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23 - Carpe Yugulum - Terry Pratchett - tetelx -...doc
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07.09.2019
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Vlad sonrió a Agnes.

—Venga con nosotros —dijo.

Yaya dijo que tienes que estar con las otras, señaló Perdita.

—Sí, pero ¿cómo las encontraré cuando estemos ahí? —dijo Agnes en voz alta.

—Oh, las encontraremos —dijo Vlad.

—Quiero decir...

Venga. No tratamos de lastimar a sus amigas...

—Mucho —dijo Lacrimosa.

—O... podríamos dejarla aquí —dijo Vlad, sonriendo.

Agnes miró a su alrededor. Se habían posado sobre la punta de una montaña, encima de las nubes. Se sentía caliente y ligera, lo que estaba mal. Ni siquiera sobre un palo de escoba nunca se había sentido de este modo, siempre había sido consciente de la gravedad succionando hacia abajo, pero con el vampiro sujetando su brazo cada parte de ella sentía que podía flotar para siempre.

Además, si no iba con ellos sería un muy largo camino o uno sumamente breve hasta el suelo.

Además, encontraría a las otras dos, y no podías hacer eso cuando estabas muerta en alguna grieta en algún lugar.

Además, incluso si él tenía colmillos pequeños y un gusto terrible en chalecos, Vlad realmente parecía atraído hacia ella. Ni siquiera era que tuviera un cuello muy interesante.

Reconcilió ambas mentes.

—Si le ataras un trozo de cordel supongo que podríamos remolcarla como una especie de globo —dijo Lacrimosa.

Además, siempre estaba la posibilidad de que, en algún momento, pudiera encontrarse en una habitación con Lacrimosa. Cuando eso ocurriera, no necesitaría ajo, ni una estaca, ni un hacha. Sólo un poco de charla sobre personas que eran demasiado desagradables, demasiado maliciosas, demasiado delgadas. Sólo cinco minutos a solas.

Y quizás un alfiler, dijo Perdita.

Bajo el agujero de conejo, bien debajo del banco, había una amplia cámara, de techo bajo. Las raíces de los árboles serpenteaban entre las piedras de la pared.

Había muchas de estas cosas alrededor de Lancre. El reino había estado allí los muchos años, desde que el hielo se retiró. Las tribus habían saqueado, techado, construido y muerto. Las paredes de arcilla y los techados de caramillo de las casas donde vivir se había podrido tiempo atrás y se habían perdido, bajo los bancos desiguales, las moradas de los muertos sobrevivieron. Nadie sabía ahora quién estaba enterrado allí. Ocasionalmente, al romper los túmulos, una madriguera de tejón revelaría un trozo de hueso o restos de una armadura oxidada. Los Lancrastianos no cavaban; creían a su manera provinciana poco complicada que era mala suerte que un vengativo espíritu subterráneo les arrancara la cabeza.

A lo largo de los años, habían aparecido una o dos de las viejas carretillas, sus piedras inmensas atrajeron su propio folclore. Si dejabas tu caballo sin herraduras junto a una de ellas toda la noche y pusieras unas monedas de seis peniques sobre la piedra, por la mañana las monedas de seis peniques habrían desaparecido y nunca verías tu caballo otra vez, tampoco...

Sobre el piso de tierra bajo el banco ardía un fuego misteriosamente, llenando la carretilla con humo que escapaba a través de varias grietas escondidas.

Detrás, había una roca con forma de pera.

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