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Практикум по культуре речевого общения лингвокультурологический аспект. Учебное пособие

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ТЕКСТЫ ДЛЯ ЧТЕНИЯ И АНАЛИЗА. ВЕНЕСУЭЛА И КОЛУМБИЯ
– Un lujo de la naturaleza – había comentado J.
– Además de un gasto inútil – dijo Elena.
La disminución de las lluvias le había cambiado el genio. Del mutismo amargo pasó ala acidez atenta, tono que ahora usaba casi siempre, aun en sus manifestaciones de cariño. Además de ocuparse de la tienda, de la máquina de coser – cortinas, manteles, sábanas– ydel exigente control de la maquinaria doméstica, se dedicaba ahora adarse largos baños de mar. Usualmente salía alas once de la mañana con la toalla al hombro yun frasco de bronceador en la mano, yregresaba poco después de mediodía. Y muchas veces se quejó con J. de que los negros pasaban demasiado cerca de donde ella tomaba baños de sol, ycon demasiada frecuencia, nada más para mirarla.
Mercedes debía estar atenta asu regreso yesperarla con el almuerzo servido. Cuando no lo encontraba sobre la mesa la regañaba, cortante. Cierta sequedad en su trato con la gente empezaba ahacerse costumbre ytendía aacentuarse. Ya Gilberto, en particular, se había quejado aJ. del trato brusco que Elena daba asu mujer.
– A mí no me importa lo que me diga, patrón – le dijo–, pero mi mujer es muynerviosa ytanta recargadera la va aburriendo.
A J., por su parte, no le interesaba demasiado la mujer de Gilberto e incluso podía estar de acuerdo en que aveces era perezosa ypoco útil. En cambio temía perder aGilberto, persona en extremo diligente yentusiasta que sabía apersonarse de los problemas de la fi nca como si fueran propios.
Un día Elena regresó del baño yencontró que no había almuerzo.
– He estado con fi ebres, seño – dijo Mercedes, que se había amarrado un trapo en la frente yparecía realmente enferma.
– Con fi ebre o sin fi ebre, en esta casa se tiene que almorzar – replicó Elena.
Sentía tanta rabia que las palabras se le enredaban en la cabeza.
– Pero seño…
– ¡Nada! Aquí no vamos aaguantar hambre cada que usted se quiera hacer la apestada. Póngase amantequear, hermana, que para eso le pagamos.
Cuando J. llegó ala casa encontró aElena con la cara sombría. Mercedes, con el trapo amarrado en la frente, lloraba en la cocina.
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Lo encegueció la rabia.
– ¿Vos es que te vas sintiendo reina aquí? – gritó, sin esperar que Elena explicara nada.
Quedó estupefacta. Por primera vez desde que lo conocía lo veía realmente furioso. Y como J. continuó regañándola avoz de grito, ella también se enfureció, se le echó encima yle largó una cachetada. El la agarró por las muñecas y, con un voleo fuerte ycircular, la envió trastabillando por el corredor. Sin levantarse, Elena lloró amargamente. J. salió de casa.
EVELIO ROSERO
24 VIEJOS
Cada día uno de nosotros se sonríe en la terraza como un cuervo, aletea tambaleante ybusca el sol, su decrepitud se explaya ycuenta algo, recuerda algo, un nombre, unos labios, algo en el viento, yde inmediato lo rodeamos yescuchamos, sedientos de ese extraño fulgor que lo ilumina, ah, puercos, así nos olvidamos de lo viejos que estamos, y, sin embargo, damos miedo, aunque nos olvidemos; debimos morir hace tiempo, qué tercos, qué horribles, qué perversos, veinticuatro viejos, sí, las veinticuatro horas exactas, éramos veinticinco hace dos meses, yhace tres veintisiete: dos murieron al mismo tiempo; siempre alguien tiene que morirse en la mañana ydaña el día, nos vemos menos, nos han robado, ¿cuál será el siguiente?, ¿cuál de todos tiembla yrechina yse asfi xia sin esperanzas?
