Добавил:
ivanov666
Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз:
Предмет:
Файл:Стилистика испанского языка. Курс лекций и задания для практических занятий. Учебное пособие
.pdf
131
mantas, abrigos, pantalones, chaquetas, cajas de galletas antiguas con
fotografías, objetos inservibles; cristalerías, vajillas, sartenes y todo lo
demás; paréntesis – Lo peor, con todo, no llegó hasta que empezamos a
perder las letras).
Las construcciones paralelas con la repetición anafórica y la antítesis
en la parte final (nos parecía normal vivir así, como antes nos había
parecido normal vivir de otro modo) nos hacen pensar en la naturaleza
del ser humano que sabe acostumbrarse a todo y entender la relatividad
de lo que nos parece normal.
La ironía con respecto a la humanidad se expresa también en la
oración con quiasmo donde se mezclan los elementos cultos y los
coloquiales – al no disponer de las cosas ni de las palabras con que éstas
se nombraban, perdíamos en seguida la capacidad de extrañarlas. Es
imposible echar de menos algo que no existe ni como objeto ni como
vocablo. Es irónica asimismo la frase “objetos inservibles que no se habían
tirado por lástima y todas esas cosas que se van depositando en el fondo
de los armarios a lo largo de la vida”.
La segunda parte del fragmento está relacionada con la búsqueda
de Laura (aquí se utiliza la metáfora seguida de la comparación con
épiteto – Me deslicé, pues, como un escarabajo solitario – que resulta
bastante extraña) y el encuento con ella. La barbarie que se desarrolla
en la narración se enfatiza con las acciones raras del protagonista
(cuenta pestañas en el párpado superior derecho de Laura). En el
diálogo de los chicos abundan los gráfonos relacionados con la pérdida
de la letra R, están escritos en cursiva - quieo, Laua, ponunciá, leta,
ente, bomas.
Al hacerse ridícula la conversación, los chicos tienen miedo de hablar y
prefieren separarse. De tal modo, se promueve la idea de que sin poder
hablar estamos condenados a una vida solitaria y vacía.
En conclusión, podemos decir que el texto es una buena muestra del
estilo artístico. Por el tipo de la narración, el texto se aproxima al monólogo
interior con elementos del estilo científico (cuando el protagonista
reflexiona sobre la agravación del caos) y del registro coloquial (en el
diálogo con Laura). El fragmento es rico en recursos expresivos, sobre todo,
metáforas, epítetos, personificaciones, construcciones paralelas,
repeticiones. El autor logra combinar un humor brillante y las ideas
filosóficas profundas.

132
Tareas para clases prácticas
1. Encuentren en los textos los recursos expresivos de diferentes
clases y expliquen su empleo.
2. Traten de analizar los textos artísticos según la mustra y el plan
propuestos.
Textos para el análisis
Texto 1. Cuando el día termine (Rafael Muñoz)
“Cuando el día termine, terminará tu vida”. Estas eran las palabras que
resonaban en mi mente al despertarme por la mañana. Sin analizarlas, las
fui pronunciando y repitiendo mecánicamente como si recitase; algo me
impelía a ello. De pronto, comprendí su significado y quedé
momentáneamente paralizado; durante unos breves instantes, algo
parecido a unos recuerdos inconcretos acudieron a mí y creí comprender
que eran parte de lo que había soñado esa noche. Mis esfuerzos por
recordar el sueño fueron vanos, únicamente acudía a mis labios, una y
otra vez, la misma frase: “Cuando el día termine...” En esta ocasión, ya
despierto y harto de la jugarreta que mi mente me hacía, intenté
burlarme yo de ella y completé la frase de otro modo: “... tú también
habrás terminado”. Me di cuenta de que a pesar de mis esfuerzos por
cambiar la letanía, el significado seguía siendo el mismo. Comencé a
preocuparme aunque no fuera más que por la manía que, desde que me
levanté, tenía yo por repetir y repetir lo mismo.
