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Стилистика испанского языка. Курс лекций и задания для практических занятий. Учебное пособие

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mantas, abrigos, pantalones, chaquetas, cajas de galletas antiguas con
fotografías, objetos inservibles; cristalerías, vajillas, sartenes y todo lo demás; paréntesis – Lo peor, con todo, no llegó hasta que empezamos a
perder las letras).
Las construcciones paralelas con la repetición anafórica y la antítesis
en la parte final (nos parecía normal vivir así, como antes nos había parecido normal vivir de otro modo) nos hacen pensar en la naturaleza del ser humano que sabe acostumbrarse a todo y entender la relatividad de lo que nos parece normal.
La ironía con respecto a la humanidad se expresa también en la
oración con quiasmo donde se mezclan los elementos cultos y los
coloquiales – al no disponer de las cosas ni de las palabras con que éstas se nombraban, perdíamos en seguida la capacidad de extrañarlas. Es
imposible echar de menos algo que no existe ni como objeto ni como vocablo. Es irónica asimismo la frase “objetos inservibles que no se habían
tirado por lástima y todas esas cosas que se van depositando en el fondo
de los armarios a lo largo de la vida”.
La segunda parte del fragmento está relacionada con la búsqueda de Laura (aquí se utiliza la metáfora seguida de la comparación con épiteto – Me deslicé, pues, como un escarabajo solitario – que resulta bastante extraña) y el encuento con ella. La barbarie que se desarrolla en la narración se enfatiza con las acciones raras del protagonista (cuenta pestañas en el párpado superior derecho de Laura). En el diálogo de los chicos abundan los gráfonos relacionados con la pérdida de la letra R, están escritos en cursiva - quieo, Laua, ponunciá, leta,
ente, bomas.
Al hacerse ridícula la conversación, los chicos tienen miedo de hablar y prefieren separarse. De tal modo, se promueve la idea de que sin poder hablar estamos condenados a una vida solitaria y vacía.
En conclusión, podemos decir que el texto es una buena muestra del estilo artístico. Por el tipo de la narración, el texto se aproxima al monólogo interior con elementos del estilo científico (cuando el protagonista reflexiona sobre la agravación del caos) y del registro coloquial (en el diálogo con Laura). El fragmento es rico en recursos expresivos, sobre todo, metáforas, epítetos, personificaciones, construcciones paralelas,
repeticiones. El autor logra combinar un humor brillante y las ideas filosóficas profundas.
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Tareas para clases prácticas
1. Encuentren en los textos los recursos expresivos de diferentes
clases y expliquen su empleo.
2. Traten de analizar los textos artísticos según la mustra y el plan
propuestos.
Textos para el análisis
Texto 1. Cuando el día termine (Rafael Muñoz)
“Cuando el día termine, terminará tu vida”. Estas eran las palabras que
resonaban en mi mente al despertarme por la mañana. Sin analizarlas, las
fui pronunciando y repitiendo mecánicamente como si recitase; algo me impelía a ello. De pronto, comprendí su significado y quedé momentáneamente paralizado; durante unos breves instantes, algo parecido a unos recuerdos inconcretos acudieron a mí y creí comprender que eran parte de lo que había soñado esa noche. Mis esfuerzos por recordar el sueño fueron vanos, únicamente acudía a mis labios, una y otra vez, la misma frase: “Cuando el día termine...” En esta ocasión, ya despierto y harto de la jugarreta que mi mente me hacía, intenté burlarme yo de ella y completé la frase de otro modo: “... tú también habrás terminado”. Me di cuenta de que a pesar de mis esfuerzos por cambiar la letanía, el significado seguía siendo el mismo. Comencé a preocuparme aunque no fuera más que por la manía que, desde que me levanté, tenía yo por repetir y repetir lo mismo.
