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ivanov666
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Файл:Хрестоматия по латиноамериканской литературе = Breviario hispanoamericano de letras. Учебное пособие
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trapos, y mañana le pasaré a la pieza de arriba, antes de que
sufra un deterioro total”.
15 “Los trapos están en el suelo. Increíble. Volví a palpar al Chac
Mool. Se ha endurecido pero no vuelve a la piedra. No quiero
escribirlo: hay en el dorso algo de la textura de la carne, lo
aprieto como goma, siento que algo corre por esa figura
recostada… Volví a bajar en la noche. No cabe duda: el Chac
Mool tiene vello en los brazos”.
16 “Esto nunca me había sucedido. Tergiversé los asuntos en la
oficina; giré una orden de pago que no estaba autorizada, y el
Director tuvo que llamarme la atención. Quizá me mostré
hasta descortés con los compañeros. Tendré que ver a un
médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y
deshacerme de ese maldito Chac Mool”.
17 Hasta aquí, la escritura de Filiberto era la vieja, la que tantas
veces vi en memoranda y formas, ancha y ovalada. La entrada
del 25 de agosto, parecía escrita por otra persona. A veces
como niño, separando trabajosamente cada letra; otras,
nerviosa, hasta diluirse en lo ininteligible. Hay tres días vacíos,
y el relato continúa.
18 “Todo es tan natural; y luego se cree en lo real… pero esto lo
es, más que lo creído por mí. Si es real un garrafón, y más,
porque nos damos mejor cuenta de su existencia, o estar, si
pinta un bromista de rojo al agua… Real bocanada de cigarro
efímera, real imagen monstruosa en un espejo de circo,
reales, ¿no lo son todos los muertos, presentes y
olvidados?… Si un hombre atravesara el Paraíso en un
sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado
allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano…
¿entonces, qué?… Realidad: cierto día la quebraron en mil
pedazos, la cabeza fue a dar allá, la cola aquí, y nosotros no
conocemos más que uno de los trozos desprendidos de su
gran cuerpo. Océano libre y ficticio, sólo real cuando se le
aprisiona en un caracol. Hasta hace tres días, mi realidad lo
era al grado de haber borrado hoy: era movimiento reflejo,
rutina, memoria, cartapacio. Y luego, como la tierra que un dí a
tiembla para que recordemos su poder, o la muerte que
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llegará, recriminando mi olvido de toda la vida, se presenta
otra realidad que sabíamos estaba allí, mostrenca, y que debe
sacudirnos para hacerse viva y presente. Creía, nuevamente,
que era imaginación: el Chac Mool, blando y elegante, había
cambiado de color en una noche; amarillo, casi dorado,
parecía indicarme que era un Dios, por ahora laxo, con las
rodillas menos tensas que antes, con la sonrisa más
benévola. Y ayer, por fin, un despertar sobresaltado, con esa
seguridad espantosa de que hay dos respiraciones en la
noche, de que en la oscuridad laten más pulsos que el propio.
Sí, se escuchaban pasos en la escalera. Pesadilla. Vuelta a
dormir… No sé cuánto tiempo pretendí dormir. Cuando volví
a abrir los ojos, aún no amanecía. El cuarto olía a horror, a
incienso y sangre. Con la mirada negra, recorrí la recámara,
hasta detenerme en dos orificios de luz parpadeante, en dos
flámulas crueles y amarillas. Casi sin aliento encendí la luz.”
19 “Allí estaba Chac Mool, erguido, sonriente, ocre, con su
barriga encarnada. Me paralizaban los dos ojillos, casi bizcos,
muy pegados a la nariz triangular. Los dientes inferiores,
mordiendo el labio superior, inmóviles; sólo el brillo del
casquetón cuadrado sobre la cabeza anormalmente
voluminosa, delataba vida. Chac Mool avanzó hacia la cama;
entonces empezó a llover”.