Seguí repitiéndola durante mi viaje en autobús a la fábrica y, cuando
saludé al capataz, en lugar de desearle buenos días, sin poderlo remediar,
le espeté: Cuando el día termine, terminará tu vida. No deseé decirle eso,
pero eso es lo que de mi boca salió. El capataz me miró, enmudecido,
cortado en su garganta el saludo de bienvenida y cortada también la
sonrisa en sus labios que, como siempre, desde hacía años, me dirigía
todas las mañanas al entrar yo en su oficina para recibir órdenes. En algún
otro momento el capataz hubiera podido tomárselo a broma, pero, mi
expresión y mi talante, al parecer feroz, le dejó sin habla. En cuanto pudo
me preguntó que por qué le amenazaba de ese modo, que él siempre
había procurado complacerme en todo y proporcionarme las tareas más
agradables y fáciles. No supe qué contestarle, yo mismo estaba tan

133
sorprendido que no acertaba a darle ninguna explicación; me quedé
quieto, mirándole, y allí, de pie ante su gran corpachón, bajé la vista sin
saber qué decirle. Cuando levanté mi mirada de nuevo, ya estaba
dispuesto a aclararle todo, le contaría el sueño... o más bien la pesadilla
que había tenido aquella noche; le hablaría de lo poco que recordaba y le
explicaría que no podía dejar de pronunciar la frase con la que le había
saludado al entrar. Sin embargo, cuando le miré a los ojos, de mi boca
salió otra vez, sin poder ofrecer explicación alguna y sin poder aclararle
nada: ¡Cuando el día termine, terminará tu vida! Vi el pánico reflejarse en
la cara del capataz que, de un rápido salto, salió del despacho y corrió
hacia la oficina de Don Emilio, que era el director y propietario de la
fábrica [...]
- ¡Bien, bien! es suficiente. Con decir la frase una vez, bastaba. Lo
cierto es que me ha dejado tan embobado con su historia que...
El que ahora hablaba era el director del casting, y Martín se hinchó
como un pavo real, sintiendo la necesidad de sincerarse, de explicarle el
porqué de su actuación:
- Verá, es que la frase me la había estudiado muy bien pero dudaba de
si el tono sería el adecuado, si sería el que ustedes deseaban ¿sabe? y
como no tenía más que una oportunidad, se me ocurrió esta pequeña
historia para repetir la frase varias veces y con distintos tonos de voz.
Texto 2. Juego (Patricia Esteban Erlés)
Sigo castigada. Al asomarme a la puerta entornada de mi cuarto
escucho el rumor de sus voces a través del hueco de la escalera. Mi madre
solloza bajito, mi padre sube el tono cuando habla de ese sanatorio suizo
en el que el doctor Ocampo le ha recomendado internarme. Escucho el
sonido de sus pasos, ploploplop, y su voz acercándose y alejándose luego,
porque no deja de moverse de un lado para otro como el tigre amarillo
del zoológico. Seguramente camina con las manos a la espalda como
cuando está muy enfadado, mientras mamá llora sentada en su sillón, con
las piernas muy juntas y un pañuelo blanco hecho una bola entre las
manos. Hay que tomar una decisión, Mercedes, le dice mi padre, y
después se hace el silencio.
Van a llevarme allí, no sé si Laurita vendrá conmigo, pero a mí seguro
que me llevan. Tú tienes la culpa, le digo muy enfadada, girándome desde

134
la puerta. Mi hermana gemela Laurita sonríe, sentada sobre la cama y
encoge los hombros. Está acostumbrada a librarse de todos los castigos;
pese a que yo sólo hago lo que ella me ordena, siempre se libra.
Me cortarán el pelo al cero en ese asqueroso colegio para niñas malas,
me pondrán un vestido de arpillera, me encerrarán en un cuarto lleno de
ratones y cucarachas y sólo beberé el agua de lluvia que pueda recoger en
la palma de la mano, a través de los barrotes de un ventanuco. Les he
dicho la verdad y no me han creído. Tengo miedo. Ahora lloro bajito,
hihihi, como nuestro cocker Jasper, tumbado a la sombra de su sauce
favorito cuando me acerqué a él con el trofeo de papá en la mano. El año
pasado mi padre se quedó tercero en el torneo del club y le dieron aquel
ridículo señor de bronce, con gorra y un palo de golf levantado, que
pesaba una burrada. De verdad que yo no tenía nada en contra del pobre
Jasper, fue mi hermana Laurita, como siempre, la que me ordenó que
tomara el trofeo de la vitrina y lo atara a un extremo de nuestra cuerda de
saltar, quien me susurró que Jasper sufría mucho por culpa del reuma y
era mejor para todos que anudara muy fuerte el otro extremo del
saltador a su cuello. Me negué al principio, como de costumbre, pero
Laurita me dijo que entonces jugaríamos a lo de la muerte, y eso sí que
no.
