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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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el banco? ¿Se lo das atu abuela? ¿Te rascas los cojones con ellos? No:
pagas. Pagas ysigues pagando las chifl adas cuentas que la histérica
mujer que odias, todos los días, te enchufa porque el televisor explotó,
el gas, la luz, el agua, ytodo ese loquito millar de deudas que tienes en
todas partes. Por eso yo, yo soyun tipo, mano. No hayquien lo dude.
Mira aese tórtolo, velo ahí, ese que camina como volteando para atrás,
no mano, esa es una versión podrida, no es tu, no es como yo, que
soyun tipo yque ahora acurruco el pito entre los dientes ydisparo tres
tiros de humo, ¡ay!, es que dan lástima. Mira atoda esta gente... todos
apuraditos por llegar a sus casitas y echar una cagadita y darle una
cogidita asu hembrita para tragarse su platico ysalir apuradito acoger
el carrito, tomar la callecita menos podridita de los podridos auticos,
para llegar tempranito al trabajito y saludar al jefecito y tomarse
después un cafecito ysalir tempranito porque su mujercita no puede
estar tranquilita porque no ha llegado el maridito, o si no tragarse el
aguacolonia porque es muyjediondo llegar tan temprano atu podridita
camita donde estirar tus podridos huesos yesperas que la tumba abra
su jeta y te trague, cabrón, porque es eso lo que te va ahacer. Por
eso, mano, yo soyun tipo. Yo no sudo. Que suden los civiles. Que el
presidente yel loquito que va asalvar la nación yel que te levanta el
puente yse llena de billetes. Yo no, mano, yo tranquilo con mi Bebí,
hasta que tenga que volarme la cabeza con una automática, porque yo,
mano, cuando tenga que caer en esa chifl adura ydeprimidísima cityme
vuelo antes la tapa del coco. Ya Goyo lo hizo. Pero lo hizo demasiado
temprano. Ese estaba loco. Yo no, mano, yo no estoyloco. Yo tranquilo
yquemo ala Bebi, ysaludo ala Pelopeinao, que ahora me debe estar
esperando para ir auna de balas. Creo que es el Día más Largo. Me dijo
Pelopeinao que es un tiro: apenas tú estás sentado, ves más de un millón
de balas. Me gusta esa vaina. Después la dejo en su departamento, yyo
sigo aver al grupo. Pelopeinao. Pelopeinao. ¡Ja! buen nombre. Fue una
tipa que saqué de la locura, un día que la encontré derretida de alegría
en un café. En mi vida de tipo que tengo, en los diecinueve años de
tipo que tengo respirando, no vi una hermana más podrida de fastidio.
Me senté yle dije: tú, oye, te habla el tipo. Ella sonrió. Mira, tú, el tipo
te dice que quiere conocerte. La tipa cayó. Oye, tú, el tipo te invita un
helado. La tipa histérica, ytuve que llevármela al cerro. Es fácil. Coges
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por el Country, dejas aBebi, te vas por un caminito ytranquilo. Aunque
tengo tiempo sin echar un vistazo. Quién sabe si no la legalizaron
ya. Aquí en esta citytodo se pudre, mano: tú descubres tu felicidad,
yquieren que les des un mordisco. Por eso nunca di contacto al grupo,
de Felicidad. Es único. Puedes ver tu podrida city, lo sufi cientemente
lejos de ti, como para no sentir su podrido yhediondo aliento. La tipa
me chillaba: ay, ¿ysi llega un guardia nacional? Cállate, Mira que estás
con un tipo. No te pongas histérica. No soytu marido, ni pienses que
por un chubasco me vas aenganchar. Yo soyun tipo, mano, ytú una
tipa. Nos encontramos, nos contentamos un rato, ychao. Mañana no te
conozco. Eso dije. Pero la vi. Está mejor que la Cardinale. Y lo peor es
que cada vez me ablanda más. La última noche que nos contentamos le
dije: oye, ternura, pásame un tabaco. Yo. Un tipo. El más tipo de todos
los tipos, con esa cochina ypodrida palabra inventada por los podridos
civiles de esta podrida city. Al salir, antes de arrancar con Bebi, por
traición, por haber escupido una podrida ymaldita palabra falsa, me
castigué el mentón con un raspón de nudillo. Pero está que caga. Es la
tipa más tipa que he sorprendido en la city. Por eso, yporque de vez en
cuando me mete el billete, la busco. Y ahora, si la busco, es por sacarle
un billete: Bebi está coja, ytengo que ponerla avaler. Me cuesta dos
billetes. No tengo ni para un tabaco. Es el gracioso pureto mío, que me
chantajió asustándome con enviarme aun Colech de arriba, si no me
letreaba. ¿Quién puede, ypara qué sirve letrearse? Eso es para Tobi,
para Tulita, para esa podrida ydeprimidísima chusma. Yo no, mano, yo
no me letreo. Yo soyun tipo.
