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Хрестоматия по латиноамериканской литературе = Breviario hispanoamericano de letras. Учебное пособие

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☆
trapos, y mañana le pasaré a la pieza de arriba, antes de que sufra un deterioro total”.
15 “Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar al Chac
Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la piedra. No quiero escribirlo: hay en el dorso algo de la textura de la carne, lo aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac Mool tiene vello en los brazos”.
16 “Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la
oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool”.
17 Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas
veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada del 25 de agosto, parecía escrita por otra persona. A veces como niño, separando trabajosamente cada letra; otras, nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos, y el relato continúa.
18 “Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo
es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más, porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si pinta un bromista de rojo al agua… Real bocanada de cigarro efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo, reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?… Realidad: cierto día la quebraron en mil pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo era al grado de haber borrado hoy: era movimiento reflejo, rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un dí a tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que
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llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente, que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado, parecía indicarme que era un Dios, por ahora laxo, con las rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio. Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara, hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos flámulas crueles y amarillas. Casi sin aliento encendí la luz.”
19 “Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su
barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos, muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores, mordiendo el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama; entonces empezó a llover”.
20 Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la
Secretaría, con una recriminación pública del Director, y rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Si vi unos oficios descabellados, preguntando al Oficial Mayor si el agua podía olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente fuertes, de ese verano, lo habían crispado. O que alguna depresión moral debía producir la vida en aquel caserón antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados, sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de fines de septiembre:
21 “Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, … un glu-glu
de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los
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monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de l os desiertos; cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de esa carne que no lo es, de las chanclas flameantes de ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue descubierto por Le Plongeon
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, y puesto físicamente en contacto con hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra, y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del hecho estético.
22 “He debido proporcionarle sapolio para que se lave el
estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo azteca: No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco con Tláloc
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, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir al sótano, desde ayer, en mi cama”
23 “Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que
duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño… Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que dormir muy abrigado, y le he pedido no empapa r la sala más ”.
24 “El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba
a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla ­horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animal­fue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool , como se
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Augustus Le Plongeon (1825-1908), fotógrafo, anticuario y arqueólogo británico que dio la designación de Chac Mool a las esculturas mencionadas.
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Dios de la lluvia entre los nahuas.
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domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi seguridad infantil; pero la niñez - ¿quién lo dijo? - es fruto comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca, por siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo doblegarme. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá colérico o irritable”.
25 “Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa.
Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana, más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la casa... Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos espantosos de todas las madrugadas”.
26 “Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que
telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar. Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo q ue él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas… Como no hay luz, debo acostarme a la ocho. Y a d ebería estar acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad, me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las escamas de su piel renovada, y quise gritar.”
27 “Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra
otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de nuevo, un ídolo. Pero estos reposos sólo le dan nuevas fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar
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algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega; acaricia la seda de las batas; quiere que trai ga una criada a la casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas, incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna. Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza, posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un instante y caiga fulminado... Pero también, aquí, puede germinar mi muerte: el Chac no querrá que asista a su derrumbe, es posible que desee matarme.”
28 “Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir.
Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el Chac Mool; a ver cuánto dura sin mil baldes de agua”.
29 Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en
su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro.
30 Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la
puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo; despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz l abial mal aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el cadáver al sótano.
Los días enmascarados, Carlos Fuentes. México: Novaro, 1954.
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MARIO VARGAS LLOSA (1936-)
La tía Julia y el escribidor
XIII
1 [...]Esta mañana estuve hablando con Genaro-hijo de usted –
le conté, en el tono más desenvuelto que pude-. Una buena noticia: según los surveys de las agencias de publicidad, sus radioteatros han vuelto a aumentar de sintonía. Los oyen hasta las piedras.
2 Advertí que se ponía rígido, que desviaba la vista, que
comenzaba a enrollar y desenrollar la servilleta, muy deprisa, pestañeando seguido. Dudé sobre si continuar o cambiar de tema, pero la curiosidad fue más fuerte:
3 Genaro-hijo cree que el aumento de sintonía se debe a esa
idea de mezclar los personajes de un radioteatro a otro, de enlazar las historias –le dije, viendo que soltaba la servilleta, que me buscaba los ojos, que se ponía blanco-. Le parece genial.
4 Como no decía nada, sólo me miraba, seguí hablando,
sintiendo que se me torcía la lengua. Hablé de la vanguardia, de la experimentación, cité o inventé autores que, le aseguré, eran la sensación de Europa porque hacían innovaciones parecidas a las suyas: cambiar la identidad de los personajes en el curso de la historia, simular incongruencias para mantener suspenso al lector. Habían traído los frejoles colados y empecé a comer, feliz de poder callarme y bajar los ojos para no seguir viendo el malestar del escriba boliviano. Estuvimos en silencio un buen rato, yo comiendo, él revolviendo con su tenedor el puré de frejoles, los granos de arroz.