20 Recuerdo que a fines de agosto, Filiberto fue despedido de la
Secretaría, con una recriminación pública del Director, y
rumores de locura y aun robo. Esto no lo creí. Si vi unos oficios
descabellados, preguntando al Oficial Mayor si el agua podía
olerse, ofreciendo sus servicios al Secretario de Recursos
Hidráulicos para hacer llover en el desierto. No supe qué
explicación darme; pensé que las lluvias excepcionalmente
fuertes, de ese verano, lo habían crispado. O que alguna
depresión moral debía producir la vida en aquel caserón
antiguo, con la mitad de los cuartos bajo llave y empolvados,
sin criados ni vida de familia. Los apuntes siguientes son de
fines de septiembre:
21 “Chac Mool puede ser simpático cuando quiere, … un glu-glu
de agua embelesada… Sabe historias fantásticas sobre los
202

monzones, las lluvias ecuatoriales, el castigo de l os desiertos;
cada planta arranca su paternidad mítica: el sauce, su hija
descarriada; los lotos, sus mimados; su suegra: el cacto. Lo
que no puedo tolerar es el olor, extrahumano, que emana de
esa carne que no lo es, de las chanclas flameantes de
ancianidad. Con risa estridente, el Chac Mool revela cómo fue
descubierto por Le Plongeon
1
, y puesto físicamente en
contacto con hombres de otros símbolos. Su espíritu ha vivido
en el cántaro y la tempestad, natural; otra cosa es su piedra,
y haberla arrancado al escondite es artificial y cruel. Creo que
nunca lo perdonará el Chac Mool. Él sabe de la inminencia del
hecho estético.
22 “He debido proporcionarle sapolio para que se lave el
estómago que el mercader le untó de ketchup al creerlo
azteca: No pareció gustarle mi pregunta sobre su parentesco
con Tláloc
2
, y, cuando se enoja, sus dientes, de por sí
repulsivos, se afilan y brillan. Los primeros días, bajó a dormir
al sótano, desde ayer, en mi cama”
23 “Ha empezado la temporada seca. Ayer, desde la sala en que
duermo ahora, comencé a oír los mismos lamentos roncos del
principio, seguidos de ruidos terribles. Subí y entreabrí la
puerta de la recámara: el Chac Mool estaba rompiendo las
lámparas, los muebles; saltó hacia la puerta con las manos
arañadas, y apenas pude cerrar e irme a esconder al baño…
Luego bajó jadeante y pidió agua; todo el día tiene corriendo
las llaves, no queda un centímetro seco en la casa. Tengo que
dormir muy abrigado, y le he pedido no empapa r la sala más ”.
24 “El Chac Mool inundó hoy la sala. Exasperado, dije que lo iba
a devolver a la Lagunilla. Tan terrible como su risilla horrorosamente distinta a cualquier risa de hombre o animalfue la bofetada que me dio, con ese brazo cargado de
brazaletes pesados. Debo reconocerlo: soy su prisionero. Mi
idea original era distinta: yo dominaría al Chac Mool , como se
1
Augustus Le Plongeon (1825-1908), fotógrafo, anticuario y arqueólogo
británico que dio la designación de Chac Mool a las esculturas
mencionadas.
2
Dios de la lluvia entre los nahuas.
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domina a un juguete; era, acaso, una prolongación de mi
seguridad infantil; pero la niñez - ¿quién lo dijo? - es fruto
comido por los años, y yo no me he dado cuenta… Ha tomado
mi ropa, y se pone las batas cuando empieza a brotarle musgo
verde. El Chac Mool está acostumbrado a que se le obedezca,
por siempre; yo, que nunca he debido mandar, sólo puedo
doblegarme. Mientras no llueva -¿y su poder mágico?- vivirá
colérico o irritable”.
25 “Hoy descubrí que en las noches el Chac Mool sale de la casa.
Siempre, al oscurecer, canta una canción chirriona y anciana,
más vieja que el canto mismo. Luego cesa. Toqué varias
veces a su puerta, y cuando no me contestó, me atreví a
entrar. La recámara, que no había vuelto a ver desde el día
en que intentó atacarme la estatua, está en ruinas, y allí se
concentra ese olor a incienso y sangre que ha permeado la
casa... Pero detrás de la puerta, hay huesos: huesos de
perros, de ratones y gatos. Esto es lo que roba en la noche el
Chac Mool para sustentarse. Esto explica los ladridos
espantosos de todas las madrugadas”.
26 “Febrero, seco. Chac Mool vigila cada paso mío; ha hecho que
telefonee a una fonda para que me traigan diariamente arroz
con pollo. Pero lo sustraído de la oficina ya se va a acabar.
Sucedió lo inevitable: desde el día primero, cortaron el agua y
la luz por falta de pago. Pero Chac ha descubierto una fuente
pública a dos cuadras de aquí; todos los días hago diez o doce
viajes por agua, y él me observa desde la azotea. Dice que si
intento huir me fulminará; también es Dios del Rayo. Lo q ue
él no sabe es que estoy al tanto de sus correrías nocturnas…
Como no hay luz, debo acostarme a la ocho. Y a d ebería estar
acostumbrado al Chac Mool, pero hace poco, en la oscuridad,
me topé con él en la escalera, sentí sus brazos helados, las
escamas de su piel renovada, y quise gritar.”
