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ivanov666
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Файл:Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие
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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. РЕГИОН РИО-ПЛ АТА (АРГЕНТИНА, УРУГВАЙ, ПАРАГВАЙ
Pían los pájaros. Pirulí se aburre. Quisiera ser Pombero, Póra,
Luisón, algún monstruo del que todos disparasen. Quisiera hacer algo
terrible que justifi cara este vago ensueño. Pero el sol empieza abrillar.
El corazón dulcemente siniestro del chico se arruga para adentro, en la
penumbra de sus doce años indómitos. Pirulí recuerda sus aventuras.
Analiza despectivamente cada una de ellas. Casi todas le parecen
tontas, pueriles.
– Mita’í rembiapó, sudor de perro debarte… – piensa descontento.
Una sola le produce cierta complacencia: la del kuriyú. Hacía de esto
tres o cuatro meses.
Él fue quien buscando una vaca encontró la enorme víbora aorillas
del bañado, sumida en el sopor de la digestión, después de haberse
tragado un ternerito. Sabía que las boas en este estado son inofensivas.
Pirulí pensó que no se le presentaría nunca otra oportunidad semejante
yse animó. Se apeó del matungo ycon el machete degolló ala víbora,
casi asfi xiado por el temor yla felicidad. Después convocó aconsejo
de guerra alos demás miembros de su pandilla, de la que era el jefe
indiscutido, yles expuso su plan. Todos aceptaron la empresa poseídos
de una exaltación sin nombre.
La kuriyú, que medía no menos de veinte varas, fue asegurada con
lazos. Pirulí ató los extremos ala cincha del matungo yasí arrastraron
ala víbora muerta alo largo de casi media legua hasta dejarla sobre
las vías del ferrocarril en el brusco recodo que forman al salir del Corte
Maciel, un terreno boscoso yen pendiente donde la locomotora no
podría frenar de golpe. Pirulí había calculado todos los detalles.
El tren de pasajeros pasaba por allí ala caída de la tarde.
La gran locomotora negra coronada de humo y arrastrando
fragosa-mente sus vagones iluminados, siempre había constituido
una tentación demasiado fuerte para Pirulí y los suyos. En ese
gran monstruo de hierro, de fuego yde rumor viajaba el misterio,
lo desconocido, lo prohibido, lo que ellos nunca conocerían. En las
ventanillas con luz que pasaban velozmente unas tras otras como
ráfagas de una pesadilla coloreada veían caras humanas; las veían
reírse ymoverse felices, como si se burlaran de ellos que sólo tenían
su selva, su estero, sus sabandijas, su desarrapada ymiserable libertad
en la que estaban cautivos.
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Esta vez les tocaba aellos; se vengarían del monstruo de hierro al
que habían puesto en su camino un monstruo de carne yde sangre.
Se escondieron en la maleza para ver la lucha. Y lo que vieron no
defraudó sus esperanzas.
Cuando el tren arrolló ala kuriyú, la rolliza cola escamosa yanillada
se levantó como disparada por un resorte ychicoteó en los costados
de los vagones proyectando chorros oscuros yhediondos através de
las ventanillas iluminadas. El terror agarrotó en la garganta de los
pasajeros un solo y largo grito de angustia, de espanto, de muerte.
No parecía un clamor humano, sino un chillido de bestias heridas.
Pirulí y sus secuaces se estremecieron en sus escondrijos. Sus ojos
brillaban como luciérnagas inmóviles yhorrorizados entre la maciega.
Vieron que muchos pasajeros se arrojaban por las ventanillas. Los más
quedaron aplastados contra el suelo. Unos pocos huyeron despavoridos
a campo traviesa, renqueando, chillando enronquecidamente sus
pedidos de socorro. Uno se hincó al borde de la vía, entre los pedazos
descuartizados de la víbora yempezó arezar sollozando ygolpeándose
el pecho. La locomotora también pitaba desesperadamente, y sus
metálicos alaridos hacían aún más pavorosa la escena. Las ruedas
patinaron por la pendiente sobre los restos viscosos de la kuriyú.