Y no crean que me siento menos tipo por no letrearme ycogerme un
billete de la tipa. ¿Qué hacen ustedes? Ustedes se muerden las nalgas
quemándose el sombrero en el trabajo, ¿no? ¿Y quién les paga? ¿Les
paga el Presidente, el ministro, el sherif del negocio? Bueno, mano,
amí me paga la tipa, yno siempre, por lo contenta que la dejo. Porque
la tipa tiene un maridito, Yes... Y un maridito tan chamusqueado como
el que más: un auto, departamento en lo más jai de la city, abogado,
amigos que asustan en la pantalla con cambios de la estructura
socioeconómica de la nación, que es como creo que llaman aarreglar
el juguete, ytodo, bueno, el maridito trabaja para el sherif, yno para
la tipa, yo la contento, yella aveces, no siempre, porque no siempre
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necesito el billete, me clava el papel en el tabaco. ¿Y qué hay? ¿Tú te
crees más tipo que yo? ¿Por qué? ¿Porque tú te ensalsas el cerebro
todos los podridos días en tu podrido juego? Yo no mano, ya lo dije. Yo
soyun tipo. Un tipo que tiene su tipa, su Bebi, ysu grupo. El mío es de
tipos como yo, aunque hubo hace poco dos traiciones: estaba prohibido
volarse la podrida tapa del sombrero antes de cumplir los veintiséis,
yel Goyo se la voló, yla segunda traición, fue la de Tarzán: se metió
asanto. Ahora y que va alimpiarle los riñones a todos los podridos
civiles porque está convencido de las reformas socioeconómicas que
necesita el podrido país, seguro que le lesionó el sombrero un fantasma
de la pantalla, ahora anda yque en un partido. A mí que no me hable.
Estaba bien dicho: nada con la city. Y dos traiciones, en menos de un
año. Van mal. Lo dije ya. Los grupos terminan mal, pero no me hicieron
caso. Querían el grupo yhasta con uniforme. Yo soy un tipo y no un
cachucha alegre. Eso fue lo que dije. Un tipo no usa uniforme yel que
quiera un disfraz, que se meta acarnicero, es el disfraz más barato.
Yo soyun tipo ylos tipos no se forran de disfraces. Y la gente cerró el
canario yasunto arreglado. Pero ya dije: dos traiciones. No hablo de
la tercera porque no es ful equipo. Tobi quería novia yla tiene. Allá él.
Además nunca fue del grupo. Nunca. Apenas lo conocí, dije: este fl aco
no es un tipo. Aunque sí lo es. A su modo, claro: letreándose yandando
con un sin techo, metiéndole aTulita atodo el mundo. Allá él. Cuando
el grupo quiso hacerle un chiste, dije que no. Después de todo es buen
tipo, aunque se letree yse deje falsear por las podridas costumbres
de esta podrida city que nos rodea. «Dejen tranquilo a Tobi», dije,
ytodo el mundo calló el canario. Largo no. Largo todavía quiere darle
una sorpresa. Yo ya se lo dije aLargo: si te metes con Tobi, te rajuño.
YLargo también cerró el canario. Aunque las ganas de sorprenderlo no
se le han gastado todavía. Yo no. Yo siempre digo: si los podridos tipos
que todavía no se han podrido del todo quieren podrirse así mismos,
que se pudran. Para eso tienen sombrero. Yo lo tengo yustedes que son
el grupo, lo tienen. Dejen en paz podrirse atodos los tipos que así lo
quieran, yvivan sus podridas vidas de tipos. A mí me respetan. Lo sé.
Hasta me tienen envidia. No hayun solo tipo del grupo que use mejor
un bluyín que yo. Yno hayun solo tipo en el grupo, que tenga una tipa
mejor que la mía. Ni hay
un solo tipo en el grupo, que sepa más yudo,
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cárate yboxeo que yo. Soyun tipo. ¿Quién lo niega? Basta con ver aese
tipo que está retratado en el vidrio de ese techado para comprenderlo.