Jasper estaba ciego y apenas podía mover las patitas de atrás porque
ya tenía doce años. Lloriqueó bajito cuando me arrodillé junto a él para
acariciarle sus orejas, largas y rizadas como la peluca de un rey francés, y
no dejó de hacerlo mientras lo llevaba en brazos hasta el borde de la
piscina. Después lo vi patalear brevemente en la superficie, tratando de
mantenerse a flote, pero enseguida le fallaron las fuerzas y se fue al
fondo. Al mirarlo allí abajo, tan quieto, pensé que ya no daba tanta pena,
porque en realidad no parecía un perrito, sino más bien la sombra de una
araña negra y muy gorda. Al cabo de una hora Laurita y yo estábamos
tumbadas tan tranquilas sobre mi cama, leyendo a medias un libro de Los
Cinco que nos gusta mucho, cuando escuchamos el alarido de mi madre
en el jardín.
La verdad es que últimamente Laurita está muy pesada, pero mi padre
no cree una palabra de lo que digo, y mamá se echa a llorar cuando acuso
a Laurita de obligarme a hacer cosas. Claro, ellos no tienen que aguantar
el juego de la muertita, si no también harían todo lo que ella les pidiera.
Detesto ese juego, mamita querida, le confesé a mi madre la penúltima

135
vez, Laurita es mala y dice que se morirá delante de mí si no le obedezco.
Pero mamá me miró como si no entendiera, con sus ojos abiertos como
platos y algunos fragmentos de su muñeco Otellito entre las manos, sin
dejar de susurrar una y otra vez, ¿Por qué lo has hecho, Victoria, por qué?
Texto 3. Ada Neuman, 2007 (Patricia Esteban Erles)
No sabíamos a qué se dedicaba aquella mujer, tan solo que su casa
estaba siempre llena de hombres que entraban con ojos de hechizados en
el ascensor y se olvidaban hasta de decir adiós al salir, obsesionados por
pulsar cuanto antes el melodioso timbre de la puerta de Ada Neuman.
Siempre tardaba mucho en abrir, así que no me daba tiempo de verla, por
más que me entretuviera fingiendo buscar las llaves en el bolso. El
visitante se quedaba esperando en el rellano diez o quince minutos más
mientras yo me resignaba a entrar al fin en casa, prometiéndome a mí
misma que en la próxima reunión de la comunidad me quejaría de que la
puerta lacada en blanco de esa advenediza se cargaba de un plumazo la
armonía integral del rellano.
Un día mandé a Javier hijo a comprar el pan y la leche en la tienda de
la esquina. Aceptó a regañadientes, como de costumbre, pero volvió
encantado, diciendo que se había encontrado con la nueva vecina en el
portal y habían subido juntos en el ascensor. Después se pasó media hora
describiendo el perfume floral de su larga melena pelirroja, y el elegante
vestido largo de terciopelo verde botella que llevaba puesto. Durante la
comida explicó con minuciosidad de astrónomo la lluvia de pecas
estrelladas que adornaban su escote y evocó el porte de violinista rusa de
la vecina. ¿Rusa?, le pregunté, ¿Ada Neuman es rusa?
Me asusté mucho cuando mi hijo de trece años respondió con voz
grave, No, mamá. Ada Neuman es un ángel. Eso es lo que es ...