Al despedirnos, después de la comida, en la noche sin señales, sentados en las sillas mecedoras, nos contemplamos atónitos por la separación inminente, yes como si quisiéramos dormir acompañados, hundidos en el susto como niños, orinados. En vano intentamos prolongar la conversación, o el silencio, pues no importa el silencio, siempre ycuando estemos cerca. Y si alguno habla, tanto mejor, aunque hable solo. Tenemos que rodearlo ydefenderlo – al que habla, alos que hablan –, porque eso es como si uno hablara, o hablaran por uno yentonces uno siguiera vivo. Y es en vano porque llega la noche ydespués de la comida, de la breve digestión en la terraza,
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debemos acudir alos aposentos, ya por nuestros medios o empujados ocargados. Es inútil que queramos aferrarnos, que indiquemos nuestra falta de sueño, que protestemos. Algunos alargan al despedirse los brazos como si se desgarraran, como si les quitaran una pierna, pero los enfermeros son implacables, para eso les pagan, ynos llevan uno por uno anuestras camas, ynos acuestan en el frío sin ternura. En la mañana son substituidos por las monjas, que sí son tiernas, no porque realmente lo sean sino porque nos ofrecen leche caliente ypanecillos, o nos besan si nos ponemos allorar, ynos cantan canciones de cuna. Más de uno se ha puesto allorar adrede, para que venga una monjita acantar ylo redima. Las monjitas creen ganar el paraíso apunta de besar con repugnancia esa gran frente amarilla que resulta una lámina de hielo, una calavera recién desenterrada, de labios todavía húmedos yrojos yojos que rebrillan ylas acechan hasta más allá del último poro. Claro que en el instante crucial de la mañana, cuando despertamos yabandonamos las habitaciones, ninguno de nosotros las determina, ¿para qué?, son solo manchas apáticas ymudas, ysolo nos preocupa constatar quiénes estamos, quiénes seguimos: nos oímos, nos preguntamos frenéticos, nos reconocemos, ¿ha muerto alguien?, ¿vivimos los que vivíamos?, sigo vivo, sigo vivo. Solamente en la mañana sabemos de nuestras desapariciones.
Los veinticuatro seguimos, sentados, atornillados ala terraza, en las veinticuatro sillas idénticas. Y divisamos o creemos recordar la carretera por donde se escucha cómo pasa la vida, voces de mujeres que ríen, niños que lloran, sombras, sombras que sudan. Es cierto que los ciegos son la mayoría, pero nosotros distinguimos todavía los rostros en el camino, las sombras blancas que ondean; incluso descubrimos que las sombras también nos descubren ynos observan con atención, detenidas en el horizonte amarillo de la carretera: los veinticuatro viejos en hilera – muriéndose uno por uno, hundidos en una misma nube de pedos yeructos yolor de remedios – debemos ser noticia recóndita para ellos, un silencio de hielo que los pasma de presentimientos, si se les ocurre pasear un domingo por las afueras.
Así nos matan los días, ycada día es otra espera más oscura, pero nosotros no estamos de acuerdo, queremos irnos de aquí, tenemos la fuerza, podemos orinar solos, sabemos caminar sin ayuda, entendemos
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perfectamente el idioma, no deseamos dormir junto alos muertos, preferimos morir en la carretera, sin puercos alrededor, ¿cuántos años debimos aguardar para la fuga? Hoyen la mañana nos despedimos. Somos un susurro feliz en la terraza, de silla en silla: «Nos vamos air, hasta nunca». Varios de ellos solo menean la cabeza yse sonríen, sus labios tiemblan, babean, ¿acaso comprenden? Marchitos, encorvados, los últimos monos. No todos son tan sordos; nos preguntan si ha venido un lejano pariente nuestro aresucitarnos. «No», decimos. «Nos vamos porque queremos.»
– Entonces tengan cuidado con los perros – dice uno de ellos.
– Qué comerán – pregunta otro –. Tendrán que morirse más pronto que todos.