Un tipo, mano. Todo un tipo. Y tú apártate, que vengo yo, tenía que
ser un civil. Ni siquiera sabes caminar en dos piernas, infeliz. Apártate.
Eso. ¿Por qué no sabrán caminar estos podridos civiles? Andan como
asustados. ¿Qué les pasa? ¿No están contentos con sus podridas vidas
de civiles que sudan todos los podridos días? Tener que pisar con mis
pies esta city, me llena de asco y arrepentimiento. Lástima que la
Bebi esté enfermita. Mañana mismo la pongo avaler y no hayquien
me encuentre. Un tipo como yo, necesita de aire puro, de mar yaquí
en la cityno haymar. ¿Entonces qué? El tipo se pierde hacia la playa.
Se pierde hacia la playa con su tipa ydespués regresan a la podrida
ciudad con la piel lista para llenar de envidia alos podridos civiles caras
pálidas de esta podrida ciudad. Porque un tipo no puede vivir así. Con
la piel sucia como la sucia piel de todos los civiles de esta sucia city.
Un tipo no. Un tipo sabe que algún día tiene que partirse el sombrero,
y quemárselo de una bala, y un tipo que sabe que es un tipo, yque
todavía no se ha partido el sombrero, ni te ha llegado la edad de decirle
chao asus podridos amigos, y asu podrida city y asu podrida tipa yasu
podrido grupo y asu podrida familia, un tipo, si es un tipo, tiene que
entender que no basta una Bebi, ni una tipa, ni ponerse contento con
la tipa, un tipo tiene que entender que debe tener su piel limpia ybien
manchada de sol, para que su tipa sea más tipa ymás contenta con él,
ypara que su piel no sea sucia, ypueda durar más días yasí el tipo más
días, feliz, siendo un tipo como lo soyyo.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS (Fragmento)
El convento de Santa Clara era un edifi cio cuadrado frente al mar,
con tres pisos de numerosas ventanas iguales, yuna galerí a de arcos
de medio punto alrededor de un jardí n agreste y sombrí o. Habí a un
sendero de piedras entre matas de plá tano y helechos silvestres,
una palmera esbelta que habí a crecido má s alto que las azoteas en
busca de la luz, yun á rbol colosal, de cuyas ramas colgaban bejucos
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de vainilla yristras de orquí deas. Debajo del á rbol habí a un estanque
de aguas muertas con un marco de hierro oxidado donde hací an
maromas de circo las guacamayas cautivas. El edifi cio estaba dividido
por el jardí n en dos bloques distintos. A la derecha estaban los tres
pisos de las enterradas vivas, apenas perturbados por el resuello de la
resaca en los acantilados ylos rezos ycá nticos de las horas canó nicas.
Este bloque se comunicaba con la capilla por una puerta interior, para
que las monjas de clausura pudieran entrar en el coro sin pasar por la
nave pú blica, yoir misa ycantar detrá s de una celosí a que les permití a
ver sin ser vistas. El precioso artesonado de maderas nobles, que se
repetí a en los cielos de todo el convento, habí a sido construido por
un artesano españ ol quele dedicó media vida por el derecho de ser
sepultado en una hornacina del altar mayor. Allí estaba, apretujado
tras las losas de má rmol con casi dos siglos de abadesas yobispos,
yotras gentes principales.
Cuando Sierva Marí a entró en el convento las monjas de clausura
eran ochenta ydos españ olas, todas con sus servicios, ytreinta yseis
criollas de las grandes familias del virreinato. Despué s de hacer sus
votos de pobreza, silencio ycastidad, el ú nico contacto que tení an con el
exterior eran las escasas visitas en un locutorio con celosí as de madera
por donde pasaba la voz pero no la luz. Estaba junto ala puerta del torno,
yel uso era reglamentado yrestringido, ysiempre en presencia de una
escucha. A la izquierda del jardí n estaban las escuelas, los talleres de
todo, con una població n profusa de novicias y maestras de artesaní as.