Pirulí ysus compinches no vieron más porque huyeron de allí como
apereáes disparando del fuego. Todo el pueblo vino aver el accidente.
Ellos, no. Ya lo habían visto yestaban satisfechos.
Pirulí sonríe soñadoramente. Ojalá pudiera volver ahacer alguna
vez algo parecido.
– ¡Jhojhohóóó, cabayúúú…! ¡Vamooo, pue…! – los bodoques
siguen estallando intermitentemente como burbujas rojizas sobre el
apelechado lomo del matungo.
Las muelas cilíndricas giran secas. Su lamento entretanto se ha
hecho más agudo. Pirulí se ha olvidado de alimentar el trapiche. Ha
estado volando lejos de allí con su imaginación de pequeño pájaro
sanguinario. De pronto se da cuenta de su olvido, de su negligencia.
Siente por anticipado los chicotazos de la madre. Ella es implacable
con sus faltas. Y su chicote de ysypó-po’í entra hasta los huesos. Pirulí
recuerda el castigo que mereció por la aventura de la kuriyú cuando
Karumbé’í, el traidor de la pandilla, acosado por la guasca del padrastro,
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los delató. Eleuteria le pegó asu hijo hasta que se le durmieron los
brazos. Pirulí se toca las cicatrices de la zurra yel recuerdo de dolor
le vuelve alatir en las sienes como la picadura de dos rojas avispas
enfurecidas.
Eleuteria viene saliendo del montecito con su hato de leña sobre
la cabeza. Pirulí necesita encontrar algo pronto para disculparse, para
desviar el justo enojo de la madre que él se imagina cómo caerá sobre
él. Cierra los ojos. Araña en su interior. No encuentra nada, ¡nada!
Ah, sí, encuentra algo. Se remueve un instante dentro de la blusa
elásticamente yse lanza contra los rodillos del trapiche que empiezan
acomer uno de sus brazos.
– ¡Mamááá…, mamááá…! ¡Che yagarrá cooo la trapiche…!
¡Mamááá…! ¡Ayáyáiii, mamaítaaa…!
Los gritos de Pirulí son desgarradores. Las lechiguanas revuelan
asustadas. El matungo sigue su marcha renga, sin oír, tirando del palo
del malacate. Las terribles muelas cilíndricas siguen mascando el brazo
de Pirulí. Ya lo tienen devorado hasta el codo. Eleuteria arroja su atado
de leña, arroja el machete yse precipita desalada hacia el caballo para
detenerlo. Lo detiene. El lamento del trapiche cesa. Pero siguen los
gritos de Pirulí yde su madre, de dolor los de él, de espanto los de ella.
– ¡Pirulí…, che memby…! ¡Por el amor de Dió…! ¡Socorro, gente
kuéra…! ¡Trapiche ko oyagarrá che membype…!
Eleuteria hace girar en sentido contrario al caballejo. Prácticamente
lo arrastra del bozal. Su fuerza es idéntica asu desesperación. Los rodillos
van devolviendo poco apoco su mascada humana. El brazo de Pirulí va
saliendo del trapiche convertido en bagazo hasta la mitad. Pirulí ha
quedado extrañamente tranquilo. No llora, no se retuerce. Recobra su
brazo en actitud refl exiva. Se diría que ya no siente dolor alguno. Los
cilindros están apenas húmedos. Y el caldo verde yespumoso no ha
perdido su color en las ollas negras que están debajo.
– ¡Che memby…! ¡Pobrecito, m’hijo…! ¡Cómo pikó te decuidate…!
¡Y e’ el brazo derecho… tu bracito derecho, m’hijo, che Dió Santo…!
La desesperación de Eleuteria va tomando matices sombríos. Abarca
el pasado yel futuro sobre el fi lo del momento terrible. Ve asu hijo
lisiado para siempre. Se arrodilla delante de él yva a tomar el brazo
herido como algo sagrado. La pobre mujer tiembla en todo el cuerpo. Es
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una hoja estremecida por el vendaval interior que destroza sus nervios.
