo. Quién sabe si no la legalizaron ya. Aquí en esta citytodo se pudre, mano: tú descubres tu felicidad, yquieren que les des un mordisco. Por eso nunca di contacto al grupo, de Felicidad. Es único. Puedes ver tu podrida city, lo sufi cientemente lejos de ti, como para no sentir su podrido yhediondo aliento. La tipa me chillaba: ay, ¿ysi llega un guardia nacional? Cállate, Mira que estás con un tipo. No te pongas histérica. No soytu marido, ni pienses que por un chubasco me vas aenganchar. Yo soyun tipo, mano, ytú una tipa. Nos encontramos, nos contentamos un rato, ychao. Mañana no te conozco. Eso dije. Pero la vi. Está mejor que la Cardinale. Y lo peor es que cada vez me ablanda más. La última noche que nos contentamos le dije: oye, ternura, pásame un tabaco. Yo. Un tipo. El más tipo de todos los tipos, con esa cochina ypodrida palabra inventada por los podridos civiles de esta podrida city. Al salir, antes de arrancar con Bebi, por traición, por haber escupido una podrida ymaldita palabra falsa, me castigué el mentón con un raspón de nudillo. Pero está que caga. Es la tipa más tipa que he sorprendido en la city. Por eso, yporque de vez en cuando me mete el billete, la busco. Y ahora, si la busco, es por sacarle un billete: Bebi está coja, ytengo que ponerla avaler. Me cuesta dos billetes. No tengo ni para un tabaco. Es el gracioso pureto mío, que me chantajió asustándome con enviarme aun Colech de arriba, si no me letreaba. ¿Quién puede, ypara qué sirve letrearse? Eso es para Tobi, para Tulita, para esa podrida ydeprimidísima chusma. Yo no, mano, yo no me letreo. Yo soyun tipo.
Y no crean que me siento menos tipo por no letrearme ycogerme un billete de la tipa. ¿Qué hacen ustedes? Ustedes se muerden las nalgas quemándose el sombrero en el trabajo, ¿no? ¿Y quién les paga? ¿Les paga el Presidente, el ministro, el sherif del negocio? Bueno, mano, amí me paga la tipa, yno siempre, por lo contenta que la dejo. Porque la tipa tiene un maridito, Yes... Y un maridito tan chamusqueado como el que más: un auto, departamento en lo más jai de la city, abogado, amigos que asustan en la pantalla con cambios de la estructura socioeconómica de la nación, que es como creo que llaman aarreglar el juguete, ytodo, bueno, el maridito trabaja para el sherif, yno para la tipa, yo la contento, yella aveces, no siempre, porque no siempre
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necesito el billete, me clava el papel en el tabaco. ¿Y qué hay? ¿Tú te crees más tipo que yo? ¿Por qué? ¿Porque tú te ensalsas el cerebro todos los podridos días en tu podrido juego? Yo no mano, ya lo dije. Yo soyun tipo. Un tipo que tiene su tipa, su Bebi, ysu grupo. El mío es de tipos como yo, aunque hubo hace poco dos traiciones: estaba prohibido volarse la podrida tapa del sombrero antes de cumplir los veintiséis, yel Goyo se la voló, yla segunda traición, fue la de Tarzán: se metió asanto. Ahora yque va alimpiarle los riñones atodos los podridos civiles porque está convencido de las reformas socioeconómicas que necesita el podrido país, seguro que le lesionó el sombrero un fantasma de la pantalla, ahora anda yque en un partido. A mí que no me hable. Estaba bien dicho: nada con la city. Y dos traiciones, en menos de un año. Van mal. Lo dije ya. Los grupos terminan mal, pero no me hicieron caso. Querían el grupo yhasta con uniforme. Yo soyun tipo yno un cachucha alegre. Eso fue lo que dije. Un tipo no usa uniforme yel que quiera un disfraz, que se meta acarnicero, es el disfraz más barato. Yo soyun tipo ylos tipos no se forran de disfraces. Y la gente cerró el canario yasunto arreglado. Pero ya dije: dos traiciones. No hablo de la tercera porque no es ful equipo. Tobi quería novia yla tiene. Allá él. Además nunca fue del grupo. Nunca. Apenas lo conocí, dije: este fl aco no es un tipo. Aunque sí lo es. A su modo, claro: letreándose yandando con un sin techo, metiéndole aTulita atodo el mundo. Allá él. Cuando el grupo quiso hacerle un chiste, dije que no. Después de todo es buen tipo, aunque se letree yse deje falsear por las podridas costumbres de esta podrida cityque nos