Estaba la casa de servicio, con una cocina enorme de fogones de leñ a,
un mesó n de carnicerí a yun gran horno de pan. Al fondo habí a un patio
siempre empantanado por las lavazas donde conviví an varias familias
de esclavos, ypor ú ltimo estaban los establos, un corral de chivos, la
porqueriza, el huerto y las colmenas, donde se criaba y se cultivaba
cuanto hací a falta para el buen vivir. Al fi nal de todo, lo má s lejos posible
ydejado de la mano de Dios, habí a un pabelló n solitario que durante
sesenta yocho añ os sirvió de cá rcel ala Inquisició n, yseguí a sié ndolo
para clarisas descarriadas. Fue en la ú ltima celda de ese rincó n de olvido
donde encerraron aSierva Marí a, alos noventa ytres dí as de ser mordida
por el perro ysin ningú n sí ntoma de la rabia. La tornera que la habí a
llevado de la mano se encontró al fi nal del corredor con una novicia que
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iba para las cocinas, yle pidió que la llevara con la abadesa. La novicia
pensó que no era prudente someter al fragor del servicio auna niñ a tan
lá nguida ybien vestida, yla dejó sentada en uno de los bancos de piedra
del jardí n para recogerla má s tarde. Pero la olvidó de regreso.
Dos novicias que pasaron despué s se interesaron por sus collares
y sus anillos, y le preguntaron quié n era. Ella no contestó . Le
preguntaron si sabí a castellano, yfue como hablarle aun muerto.
«Es sordomuda», dijo la novicia má s joven.
«O alemana», dijo la otra.
La má s joven empezó a tratarla como si careciera de los cinco
sentidos. Le soltó la trenza que tení a enrollada en el cuello yla midió
por cuartas. «Casi cuatro», dijo, convencida de que la niñ a no la oí a.
Empezó adesbaratarla, pero Sierva Marí a la intimidó con la mirada. La
novicia se la sostuvo yle sacó la lengua.
«Tienes los ojos del diablo», le dijo. Le quitó un anillo sin resistencia,
pero cuando la otra trató de arrebatarle los collares se revolvió como
una ví bora yle dio en la mano un mordisco instantá neo ycertero. La
novicia corrió alavarse la sangre.
Cuando cantaron la tercia Sierva Marí a se habí a levantado una vez
para tomar agua en el estanque. Asustada, regresó al banco sin beber,
pero volvió cuando se dio cuenta de que eran cá nticos de monjas. Quitó
la nata de hojas podridas con un golpe diestro de la mano, ybebió en
el cuenco hasta saciarse sin apartar los gusarapos. Luego orinó detrá s
del á rbol, acuclillada ycon un palo listo para defenderse de animales
abusivos y hombres ponzoñ osos, como se lo enseñ ó Dominga de
Adviento. Poco despué s pasaron dos esclavas negras que reconocieron
los collares de santerí a y le hablaron en lengua yoruba. La niñ a les
contestó entusiasmada en la misma lengua. Como nadie sabí a por qué
estaba allí , las esclavas la llevaron ala cocina tumultuosa, donde fue
recibida con alborozo por la servidumbre. Alguien se fi jó entonces en la
herida del tobillo yquiso saber qué le habí a pasado. «Me lo hizo madre
con un cuchillo», dijo ella. A quienes le preguntaron có mo se llamaba,
les dio su nombre de negra: Marí a Mandinga.
Recuperó su mundo al instante. Ayudó adegollar un chivo que se
resistí a a morir. Le sacó los ojos yle cortó las criadillas, que eran las
partes que má s le gustaban. Jugó al diá bolo con los adultos en la cocina
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ycon los niñ os del patio, yles ganó atodos. Cantó en yoruba, en congo
yen mandinga, yaun los que no entendí an la escucharon absortos.
Al almuerzo se comió un plato con las criadillas ylos ojos del chivo,
guisados en manteca de cerdo ysazonados con especias ardientes.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
EL DRAMA DEL DESENCANTADO
…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el
décimo piso, y amedida que caía iba viendo através de las ventanas
la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los
amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no
habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el
instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado
por completo su concepción del mundo, yhabía llegado ala conclusión
de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa
valía la pena de ser vivida.
LAURA RESTREPO
EL DELIRIO (Fragmento)
HoyNicolá s Portulinus frí e salchichas para la cena yse las sirve en
un plato asu hija menor, Eugenia, Eres un duende del bosque, mi pobre
nena Eugenia, le dice, eres un duende silencioso yrecluido en su cueva.