Pero el principio del fin habría de comenzar oficialmente una de
aquellas tórridas madrugadas, cuando mezclado con los ruidos habituales
de la casa distinguí de pronto un sonido nuevo, distinto al crujir reumático
de la librería en el salón y al tartamudeo del agua cayendo en la cisterna
del piso de abajo. Al principio fue sólo un rumor localizado detrás de la
pared de nuestro dormitorio, pero pronto aquel siseo pareció extenderse
como una cola invisible de dragón por todas las habitaciones en la casa
vecina, levantando una corriente de aire fresco a su paso que yo podía

136
sentir a través del tabique, con la garganta seca de un abandonado en el
desierto. Comencé a sollozar, desesperada y sedienta, cuando comprendí
que Ada Neuman se había hecho instalar un sofisticado sistema de
refrigeración integral en su piso. A mi lado, tumbado boca arriba, Javier
permanecía tan despierto como yo, pero no dijo nada. Ni siquiera me
preguntó qué era lo que me pasaba. Escuché el ronroneo de aquel céfiro
artificial durante horas, imaginando el balanceo lúbrico de las cortinas de
gasa blanca de la cama de Ada Neuman, el siseante avance del frescor por
el pasillo, colándose en la boca del jarrón rojo hasta producir una
misteriosa música de tuba en su interior, un rumor marítimo de caracola
cuya belleza sólo yo era capaz de valorar en su justa medida. El aire fresco
mecería las partituras olvidadas sobre el piano y llegaría a la terraza
girando grácilmente [...], de pronto me sobresaltó el sonido de la puerta
de la calle cerrándose con sigilo. Miré al otro lado del colchón y sólo
encontré la huella del cuerpo de Javier en las dunas húmedas de la
sábana.
Texto 4. La larga madrugada (José Manuel Cano Pavón)
No podía dormir, por más que lo había intentado varias veces desde
que, tras una larga parada, salieron de Córdoba, pasadas ya las diez y
media de la noche. Más que la incomodidad del asiento de segunda era
una cierta desazón interior la que le impedía conciliar el sueño. Se había
quitado los zapatos y había puesto los pies en el asiento de enfrente, esa
posición era la más descansada y la que facilitaba mejor la circulación
sanguínea, como médico lo sabía de sobras, aunque hasta llegó
bruscamente a las puertas de la vejez, a los arrabales de la senectud, no
se había preocupado en demasía por los problemas circulatorios. Sin
embargo, estaba inquieto y preocupado, las cosas que hace unos meses
veía claramente ahora no lo parecían tanto, temía haberse formado un
mundo irreal e ilusorio, él, que siempre se había considerado un hombre
con los pies en el suelo, que sólo se fiaba del dato experimental, que
estaba tan orgulloso de su pensamiento lógico y ordenado.
Quizás el Madrid al que ahora se aproximaban no fuera el prometedor
y maravilloso Eldorado intelectual que, tanto él como su hijo, habían
soñado. Allí lo único seguro era su nueva cátedra de la Universidad
Central, a la que había podido acceder tras concurso de traslado. No era

137
desde luego la cátedra que más le atraía, pero no había tenido otra
opción, ya que las vacantes en la Central eran muy escasas, y si quería
ingresar en ella –mejor sueldo, mayor prestigio social- tenía que
aprovechar la ocasión.
Intentó de nuevo dormir. Empresa difícil. Los viejos tienen el sueño pronto
y ligero, pero aquella noche sus preocupaciones y sus dudas eran superiores a
su fisiología y a su misma edad. ¿Había hecho bien en dar el paso que había
dado?. Al menos sus nietos podrían estudiar en una institución progresista,
tener una educación moderna, lejos del fanatismo de los colegios religiosos o
de la gris rutina de la enseñanza estatal, esto no era posible en Sevilla, allí
notaba cada día más incultura y menos tolerancia, los años en que él, junto
con Federico de Castro, Vicente Chiralt y otros muchos habían pretendido
modernizar la ciudad con el apoyo del poder político surgido de la revolución
de 1868 habían pasado, había pasado aquel poder y la hora de los que lo
apoyaron. Pero ¿habían dejado huella, o había sido todo un remolino de
polvo?. En el fondo creía o pretendía creer que algo se había conseguido, que
no todo había sido polémica vana y envidiosas descalificaciones. Lo más
interesante sin duda fue la aventura de la Revista de Ciencias, llevaba en su
equipaje cuatro volúmenes encuadernados de aquella publicación,
posiblemente tardaría mucho en aparecer otra de aquellas características en
esta tierra, Andalucía no estaba preparada todavía para entender la ciencia
moderna, salvo quizás escasas minorías, lo sabía bien tras treinta y siete años
de catedrático en las aulas de la Universidad sevillana enseñando a
estudiantes de los cursos preparatorios.