El pañuelo fl oreado se le ha caído de la cabeza ysus cabellos negros
se han llenado de repentinas moscas de ceniza. Caen lacios yparados
sobre su cara lívida. Pirulí está impasible, casi sonriente, concentrado
en su pensamiento. Eleuteria toma por fi n el brazo triturado yseco.
La manga fl ota vacía en sus manos. No hayhumedad de sangre, no
hay pedacitos de huesos ni jirones de carne. Nada. Sólo la tela seca
yvacía.
Entonces Pirulí, como congraciándose, saca el brazo entero, intacto,
que lo tenía metido dentro de la blusa, entre el cinto yla piel, yse lo
extiende asu madre.
– Aquí e’etá, mamaíta, mi brazo. Para engañarle un poco nomá
ko hice…
Ciega, trémula, jadeante, bruscamente transformada, Eleuteria grita
agachándose:
– ¡Mita’í tepotí…! ¡Hijo del diablo…! ¡Añá… añá…!
Levanta el garrote del suelo ydescarga un gran golpe sobre la cabeza
de Pirulí, que cae sin un grito yqueda inerte alos pies de Eleuteria.
JOSEFINA PLA (CUENTOS PARA SOÑAR)
EL CABALLO MARINO
Uté sabe que yo etuve casi toda mi vida conchavado en la mima
etancia. Nunca me cambié de conchavo. Una etancia que se llama es
decir se llamaba Etancia Carayá Pytá porque creo que depue que yo
salí le cambiaron el nombre. Dede mitai que tuve mi ama me puso allí
porque el capataz era mi paíno yparece que yo era un poco cabezudo
ymi paíno me iba meter en vereda.
Y por eso que no jui ala ecuela nunca porque mi ama era poure
yadema la ecuela taba masiado lejo de la etancia Dicen que en la vida
hayque etudiar pero la verdá que yo pase todo mi setenta ycinco año
sin etudiar ynunca noté ni un poco que el etudio me hacia falta. Yo sabía
todo lo que necesitaba saber para hacer lo que hace un peón de etancia.
Y como yo era el único mitai sohto mi alma entre tanto peón crecido
todo yhata viejo solamente con ello podía etar yecuchaba por todo
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lo que se decía aprendía mucha cosa, alguno no tan bueno, pero en la
vida hayque tomar todo meclado no puede uno andar ecogiendo como
en hace mi hija en el supermercado, que se pasa el tiempo encogiendo
yalo mejor encoge lo peor.
Y le digo que mucha cosa ecuché en mi vida en esa etancia porque
nunca salí de allí yen ma de sesenta año solamente trabjo de peón de
etancia hice hace cuatro año no ma empecé aetar un poco viejo yante
que el patrón me eche yo me vine quedar con eta mi hija que es un poco
bruja pero no le hace auno faltar nada.
Pero siempre me recuerdo de la etancia yde mi vida de allá yme guta
recordar con lo vecino. Yo sé mucha cosa que me ha sucedido. Del pombero
yde la vigora que tiene ala yde la gente que sale por la nube a dar la
batalla de la guerra grande yla ve que cayó la cosa de fuego en el lago
yel gigante enterrado yla cru de oro de siete metros yel caballo marino...
Así como te toydiciendo el caballo marino. Era un caballo pora
poraité. Que si lo vi? Y claro. Cómo que voyhablar de él si no lo he
vito. Un hermoso caballo todo blanco con su crin largo como ese chai
que usaba la señora ante. Salía del agua bata la mita del cuerpo no más
ymiraba con unos ojos que parecía que echaba chispa ymovía la cabeza
yrelinchaba. Qué cómo relinchaba?... Y al igual de cualquier caballo.
Solamente que mucho má lindo. Pero si se hacia ruido no importa si
era pequeño oía todo yenseguida desaparecía yno salía más por tre día
oquien sabe por una semana... Y si yo no recuerdo bien cuánto tiempo
le tuvimo viendo pero seguramente mucho tiempo. Meses no, años.