rodea. «Dejen tranquilo aTobi», dije, ytodo el mundo calló el canario. Largo no. Largo todavía quiere darle una sorpresa. Yo ya se lo dije aLargo: si te metes con Tobi, te rajuño. YLargo también cerró el canario. Aunque las ganas de sorprenderlo no se le han gastado todavía. Yo no. Yo siempre digo: si los podridos tipos que todavía no se han podrido del todo quieren podrirse así mismos, que se pudran. Para eso tienen sombrero. Yo lo tengo yustedes que son el grupo, lo tienen. Dejen en paz podrirse atodos los tipos que así lo quieran, yvivan sus podridas vidas de tipos. A mí me respetan. Lo sé. Hasta me tienen envidia. No hayun solo tipo del grupo que use mejor un bluyín que yo. Yno hayun solo tipo en el grupo, que tenga una tipa mejor que la mía. Ni hay
un solo tipo en el grupo, que sepa más yudo,
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cárate yboxeo que yo. Soyun tipo. ¿Quién lo niega? Basta con ver aese tipo que está retratado en el vidrio de ese techado para comprenderlo. Un tipo, mano. Todo un tipo. Y tú apártate, que vengo yo, tenía que ser un civil. Ni siquiera sabes caminar en dos piernas, infeliz. Apártate. Eso. ¿Por qué no sabrán caminar estos podridos civiles? Andan como asustados. ¿Qué les pasa? ¿No están contentos con sus podridas vidas de civiles que sudan todos los podridos días? Tener que pisar con mis pies esta city, me llena de asco yarrepentimiento. Lástima que la Bebi esté enfermita. Mañana mismo la pongo avaler yno hayquien me encuentre. Un tipo como yo, necesita de aire puro, de mar yaquí en la cityno haymar. ¿Entonces qué? El tipo se pierde hacia la playa. Se pierde hacia la playa con su tipa ydespués regresan ala podrida ciudad con la piel lista para llenar de envidia alos podridos civiles caras pálidas de esta podrida ciudad. Porque un tipo no puede vivir así. Con la piel sucia como la sucia piel de todos los civiles de esta sucia city. Un tipo no. Un tipo sabe que algún día tiene que partirse el sombrero, yquemárselo de una bala, yun tipo que sabe que es un tipo, yque todavía no se ha partido el sombrero, ni te ha llegado la edad de decirle chao asus podridos amigos, y asu podrida city y asu podrida tipa yasu podrido grupo y asu podrida familia, un tipo, si es un tipo, tiene que entender que no basta una Bebi, ni una tipa, ni ponerse contento con la tipa, un tipo tiene que entender que debe tener su piel limpia ybien manchada de sol, para que su tipa sea más tipa ymás contenta con él, ypara que su piel no sea sucia, ypueda durar más días yasí el tipo más días, feliz, siendo un tipo como lo soyyo.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS (Fragmento)
El convento de Santa Clara era un edifi cio cuadrado frente al mar, con tres pisos de numerosas ventanas iguales, yuna galerí a de arcos de medio punto alrededor de un jardí n agreste ysombrí o. Habí a un sendero de piedras entre matas de plá tano yhelechos silvestres, una palmera esbelta que habí a crecido má s alto que las azoteas en busca de la luz, yun á rbol colosal, de cuyas ramas colgaban bejucos
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de vainilla yristras de orquí deas. Debajo del á rbol habí a un estanque de aguas muertas con un marco de hierro oxidado donde hací an maromas de circo las guacamayas cautivas. El edifi cio estaba dividido por el jardí n en dos bloques distintos. A la derecha estaban los tres pisos de las enterradas vivas, apenas perturbados por el resuello de la resaca en los acantilados ylos rezos ycá nticos de las horas canó nicas. Este bloque se comunicaba con la capilla por una puerta interior, para que las monjas de clausura pudieran entrar en el coro sin pasar por la nave pú blica, yoir misa ycantar detrá s de una celosí a que les permití a ver sin ser vistas. El precioso artesonado de maderas nobles, que se repetí a en los cielos de todo el convento, habí a sido construido por un artesano españ ol quele dedicó media vida por el derecho de ser sepultado en una hornacina del altar mayor. Allí estaba, apretujado tras las losas de má rmol con casi dos siglos de abadesas yobispos, yotras gentes principales.
