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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. РЕГИОН РИО-ПЛ АТА (АРГЕНТИНА, УРУГВАЙ, ПАРАГВАЙ
Pían los pájaros. Pirulí se aburre. Quisiera ser Pombero, Póra, Luisón, algún monstruo del que todos disparasen. Quisiera hacer algo terrible que justifi cara este vago ensueño. Pero el sol empieza abrillar. El corazón dulcemente siniestro del chico se arruga para adentro, en la penumbra de sus doce años indómitos. Pirulí recuerda sus aventuras. Analiza despectivamente cada una de ellas. Casi todas le parecen tontas, pueriles.
– Mita’í rembiapó, sudor de perro debarte… – piensa descontento.
Una sola le produce cierta complacencia: la del kuriyú. Hacía de esto tres o cuatro meses.
Él fue quien buscando una vaca encontró la enorme víbora aorillas del bañado, sumida en el sopor de la digestión, después de haberse tragado un ternerito. Sabía que las boas en este estado son inofensivas. Pirulí pensó que no se le presentaría nunca otra oportunidad semejante yse animó. Se apeó del matungo ycon el machete degolló ala víbora, casi asfi xiado por el temor yla felicidad. Después convocó aconsejo de guerra alos demás miembros de su pandilla, de la que era el jefe indiscutido, yles expuso su plan. Todos aceptaron la empresa poseídos de una exaltación sin nombre.
La kuriyú, que medía no menos de veinte varas, fue asegurada con lazos. Pirulí ató los extremos ala cincha del matungo yasí arrastraron ala víbora muerta alo largo de casi media legua hasta dejarla sobre las vías del ferrocarril en el brusco recodo que forman al salir del Corte Maciel, un terreno boscoso yen pendiente donde la locomotora no podría frenar de golpe. Pirulí había calculado todos los detalles.
El tren de pasajeros pasaba por allí ala caída de la tarde.
La gran locomotora negra coronada de humo yarrastrando fragosa-mente sus vagones iluminados, siempre había constituido una tentación demasiado fuerte para Pirulí ylos suyos. En ese gran monstruo de hierro, de fuego yde rumor viajaba el misterio, lo desconocido, lo prohibido, lo que ellos nunca conocerían. En las ventanillas con luz que pasaban velozmente unas tras otras como ráfagas de una pesadilla coloreada veían caras humanas; las veían reírse ymoverse felices, como si se burlaran de ellos que sólo tenían su selva, su estero, sus sabandijas, su desarrapada ymiserable libertad en la que estaban cautivos.
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Esta vez les tocaba aellos; se vengarían del monstruo de hierro al que habían puesto en su camino un monstruo de carne yde sangre.
Se escondieron en la maleza para ver la lucha. Y lo que vieron no defraudó sus esperanzas.
Cuando el tren arrolló ala kuriyú, la rolliza cola escamosa yanillada se levantó como disparada por un resorte ychicoteó en los costados de los vagones proyectando chorros oscuros yhediondos através de las ventanillas iluminadas. El terror agarrotó en la garganta de los pasajeros un solo ylargo grito de angustia, de espanto, de muerte. No parecía un clamor humano, sino un chillido de bestias heridas. Pirulí ysus secuaces se estremecieron en sus escondrijos. Sus ojos brillaban como luciérnagas inmóviles yhorrorizados entre la maciega. Vieron que muchos pasajeros se arrojaban por las ventanillas. Los más quedaron aplastados contra el suelo. Unos pocos huyeron despavoridos acampo traviesa, renqueando, chillando enronquecidamente sus pedidos de socorro. Uno se hincó al borde de la vía, entre los pedazos descuartizados de la víbora yempezó arezar sollozando ygolpeándose el pecho. La locomotora también pitaba desesperadamente, y sus metálicos alaridos hacían aún más pavorosa la escena. Las ruedas patinaron por la pendiente sobre los restos viscosos de la kuriyú.
Pirulí ysus compinches no vieron más porque huyeron de allí como apereáes disparando del fuego. Todo el pueblo vino aver el accidente. Ellos, no. Ya lo habían visto yestaban satisfechos.
Pirulí sonríe soñadoramente. Ojalá pudiera volver ahacer alguna vez algo parecido.
– ¡Jhojhohóóó, cabayúúú…! ¡Vamooo, pue…! – los bodoques siguen estallando intermitentemente como burbujas rojizas sobre el apelechado lomo del matungo.