27 “Si no llueve pronto, el Chac Mool va a convertirse en piedra
otra vez. He notado su dificultad reciente para moverse; a
veces se reclina durante horas, paralizado, y parece ser, de
nuevo, un ídolo. Pero estos reposos sólo le dan nuevas
fuerzas para vejarme, arañarme como si pudiera arrancar
204

algún líquido de mi carne. Ya no tienen lugar aquellos
intermedios amables en que relataba viejos cuentos; creo
notar un resentimiento concentrado. Ha habido otros indicios
que me han puesto a pensar: se está acabando mi bodega;
acaricia la seda de las batas; quiere que trai ga una criada a la
casa; me ha hecho enseñarle a usar jabón y lociones. Creo
que el Chac Mool está cayendo en tentaciones humanas,
incluso hay algo viejo en su cara que antes parecía eterna.
Aquí puede estar mi salvación: si el Chac se humaniza,
posiblemente todos sus siglos de vida se acumulen en un
instante y caiga fulminado... Pero también, aquí, puede
germinar mi muerte: el Chac no querrá que asista a su
derrumbe, es posible que desee matarme.”
28 “Hoy aprovecharé la excursión nocturna de Chac para huir.
Me iré a Acapulco; veremos qué puede hacerse para adquirir
trabajo, y esperar la muerte de Chac Mool; sí, se avecina; está
canoso, abotagado. Necesito asolearme, nadar, recuperar
fuerza. Me quedan cuatrocientos pesos. Iré a la Pensión
Müller, que es barata y cómoda. Que se adueñe de todo el
Chac Mool; a ver cuánto dura sin mil baldes de agua”.
29 Aquí termina el diario de Filiberto. No quise volver a pensar en
su relato; dormí hasta Cuernavaca. De ahí a México pretendí
dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo,
con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche
llegamos a la terminal, aún no podía concebir la locura de mi
amigo. Contraté una camioneta para llevar el féretro a casa
de Filiberto, y desde allí ordenar su entierro.
30 Antes de que pudiera introducir la llave en la cerradura, la
puerta se abrió. Apareció un indio amarillo, en bata de casa,
con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo;
despedía un olor a loción barata; su cara, polveada, quería
cubrir las arrugas; tenía la boca embarrada de lápiz l abial mal
aplicado, y el pelo daba la impresión de estar teñido.
-Perdone… no sabía que Filiberto hubiera…
-No importa; lo sé todo. Dígale a los hombres que lleven el
cadáver al sótano.
Los días enmascarados, Carlos Fuentes. México: Novaro, 1954.
205

MARIO VARGAS LLOSA (1936-)
La tía Julia y el escribidor
XIII
1 [...]Esta mañana estuve hablando con Genaro-hijo de usted –
le conté, en el tono más desenvuelto que pude-. Una buena
noticia: según los surveys de las agencias de publicidad, sus
radioteatros han vuelto a aumentar de sintonía. Los oyen
hasta las piedras.
2 Advertí que se ponía rígido, que desviaba la vista, que
comenzaba a enrollar y desenrollar la servilleta, muy deprisa,
pestañeando seguido. Dudé sobre si continuar o cambiar de
tema, pero la curiosidad fue más fuerte:
3 Genaro-hijo cree que el aumento de sintonía se debe a esa
idea de mezclar los personajes de un radioteatro a otro, de
enlazar las historias –le dije, viendo que soltaba la servilleta,
que me buscaba los ojos, que se ponía blanco-. Le parece
genial.
4 Como no decía nada, sólo me miraba, seguí hablando,
sintiendo que se me torcía la lengua. Hablé de la vanguardia,
de la experimentación, cité o inventé autores que, le aseguré,
eran la sensación de Europa porque hacían innovaciones
parecidas a las suyas: cambiar la identidad de los personajes
en el curso de la historia, simular incongruencias para
mantener suspenso al lector. Habían traído los frejoles
colados y empecé a comer, feliz de poder callarme y bajar los
ojos para no seguir viendo el malestar del escriba boliviano.
Estuvimos en silencio un buen rato, yo comiendo, él
revolviendo con su tenedor el puré de frejoles, los granos de
arroz.
5 -Me está pasando algo engorroso –le oí decir, por fin, en voz
bajita, como a sí mismo-. No llevo bien la cuenta de los
libretos, tengo dudas y se deslizan confusiones. –Me miró con
zozobra-. Sé que es usted un joven leal, un amigo en quien se
puede confiar. ¡Ni una palabra a los mercaderes!