5 -Me está pasando algo engorroso –le oí decir, por fin, en voz
bajita, como a sí mismo-. No llevo bien la cuenta de los libretos, tengo dudas y se deslizan confusiones. –Me miró con zozobra-. Sé que es usted un joven leal, un amigo en quien se puede confiar. ¡Ni una palabra a los mercaderes!
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6 Simulé sorpresa, lo abrumé con protestas de afecto. Era otro:
atormentado, inseguro, frágil, y con un brillo de sudor en la frente verdosa. Se tocó las sienes:
7 -Esto es un volcán de ideas, por supuesto –afirmó-. Lo
traicionero es la memoria. Eso de los nombres, quiero decir. Confidencialmente, mi amigo. Yo no los mezclo, se mezclan. Cuando me doy cuenta, es tarde. Hay que hacer malabares para volverlos a donde corresponde, para explicar sus mudanzas. Una brújula que confunde el Norte con el Sur puede ser grave, grave.
8 Le dije que estaba cansado, nadie podía trabajar a ese ritmo
sin destruirse, que debía tomar unas vacaciones.
9 ¿Vacaciones? Sólo en la tumba –me repuso, amenazante,
como si lo hubiera ofendido.
10 Pero, un momento después, con humildad, me contó que al
darse cuenta de 'los olvidos' había intentado hacer un fichero. Sólo que era imposible, no tenía tiempo, ni siquiera para consultar los programas radiados: todas sus horas estaban tomadas en la producción de nuevos libretos. “Si paro, el mundo se vendría abajo”, murmuró. ¿Y por qué no lo podían ayudar sus colaboradores? ¿Por qué no acudía a ellos cuando se presentaban esas dudas?
11 -Eso jamás –me contestó-. Me perderían el respeto. Ellos son
una materia prima, mis soldados, y si meto la pata su obligación es meterla conmigo.
12 Cortó abruptamente el diálogo para sermonear a los mozos
por la infusión, que encontró insípida, y luego debimos volver al trote a la Radio, porque lo esperaba el radioteatro de las tres. Al despedirnos, le dije que haría cualquier cosa por ayudarlo.
13 -Lo único que le pido es silencio –me dijo. Y, co n su s onr isi ta
helada, añadió: - No se preocupe: a g randes males, grandes remedios.
14 En mi altillo, revisé los periódicos de la tarde, señalé las
noticias, concerté una entrevista para las seis con un neurocirujano historicista que había cometido una trepanación de cráneo con instrumentos incaicos que le prestó el Museo
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de Antropología. A las tres y media, comencé a mirar el reloj y el teléfono, alternativamente. La tía Julia telefoneó a las cuatro en punto. Pascual y el Gran Pablito no habían llegado.
15 - Mi hermana me habló a la hora del almuerzo –me dijo, con
voz lúgubre-. Que el escándalo es demasiado grande, que tus papás vienen a sacarme los ojos. Me ha pedido que regrese a Bolivia. ¿Qué puedo hacer? Tengo que irme, Varguitas.
16 - ¿Quieres casarte conmigo? –le pregunté. 17 Se rió con poca alegría. 18 -Te estoy hablando en serio –insistí. 19 - ¿Me estás pidiendo que me case contigo de veras? –volvió
a reírse la tía Julia, ahora sí más divertida.
20 - ¿Es sí o es no? –le dije-. Apúrate, ahorita llegan Pascual y
el Gran Pablito.
21 - ¿Me pides eso para demostrarle a tu familia que ya eres
grande? –me dijo la tía Julia, con cariño.
22 -También por eso –reconocí.
XVI
23 Joaquín Hinostroza Bellmont, quien habría de estremecer los
estadios, no metiendo goles ni atajando penales sino arbitrando partidos de fútbol, y cuya sed de alcohol dejaría huella y deudas en los bares de Lima, nació en una de esas residencias que los mandarines se construyeron hace treinta años, en la Perla, cuando pretendieron convertir a ese baldío en una Copacabana limeña (pretensión malograda por la humedad, que, castigo de camello que se obstina en pasar por el ojo de la aguja, devastó gargantas y bronquios de la aristocracia peruana).