– No somos tan viejos – decimos –, debemos ser los menores. Esto es una equivocación. Si se trata de morir preferimos morir como vivos.
– ¿Así como así se despiden? ¿Sin fi esta? Esperen, se lo explicaremos alos sordos. Habrá baile.
– Adiós, yno se orinen del susto cuando duerman.
– Váyanse al carajo – dicen los que entienden.
Y uno de ellos se sigue riendo, mientras los tres, tambaleando, buscamos las escaleras.
Nadie podrá impedirnos la huida, lo hemos soñado en voz alta cada noche de todos los días, yel sueño es perfecto: en el instante que atravesemos la gran puerta de la salida, los enfermeros se encontrarán jugando un partido de fútbol, bañados en sol, radiantes, ágiles padres de familia, rojos de sangre, palpitantes, muylejos de suponer que los más jóvenes de los ancianos, los todavía vivos, se fugan de ellos para siempre, se burlan de sus narices perfumadas, de sus corazones indiferentes, sus huevos de acero, ah, futuros esqueletos. Y, como está escrito en el sueño, las monjas charlarán reunidas en el comedor inmenso, todas echadas en sus poltronas, esperando aque las cocineras avisen que ya está lista la sopa de plátano del almuerzo; se contarán historias de amor, o de fastidio, de crueles alegrías, intercambiarán el perfume de sus cuerpos, la emanación de sus sexos como candados, recordarán asus ángeles, asus obispos, ignorarán nuestro paso furtivo, en punta de pies, como tres gnomos.
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Cruzamos la enorme puerta ydespués la explanada, asaltitos. Nos detenemos. ¿A dónde volar? La libertad no tiene dirección fija. Subimos hasta la carretera y, desde su orilla, contemplamos por última vez la fachada, el largo corredor en la terraza donde los viejos nos contemplan o creen contemplarnos o nos imaginan – furiosos, hundidos en la envidia, patriarcas ala expectativa, sus ojos apergaminados parpadean, se inclinan sus sombras sentadas, repiten sus gestos agotados, disponen sus peludas orejas como radares ydan voces de alerta, traicioneros. Demasiado tarde, nos fugamos. Tres de las veinticuatro sillas están vacías. Nuestras sillas.
– No hemos muerto todavía – gritamos, lo hemos gritado, ydamos saltos de alegría yhacemos «victoria» con los dedos como si danzáramos ynos bajamos por un instante los pantalones yles mostramos los traseros. «Adiós, momias», gritamos. No sabemos si escuchan, ypreferimos no saberlo. La carretera espera, como una llamada. Se diría que corremos, ¿por qué no vuelas, cuerpo? Deben causar risa nuestras rodillas, una detrás de otra, como si trotáramos kilómetros en un metro, nuestros respiros, las manos que reman inútiles contra el viento. En realidad debemos ser los más viejos de los viejos, las auténticas momias, los únicos puercos. Si pudiéramos encontrar aalguien, si pudiéramos avisarle. Haycosas que no ocurren como en los sueños, lo averiguamos desconcertados, aterrados, las bocas abiertas, desencajadas, las mandíbulas batientes, idiotizados. Haycosas..., el ladrido de los perros que pugnan por soltarse, el silbato, los brazos aprisionadores, la multitud de ojos enrojecidos, cuarenta ydos ojos ciegos pero encendidos que pululan, que nos buscan cuando somos depositados ala fuerza en nuestras sillas, que preguntan.
– Por lo menos lo intentaron – dice uno de ellos.
Y otro, sus rugosas manos palmoteando sus rodillas:
– Hoysupe que haypostre de piña.