Cuando Sierva Marí a entró en el convento las monjas de clausura eran ochenta ydos españ olas, todas con sus servicios, ytreinta yseis criollas de las grandes familias del virreinato. Despué s de hacer sus votos de pobreza, silencio ycastidad, el ú nico contacto que tení an con el exterior eran las escasas visitas en un locutorio con celosí as de madera por donde pasaba la voz pero no la luz. Estaba junto ala puerta del torno, yel uso era reglamentado yrestringido, ysiempre en presencia de una escucha. A la izquierda del jardí n estaban las escuelas, los talleres de todo, con una població n profusa de novicias ymaestras de artesaní as. Estaba la casa de servicio, con una cocina enorme de fogones de leñ a, un mesó n de carnicerí a yun gran horno de pan. Al fondo habí a un patio siempre empantanado por las lavazas donde conviví an varias familias de esclavos, ypor ú ltimo estaban los establos, un corral de chivos, la porqueriza, el huerto ylas colmenas, donde se criaba yse cultivaba cuanto hací a falta para el buen vivir. Al fi nal de todo, lo má s lejos posible ydejado de la mano de Dios, habí a un pabelló n solitario que durante sesenta yocho añ os sirvió de cá rcel ala Inquisició n, yseguí a sié ndolo para clarisas descarriadas. Fue en la ú ltima celda de ese rincó n de olvido donde encerraron aSierva Marí a, alos noventa ytres dí as de ser mordida por el perro ysin ningú n sí ntoma de la rabia. La tornera que la habí a llevado de la mano se encontró al fi nal del corredor con una novicia que
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iba para las cocinas, yle pidió que la llevara con la abadesa. La novicia pensó que no era prudente someter al fragor del servicio auna niñ a tan lá nguida ybien vestida, yla dejó sentada en uno de los bancos de piedra del jardí n para recogerla má s tarde. Pero la olvidó de regreso.
Dos novicias que pasaron despué s se interesaron por sus collares ysus anillos, yle preguntaron quié n era. Ella no contestó . Le preguntaron si sabí a castellano, yfue como hablarle aun muerto.
«Es sordomuda», dijo la novicia má s joven.
«O alemana», dijo la otra.
La má s joven empezó atratarla como si careciera de los cinco sentidos. Le soltó la trenza que tení a enrollada en el cuello yla midió por cuartas. «Casi cuatro», dijo, convencida de que la niñ a no la oí a. Empezó adesbaratarla, pero Sierva Marí a la intimidó con la mirada. La novicia se la sostuvo yle sacó la lengua.
«Tienes los ojos del diablo», le dijo. Le quitó un anillo sin resistencia, pero cuando la otra trató de arrebatarle los collares se revolvió como una ví bora yle dio en la mano un mordisco instantá neo ycertero. La novicia corrió alavarse la sangre.
Cuando cantaron la tercia Sierva Marí a se habí a levantado una vez para tomar agua en el estanque. Asustada, regresó al banco sin beber, pero volvió cuando se dio cuenta de que eran cá nticos de monjas. Quitó la nata de hojas podridas con un golpe diestro de la mano, ybebió en el cuenco hasta saciarse sin apartar los gusarapos. Luego orinó detrá s del á rbol, acuclillada ycon un palo listo para defenderse de animales abusivos yhombres ponzoñ osos, como se lo enseñ ó Dominga de Adviento. Poco despué s pasaron dos esclavas negras que reconocieron los collares de santerí a yle hablaron en lengua yoruba. La niñ a les contestó entusiasmada en la misma lengua. Como nadie sabí a por qué estaba allí , las esclavas la llevaron ala cocina tumultuosa, donde fue recibida con alborozo por la servidumbre. Alguien se fi jó entonces en la herida del tobillo yquiso saber qué le habí a pasado. «Me lo hizo madre con un cuchillo», dijo ella. A quienes le preguntaron có mo se llamaba, les dio su nombre de negra: Marí a Mandinga.
Recuperó su mundo al instante. Ayudó adegollar un chivo que se resistí a amorir. Le sacó los ojos yle cortó las criadillas, que eran las partes que má s le gustaban. Jugó al diá bolo con los adultos en la cocina
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ycon los niñ os del patio, yles ganó atodos. Cantó en yoruba, en congo yen mandinga, yaun los que no entendí an la escucharon absortos.
