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23 - Carpe Yugulum - Terry Pratchett - tetelx -...doc
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07.09.2019
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Vlad estaba medio esperando, y mantuvo una expresión completamente en blanco mientras su padre sacaba una tarjeta de su bolsillo y la sostenía en alto.

—Ése es el símbolo de la doble serpiente del culto acuático de los Djelibeybianos —dijo tranquilamente.[25]

—¿Lo ven? —dijo el Conde con excitación—. ¡Ustedes apenas se estremecieron! ¡La sacrofobia puede ser derrotada! ¡Siempre lo he dicho! La manera puede haber sido difícil a veces...

Odiaba la manera en que solías saltar en los corredores y esparcir agua bendita sobre nosotros —dijo Lacrimosa.

—No era bendita en absoluto —dijo su padre—. Estaba enérgicamente diluida. Suavemente devota en el peor de los casos. Pero les hizo fuertes, ¿verdad?

—Pesqué muchos resfriados, lo sé.

La mano del Conde volvió a salir de su bolsillo.

Lacrimosa lanzó un teatral suspiro de fatiga.

—La Cara-Que-Todo-Lo-Ve de los Jónicos —dijo cansadamente.

El Conde casi bailó una giga.

—¿Lo ven? ¡Ha resultado! ¡Ni siquiera hiciste una mueca de dolor! Y aparentemente cuando los símbolos sagrados patean lo hacen muy fuerte. ¿No valía la pena todo esto?

—Deberá haber algo realmente muy bueno para compensar todas esas almohadas de ajo sobre las que solías hacernos dormir.

Su padre la tomó por los hombros y la giró hacia la ventana.

—¿Será suficiente saber que el mundo es tu ostra?

Su frente se arrugó, perpleja.

—¿Por qué querría que sea una desagradable pequeña criatura de mar? —dijo.

—Porque se comen vivas —dijo el Conde—. Desafortunadamente dudo que podamos encontrar una rebanada de limón a quinientas millas de distancia, pero la metáfora bastará.

Se alegró, de mala gana.

—Bue-eno... —dijo.

—Bien. Me gusta ver sonreír a mi pequeña muchacha —dijo el Conde—. Ahora... ¿a quién tomaremos para desayuno?

—A la bebé.

—No, creo que no. —El Conde tiró del cordón de una campana junto a la chimenea—. Eso sería poco diplomático. Todavía no estamos totalmente ahí.

—Bien, esa disculpa que se ve muy pálida para una reina. Vlad debería haber sujetado a su niña gorda —dijo Lacrimosa.

—No empieces —advirtió Vlad—. Agnes es una... muchacha muy interesante. Siento que hay mucho en ella.

—Mucho de ella —dijo Lacrimosa—. ¿La estás guardando para más tarde?

—Vamos, vamos —dijo el Conde—. Su propia y querida madre no era un vampiro cuando la conocí...

—Sí, sí, nos has contado un millón de veces —dijo Lacrimosa, blanqueando los ojos con la impaciencia de alguien que ha sido adolescente durante ochenta años—. El balcón, el camisón, tú en tu capa, ella que grita...

—Las cosas eran más simples entonces —dijo el Conde—. Y también sumamente estúpidas. —Suspiró—. ¿Dónde diablos está Igor?

—Ejem. He estado intentando hablarte sobre él, querido —dijo la Condesa—. Creo que tendrá que irse.

—¡Eso está bien! —respondió Lacrimosa—. Honestamente, incluso mis amigos se ríen de él.

—Encuentro su actitud de más-gótico-que-usted sumamente irritante —dijo la Condesa—. Ese estúpido acento... ¿y sabes qué estaba haciendo en los viejos calabozos la semana pasada?

—Estoy seguro de que no podría adivinar —dijo el Conde.

—¡Tenía una caja de arañas y un látigo! Las estaba obligando a hacer telarañas por todo el lugar.

—Me preguntaba por qué siempre había tantas, debo admitir —dijo el Conde.

—Estoy de acuerdo, Padre —dijo Vlad—. Está bien para Uberwald, pero apenas querrías algo como él abriendo la puerta en una sociedad elegante, ¿verdad?

—Y apesta —dijo la Condesa.

—Por supuesto, partes de él han estado en la familia por siglos —dijo el Conde—. Pero debo admitir que está más allá de una broma. —Tiró del cordón otra vez.

—¿Ssí, amo? —dijo Igor, detrás de él.

El Conde giró en redondo.

—¡Te dije que no hicieras eso!

—¿Que no hissiera qué, amo?

—¡Aparecer detrás de mí de ese modo!

—Ess la única manera que conossco para aparesser, amo.

—Ve a buscar al Rey Verence, ¿quieres? Se reunirá con nosotros para una comida ligera.

—Ssí, amo.

Observaron al criado salir cojeando. El Conde sacudió la cabeza.

—Nunca se retirará —dijo Vlad—. Nunca aceptará una sugerencia.

—Y es tan pasado de moda tener un criado llamado Igor —dijo la Condesa—. Es realmente demasiado.

—Miren, es simple —dijo Lacrimosa—. Sólo llévenlo a los sótanos, enciérrenlo en la Doncella de Hierro, estírenlo sobre el potro sobre un fuego por uno o dos días, y entonces córtenlo finamente de los pies hacia arriba, así él podrá observar. Le estarán haciendo un favor, realmente.

—Supongo que es la mejor manera —dijo el Conde tristemente.

—Recuerdo cuando me dijiste que sacara a mi gato de su miseria —dijo Lacrimosa.

—Realmente quería que dejaras de hacerle lo que le estabas haciendo —dijo el Conde—. Pero... sí, tienes razón, tendrá que irse...

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