24 Fue Joaquín hijo único de una familia que, además de
adinerada, entroncaba, frondosa selva de árboles que son títulos y escudos, con marquesados de España y Francia. Pero el padre del futuro réferi y borrachín había puesto de lado los pergaminos y consagrado su vida al ideal moderno de multiplicar su fortuna en negocios que comprendían desde la fabricación de casimires hasta la introducción del ardiente cultivo de la pimienta en la Amazonía. La madre, madona linfática, esposa abnegada, había pasado su vida gastando el
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dinero que producía su marido en médicos y curanderos (pues padecía diversas enfermedades de alta clase social). Ambos habían tenido a Joaquín algo crecidos, después de mucho rogar a Dios que les concediera un he redero. El a dv enimiento constituyó una felicidad indescriptible para sus padres, quienes, desde la cuna, soñaron para él un porvenir de príncipe de la industria, rey de la agricultura, mago de la diplomacia o lucifer de la política.
25 ¿Fue por rebelde, en insubordinación contra este destino de
gloria crematística y brillo social que el niño resultó árbitro de fútbol, o más bien por insuficiencia de psicología? No, fue por genuina vocación. Tuvo, naturalmente, desde la mamadera hasta el bozo, una variopinta sucesión de institutrices, importadas de países exóticos: Francia, Inglaterra. Y en los mejores colegios de Lima fueron reclutados profesores para enseñarle los números y las letras. Todos, uno tras otro, terminaron renunciando al pingüe salario, desmoralizados e histéricos, por la indiferencia ontológica del niño ante cualquier especie de saber. A los ocho años no había aprendido a sumar y del alfabeto a duras penas memorizaba las vocales. Sólo decía monosílabos, era tranquilo, se paseaba por las habitaciones de la Perla, entre muchedumbres de juguetes adquiridos en distintos puntos del orbe para distraerlo -mecanos alemanes, trenes japoneses, rompecabezas chinos, soldaditos austriacos, triciclos norteamericanos-, con expresión de aburrimiento mortal. Lo único que parecía sacarlo, a ratos, de su sopor brahamánico, eran las figuritas de fútbol de los chocolatines Mar del Sur, que pegaba en cuadernos satinados y contemplaba, horas de horas, con curiosidad.
26 Aterrados ante la idea de haber procreado un fin de raza,
hemofílico y tarado, que sería más tarde hazmerreír del público, los padres acudieron a la ciencia. Ilustres galenos comparecieron en la Perla. Fue el pediatra estrella de la ciudad, el doctor Alberto de Quinteros, quien desasnó luminosamente a los atormentados:
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27 -Tiene lo que llamo mal de invernadero -les explicó-. Las flores
que no viven en el jardín, entre flores e insectos, crecen mustias y su perfume es hediondo. La cárcel dorada lo está atontando. Amas y dómines deben ser despedidos y el niño matriculado en un colegio para que alterne con gente de su edad. ¡Será normal el día que un compañero le rompa la nariz!
28 Dispuesta a cualquier sacrificio con tal de desimbecilizarlo, la
orgullosa pareja consintió en dejar que Joaquincito se zambullera en el plebeyo mundo exterior. Se escogió para él, claro está, el colegio más caro de Lima, los Padres de Santa María, y, a fin de no destruir todas las jerarquías, se le mandó hacer un uniforme de color reglamentario, pero en terciopelo.
29 La receta del famoso dio resultados apreciables. Es verdad
que Joaquín sacaba notas extraordinariamente bajas y que, para aprobar sus exámenes, áurea codicia que produjo cismas, sus padres debían hacer donaciones (vitrales para la capilla del colegio, faldas de paño para los acólitos, pupitres robustos para la escuelita de los pobres, etcétera), pero el hecho es que el niño se volvió sociable y que a partir de entonces se le vio algunas veces contento. En esta época se manifestó el primer indicio de su genialidad (su incomprensivo padre le decía tara): un interés por el bal ompié. Cuando fueron informados que el niño Joaquín, apenas se calzaba los zapatos de fútbol, de anestésico y monosilábico se transformaba en un ser dinámico y gárrulo, sus padres se alegraron mucho. Y, de inmediato, adquirieron un terreno contiguo a su casa de la Perla, para construir una cancha de fútbol, de proporciones apreciables, donde Joaquincito pudiera divertirse a sus anchas.
30 Se vio a partir de entonces, en la neblinosa avenida de las
Palmeras, de la Perla, desembarcar del ómnibus del Santa María, a la salida de clases, a veintidós alumnos -cambiaban las caras pero permanecía el número- que venían a jugar en la cancha de los Hinostroza Bellmont. La familia regalaba a los jugadores, después del partido, con un té aco mpañado de chocolates, gelatinas, merengues y helados. Los ricos gozaban viendo cada tarde a su hijito Joaquín jadeando feliz.
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