Está n solos los dos, el padre yla hija, en la cocina enorme, apilados
contra las paredes se ven los bultos de naranja que trajo hoyel mayordomo ylos racimos de guineo cuelgan de las vigas del techo, Eugenia
exprime naranjas en un pesado exprimidor de hierro atornillado ala
mesa, del cual no só lo sale el jugo que va llenando la jarra sino que
ademá s se desprende un intenso olor a azahares, Nicolá s Portulinus
mira alos ojos asu hija menor, Eugenia la extrañ a, le pregunta ¿A ti
tambié n te hace llorar el olor anaranjas?, yle cuenta, Hoyla carretera
amaneció alfombrada de naranjas aplastadas contra el asfalto, durante
la noche se fueron cayendo de los camiones repletos ylas ruedas de los
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autos les pasaron por encima, estuve un buen rato sentado ala orilla de
la carretera, pequeñ a Eugenia, yel olor anaranjas era muy, muytriste,
yera muy, muypersistente. Eugenia lo observa mascar la comida con
mandí bula pesada ynostá lgico rumiar de vaca vieja ypiensa con alivio
Gracias al cielo, hoypadre no está raro. En Sasaima celebran las fechas
patrias del 20 de julio, a las sirvientas les han dado la noche libre
yBlanca, Farax ySofi bajaron al pueblo para presenciar el desfi le ylos
fuegos artifi ciales, despué s asistirá n al baile comunal yhan anunciado
que llegará n tarde, claro que si el jolgorio amerita quizá no regresen
hasta las siete yocho de la mañ ana del dí a siguiente porque la tradició n
invita acerrar la fi esta al amanecer con desayuno colectivo en la plaza
de mercado, el alcalde, que es conservador, ha anunciado que este añ o
se repartirá n tamales y cerveza gratis. En casa han quedado solos
Nicolá s yEugenia, aquien la madre llamó aparte antes de partir para
encomendarle que cuidara al padre yle pronosticó que esta vez la tarea
serí a fá cil, Está tranquilo, le dijo, basta con que no lo pierdas de vista
hasta que se duerma, yes en efecto uno de esos ratos serenos ycada vez
má s escasos en que el padre está bien e incluso conversador; como
Eugenia no está acostumbrada a que su padre le dirija la palabra,
titubea yno sabe que responderle. Pese aque ya dieron las nueve de la
noche, el padre todaví a no fl ota en un pesado anticipo del sueñ o como
suele suceder, sino que está despierto y en su rostro se dibuja algo
parecido auna sonrisa, hoypadre suelta risitas, gorgoritos, mientras
frí e salchichas en la cocina, se las sirve en un plato asu hija menor
yparece reconciliado con el reino simple de lo cotidiano, Eugenia lo
mira y respira hondo como si de verdad descansara de una carga
extenuante, Padre está raro, suelen decir las niñ as cuando lo sienten
deslizarse hacia esas zonas turbias donde no lo alcanzan, padre está
raro, ynadie sabe la agoní a que hayen la voz de un niñ o que dice esa
frase. La primera vez que Eugenia cree haber percibido la rareza de su
padre se remonta asus cinco o seis añ os, ella jugando con caracoles de
rí o yé l cerca, ocupado en limpiar la hojarasca que obstruye uno de los
canales por los que baja el agua hasta la casona, ycomo el sol pega
fuerte el padre lleva un gorro de paja para protegerse la cabeza, pero no
es un solo gorro; la niñ a Eugenia suspende su juego, inquieta, cuando
nota que no es un solo gorro lo que lleva el padre sino dos, uno aló n de
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paja sobre otro de tela má s pequeñ o, ella cree recordar que fue horrible
comprender de repente que en su padre habí a algo irremediablemente
raro, algo que no dejaba de ser grotesco, así que se le acercó para tratar
de quitarle uno de los dos gorros como si eso solucionara el problema
de fondo yé l la miró con ojos de no verla, ojos de infi nita distancia,
ydesde entonces Eugenia piensa en té rminos de doble gorro cuando
padre está raro, padre está doble gorro, se dice así misma, yla sacude
un vé rtigo. Pero hoypadre no está doble gorro ydespué s de la cena se
sientan juntos en las mecedoras del corredor que da sobre el rí o, mejor
dicho sobre la hondonada por cuyo fondo corre el rí o Dulce, que en esta
noche patrió tica del 20 de julio no es má s que una oscuridad que se
desliza ysuena bajo un cielo quieto que cada tanto se enciende con los
estallidos de pó lvora de la fi esta lejana, Allá , donde truenan los cohetes,