Las muelas cilíndricas giran secas. Su lamento entretanto se ha hecho más agudo. Pirulí se ha olvidado de alimentar el trapiche. Ha estado volando lejos de allí con su imaginación de pequeño pájaro sanguinario. De pronto se da cuenta de su olvido, de su negligencia. Siente por anticipado los chicotazos de la madre. Ella es implacable con sus faltas. Y su chicote de ysypó-po’í entra hasta los huesos. Pirulí recuerda el castigo que mereció por la aventura de la kuriyú cuando Karumbé’í, el traidor de la pandilla, acosado por la guasca del padrastro,
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los delató. Eleuteria le pegó asu hijo hasta que se le durmieron los brazos. Pirulí se toca las cicatrices de la zurra yel recuerdo de dolor le vuelve alatir en las sienes como la picadura de dos rojas avispas enfurecidas.
Eleuteria viene saliendo del montecito con su hato de leña sobre la cabeza. Pirulí necesita encontrar algo pronto para disculparse, para desviar el justo enojo de la madre que él se imagina cómo caerá sobre él. Cierra los ojos. Araña en su interior. No encuentra nada, ¡nada! Ah, sí, encuentra algo. Se remueve un instante dentro de la blusa elásticamente yse lanza contra los rodillos del trapiche que empiezan acomer uno de sus brazos.
– ¡Mamááá…, mamááá…! ¡Che yagarrá cooo la trapiche…! ¡Mamááá…! ¡Ayáyáiii, mamaítaaa…!
Los gritos de Pirulí son desgarradores. Las lechiguanas revuelan asustadas. El matungo sigue su marcha renga, sin oír, tirando del palo del malacate. Las terribles muelas cilíndricas siguen mascando el brazo de Pirulí. Ya lo tienen devorado hasta el codo. Eleuteria arroja su atado de leña, arroja el machete yse precipita desalada hacia el caballo para detenerlo. Lo detiene. El lamento del trapiche cesa. Pero siguen los gritos de Pirulí yde su madre, de dolor los de él, de espanto los de ella.
– ¡Pirulí…, che memby…! ¡Por el amor de Dió…! ¡Socorro, gente kuéra…! ¡Trapiche ko oyagarrá che membype…!
Eleuteria hace girar en sentido contrario al caballejo. Prácticamente lo arrastra del bozal. Su fuerza es idéntica asu desesperación. Los rodillos van devolviendo poco apoco su mascada humana. El brazo de Pirulí va saliendo del trapiche convertido en bagazo hasta la mitad. Pirulí ha quedado extrañamente tranquilo. No llora, no se retuerce. Recobra su brazo en actitud refl exiva. Se diría que ya no siente dolor alguno. Los cilindros están apenas húmedos. Y el caldo verde yespumoso no ha perdido su color en las ollas negras que están debajo.
– ¡Che memby…! ¡Pobrecito, m’hijo…! ¡Cómo pikó te decuidate…! ¡Y e’ el brazo derecho… tu bracito derecho, m’hijo, che Dió Santo…!
La desesperación de Eleuteria va tomando matices sombríos. Abarca el pasado yel futuro sobre el fi lo del momento terrible. Ve asu hijo lisiado para siempre. Se arrodilla delante de él yva atomar el brazo herido como algo sagrado. La pobre mujer tiembla en todo el cuerpo. Es
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una hoja estremecida por el vendaval interior que destroza sus nervios. El pañuelo fl oreado se le ha caído de la cabeza ysus cabellos negros se han llenado de repentinas moscas de ceniza. Caen lacios yparados sobre su cara lívida. Pirulí está impasible, casi sonriente, concentrado en su pensamiento. Eleuteria toma por fi n el brazo triturado yseco. La manga fl ota vacía en sus manos. No hayhumedad de sangre, no haypedacitos de huesos ni jirones de carne. Nada. Sólo la tela seca yvacía.
Entonces Pirulí, como congraciándose, saca el brazo entero, intacto, que lo tenía metido dentro de la blusa, entre el cinto yla piel, yse lo extiende asu madre.
– Aquí e’etá, mamaíta, mi brazo. Para engañarle un poco nomá ko hice…
Ciega, trémula, jadeante, bruscamente transformada, Eleuteria grita agachándose:
– ¡Mita’í tepotí…! ¡Hijo del diablo…! ¡Añá… añá…!
Levanta el garrote del suelo ydescarga un gran golpe sobre la cabeza de Pirulí, que cae sin un grito yqueda inerte alos pies de Eleuteria.