Seguí repitiéndola durante mi viaje en autobús a la fábrica y, cuando saludé al capataz, en lugar de desearle buenos días, sin poderlo remediar, le espeté: Cuando el día termine, terminará tu vida. No deseé decirle eso, pero eso es lo que de mi boca salió. El capataz me miró, enmudecido, cortado en su garganta el saludo de bienvenida y cortada también la sonrisa en sus labios que, como siempre, desde hacía años, me dirigía todas las mañanas al entrar yo en su oficina para recibir órdenes. En algún otro momento el capataz hubiera podido tomárselo a broma, pero, mi expresión y mi talante, al parecer feroz, le dejó sin habla. En cuanto pudo me preguntó que por qué le amenazaba de ese modo, que él siempre había procurado complacerme en todo y proporcionarme las tareas más agradables y fáciles. No supe qué contestarle, yo mismo estaba tan
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sorprendido que no acertaba a darle ninguna explicación; me quedé
quieto, mirándole, y allí, de pie ante su gran corpachón, bajé la vista sin saber qué decirle. Cuando levanté mi mirada de nuevo, ya estaba dispuesto a aclararle todo, le contaría el sueño... o más bien la pesadilla que había tenido aquella noche; le hablaría de lo poco que recordaba y le explicaría que no podía dejar de pronunciar la frase con la que le había saludado al entrar. Sin embargo, cuando le miré a los ojos, de mi boca salió otra vez, sin poder ofrecer explicación alguna y sin poder aclararle nada: ¡Cuando el día termine, terminará tu vida! Vi el pánico reflejarse en la cara del capataz que, de un rápido salto, salió del despacho y corrió
hacia la oficina de Don Emilio, que era el director y propietario de la fábrica [...]
- ¡Bien, bien! es suficiente. Con decir la frase una vez, bastaba. Lo
cierto es que me ha dejado tan embobado con su historia que...
El que ahora hablaba era el director del casting, y Martín se hinchó
como un pavo real, sintiendo la necesidad de sincerarse, de explicarle el porqué de su actuación:
- Verá, es que la frase me la había estudiado muy bien pero dudaba de
si el tono sería el adecuado, si sería el que ustedes deseaban ¿sabe? y como no tenía más que una oportunidad, se me ocurrió esta pequeña
historia para repetir la frase varias veces y con distintos tonos de voz.
Texto 2. Juego (Patricia Esteban Erlés)
Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto
escucho el rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz acercándose y alejándose luego, porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo
del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con las piernas muy juntas y un pañuelo blanco hecho una bola entre las
manos. Hay que tomar una decisión, Mercedes, le dice mi padre, y
después se hace el silencio.
Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro
que me llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde
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la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonríe, sentada sobre la cama y
encoge los hombros. Está acostumbrada a librarse de todos los castigos; pese a que yo sólo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.
Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas, me pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de ratones y cucarachas y sólo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en la palma de la mano, a través de los barrotes de un ventanuco. Les he dicho la verdad y no me han creído. Tengo miedo. Ahora lloro bajito,
hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la sombra de su sauce
favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano. El año pasado mi padre se quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel ridículo señor de bronce, con gorra y un palo de golf levantado, que pesaba una burrada. De verdad que yo no tenía nada en contra del pobre Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me ordenó que
tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de
saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del reuma y
era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del
saltador a su cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero
Laurita me dijo que entonces jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que no.
Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque ya tenía doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y no dejó de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la piscina. Después lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de
mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto, pensé que ya no daba tanta pena,
porque en realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una araña negra y muy gorda. Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos
tumbadas tan tranquilas sobre mi cama, leyendo a medias un libro de Los Cinco que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre
en el jardín.
La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre no cree una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso
a Laurita de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar el juego de la muertita, si no también harían todo lo que ella les pidiera.
Detesto ese juego, mamita querida, le confesé a mi madre la penúltima
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vez, Laurita es mala y dice que se morirá delante de mí si no le obedezco.
Pero mamá me miró como si no entendiera, con sus ojos abiertos como platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos, sin
dejar de susurrar una y otra vez, ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué?
Texto 3. Ada Neuman, 2007 (Patricia Esteban Erles)
No sabíamos a qué se dedicaba aquella mujer, tan solo que su casa
estaba siempre llena de hombres que entraban con ojos de hechizados en
el ascensor y se olvidaban hasta de decir adiós al salir, obsesionados por
pulsar cuanto antes el melodioso timbre de la puerta de Ada Neuman.
Siempre tardaba mucho en abrir, así que no me daba tiempo de verla, por más que me entretuviera fingiendo buscar las llaves en el bolso. El visitante se quedaba esperando en el rellano diez o quince minutos más mientras yo me resignaba a entrar al fin en casa, prometiéndome a mí misma que en la próxima reunión de la comunidad me quejaría de que la
puerta lacada en blanco de esa advenediza se cargaba de un plumazo la
armonía integral del rellano.