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Мексика
CARLOS FUENTES
LAS DOS ELENAS
– No sé dedónde le salen esas ideas aElena. Ella no fue educada de ese modo. Y usted tampoco, Víctor. Pero el hecho es que el matrimonio la ha cambiado. Sí, no cabe duda. Creí que le iba adar un ataque ami marido. Esas ideas no se pueden defender, ymenos ala hora de la cena. Mi hija sabe muybien que su padre necesita comer en paz. Si no, en seguida le sube la presión. Se lo ha dicho el médico. Y después de todo, este médico sabe lo que dice. Por algo cobra a200 pesos la consulta. Yo le ruego que hable con Elena. A mí no me hace caso. Dígale que le soportamos todo. Que no nos importa que desatienda su hogar por aprender francés. Que no nos importa que vaya aver esas películas rarísimas aunos antros llenos de melenudos. Que no nos importan esas medias rojas de payaso. Pero que ala hora de la cena le diga asu padre que una mujer puede vivir con dos hombres para complementarse… Víctor, por su propio bien usted debe sacarle esas ideas de la cabeza asu mujer.
Desde que vioJules et Jimen un cine-club, Elena tuvo el duende de llevar la batalla ala cena dominical con sus padres – la única reunión obligatoria de la familia– . Al salir del cine, tomamos el MG ynos fuimos acenar al Coyote Flaco en Coyoacán. Elena se veía, como siempre, muybella con el suéter negro yla falda de cuero ylas medias que no le gustan asu mamá. Además, se había colgado una cadena de oro de la cual pendía un tallado en jadeíta que, según un amigo antropólogo, describe al príncipe Uno Muerte de los mixtecos. Elena, que es siempre tan alegre ydespreocupada, se veía, esa noche, intensa: los colores se le habían subido alas mejillas yapenas saludó alos amigos que generalmente hacen tertulia en ese restaurante un tanto gótico. Le pregunté qué deseaba ordenar yno me contestó; en vez, tomó mi puño yme miró fi jamente. Yo ordené dos pepitos con ajo mientras Elena agitaba su cabellera rosa pálido yse acariciaba el cuello:
– Víctor, nibelungo, por primera vez me doycuenta que ustedes tienen razón en ser misóginos yque nosotras nacimos para que nos
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detesten. Ya no voy afi ngir más. He descubierto que la misoginia es la condición del amor. Ya sé que estoyequivocada, pero mientras más necesidades exprese, más me vas aodiar ymás me vas a tratar de satisfacer. Víctor, nibelungo, tienes que comprarme un traje de marinero antiguo como el que saca Jeanne Moreau.
Yo le dije que me parecía perfecto, con tal de que lo siguiera esperando todo de mí. Elena me acarició la mano ysonrió.
– Ya sé que no terminas de liberarte, mi amor. Pero ten fe. Cuando acabes de darme todo lo que yo te pida, tú mismo rogarás que otro hombre comparta nuestras vidas. Tú mismo pedirás ser Jules. Tú mismo pedirás que Jim viva con nosotros ysoporte el peso. ¿No lo dijo el Güerito? Amémonos los unos alos otros, cómo no.
Pensé que Elena podría tener razón en el futuro; sabía después de cuatro años de matrimonio que al lado suyo todas las reglas morales aprendidas desde la niñez tendían a desvanecerse naturalmente. Eso he amado siempre en ella: su naturalidad. Nunca niega una regla para imponer otra, sino para abrir una especie de puerta, como aquellas de los cuentos infantiles, donde cada hoja ilustrada contiene el anuncio de un jardín, una cueva, un mar alos que se llega por la apertura secreta de la página anterior.  – No quiero tener hijos antes de seis años – dijo una noche, recostada sobre mis piernas, en el salón oscuro de nuestra casa, mientras escuchábamos discos de Cannonball Adderley; yen la misma casa de Coyoacán que hemos decorado con estofados policromos ymáscaras coloniales de ojos hipnóticos: – Tú nunca vas amisa ynadie dice nada. Yo tampoco iré yque digan lo que quieran; yen el altillo que nos sirve de recámara yque en las mañanas claras recibe la luz de los volcanes: – Voy atomar el café con Alejandro hoy. Es un gran dibujante yse cohibiría si tú estuvieras presente yyo necesito que me explique asolas algunas cosas; ymientras me sigue por los tablones que comunican los pisos inacabados del conjunto de casas que construyo en el Desierto de los Leones: – Me voy10 días aviajar en tren por la república; yal tomar un café apresurado en el Tirol amedia tarde, mientras mueve los dedos en señal de saludo alos amigos que pasan por la calle de Hamburgo: – Gracias por llevarme aconocer el burdel, nibelungo. Me pareció como de tiempos de Toulouse-Lautrec, tan inocente como un cuento de
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Maupassant. ¿Ya ves? Ahora averigüé que el pecado yla depravación no están allí, sino en otra parte; ydespués de una exhibición privada deEl ángel exterminador: – Víctor, lo moral es todo lo que da vida ylo inmoral todo lo que quita vida, ¿verdad que sí?