JOSEFINA PLA (CUENTOS PARA SOÑAR)
EL CABALLO MARINO
Uté sabe que yo etuve casi toda mi vida conchavado en la mima etancia. Nunca me cambié de conchavo. Una etancia que se llama es decir se llamaba Etancia Carayá Pytá porque creo que depue que yo salí le cambiaron el nombre. Dede mitai que tuve mi ama me puso allí porque el capataz era mi paíno yparece que yo era un poco cabezudo ymi paíno me iba meter en vereda.
Y por eso que no jui ala ecuela nunca porque mi ama era poure yadema la ecuela taba masiado lejo de la etancia Dicen que en la vida hayque etudiar pero la verdá que yo pase todo mi setenta ycinco año sin etudiar ynunca noté ni un poco que el etudio me hacia falta. Yo sabía todo lo que necesitaba saber para hacer lo que hace un peón de etancia. Y como yo era el único mitai sohto mi alma entre tanto peón crecido todo yhata viejo solamente con ello podía etar yecuchaba por todo
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lo que se decía aprendía mucha cosa, alguno no tan bueno, pero en la vida hayque tomar todo meclado no puede uno andar ecogiendo como en hace mi hija en el supermercado, que se pasa el tiempo encogiendo yalo mejor encoge lo peor.
Y le digo que mucha cosa ecuché en mi vida en esa etancia porque nunca salí de allí yen ma de sesenta año solamente trabjo de peón de etancia hice hace cuatro año no ma empecé aetar un poco viejo yante que el patrón me eche yo me vine quedar con eta mi hija que es un poco bruja pero no le hace auno faltar nada.
Pero siempre me recuerdo de la etancia yde mi vida de allá yme guta recordar con lo vecino. Yo sé mucha cosa que me ha sucedido. Del pombero yde la vigora que tiene ala yde la gente que sale por la nube adar la batalla de la guerra grande yla ve que cayó la cosa de fuego en el lago yel gigante enterrado yla cru de oro de siete metros yel caballo marino...
Así como te toydiciendo el caballo marino. Era un caballo pora poraité. Que si lo vi? Y claro. Cómo que voyhablar de él si no lo he vito. Un hermoso caballo todo blanco con su crin largo como ese chai que usaba la señora ante. Salía del agua bata la mita del cuerpo no más ymiraba con unos ojos que parecía que echaba chispa ymovía la cabeza yrelinchaba. Qué cómo relinchaba?... Y al igual de cualquier caballo. Solamente que mucho má lindo. Pero si se hacia ruido no importa si era pequeño oía todo yenseguida desaparecía yno salía más por tre día oquien sabe por una semana... Y si yo no recuerdo bien cuánto tiempo le tuvimo viendo pero seguramente mucho tiempo. Meses no, años.
Hata que cayó aquella cosa del cielo yseguramente asutó al caballo yya no se le vio más. O quién sabe si no se murió o le mató aquel agua que jervía cuando cayó la cosa del cielo.
Qué cosa fue lo que cayó del cielo? Eso le voycontar otro día. Ahora toycontando del caballo marino. Y sí, ya sé que caballo marino quiere decir caballo del mar, yque el lago Ypoá no é el mar, pero cuando se habla de caballo que anda por el agua, nadie dice caballo de agua ni de lago, todo el mundo dice caballo marino. Seguramente porque esta raza epecial de caballos viene del mar.
Ya te dije que era un caballo igual que lo caballo de la tierra; solamente que má grande, má blanco ymá lindo que vivía debajo del agua porque de allí solamente é que salía. Era tan hermoso que el
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capatá le mandó aunos peones que lleve una cuanta yegua, la má linda que teníamo ala orilla del lago eperando que sale el caballo ysi por casualidad le gustaba alguna de las yegua íbamo tener lo má hermoso potro del mundo yquién sabe si no íbamo tener una raza especial de caballo para hacer carrera con él por el agua.
Y cómo voyyo saber si tenía su cuatro pata o solamente tenía do yatrás tenía solamente cola? Nadie le vio nunca má que la mitad del cuerpo pero todo lo que se veía era de caballo perfeuto ypor qué lo que faltaba iba ser diferente?
La verdá es que el caballo salió baistante vece como te digo; pero cuando llevábamo la yegua, ala hora del mediodía, que era cuando él solía salir, nunca ni una vez salió. Y así nos quedamo con la gana de tener ese potro tan lindo. Y depué que cayó aquella cosa del cielo ya nadie nunca le vio má. Cuando eso pasó yo tenia doce año. Y calcula el tiempo que hace. Quién sabe cuanto tiempo estaba ahí. No, morir de balde no iba amorir. Lo mató aquella cosa de fuego te digo.