Un día mandé a Javier hijo a comprar el pan y la leche en la tienda de la esquina. Aceptó a regañadientes, como de costumbre, pero volvió encantado, diciendo que se había encontrado con la nueva vecina en el portal y habían subido juntos en el ascensor. Después se pasó media hora
describiendo el perfume floral de su larga melena pelirroja, y el elegante vestido largo de terciopelo verde botella que llevaba puesto. Durante la
comida explicó con minuciosidad de astrónomo la lluvia de pecas estrelladas que adornaban su escote y evocó el porte de violinista rusa de la vecina. ¿Rusa?, le pregunté, ¿Ada Neuman es rusa?
Me asusté mucho cuando mi hijo de trece años respondió con voz
grave, No, mamá. Ada Neuman es un ángel. Eso es lo que es ...
Pero el principio del fin habría de comenzar oficialmente una de aquellas tórridas madrugadas, cuando mezclado con los ruidos habituales de la casa distinguí de pronto un sonido nuevo, distinto al crujir reumático de la librería en el salón y al tartamudeo del agua cayendo en la cisterna del piso de abajo. Al principio fue sólo un rumor localizado detrás de la pared de nuestro dormitorio, pero pronto aquel siseo pareció extenderse como una cola invisible de dragón por todas las habitaciones en la casa
vecina, levantando una corriente de aire fresco a su paso que yo podía
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sentir a través del tabique, con la garganta seca de un abandonado en el desierto. Comencé a sollozar, desesperada y sedienta, cuando comprendí que Ada Neuman se había hecho instalar un sofisticado sistema de refrigeración integral en su piso. A mi lado, tumbado boca arriba, Javier permanecía tan despierto como yo, pero no dijo nada. Ni siquiera me preguntó qué era lo que me pasaba. Escuché el ronroneo de aquel céfiro
artificial durante horas, imaginando el balanceo lúbrico de las cortinas de gasa blanca de la cama de Ada Neuman, el siseante avance del frescor por
el pasillo, colándose en la boca del jarrón rojo hasta producir una misteriosa música de tuba en su interior, un rumor marítimo de caracola cuya belleza sólo yo era capaz de valorar en su justa medida. El aire fresco mecería las partituras olvidadas sobre el piano y llegaría a la terraza girando grácilmente [...], de pronto me sobresaltó el sonido de la puerta de la calle cerrándose con sigilo. Miré al otro lado del colchón y sólo encontré la huella del cuerpo de Javier en las dunas húmedas de la sábana.
Texto 4. La larga madrugada (José Manuel Cano Pavón)
No podía dormir, por más que lo había intentado varias veces desde que, tras una larga parada, salieron de Córdoba, pasadas ya las diez y media de la noche. Más que la incomodidad del asiento de segunda era una cierta desazón interior la que le impedía conciliar el sueño. Se había quitado los zapatos y había puesto los pies en el asiento de enfrente, esa posición era la más descansada y la que facilitaba mejor la circulación sanguínea, como médico lo sabía de sobras, aunque hasta llegó
bruscamente a las puertas de la vejez, a los arrabales de la senectud, no
se había preocupado en demasía por los problemas circulatorios. Sin
embargo, estaba inquieto y preocupado, las cosas que hace unos meses
veía claramente ahora no lo parecían tanto, temía haberse formado un mundo irreal e ilusorio, él, que siempre se había considerado un hombre
con los pies en el suelo, que sólo se fiaba del dato experimental, que estaba tan orgulloso de su pensamiento lógico y ordenado.
Quizás el Madrid al que ahora se aproximaban no fuera el prometedor y maravilloso Eldorado intelectual que, tanto él como su hijo, habían soñado. Allí lo único seguro era su nueva cátedra de la Universidad Central, a la que había podido acceder tras concurso de traslado. No era
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desde luego la cátedra que más le atraía, pero no había tenido otra opción, ya que las vacantes en la Central eran muy escasas, y si quería ingresar en ella –mejor sueldo, mayor prestigio social- tenía que aprovechar la ocasión.
