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LECCIÓN 1

TEXTOS

ALBERTO, EL HERMANO MAYOR

Alberto, el hijo mayor, era una fuerza desatada de la naturaleza, un volcán en permanente ebullición, un vendaval con botas. Su única pasión loable era la lectura; pero ponía en ella un afán tan desmedido, que la convertía en un deporte agotador. Las posturas que utilizaba para devorar páginas y más páginas eran tan insólitas como variadas. Tan pronto se le veía boca abajo y transversalmente sobre la cama, con el libro en el suelo sobre la alfombra, como tumbado de espaldas sobre la alfombrilla, con las piernas en alto apoyadas en la cama. De súbito, soltaba una gran carcajada ante un pasaje extraordinario del Corsario negroi se levantaba con el libro en la mano; y sin dejar de reír o de exclamar: "¡Qué burro!", se iba a otro cuarto, donde seguía leyendo sentado a la usanza mora dentro de la chimenea o arrodillado en el cuarto de baño, con el libro apoyado en la tapa del retrete.

En casa no estudiaba jamás; y en clase, mientras el profesor explicaba la lección, Alberto hacía bolitas de papel masticado y las lanzaba sobre sus compañeros, o escribía con una navaja sus iniciales en la madera del pupitre. En estos casos, el profesor le castigaba, pero se abstenía muy bien de preguntarle: "¿Qué estaba yo diciendo ahora, señor Fulano?"; porque Alberto —muy al contrario de lo que podía suponerse— respondía sin equivocarse lo que se estaba explicando. Tenía una extraordinaria capacidad retentiva; pero era tan desastrado, tan rebelde y tan inquieto, que sus notas, a lo largo del curso, resultaban lamentables. Al concluir el año escolar, en cambio, daba la gran sorpresa; y en los exámenes finales se colocaba en los primeros puestos. Alberto no consumía energías. Era la energía misma. Su corazón era de oro; pero sus manos, de trapo. Con la mejor intención del mundo trataba de quitarle una mota a su hermano Quique, y le metía el dedo en el ojo, haciéndole sangre en la conjuntiva; quería entregar a su madre el regalo por su santo, y lo hacía pedazos contra el suelo al ir a dárselo.

Un día, al ver a su padre, que regresaba de un viaje de negocios por Alemania, emprendió una carrera desenfrenada para echarse en sus brazos..., sin advertir que entre los dos había una puerta de cristal, que atravesó, haciéndola añicos, con lo que estuvo a punto de ser decapita­do.

En estos casos lloraba amargamente, se quejaba de su mala suerte y aseguraba que todo en la vida le salía mal. Las lágrimas, por supuesto, no llegaban al río. A los diez minutos se acercaba a Quique, que había presenciado sin inmutarse el proceso en tres tiempos de la catástrofe, las lágrimas y el rápido consuelo, y le proponía inventar algún juego extraordinario. Sólo algunas veces era su presencia permitida entre los mayores; pero no porque lo quisieran menos1, sino porque los agotaba. Su madre lo toleraba quince minutos cuando regresaba del colegio, y después seguía enfrascada en la lectura de unos libros gordísimos. Su padre, aveces, mantenía con él cortas conversaciones, pero la mayoría de los días o estaba fuera de Madrid o regresaba a casa cuando él y su hermano ya estaban dormidos.

(Continuará)

1 No porque lo quisieran menos... — не потому, что его любили меньше...

Vocabulario

desatar развязывать ebullición f кипение

vendaval m ураганный ветер

loable похвальный, достойный похва­лы

afán m усердие, стремление

desmedido чрезмерный

agotador изнурительный postura/положение, поза

devorar пожирать, поглощать

insólito необычный

transversal поперечный

de súbito вдруг

tumbarse ложиться, бросаться s

oltar una carcajada захохотать

a la usanza mora по-турецки

chimenea f очаг, камин

arrodillarse вставать на колени

tapa f крышка

retrete m туалет, унитаз

bola f шар, шарик

masticar жевать

navaja f нож

castigar наказывать

abstenerse de воздерживаться

(от),отказываться

fulano некто, такой-то

suponer предполагать, полагать

desastrado неудачливый

a lo largo de в течение

rebelde непокорный, непослушный,

мятежный

lamentable жалкий, плачевный consumir потреблять

trapo m тряпка mota/соринка

tratar de (+ infinitivo) пытаться (сде­лать что-л.)

conjuntiva f слизистая оболочка глаза

sangre f кровь

santo m святой

hacer pedazos разбить, разорвать, сломать

emprender предпринимать

саггега f бег

hacer añicos разбить вдребезги

estar a punto de вот-вот сделать что-то

decapitar обезглавить

amargo горький

mala suerte невезение

рог supuesto разумеется

inmutarse измениться в лице, беспо­коиться

consuelo m утешение

inventar изобретать, придумывать

tolerar терпеть, выносить

enfrascarse en algo погружаться во что-л.