La familia Machado encabezada por su patriarca, ha llegado a Madrid
procedente del sur, ha arribado a la tierra de promisión para iniciar una
nueva vida.
(Del libro de relatos Por aquí y por allí).
Texto 5. Mi color favorito es verte - Finalista Premio Planeta 2014
(Pilar Eyre)
No soy ningún monstruo. Soy alta, delgada, ciertas especialidades
médicas han conseguido que no tenga arrugas, hago gimnasia y me gasto
mucho dinero en ropa. Pero sé que no soy Scarlett Johansson (antes decía
Michelle Pfeiffer, pero he tenido que actualizar la comparativa porque
nadie la recuerda ya). Y además tengo cincuenta y siete años… Pero una

138
pieza como ese hombre alto nunca había caído en mis redes, ay ese
hombre alto:
- Pilar, Pilar, ¿estás distraída?
Santi chasqueaba los dedos delante de mis ojos. Fue ministro con
Felipe González hasta que una angina de pecho lo retiró de la política, y
ahora lleva marcapasos y le disgusta que sus amigos olviden que ha sido
una de las personas que más han mandado en España. Se estaba
enfadando.
Me sacudí como si saliera de un sueño:
- No, por qué ...
- Tendí mi vaso al camarero. – Un poco más de vino.
Con ademán expresivo, el hombre le dio la vuelta a la botella, de la
que no salió ni una gota, y entonces pedí:
- Traiga otra, por favor, sí, la misma...
Mis compañeros de mesa me miraron con inquietud, Todos eran ricos,
más que yo, sobre todo Camila, pero a todos los atenazaba el miedo a
tener que pagar una segunda botella que casi con seguridad me iba a
beber yo entera. Y entonces dije:
- No, mejor tráigame un vodka-tonic.
El camarero me lanzó su inevitable retahíla de nombres:
- Absolut, Smirnoff, Grey Goose, Citadelle, Belenkaya...
No quise demostrar que tenía una marca preferida para no quedar
como una borracha e hice un gesto con la mano:
- No sé, cualquiera – fingí dudar. – ¿Grey Goose?
Camila lanzó una risotada, y el segundo hombre que nos acompañaba,
un «textilero» de Sabadell llamado Martín, viudo también, me dijo:
- ¿Vodka-tonic con calamares, Pilar? Oh, esta gente de la tele, qué
extravagante...
Porque para ellos yo no soy escritora, sino “famosa de la tele”. Se han
comprado todos mis libros para que se los dedique, pero no creo que
hayan leído ninguno, al menos jamás me han comentado nada aparte del
consabido “¡Qué gordo es!”.
Hacía dos minutos que no miraba al hombre alto. Cuando me trajeron
la bebida, levanté la copa, le eché un vistazo y seguí viendo sus ojos
ardientes, sensuales, clavados en mí.
Me estremecí y sentí esa familiar bola de mercurio en el pecho que
baja hasta el vientre y más abajo dejando un rastro de carbones

139
encendidos, lo que sirve para demostrarme a mí misma que sigo viva.
E hice lo que más odio del mundo. Brindar en su dirección, como si
estuviera viviendo en una comedia de Arturo Fernández. Sin sonreír, el
hombre alto levantó su copa y brindó conmigo. Bebimos al unísono; mis
tres compañeros de mesa fingían hablar entre ellos del conflicto de Siria,
pero no dejaban de prestarme atención. Se oía el ruido de cubiertos
caros, tintineo de copas, el viento arreció y golpeó una puerta, pero el
hombre alto y yo estábamos solos. Se arrastraban los minutos en la
noche húmeda y pegajosa.
Al final, me decidí. Me levanté trastabillando un poco camino del
lavabo, me acerqué a su mesa y dije: – Hola, buenas noches.