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ROBERTO BOLAÑO
LA PLAYA
Dejé la heroína yvolví ami pueblo yempecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio ypoca cosa más tenía que hacer salvo levantarme cada mañana yver la tele ytratar de dormir por la noche, pero no podía, algo me impedía cerrar los ojos ydescansar, yésa era mi rutina, hasta que un día ya no pude más yme compré un trajebaño negro en una tienda del centro del pueblo yme fui ala playa, con el trajebaño puesto yuna toalla yuna revista, ypuse mi toalla no demasiado cerca del agua yluego me estiré yestuve un rato pensando si darme un baño o no dármelo, se me ocurrían muchas razones para hacerlo, pero también se me ocurrían algunas razones para no hacerlo (los niños que se bañaban en la orilla, por ejemplo), así que al fi nal se me pasó el tiempo yvolví acasa, y ala mañana siguiente compré una crema de protección solar yme fui ala playa otra vez, yaeso de las 12 me marché al ambulatorio yme tomémi dosis de metadona ysaludé aalgunas caras conocidas, ningún amigo o amiga, sólo caras conocidas de la cola de la metadona que se extrañaron de verme en trajebaño, pero yo como si nada, yluego volví caminando ala playa yesta vez me di el primer chapuzón e intenté nadar, aunque no pude, pero eso ya fue sufi ciente para mí, yal día siguiente volví a la playa yme volví auntar el cuerpo con protección solar yluego me quedé dormido sobre la arena, ycuando desperté me sentía muydescansado, yno me había quemado la espalda ni nada de nada, yasí pasó una semana o tal vez dos semanas, no lo recuerdo, lo único cierto es que cada día yo estaba más moreno yaunque no hablaba con nadie cada día me sentía mejor, o diferente, que no es lo mismo pero que en mi caso se le parecía, yun día apareció en la playa una pareja de viejos,de eso me acuerdo con claridad, se veía que llevaban mucho tiempo juntos, ella era gorda, o rellenita, ydebía de andar por los 70años aproximadamente, yél era fl aco, o más que fl aco, un esqueleto que caminaba, yo creo que eso fue lo que me llamó la atención, porque
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por regla general apenas me fi jaba en la gente que iba ala playa, pero en éstos me fi jé yla causa fue la delgadez del tipo, lo vi yme asusté, coño, es la muerte que viene apor mí, pensé, pero no venía apor mí, sólo era un matrimonio viejo, él de unos 75 yella de unos 70, o al revés, yella parecía gozar de buena salud, yél hacía pinta de que iba apalmarla en cualquier momento o de que ése era su último verano, al principio, pasado el primer susto, me costó alejar mi mirada de la cara del viejo, de su calavera apenas recubierta por una delgada capa de piel, pero luego me acostumbré amirarlos con disimulo, tirado en la arena, bocabajo, con la cara cubierta por los brazos, o desde el paseo, sentado en un banco frente ala playa, mientras fi ngía que me quitaba la arena del cuerpo, yme acuerdo que la vieja siempre llegaba ala playa con un parasol bajo cuya sombra se metía presurosa, sin bañador, aunque aveces la vi con bañador, pero más usualmente con un vestido de verano, muyamplio, que la hacía parecer menos gorda de lo que era, ybajo el parasol la vieja se pasaba las horas leyendo, llevaba un libro muygrueso, mientras el esqueleto que era su marido se tiraba sobre la arena, vestido únicamente con un trajebaño diminuto, casi un tanga, yabsorbía el sol con una voracidad que amíme traía recuerdos lejanos,de yonquis disfrutando inmóviles, de yonquis concentrados en lo que hacían, en lo único que podían hacer, yentonces amí me dolía la cabeza yme iba de la playa, comía en el Paseo Marítimo, una tapa de anchoas yuna cerveza, ydespués me ponía afumar y amirar la playa através de los ventanales del bar, yluego volvía yallí seguía el viejo yla vieja, ella debajo de la sombrilla, él expuesto alos rayos del sol, yentonces, de manera irrefl exiva, amí me daban ganas de llorar y
me metía en el agua ynadaba, ycuando ya me había alejado bastante de la orilla miraba el sol yme parecía extraño que estuviera allí, esa cosa grande ytan distinta de nosotros, yluego me ponía anadar hasta la orilla (en dos ocasiones estuve apunto de ahogarme) ycuando llegaba me dejaba caer junto ami toalla yme quedaba mucho rato respirando con difi cultad, pero siempre mirando hacia donde estaban los viejos, yluego tal vez me quedaba dormido tirado en la arena, ycuando me despertaba la playa ya empezaba adesocuparse, pero los viejos seguían allí, ella con su novela bajo la sombrilla yél bocarriba, en la zona sin sombra, con los ojos cerrados yuna expresión rara en su calavera, como