Hata que cayó aquella cosa del cielo yseguramente asutó al caballo
yya no se le vio más. O quién sabe si no se murió o le mató aquel agua
que jervía cuando cayó la cosa del cielo.
Qué cosa fue lo que cayó del cielo? Eso le voycontar otro día. Ahora
toycontando del caballo marino. Y sí, ya sé que caballo marino quiere
decir caballo del mar, yque el lago Ypoá no é el mar, pero cuando se
habla de caballo que anda por el agua, nadie dice caballo de agua ni de
lago, todo el mundo dice caballo marino. Seguramente porque esta raza
epecial de caballos viene del mar.
Ya te dije que era un caballo igual que lo caballo de la tierra;
solamente que má grande, má blanco ymá lindo que vivía debajo del
agua porque de allí solamente é que salía. Era tan hermoso que el
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capatá le mandó aunos peones que lleve una cuanta yegua, la má linda
que teníamo ala orilla del lago eperando que sale el caballo ysi por
casualidad le gustaba alguna de las yegua íbamo tener lo má hermoso
potro del mundo yquién sabe si no íbamo tener una raza especial de
caballo para hacer carrera con él por el agua.
Y cómo voyyo saber si tenía su cuatro pata o solamente tenía do
yatrás tenía solamente cola? Nadie le vio nunca má que la mitad del
cuerpo pero todo lo que se veía era de caballo perfeuto ypor qué lo que
faltaba iba ser diferente?
La verdá es que el caballo salió baistante vece como te digo; pero
cuando llevábamo la yegua, ala hora del mediodía, que era cuando él
solía salir, nunca ni una vez salió. Y así nos quedamo con la gana de
tener ese potro tan lindo. Y depué que cayó aquella cosa del cielo ya
nadie nunca le vio má. Cuando eso pasó yo tenia doce año. Y calcula el
tiempo que hace. Quién sabe cuanto tiempo estaba ahí. No, morir de
balde no iba amorir. Lo mató aquella cosa de fuego te digo.
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Чили
ROBERTO BOLAÑO
LA PLAYA
Dejé la heroína yvolví ami pueblo yempecé con el tratamiento de
metadona que me suministraban en el ambulatorio ypoca cosa más
tenía que hacer salvo levantarme cada mañana yver la tele ytratar de
dormir por la noche, pero no podía, algo me impedía cerrar los ojos
ydescansar, yésa era mi rutina, hasta que un día ya no pude más yme
compré un trajebaño negro en una tienda del centro del pueblo yme fui
ala playa, con el trajebaño puesto yuna toalla yuna revista, ypuse mi
toalla no demasiado cerca del agua yluego me estiré yestuve un rato
pensando si darme un baño o no dármelo, se me ocurrían muchas
razones para hacerlo, pero también se me ocurrían algunas razones
para no hacerlo (los niños que se bañaban en la orilla, por ejemplo), así
que al fi nal se me pasó el tiempo yvolví acasa, y ala mañana siguiente
compré una crema de protección solar yme fui a la playa otra vez,
y a eso de las 12 me marché al ambulatorio y me tomé mi dosis de
metadona ysaludé aalgunas caras conocidas, ningún amigo o amiga,
sólo caras conocidas de la cola de la metadona que se extrañaron de
verme en trajebaño, pero yo como si nada, yluego volví caminando ala
playa yesta vez me di el primer chapuzón e intenté nadar, aunque no
pude, pero eso ya fue sufi ciente para mí, yal día siguiente volví a la
playa y me volví a untar el cuerpo con protección solar y luego me
quedé dormido sobre la arena, y cuando desperté me sentía
muydescansado, yno me había quemado la espalda ni nada de nada,
yasí pasó una semana o tal vez dos semanas, no lo recuerdo, lo único
cierto es que cada día yo estaba más moreno yaunque no hablaba con
nadie cada día me sentía mejor, o diferente, que no es lo mismo pero
que en mi caso se le parecía, yun día apareció en la playa una pareja de
viejos, de eso me acuerdo con claridad, se veía que llevaban mucho