dice el padre, allá está n mi linda Blanca ymi joven Farax, tal vez tengan
las manos entrelazadas mientras sus ojos se llenan de estrellas
artifi ciales, ycomo Eugenia lo escruta, tratando de descifrar si en su
alma se está incubando un nuevo brote de delirio, padre la tranquiliza
con un par de caricias torpes ypesadas en el pelo negrí simo, No te
preocupes, hija, le dice, lo que pasa es que ellos no tienen el don de lo
literario, aninguno de los dos les ha sido revelado el sentido de lo
trá gico, se necesita ser fuerte, como tu padre, para no querer resolver el
confl icto en favor propio, debemos ser generosos, hija mí a, la
generosidad es lo que se impone en este caso. Eugenia, que está
muypá lida, casi transparente yhundida en su mecedora, no capta el
sentido del discurso del padre pero eso no la alarma, está acostumbrada
a no entender casi nada de lo que é l dice, en esta noche serena las
chicharras y los grillos arman mucho escá ndalo, quizá demasiado,
Eugenia teme que atosiguen los oí dos del padre, ya de por si abrumados
por el zumbido permanente del tinitus, y como si le adivinara el
pensamiento el padre le habí a del eterno murmullo enclaustrado en
sus tí mpanos, Tu madre dice que es tinitus pero se equivoca, es un
ruido de origen extraterrestre que no parece emanar de un punto fi jo
del espacio sino de todas las direcciones al mismo tiempo, Padre, trata
de explicarle la niñ a, só lo son los gritos de las chicharras, Estas mujeres,
dice condescendiente Nicolá s Portulinus moviendo de un lado al otro la
cabeza, llaman chicharras y llaman tinitus al eco milenario de la
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creació n del universo. Y despué s se mece hasta adormecerse, grande,
blando yfeo en su bata de seda verde con marañ a de ramas estampada
en negro, Feo pero tranquilo, piensa Eugenia ysu pensamiento se ve
confi rmado por la letaní a de rí os de Alemania que le escucha murmurar;
el Lahri, el Lippe, el Main, el Mosela, el Neckar yel Niesse, reza el padre
medio soná mbulo ya, en un momento parece despabilarse yle dice ala
hija En Alemania tengo una hermana muybella que se llama Ilse, ¿lo
sabí as?, Si, padre, le contesta Eugenia pero padre ya está otra vez con
su listado alfabé tico, el Oder, el Rin yel Ruhr, Tení a razó n mi madre,
piensa Eugenia mientras se va entregando ella tambié n al sueñ o,
hoy padre no está raro. Por eso es grande el sobresalto unas horas
despué s, ella no sabe cuá ntas, cuando escucha el vocerí o que sube
desde la negrura del rí o, los gritos de Nicasio el mayordomo yde su
mujer Hilda, ese largo Lo encontraaamooooos que resuena al fondo,
detrá s del escá ndalo de chicharras, debajo del centelleo de fuegos
artifi ciales que ya está mermando, Lo encontraaaamoooos, yEugenia
se percata de que el padre ya no está en su mecedora, que de é l só lo han
quedado sus pantufl as ysu bata de seda ycorre abuscarlo por la casona,
primero en su dormitorio pero la cama aú n tendida indica que por allí
no ha pasado, luego en el bañ o pero las toallas, que permanecen en su
lugar, dan testimonio de que no las ha tocado, la sala del billar, el
comedor inmenso yvací o, la cocina con las cá scaras de naranja aú n
apiladas sobre la mesa yel olor aazahares todaví a vivo, silencioso el
saló n del piano donde Eugenia se sobresalta al toparse cara acara con
el mayordomo Nicasio que ha salido de la nada como si fuera un
espanto, Encontramos al profesor Portulinus en el rí o, lo encontraron
los de Virgen de la Merced yvinieron aavisarnos, estaba allá abajo, por
Virgen de la Merced, aunos dos kilómetros de aquí , lo encontraron
desnudo ysin vida en una ensenadita de piedras yya traen su cuerpo,
el rí o lo arrastró y lo dejó arrumado en un remanso. Entre gallos
ymedianoche Eugenia cree recordar una lenta ceremonia ala luz de
una antorcha ala orilla del rí o, pero el peso especifi co de ese recuerdo
se difumina bajo la carga aplastante de la culpa, Por mi culpa, por mi
culpa, por mi grandísima culpa, le grita por dentro una voz aEugenia,
por culpa de mi descuido estamos enterrando apadre hinchado yverde
y aescondidas, por culpa de mi descuido padre se tragó entera el agua
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