Y ahora lo repitió, con un pedazo de sándwich en la boca: – ¿Verdad que tengo razón? Si un ménage à trois nos da vida ynos hace mejores en nuestras relaciones personales entre tres de lo que éramos en la relación entre dos, ¿verdad que eso es moral?
Asentí mientras comía, escuchando el chisporroteo de la carne que se asaba alo largo de la alta parrilla. Varios amigos cuidaban de que sus rebanadas estuvieran al punto que deseaban yluego vinieron asentarse con nosotros yElena volvió areír y aser la de siempre. Tuve la mala idea de recorrer los rostros de nuestros amigos con la mirada eimaginar acada uno instalado en mi casa, dándole aElena la porción de sentimiento, estímulo, pasión o inteligencia que yo, agotado en mis límites, fuese incapaz de obsequiarle. Mientras observaba este rostro agudamente dispuesto aescuchar (yyo aveces me canso de oírla), ése amablemente ofrecido acolmar las lagunas de los razonamientos (yo prefi ero que su conversación carezca de lógica o de consecuencias), aquél más inclinado aformular preguntas precisas y, según él, reveladoras (yyo nunca uso la palabra, sino el gesto o la telepatía para poner aElena en movimiento), me consolaba diciéndome que, al cabo, lo poco que podrían darle se lo darían apartir de cierto extremo de mi vida con ella, como un postre, un cordial, un añadido. Aquél, el del peinado alo Ringo Starr, le preguntó precisa yreveladoramente por qué seguía siéndome fi el yElena le contestó que la infi delidad era hoyuna regla, igual que la comunión todos los viernes antes, ylo dejó de mirar. Ese, el del cuello de tortuga negro, interpretó la respuesta de Elena añadiendo que, sin duda, mi mujer quería decir que ahora la fi delidad volvía aser la actitud rebelde. Y éste, el del perfecto saco eduardiano, sólo invitó con la mirada intensamente oblicua aque Elena hablara más: él sería el perfecto auditor. Elena levantó los brazos ypidió un café exprés al mozo.
Caminamos tomados de la mano por las calles empedradas de Coyoacán, bajo los fresnos, experimentando el contraste del día caluroso que se prendía anuestras ropas y
la noche húmeda que, después del
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aguacero de la tarde, sacaba brillo anuestros ojos ycolor anuestras mejillas. Nos gusta caminar, en silencio, cabizbajos ytomados de la mano, por las viejas calles que han sido, desde el principio, un punto de encuentro de nuestras comunes inclinaciones ala asimilación. Creo que de esto nunca hemos hablado Elena yyo. Ni hace falta. Lo cierto es que nos da placer hacernos de cosas viejas, como si las rescatáramos de algún olvido doloroso o al tocarlas les diéramos nueva vida o al buscarles el sitio, la luz yel ambiente adecuados en la casa, en realidad nos estuviéramos defendiendo contra un olvido semejante en el futuro. Queda esa manija con fauces de león que encontramos en una hacienda de los Altos yque acariciamos al abrir el zaguán de la casa, asabiendas de que cada caricia la desgasta; queda la cruz de piedra en el jardín, iluminada por una luz amarilla, que representa cuatro ríos convergentes de corazones arrancados, quizá, por las mismas manos que después tallaron la piedra, yquedan los caballos negros de algún carrusel hace tiempo desmontado, así como los mascarones de proa de bergantines que yacerán en el fondo del mar, si no muestran su esqueleto de madera en alguna playa de cacatúas solemnes ytortugas agonizantes.