Texto 6. Ha dejado de llover, 2012 (Andrés Barba)
Cuando en alguna reunión la gente se ponía a hablar de su infancia él
repetía casi siempre la misma anécdota: el día en que su madre le llevó con
siete años a participar en el casting para niños del anuncio televisivo de la
Enciclopedia de Barrio Sésamo. Había sido un niño excepcionalmente
guapo y todavía, más de veinticinco años después, le asombraba ver alguna
de aquellas fotografías de su infancia y hasta le producía cierta congoja,
como si la belleza en un niño (y más aún en el niño que había sido él
mismo) fuera el signo premonitorio de algo temible. El atronador orgullo
que había sentido su madre por la belleza de su niño había sido el
generador de más de una docena de anécdotas risibles, y la del casting
para el anuncio de la Enciclopedia de Barrio Sésamo tenía la cualidad
además, para quien supiera verlo, de dejar entrever gran parte de su
infancia. Le gustaba que fuera así. Cuando contaba la anécdota solía
describir a las madres primero, y en cada una de ellas dejaba una pequeña
nota o alguna característica peculiar de la suya. Engalanadas y pechugonas
como gallinas, todas tenían algo de su madre en realidad: una se reía con
unas carcajadas despreciativas y penetrantes, otra permanecía altiva y
silenciosa, otra, más pragmática, charlaba tratando de ser amable y
alababa la belleza del niño de enfrente para ganarse de inmediato a una
interlocutora entregada, otra permanecía rígida y nerviosa, con su mano
enorme y sudorosa en la suya. Continuaba la anécdota diciendo que
durante las dos semanas anteriores él había estado enfermo del estómago
y que de hecho seguía estándolo cuando fueron al casting. Dos semanas

140
casi sin dejar de ir al baño le habían dado a su piel un tono amarillento y
cetrino. De pequeño – seguía diciendo para que todo el mundo entendiera
la anécdota –, tenía los ojos muy rasgados. Normalmente, tras el casting
(en aquél habían tenido que cantar, en turnos de tres en tres, «De la A a la
Z, ay qué diver es leer» frente a una mesa en la que había cinco personas
tomando notas sobre un fondo general de abierta descortesía) los niños
esperaban junto a unas madres, más nerviosas que nunca. En aquella
ocasión él estaba seguro de que le iban a elegir porque cuando se disponía
a salir había oído un comentario accidentalmente:
“El niño oriental es perfecto.”
De poco habría servido explicarles que su supuesto orientalismo no se
debía a otra cosa que a la gastroenteritis. Recordaba la tensión de su
madre cuando salió de allí y el desconcierto del hombre que le preguntó
cómo se llamaba pensando que iba a escuchar un apellido oriental. Al
volver a casa, su madre taconeaba con una alegría desmesurada
repitiendo una y otra vez:
“Lo sabía, lo sabía...”
Cada vez que pronunciaba aquella frase miraba hacia el infinito y
luego hacia él, y luego de nuevo hacia el infinito, como si tuviese que
corroborar en su pequeña figura algo que parecía vislumbrar tras los
enormes edificios de la Gran Vía, una imagen deslumbrante y difusa,
escurridiza hasta para ella misma. Recordaba el contacto enérgico y ya
nada sudoroso de la mano de su madre en la suya y su sensación
fraudulenta de haber sido elegido por algo que no era. Tenía miedo de
confesar, pero la alegría de su madre era tan desproporcionada y su
angustia tan grande que recordaba que aquella misma noche, durante la
cena, a punto de ponerse a llorar, se lo dijo con un nudo en la garganta.
“Mamá, me han elegido porque piensan que soy chino.”
“Bobadas.”
“Lo dijo un señor.”
Recordaba que aquélla fue la primera ocasión en la que tuvo
verdadera conciencia de la codicia de su madre, una codicia enterrada.
Recordaba que nunca se había fijado hasta entonces, y al comprender
cuánto se había equivocado le pareció también que no podía fiarse de
ninguna de sus ideas ni sensaciones. Ella le miró fijamente durante unos
segundos, como si cruzara su mente un pensamiento amenazador, y luego
resolvió la cuestión con un sencillo:
Соседние файлы в предмете [НЕСОРТИРОВАННОЕ]