tiempo juntos, ella era gorda, o rellenita, y debía de andar por los
70años aproximadamente, yél era fl aco, o más que fl aco, un esqueleto
que caminaba, yo creo que eso fue lo que me llamó la atención, porque
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por regla general apenas me fi jaba en la gente que iba ala playa, pero
en éstos me fi jé yla causa fue la delgadez del tipo, lo vi yme asusté,
coño, es la muerte que viene apor mí, pensé, pero no venía apor mí,
sólo era un matrimonio viejo, él de unos 75 yella de unos 70, o al revés,
yella parecía gozar de buena salud, yél hacía pinta de que iba apalmarla
en cualquier momento o de que ése era su último verano, al principio,
pasado el primer susto, me costó alejar mi mirada de la cara del viejo,
de su calavera apenas recubierta por una delgada capa de piel, pero
luego me acostumbré a mirarlos con disimulo, tirado en la arena,
bocabajo, con la cara cubierta por los brazos, o desde el paseo, sentado
en un banco frente ala playa, mientras fi ngía que me quitaba la arena
del cuerpo, yme acuerdo que la vieja siempre llegaba ala playa con un
parasol bajo cuya sombra se metía presurosa, sin bañador, aunque
a veces la vi con bañador, pero más usualmente con un vestido de
verano, muyamplio, que la hacía parecer menos gorda de lo que era,
ybajo el parasol la vieja se pasaba las horas leyendo, llevaba un libro
muygrueso, mientras el esqueleto que era su marido se tiraba sobre la
arena, vestido únicamente con un trajebaño diminuto, casi un tanga,
y absorbía el sol con una voracidad que a mí me traía recuerdos
lejanos,de yonquis disfrutando inmóviles, de yonquis concentrados en
lo que hacían, en lo único que podían hacer, yentonces amí me dolía la
cabeza yme iba de la playa, comía en el Paseo Marítimo, una tapa de
anchoas yuna cerveza, ydespués me ponía afumar y amirar la playa
através de los ventanales del bar, yluego volvía yallí seguía el viejo yla
vieja, ella debajo de la sombrilla, él expuesto a los rayos del sol,
yentonces, de manera irrefl exiva, amí me daban ganas de llorar y
me
metía en el agua ynadaba, ycuando ya me había alejado bastante de la
orilla miraba el sol yme parecía extraño que estuviera allí, esa cosa
grande ytan distinta de nosotros, yluego me ponía anadar hasta la
orilla (en dos ocasiones estuve apunto de ahogarme) ycuando llegaba
me dejaba caer junto ami toalla yme quedaba mucho rato respirando
con difi cultad, pero siempre mirando hacia donde estaban los viejos,
yluego tal vez me quedaba dormido tirado en la arena, ycuando me
despertaba la playa ya empezaba adesocuparse, pero los viejos seguían
allí, ella con su novela bajo la sombrilla yél bocarriba, en la zona sin
sombra, con los ojos cerrados yuna expresión rara en su calavera, como
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si sintiera cada segundo que pasaba ylo disfrutara, aunque los rayos del
sol fueran débiles, aunque el sol ya estuviera al otro lado de los edifi cios
de la primera línea de mar, al otro lado de las colinas, pero eso aél
parecía no importarle, yentonces, en el momento de despertarme yo lo
miraba ymiraba el sol, y aveces sentía en la espalda un ligero dolor,
como si aquella tarde me hubiera quemado más de la cuenta, yluego
los miraba aellos yluego me levantaba, me ponía la toalla como capa
yme iba asentar en uno de los bancos del Paseo Marítimo, en donde
fi ngía quitarme la arena que no tenía de las piernas, ydesde allí, desde
esa altura, la visión de la pareja era distinta, me decía amí mismo que
tal vez él no estuviera apunto de morir, me decía amí mismo que el
tiempo tal vez no existía tal como yo creía que existía,refl exionaba
sobre el tiempomientras la lejanía del sol alargaba las sombras de los