Elena se quita el suéter yenciende la chimenea, mientras yo busco los discos de Cannonball, sirvo dos copas de ajenjo yme recuesto aesperarla sobre el tapete. Elena fuma con la cabeza sobre mis piernas ylos dos escuchamos el lento saxo del Hermano Lateef, aquien conocimos en el Gold Bug de Nueva York con su fi gura de brujo congolés vestido por Disraeli, sus ojos dormidos ygruesos como dos boas africanas, su barbilla de Svengali segregado ysus labios morados unidos al saxo que enmudece al negro para hacerlo hablar con una elocuencia tan ajena asu seguramente ronco tartamudeo de la vida diaria, ylas notas lentas, de una plañidera afi rmación, que nunca alcanzan adecir todo lo que quieren porque sólo son, de principio afi n, una búsqueda yuna aproximación llenas de un extraño pudor, le dan un gusto yuna dirección anuestro tacto, que comienza areproducir el sentido del instrumento de Lateef: puro anuncio, puro preludio, pura limitación alos goces preliminares que, por ello, se convierten en el acto mismo.
– Lo que están haciendo los negros americanos es voltearle el chirrión por el palito alos blancos – dice Elena cuando tomamos
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nuestros consabidos lugares en la enorme mesa chippendale del comedor de sus padres– . El amor, la música, la vitalidad de los negros obligan alos blancos a justifi carse. Fíjense que ahora los blancos persiguen físicamente alos negros porque al fi n se han dado cuenta de que los negros los persiguen psicológicamente aellos.
– Pues yo doygracias de que aquí no haya negros – dice el padre de Elena al servirse la sopa de poro ypapa que le ofrece, en una humeante sopera de porcelana, el mozo indígena que de día riega los jardines de la casota de las Lomas.
– Pero eso qué tiene que ver, papá. Es como si los esquimales dieran gracias por no ser mexicanos. Cada quien es lo que es yya. Lo interesante es ver qué pasa cuando entramos en contacto con alguien que nos pone en duda ysin embargo sabemos que nos hace falta. Y que nos hace falta porque nos niega.
– Anda, come. Estas conversaciones se vuelven más idiotas cada domingo. Lo único que sé es que tú no te casaste con un negro, ¿verdad? Higinio, traiga las enchiladas.
Don José nos observa aElena, amí y asu esposa con aire de triunfo, ydoña Elena madre, para salvar la conversación languideciente, relata sus actividades de la semana pasada, yo observo el mobiliario de brocado color palo de rosa, los jarrones chinos, las cortinas de gasa ylas alfombras de piel de vicuña de esta casa rectilínea detrás de cuyos enormes ventanales se agitan los eucaliptos de la barranca. Don José sonríe cuando Higinio le sirve las enchiladas copeteadas de crema ysus ojillos verdes se llenan de una satisfacción casi patriótica, la misma que he visto en ellos cuando el presidente agita la bandera el 15 de septiembre, aunque no la misma – mucho más húmeda– que los enternece cuando se sienta afumar un puro frente asu sinfonola privada yescucha boleros. Mis ojos se detienen en la mano pálida de doña Elena, que juega con el migajón de bolillo yrecuenta, con fatiga, todas las ocupaciones que la mantuvieron activa desde la última vez que nos vimos. Escucho de lejos esa catarata de idas yvenidas, juegos de canasta, visitas al dispensario de niños pobres, novenarios, bailes de caridad, búsqueda de cortinas nuevas, pleitos con las criadas, largos telefonazos con los amigos, suspiradas visitas acuras, bebés, modistas, médicos, relojeros, pasteleros, ebanistas yenmarcadores.
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