206

6 Simulé sorpresa, lo abrumé con protestas de afecto. Era otro:
atormentado, inseguro, frágil, y con un brillo de sudor en la
frente verdosa. Se tocó las sienes:
7 -Esto es un volcán de ideas, por supuesto –afirmó-. Lo
traicionero es la memoria. Eso de los nombres, quiero decir.
Confidencialmente, mi amigo. Yo no los mezclo, se mezclan.
Cuando me doy cuenta, es tarde. Hay que hacer malabares
para volverlos a donde corresponde, para explicar sus
mudanzas. Una brújula que confunde el Norte con el Sur
puede ser grave, grave.
8 Le dije que estaba cansado, nadie podía trabajar a ese ritmo
sin destruirse, que debía tomar unas vacaciones.
9 ¿Vacaciones? Sólo en la tumba –me repuso, amenazante,
como si lo hubiera ofendido.
10 Pero, un momento después, con humildad, me contó que al
darse cuenta de 'los olvidos' había intentado hacer un fichero.
Sólo que era imposible, no tenía tiempo, ni siquiera para
consultar los programas radiados: todas sus horas estaban
tomadas en la producción de nuevos libretos. “Si paro, el
mundo se vendría abajo”, murmuró. ¿Y por qué no lo podían
ayudar sus colaboradores? ¿Por qué no acudía a ellos
cuando se presentaban esas dudas?
11 -Eso jamás –me contestó-. Me perderían el respeto. Ellos son
una materia prima, mis soldados, y si meto la pata su
obligación es meterla conmigo.
12 Cortó abruptamente el diálogo para sermonear a los mozos
por la infusión, que encontró insípida, y luego debimos volver
al trote a la Radio, porque lo esperaba el radioteatro de las
tres. Al despedirnos, le dije que haría cualquier cosa por
ayudarlo.
13 -Lo único que le pido es silencio –me dijo. Y, co n su s onr isi ta
helada, añadió: - No se preocupe: a g randes males, grandes
remedios.
14 En mi altillo, revisé los periódicos de la tarde, señalé las
noticias, concerté una entrevista para las seis con un
neurocirujano historicista que había cometido una trepanación
de cráneo con instrumentos incaicos que le prestó el Museo
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de Antropología. A las tres y media, comencé a mirar el reloj
y el teléfono, alternativamente. La tía Julia telefoneó a las
cuatro en punto. Pascual y el Gran Pablito no habían llegado.
15 - Mi hermana me habló a la hora del almuerzo –me dijo, con
voz lúgubre-. Que el escándalo es demasiado grande, que tus
papás vienen a sacarme los ojos. Me ha pedido que regrese
a Bolivia. ¿Qué puedo hacer? Tengo que irme, Varguitas.
16 - ¿Quieres casarte conmigo? –le pregunté.
17 Se rió con poca alegría.
18 -Te estoy hablando en serio –insistí.
19 - ¿Me estás pidiendo que me case contigo de veras? –volvió
a reírse la tía Julia, ahora sí más divertida.
20 - ¿Es sí o es no? –le dije-. Apúrate, ahorita llegan Pascual y
el Gran Pablito.
21 - ¿Me pides eso para demostrarle a tu familia que ya eres
grande? –me dijo la tía Julia, con cariño.
22 -También por eso –reconocí.
XVI
23 Joaquín Hinostroza Bellmont, quien habría de estremecer los
estadios, no metiendo goles ni atajando penales sino
arbitrando partidos de fútbol, y cuya sed de alcohol dejaría
huella y deudas en los bares de Lima, nació en una de esas
residencias que los mandarines se construyeron hace treinta
años, en la Perla, cuando pretendieron convertir a ese baldío
en una Copacabana limeña (pretensión malograda por la
humedad, que, castigo de camello que se obstina en pasar
por el ojo de la aguja, devastó gargantas y bronquios de la
aristocracia peruana).
24 Fue Joaquín hijo único de una familia que, además de
adinerada, entroncaba, frondosa selva de árboles que son
títulos y escudos, con marquesados de España y Francia.