Al almuerzo se comió un plato con las criadillas ylos ojos del chivo, guisados en manteca de cerdo ysazonados con especias ardientes.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
EL DRAMA DEL DESENCANTADO
…el drama del desencantado que se arrojó ala calle desde el décimo piso, y amedida que caía iba viendo através de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, yhabía llegado ala conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
LAURA RESTREPO
EL DELIRIO (Fragmento)
HoyNicolá s Portulinus frí e salchichas para la cena yse las sirve en un plato asu hija menor, Eugenia, Eres un duende del bosque, mi pobre nena Eugenia, le dice, eres un duende silencioso yrecluido en su cueva. Está n solos los dos, el padre yla hija, en la cocina enorme, apilados contra las paredes se ven los bultos de naranja que trajo hoyel mayor­domo ylos racimos de guineo cuelgan de las vigas del techo, Eugenia exprime naranjas en un pesado exprimidor de hierro atornillado ala mesa, del cual no só lo sale el jugo que va llenando la jarra sino que ademá s se desprende un intenso olor aazahares, Nicolá s Portulinus mira alos ojos asu hija menor, Eugenia la extrañ a, le pregunta ¿A ti tambié n te hace llorar el olor anaranjas?, yle cuenta, Hoyla carretera amaneció alfombrada de naranjas aplastadas contra el asfalto, durante la noche se fueron cayendo de los camiones repletos ylas ruedas de los
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autos les pasaron por encima, estuve un buen rato sentado ala orilla de la carretera, pequeñ a Eugenia, yel olor anaranjas era muy, muytriste, yera muy, muypersistente. Eugenia lo observa mascar la comida con mandí bula pesada ynostá lgico rumiar de vaca vieja ypiensa con alivio Gracias al cielo, hoypadre no está raro. En Sasaima celebran las fechas patrias del 20 de julio, alas sirvientas les han dado la noche libre yBlanca, Farax ySofi bajaron al pueblo para presenciar el desfi le ylos fuegos artifi ciales, despué s asistirá n al baile comunal yhan anunciado que llegará n tarde, claro que si el jolgorio amerita quizá no regresen hasta las siete yocho de la mañ ana del dí a siguiente porque la tradició n invita acerrar la fi esta al amanecer con desayuno colectivo en la plaza de mercado, el alcalde, que es conservador, ha anunciado que este añ o se repartirá n tamales ycerveza gratis. En casa han quedado solos Nicolá s yEugenia, aquien la madre llamó aparte antes de partir para encomendarle que cuidara al padre yle pronosticó que esta vez la tarea serí a fá cil, Está tranquilo, le dijo, basta con que no lo pierdas de vista hasta que se duerma, yes en efecto uno de esos ratos serenos ycada vez má s escasos en que el padre está bien e incluso conversador; como Eugenia no está acostumbrada aque su padre le dirija la palabra, titubea yno sabe que responderle. Pese aque ya dieron las nueve de la noche, el padre todaví a no fl ota en un pesado anticipo del sueñ o como suele suceder, sino que está despierto yen su rostro se dibuja algo parecido auna sonrisa, hoypadre suelta risitas, gorgoritos, mientras frí e salchichas en la cocina, se las sirve en un plato asu hija menor yparece reconciliado con el reino simple de lo cotidiano, Eugenia lo mira yrespira hondo como si de verdad descansara de una carga extenuante, Padre está raro, suelen decir las niñ as cuando lo sienten deslizarse hacia esas zonas turbias donde no lo alcanzan, padre está raro, ynadie sabe la agoní a que hayen la voz de un niñ o que dice esa frase. La primera vez que Eugenia cree haber percibido la rareza de su padre se remonta asus cinco o seis añ os, ella jugando con caracoles de rí o yé l cerca, ocupado en limpiar la hojarasca que obstruye uno de los canales por los que baja el agua hasta la casona, ycomo el sol pega fuerte el padre lleva un gorro de paja para protegerse la cabeza, pero no es un solo gorro; la niñ a Eugenia suspende su juego, inquieta, cuando nota que no es un solo gorro lo que lleva el padre sino dos, uno aló n de