Intentó de nuevo dormir. Empresa difícil. Los viejos tienen el sueño pronto
y ligero, pero aquella noche sus preocupaciones y sus dudas eran superiores a
su fisiología y a su misma edad. ¿Había hecho bien en dar el paso que había dado?. Al menos sus nietos podrían estudiar en una institución progresista, tener una educación moderna, lejos del fanatismo de los colegios religiosos o de la gris rutina de la enseñanza estatal, esto no era posible en Sevilla, allí notaba cada día más incultura y menos tolerancia, los años en que él, junto con Federico de Castro, Vicente Chiralt y otros muchos habían pretendido modernizar la ciudad con el apoyo del poder político surgido de la revolución de 1868 habían pasado, había pasado aquel poder y la hora de los que lo apoyaron. Pero ¿habían dejado huella, o había sido todo un remolino de polvo?. En el fondo creía o pretendía creer que algo se había conseguido, que no todo había sido polémica vana y envidiosas descalificaciones. Lo más
interesante sin duda fue la aventura de la Revista de Ciencias, llevaba en su
equipaje cuatro volúmenes encuadernados de aquella publicación, posiblemente tardaría mucho en aparecer otra de aquellas características en esta tierra, Andalucía no estaba preparada todavía para entender la ciencia moderna, salvo quizás escasas minorías, lo sabía bien tras treinta y siete años de catedrático en las aulas de la Universidad sevillana enseñando a
estudiantes de los cursos preparatorios.
La familia Machado encabezada por su patriarca, ha llegado a Madrid
procedente del sur, ha arribado a la tierra de promisión para iniciar una
nueva vida.
(Del libro de relatos Por aquí y por allí).
Texto 5. Mi color favorito es verte - Finalista Premio Planeta 2014
(Pilar Eyre)
No soy ningún monstruo. Soy alta, delgada, ciertas especialidades médicas han conseguido que no tenga arrugas, hago gimnasia y me gasto mucho dinero en ropa. Pero sé que no soy Scarlett Johansson (antes decía
Michelle Pfeiffer, pero he tenido que actualizar la comparativa porque
nadie la recuerda ya). Y además tengo cincuenta y siete años… Pero una
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pieza como ese hombre alto nunca había caído en mis redes, ay ese
hombre alto:
- Pilar, Pilar, ¿estás distraída? Santi chasqueaba los dedos delante de mis ojos. Fue ministro con
Felipe González hasta que una angina de pecho lo retiró de la política, y
ahora lleva marcapasos y le disgusta que sus amigos olviden que ha sido una de las personas que más han mandado en España. Se estaba enfadando.
Me sacudí como si saliera de un sueño:
- No, por qué ...
- Tendí mi vaso al camarero. – Un poco más de vino.
Con ademán expresivo, el hombre le dio la vuelta a la botella, de la
que no salió ni una gota, y entonces pedí:
- Traiga otra, por favor, sí, la misma... Mis compañeros de mesa me miraron con inquietud, Todos eran ricos,
más que yo, sobre todo Camila, pero a todos los atenazaba el miedo a
tener que pagar una segunda botella que casi con seguridad me iba a beber yo entera. Y entonces dije:
- No, mejor tráigame un vodka-tonic. El camarero me lanzó su inevitable retahíla de nombres:
- Absolut, Smirnoff, Grey Goose, Citadelle, Belenkaya...
No quise demostrar que tenía una marca preferida para no quedar
como una borracha e hice un gesto con la mano:
- No sé, cualquiera – fingí dudar. – ¿Grey Goose? Camila lanzó una risotada, y el segundo hombre que nos acompañaba,
un «textilero» de Sabadell llamado Martín, viudo también, me dijo:
- ¿Vodka-tonic con calamares, Pilar? Oh, esta gente de la tele, qué
extravagante...
Porque para ellos yo no soy escritora, sino “famosa de la tele”. Se han
comprado todos mis libros para que se los dedique, pero no creo que
hayan leído ninguno, al menos jamás me han comentado nada aparte del consabido “¡Qué gordo es!”.
Hacía dos minutos que no miraba al hombre alto. Cuando me trajeron la bebida, levanté la copa, le eché un vistazo y seguí viendo sus ojos ardientes, sensuales, clavados en mí.
Me estremecí y sentí esa familiar bola de mercurio en el pecho que baja hasta el vientre y más abajo dejando un rastro de carbones
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encendidos, lo que sirve para demostrarme a mí misma que sigo viva. E hice lo que más odio del mundo. Brindar en su dirección, como si estuviera viviendo en una comedia de Arturo Fernández. Sin sonreír, el hombre alto levantó su copa y brindó conmigo. Bebimos al unísono; mis tres compañeros de mesa fingían hablar entre ellos del conflicto de Siria, pero no dejaban de prestarme atención. Se oía el ruido de cubiertos caros, tintineo de copas, el viento arreció y golpeó una puerta, pero el hombre alto y yo estábamos solos. Se arrastraban los minutos en la noche húmeda y pegajosa.