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si sintiera cada segundo que pasaba ylo disfrutara, aunque los rayos del sol fueran débiles, aunque el sol ya estuviera al otro lado de los edifi cios de la primera línea de mar, al otro lado de las colinas, pero eso aél parecía no importarle, yentonces, en el momento de despertarme yo lo miraba ymiraba el sol, y aveces sentía en la espalda un ligero dolor, como si aquella tarde me hubiera quemado más de la cuenta, yluego los miraba aellos yluego me levantaba, me ponía la toalla como capa yme iba asentar en uno de los bancos del Paseo Marítimo, en donde fi ngía quitarme la arena que no tenía de las piernas, ydesde allí, desde esa altura, la visión de la pareja era distinta, me decía amí mismo que tal vez él no estuviera apunto de morir, me decía amí mismo que el tiempo tal vez no existía tal como yo creía que existía,refl exionaba sobre el tiempomientras la lejanía del sol alargaba las sombras de los edifi cios, yluego me iba acasa yme daba una ducha ymiraba mi espalda roja, una espalda que no parecía mía sino de otro tipo, un tipo al que aún tardaría muchos años en conocer, yluego encendía la tele yveía programas que no entendía en absoluto, hasta que me quedaba dormido en el sillón, yal día siguiente vuelta alo mismo, la playa, el ambulatorio, otra vez la playa, los viejos, una rutina que aveces interrumpía la aparición de otros seres que aparecían en la playa, una mujer, por ejemplo, que siempre estaba de pie, que jamás se recostaba en la arena, que iba vestida con la parte de abajo de un bikini ycon una camiseta azul, yque cuando entraba en el mar sólo se mojaba hasta las rodillas, yque leía un libro, como la vieja, pero estaba mujer lo leía de pie, yaveces se agachaba, aunque de una manera muyrara, ycogía una botella de pepsi de litro ymedio ybebía, de pie, claro, yluego dejaba la botella sobre la toalla, que no sé para qué la había traído si no se tendía nunca sobre ella ytampoco se metía en el agua, y aveces esta mujer me daba miedo, me parecía excesivamente rara, pero la mayoría de las veces sólo me daba pena, ytambién vi otras cosas extrañas, en la playa siempre pasan cosas así, tal vez porque es el único sitio en donde todos estamos medio desnudos, pero que no tenían demasiada importancia, una vez creí ver aun ex yonqui como yo, mientras caminaba por la orilla, sentado en un montículo de arena con un niño de meses sobre las piernas, yotra vez vi aunas chicas rusas,tres chicas rusas, que probablemente eran putas yque hablaban, las tres, por un teléfono
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móvil yse reían, pero la verdad es que lo que más me interesaba era la pareja de viejos, en parte porque tenía la impresión de que el viejo se iba amorir en cualquier instante, ycuando pensaba esto, o cuando me daba cuenta de que estaba pensando esto, el resultado era que se me ocurrían ideas disparatadas, como que tras la muerte del viejo iba aocurrir un maremoto, el pueblo destruido por una ola gigantesca, ocomo que iba aponerse atemblar, un terremoto de gran magnitud que haría desaparecer el pueblo entero en medio de una ola de polvo, ycuando pensaba lo que acabo de decir ocultaba la cabeza entre las manos yme ponía allorar, ymientras lloraba soñaba (o imaginaba) que era de noche, digamos las tres de la mañana, yque yo salía de mi casa yme iba ala playa, yen la playa encontraba al viejo tendido sobre la arena, yen el cielo, junto alas otras estrellas, pero más cerca de la Tierra que las otras estrellas, brillaba un sol negro, un enorme sol negro ysilencioso, yyo bajaba ala playa yme tendía también sobre la arena, las dos únicas personas en la playa éramos el viejo yyo, ycuando volvía aabrir los ojos me daba cuenta de que las putas rusas yla chica que siempre estaba de pie yel ex yonqui con el niño en brazos me contemplaban con curiosidad, preguntándose acaso quién podía seraquel tipo tan raro,el tipo que tenía los hombros yla espalda quemados, yhasta la vieja me observaba desde la frescura de su sombrilla, interrumpida la lectura de su libro interminable por unos segundos, preguntándose tal vez quién era aquel joven que lloraba en silencio, un joven de 35 años que no tenía nada, pero que estaba recobrando la voluntad yel valor yque sabía que aún iba avivir un tiempo más.
FRANCISCO COLOANE
CINCO MARINEROS Y EL ATAÚD VERDE
Un día de principios de invierno arribó aPunta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.
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