II

QUIQUE, EL HERMANO MENOR

(Continuación)

Las criadas decían que el niño era sordo porque había que llamarlo diez veces y a gritos, por la casa y el jardín, a la hora del baño, de la lección o de las comidas. Y si en ese momento estaba entretenido en alguna de sus ocupaciones preferidas, no ya diez veces y de lejos, sino veinte, y a sus espaldas, podían gritarle, sin que él se enterara1. Pero Quique no era sordo: a los cinco años ya había adquirido la envidiable virtud de no oír más que lo que quería. Se aislaba del mundo exterior, y la espesa capa de abstracción que le envolvía no lograba ser traspasada por las voces y los gritos. En cambio, poseía una especial intuición para percibir desde lejos la proximidad de su madre: distinguía sus pasos en el corredor, su manera de pulsar el timbre, el modo de introducir la llave en la cerradura y hasta el ruido peculiar del agua cuando era ella quien regaba la hierba o las flores del jardín.

En realidad, Quique daba muy poco trabajo en casa. Le levanta­ban de la siesta, le dejaban en libertad, y él se las arreglaba para dis­traerse solo. El jardín era un mundo maravilloso, un pequeño universo donde toda lección era nueva y toda sorpresa posible. Quique tenía cinco años. No sabía escribir; pero, en cambio, dibujaba con sorpren­dente maestría. Era tranquilo y cachazudo. Hablaba con mucha serie­dad -afirmando cosas extraordinarias que él suponía que habían ocurrido realmente— y era muy ordenado. Recogía y guardaba todas las cajas, útiles y no, que encontraba a su paso y metía dentro de ellas un sinfín de objetos diversos: frascos, gomas de borrar, puntas de lápi­ces, cuerdas, caramelos chupados, estampas, clavos y monedas. Era capaz de mantener largas conversaciones con las personas mayores, a las que preguntaba sin parar cosas y más cosas. Y cuando no estaba de acuerdo con la explicación que le daban, decía que eso no era verdad y se inventaba él mismo la respuesta que más le ilusionaba. Su madre tenía prohibido que le hablaran1 de brujas, enanos, ogros y demás gen­tes de esa calaña, para no excitar más su fantasía.

Sentado frente a su padre, en el jardín, Quique mantenía con él una larga conversación. Hablaba muy despacio, pronunciando muy bien las palabras, y quería saber por qué cuando hacía frío era ya de noche a la hora de la merienda; y en cambio, en verano era todavía de día a la hora de cenar. Su padre intentó explicárselo; pero antes de que concluyera2, Quique ya había ensartado varias preguntas más: por qué crecen los árboles, por qué las mariposas se comen las flores, dónde estaba él cien años, un millón de años antes de nacer y quién era más fuerte, una ballena o un ladrón.

Ana María llegó, acompañada de Alberto. Había conseguido vendarlo, peinarlo y lavarle la cara.

— Mira, Enrique, tienes que regañar a tu hijo. Está hecho un salvaje.

— Ya le regañaré, ya le regañaré.

Alberto comprendió que el ánimo de su padre no estaba para regañar a nadie. Se le acercó con aire mustio y se puso audazmente a jugar con su corbata.

— Date por regañado, Alberto —dijo Enrique con la menor feroci­dad que cabe.

A Alberto le brillaron los ojos.

— ¡O.K., daddyl —y le dio un beso.

— ¡Enrique, esto no es en serio! —protestó Ana María—. Tienes que meterlo en cintura. Se nos va a desmandar.

Enrique hizo un vago gesto de aburrimiento. Dijo que llevaba des­de las nueve de la mañana regañando a agentes estúpidos, socios pusi­lánimes y clientes informales.

— ¿Quieres que llegue a casa y siga regañando?

— ¡¡No!! —gritó Alberto, que veía ganada la partida.

- ¡¡No!! -repitió Quique como un eco de su hermano.

1 tenía prohibido que le hablaran — запрещала, чтобы ему рассказывали

2 antes de que concluyera — прежде, чем он закончил

— Vamos a ver, niños —exclamó Enrique—, ¿quién preferís que os regañe, mamá o yo?

- ¡Mamáaa! -gritaron los dos a coro.

Enrique se estiró cuan largo era, dio tres tragos a la ginebra que tenía junto a él y extendió indolentemente el brazo hacia su mujer.

- Ya has oído. Regáñales tú...

1... sin que él se enterara. — ..., а он и не слышал.

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