Al final, me decidí. Me levanté trastabillando un poco camino del
lavabo, me acerqué a su mesa y dije: – Hola, buenas noches.
Texto 6. Ha dejado de llover, 2012 (Andrés Barba)
Cuando en alguna reunión la gente se ponía a hablar de su infancia él repetía casi siempre la misma anécdota: el día en que su madre le llevó con siete años a participar en el casting para niños del anuncio televisivo de la Enciclopedia de Barrio Sésamo. Había sido un niño excepcionalmente guapo y todavía, más de veinticinco años después, le asombraba ver alguna de aquellas fotografías de su infancia y hasta le producía cierta congoja, como si la belleza en un niño (y más aún en el niño que había sido él
mismo) fuera el signo premonitorio de algo temible. El atronador orgullo
que había sentido su madre por la belleza de su niño había sido el generador de más de una docena de anécdotas risibles, y la del casting para el anuncio de la Enciclopedia de Barrio Sésamo tenía la cualidad además, para quien supiera verlo, de dejar entrever gran parte de su infancia. Le gustaba que fuera así. Cuando contaba la anécdota solía describir a las madres primero, y en cada una de ellas dejaba una pequeña nota o alguna característica peculiar de la suya. Engalanadas y pechugonas como gallinas, todas tenían algo de su madre en realidad: una se reía con unas carcajadas despreciativas y penetrantes, otra permanecía altiva y silenciosa, otra, más pragmática, charlaba tratando de ser amable y alababa la belleza del niño de enfrente para ganarse de inmediato a una interlocutora entregada, otra permanecía rígida y nerviosa, con su mano enorme y sudorosa en la suya. Continuaba la anécdota diciendo que durante las dos semanas anteriores él había estado enfermo del estómago y que de hecho seguía estándolo cuando fueron al casting. Dos semanas
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casi sin dejar de ir al baño le habían dado a su piel un tono amarillento y cetrino. De pequeño – seguía diciendo para que todo el mundo entendiera la anécdota –, tenía los ojos muy rasgados. Normalmente, tras el casting (en aquél habían tenido que cantar, en turnos de tres en tres, «De la A a la Z, ay qué diver es leer» frente a una mesa en la que había cinco personas tomando notas sobre un fondo general de abierta descortesía) los niños esperaban junto a unas madres, más nerviosas que nunca. En aquella ocasión él estaba seguro de que le iban a elegir porque cuando se disponía a salir había oído un comentario accidentalmente:
“El niño oriental es perfecto.”
De poco habría servido explicarles que su supuesto orientalismo no se debía a otra cosa que a la gastroenteritis. Recordaba la tensión de su madre cuando salió de allí y el desconcierto del hombre que le preguntó cómo se llamaba pensando que iba a escuchar un apellido oriental. Al
volver a casa, su madre taconeaba con una alegría desmesurada repitiendo una y otra vez:
“Lo sabía, lo sabía...”
Cada vez que pronunciaba aquella frase miraba hacia el infinito y
luego hacia él, y luego de nuevo hacia el infinito, como si tuviese que corroborar en su pequeña figura algo que parecía vislumbrar tras los enormes edificios de la Gran Vía, una imagen deslumbrante y difusa, escurridiza hasta para ella misma. Recordaba el contacto enérgico y ya nada sudoroso de la mano de su madre en la suya y su sensación fraudulenta de haber sido elegido por algo que no era. Tenía miedo de confesar, pero la alegría de su madre era tan desproporcionada y su
angustia tan grande que recordaba que aquella misma noche, durante la cena, a punto de ponerse a llorar, se lo dijo con un nudo en la garganta.
“Mamá, me han elegido porque piensan que soy chino.”
“Bobadas.”
“Lo dijo un señor.”
Recordaba que aquélla fue la primera ocasión en la que tuvo
verdadera conciencia de la codicia de su madre, una codicia enterrada.
Recordaba que nunca se había fijado hasta entonces, y al comprender cuánto se había equivocado le pareció también que no podía fiarse de ninguna de sus ideas ni sensaciones. Ella le miró fijamente durante unos
segundos, como si cruzara su mente un pensamiento amenazador, y luego resolvió la cuestión con un sencillo:
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