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paja sobre otro de tela má s pequeñ o, ella cree recordar que fue horrible comprender de repente que en su padre habí a algo irremediablemente raro, algo que no dejaba de ser grotesco, así que se le acercó para tratar de quitarle uno de los dos gorros como si eso solucionara el problema de fondo yé l la miró con ojos de no verla, ojos de infi nita distancia, ydesde entonces Eugenia piensa en té rminos de doble gorro cuando padre está raro, padre está doble gorro, se dice así misma, yla sacude un vé rtigo. Pero hoypadre no está doble gorro ydespué s de la cena se sientan juntos en las mecedoras del corredor que da sobre el rí o, mejor dicho sobre la hondonada por cuyo fondo corre el rí o Dulce, que en esta noche patrió tica del 20 de julio no es má s que una oscuridad que se desliza ysuena bajo un cielo quieto que cada tanto se enciende con los estallidos de pó lvora de la fi esta lejana, Allá , donde truenan los cohetes, dice el padre, allá está n mi linda Blanca ymi joven Farax, tal vez tengan las manos entrelazadas mientras sus ojos se llenan de estrellas artifi ciales, ycomo Eugenia lo escruta, tratando de descifrar si en su alma se está incubando un nuevo brote de delirio, padre la tranquiliza con un par de caricias torpes ypesadas en el pelo negrí simo, No te preocupes, hija, le dice, lo que pasa es que ellos no tienen el don de lo literario, aninguno de los dos les ha sido revelado el sentido de lo trá gico, se necesita ser fuerte, como tu padre, para no querer resolver el confl icto en favor propio, debemos ser generosos, hija mí a, la generosidad es lo que se impone en este caso. Eugenia, que está muypá lida, casi transparente yhundida en su mecedora, no capta el sentido del discurso del padre pero eso no la alarma, está acostumbrada ano entender casi nada de lo que é l dice, en esta noche serena las chicharras ylos grillos arman mucho escá ndalo, quizá demasiado, Eugenia teme que atosiguen los oí dos del padre, ya de por si abrumados por el zumbido permanente del tinitus, ycomo si le adivinara el pensamiento el padre le habí a del eterno murmullo enclaustrado en sus tí mpanos, Tu madre dice que es tinitus pero se equivoca, es un ruido de origen extraterrestre que no parece emanar de un punto fi jo del espacio sino de todas las direcciones al mismo tiempo, Padre, trata de explicarle la niñ a, só lo son los gritos de las chicharras, Estas mujeres, dice condescendiente Nicolá s Portulinus moviendo de un lado al otro la cabeza, llaman chicharras yllaman tinitus al eco milenario de la
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creació n del universo. Y despué s se mece hasta adormecerse, grande, blando yfeo en su bata de seda verde con marañ a de ramas estampada en negro, Feo pero tranquilo, piensa Eugenia ysu pensamiento se ve confi rmado por la letaní a de rí os de Alemania que le escucha murmurar; el Lahri, el Lippe, el Main, el Mosela, el Neckar yel Niesse, reza el padre medio soná mbulo ya, en un momento parece despabilarse yle dice ala hija En Alemania tengo una hermana muybella que se llama Ilse, ¿lo sabí as?, Si, padre, le contesta Eugenia pero padre ya está otra vez con su listado alfabé tico, el Oder, el Rin yel Ruhr, Tení a razó n mi madre, piensa Eugenia mientras se va entregando ella tambié n al sueñ o, hoypadre no está raro. Por eso es grande el sobresalto unas horas despué s, ella no sabe cuá ntas, cuando escucha el vocerí o que sube desde la negrura del rí o, los gritos de Nicasio el mayordomo yde su mujer Hilda, ese largo Lo encontraaamooooos que resuena al fondo, detrá s del escá ndalo de chicharras, debajo del centelleo de fuegos artifi ciales que ya está mermando, Lo encontraaaamoooos, yEugenia se percata de que el padre ya no está en su mecedora, que de é l só lo han quedado sus pantufl as ysu bata de seda ycorre abuscarlo por la casona, primero en su dormitorio pero la cama aú n tendida indica que por allí no ha pasado, luego en el bañ o pero las toallas, que permanecen en su lugar, dan testimonio de que no las ha tocado, la sala del billar, el comedor inmenso yvací o, la cocina con las cá scaras de naranja aú n apiladas sobre la mesa yel olor aazahares todaví a vivo, silencioso el saló n del piano donde Eugenia se sobresalta al toparse cara acara con el mayordomo Nicasio que ha salido de la nada como si fuera un espanto, Encontramos al profesor Portulinus en el rí o, lo encontraron los de Virgen de la Merced yvinieron aavisarnos, estaba allá abajo, por Virgen de la Merced, aunos dos kilómetros de aquí , lo encontraron desnudo ysin vida en una ensenadita de piedras yya traen su cuerpo, el rí o lo arrastró ylo dejó arrumado en un remanso. Entre gallos ymedianoche Eugenia cree recordar una lenta ceremonia ala luz de una antorcha ala orilla del rí o, pero el peso especifi co de ese recuerdo se difumina bajo la carga aplastante de la culpa, Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, le grita por dentro una voz aEugenia, por culpa de mi descuido estamos enterrando apadre hinchado yverde y aescondidas, por culpa de mi descuido padre se tragó entera el agua
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