edifi cios, yluego me iba acasa yme daba una ducha ymiraba mi espalda
roja, una espalda que no parecía mía sino de otro tipo, un tipo al que
aún tardaría muchos años en conocer, yluego encendía la tele yveía
programas que no entendía en absoluto, hasta que me quedaba dormido
en el sillón, yal día siguiente vuelta alo mismo, la playa, el ambulatorio,
otra vez la playa, los viejos, una rutina que a veces interrumpía la
aparición de otros seres que aparecían en la playa, una mujer, por
ejemplo, que siempre estaba de pie, que jamás se recostaba en la arena,
que iba vestida con la parte de abajo de un bikini ycon una camiseta
azul, yque cuando entraba en el mar sólo se mojaba hasta las rodillas,
y que leía un libro, como la vieja, pero estaba mujer lo leía de pie,
ya veces se agachaba, aunque de una manera muyrara, ycogía una
botella de pepsi de litro ymedio ybebía, de pie, claro, yluego dejaba la
botella sobre la toalla, que no sé para qué la había traído si no se tendía
nunca sobre ella ytampoco se metía en el agua, y aveces esta mujer me
daba miedo, me parecía excesivamente rara, pero la mayoría de las
veces sólo me daba pena, ytambién vi otras cosas extrañas, en la playa
siempre pasan cosas así, tal vez porque es el único sitio en donde todos
estamos medio desnudos, pero que no tenían demasiada importancia,
una vez creí ver aun ex yonqui como yo, mientras caminaba por la
orilla, sentado en un montículo de arena con un niño de meses sobre
las piernas, yotra vez vi a unas chicas rusas,tres chicas rusas, que
probablemente eran putas y que hablaban, las tres, por un teléfono
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móvil yse reían, pero la verdad es que lo que más me interesaba era la
pareja de viejos, en parte porque tenía la impresión de que el viejo se
iba amorir en cualquier instante, ycuando pensaba esto, o cuando me
daba cuenta de que estaba pensando esto, el resultado era que se me
ocurrían ideas disparatadas, como que tras la muerte del viejo iba
a ocurrir un maremoto, el pueblo destruido por una ola gigantesca,
ocomo que iba aponerse atemblar, un terremoto de gran magnitud
que haría desaparecer el pueblo entero en medio de una ola de polvo,
ycuando pensaba lo que acabo de decir ocultaba la cabeza entre las
manos yme ponía allorar, ymientras lloraba soñaba (o imaginaba) que
era de noche, digamos las tres de la mañana, yque yo salía de mi casa
yme iba ala playa, yen la playa encontraba al viejo tendido sobre la
arena, yen el cielo, junto alas otras estrellas, pero más cerca de la
Tierra que las otras estrellas, brillaba un sol negro, un enorme sol negro
ysilencioso, yyo bajaba ala playa yme tendía también sobre la arena,
las dos únicas personas en la playa éramos el viejo yyo, ycuando volvía
aabrir los ojos me daba cuenta de que las putas rusas yla chica que
siempre estaba de pie y el ex yonqui con el niño en brazos me
contemplaban con curiosidad, preguntándose acaso quién podía
ser aquel tipo tan raro, el tipo que tenía los hombros y la espalda
quemados, y hasta la vieja me observaba desde la frescura de su
sombrilla, interrumpida la lectura de su libro interminable por unos
segundos, preguntándose tal vez quién era aquel joven que lloraba en
silencio, un joven de 35 años que no tenía nada, pero que estaba
recobrando la voluntad yel valor yque sabía que aún iba a vivir un
tiempo más.
FRANCISCO COLOANE
CINCO MARINEROS Y EL ATAÚD VERDE
Un día de principios de invierno arribó aPunta Arenas un barco tan
deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua;
el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas
de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón
rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.
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