Pero el padre del futuro réferi y borrachín había puesto de lado
los pergaminos y consagrado su vida al ideal moderno de
multiplicar su fortuna en negocios que comprendían desde la
fabricación de casimires hasta la introducción del ardiente
cultivo de la pimienta en la Amazonía. La madre, madona
linfática, esposa abnegada, había pasado su vida gastando el
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dinero que producía su marido en médicos y curanderos (pues
padecía diversas enfermedades de alta clase social). Ambos
habían tenido a Joaquín algo crecidos, después de mucho
rogar a Dios que les concediera un he redero. El a dv enimiento
constituyó una felicidad indescriptible para sus padres,
quienes, desde la cuna, soñaron para él un porvenir de
príncipe de la industria, rey de la agricultura, mago de la
diplomacia o lucifer de la política.
25 ¿Fue por rebelde, en insubordinación contra este destino de
gloria crematística y brillo social que el niño resultó árbitro de
fútbol, o más bien por insuficiencia de psicología? No, fue por
genuina vocación. Tuvo, naturalmente, desde la mamadera
hasta el bozo, una variopinta sucesión de institutrices,
importadas de países exóticos: Francia, Inglaterra. Y en los
mejores colegios de Lima fueron reclutados profesores para
enseñarle los números y las letras. Todos, uno tras otro,
terminaron renunciando al pingüe salario, desmoralizados e
histéricos, por la indiferencia ontológica del niño ante
cualquier especie de saber. A los ocho años no había
aprendido a sumar y del alfabeto a duras penas memorizaba
las vocales. Sólo decía monosílabos, era tranquilo, se
paseaba por las habitaciones de la Perla, entre
muchedumbres de juguetes adquiridos en distintos puntos del
orbe para distraerlo -mecanos alemanes, trenes japoneses,
rompecabezas chinos, soldaditos austriacos, triciclos
norteamericanos-, con expresión de aburrimiento mortal. Lo
único que parecía sacarlo, a ratos, de su sopor brahamánico,
eran las figuritas de fútbol de los chocolatines Mar del Sur, que
pegaba en cuadernos satinados y contemplaba, horas de
horas, con curiosidad.
26 Aterrados ante la idea de haber procreado un fin de raza,
hemofílico y tarado, que sería más tarde hazmerreír del
público, los padres acudieron a la ciencia. Ilustres galenos
comparecieron en la Perla. Fue el pediatra estrella de la
ciudad, el doctor Alberto de Quinteros, quien desasnó
luminosamente a los atormentados:
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27 -Tiene lo que llamo mal de invernadero -les explicó-. Las flores
que no viven en el jardín, entre flores e insectos, crecen
mustias y su perfume es hediondo. La cárcel dorada lo está
atontando. Amas y dómines deben ser despedidos y el niño
matriculado en un colegio para que alterne con gente de su
edad. ¡Será normal el día que un compañero le rompa la nariz!
28 Dispuesta a cualquier sacrificio con tal de desimbecilizarlo, la
orgullosa pareja consintió en dejar que Joaquincito se
zambullera en el plebeyo mundo exterior. Se escogió para él,
claro está, el colegio más caro de Lima, los Padres de Santa
María, y, a fin de no destruir todas las jerarquías, se le mandó
hacer un uniforme de color reglamentario, pero en terciopelo.
29 La receta del famoso dio resultados apreciables. Es verdad
que Joaquín sacaba notas extraordinariamente bajas y que,
para aprobar sus exámenes, áurea codicia que produjo
cismas, sus padres debían hacer donaciones (vitrales para la
capilla del colegio, faldas de paño para los acólitos, pupitres
robustos para la escuelita de los pobres, etcétera), pero el
hecho es que el niño se volvió sociable y que a partir de
entonces se le vio algunas veces contento. En esta época se
manifestó el primer indicio de su genialidad (su incomprensivo
padre le decía tara): un interés por el bal ompié. Cuando fueron
informados que el niño Joaquín, apenas se calzaba los
zapatos de fútbol, de anestésico y monosilábico se
transformaba en un ser dinámico y gárrulo, sus padres se
alegraron mucho. Y, de inmediato, adquirieron un terreno
contiguo a su casa de la Perla, para construir una cancha de
fútbol, de proporciones apreciables, donde Joaquincito
pudiera divertirse a sus anchas.
30 Se vio a partir de entonces, en la neblinosa avenida de las
Palmeras, de la Perla, desembarcar del ómnibus del Santa
María, a la salida de clases, a veintidós alumnos -cambiaban
las caras pero permanecía el número- que venían a jugar en
la cancha de los Hinostroza Bellmont. La familia regalaba a
los jugadores, después del partido, con un té aco mpañado de
chocolates, gelatinas, merengues y helados. Los ricos
gozaban viendo cada tarde a su hijito Joaquín jadeando feliz.
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