- •Dedicado a todas esas personas (¿y por qué no?) que, después de la publicación de "Brujerías", inundaron al autor con sus respectivas versiones de la letra de "La Canción del Puercoespín".
- •Volvió a sentarse, con el gesto satisfecho de quien ha resuelto todo lo que uno puede desear saber en la vida sobre una crisis de identidad.
- •Volvió a erguirse ante el espejo.
- •Incluso un hambre atroz.
- •Volvió a erguirse con la cara resplandeciente, rebosante de satisfacción.
- •Volvió a golpear la puerta. En esta ocasión se abrió muy despacio. Un rostro pálido se asomó un poquito.
- •Volvió a sumergir la cuchara.
- •Volvió a mirar al caldero y a la señora Gogol alternativamente.
- •Volvió a sumergirse en el sueño.
- •Volvió a derrumbarse.
- •Volvió la vista hacia el espejo. Era de esos grandes, ovalados, con el marco dorado. Parecía de lo más normal. Y no era propio de Yaya Ceravieja asustarse de su propio reflejo.
- •Volaron en preocupado silencio durante un rato.
- •Vio como Yaya examinaba rápidamente las paredes mugrientas.
- •Vista desde tierra, la ciudad era aún más impresionante. Brillaba como un guijarro pulido contra el vaho que ascendía de los pantanos. De los muros exteriores pendían alegres banderas.
- •Iba a añadir: porque sé cómo funcionan los cuentos. Pero Tata Ogg la interrumpió.
- •Vio cómo la oscura figura descendía por los escalones, y se apoyó contra una columna.
- •Veamos, pensó Tata. Esto de aquí está conectado con eso de allá, esto gira, y eso otro gira aún más deprisa, esta ruedecita se mueve adelante y atrás...
- •Imagen tras imagen se van quebrando a todo lo largo de la enorme curva del mundo espejo, se rompen más deprisa de lo que puede viajar la luz...
- •Notas a pie de página
- •Ilerda III de Lancre, de quien se dice que fue una reina de lo más desagradable, sólo ha pasado a la posteridad por esta oscura alusión en la jerga popular rimada.
- •Nota acerca del autor
- •Serie del mundodisco:
Volvió a sumergir la cuchara.
-Pruébelo -dijo-. También hay un gato. Se nota enseguida, por el sasafrás. -Chasqueó los labios-. Gris. Un ojo. -Se hurgó una caries con la punta de la lengua-. El..., el izquierdo.
La señora Pleasant se quedó boquiabierta.
-La encontrarán a usted antes que a mí -continuó la señora Gogol-. Tiene que guiarlas hasta aquí.
La señora Pleasant contempló la sonrisa sombría de la señora Gogol, y volvió a clavar la vista en el líquido del caldero.
-¿Vienen hasta aquí para probar esto? -se sorprendió.
-Sin duda. -La señora Gogol se sentó-. ¿Ha ido a ver a la chica de la casita blanca?
La señora Pleasant asintió.
-Sí, a la joven Brasas -dijo-. Voy siempre que puedo. Cuando las Hermanas van al palacio. La tienen muy asustada, señora Gogol.
Volvió a mirar al caldero y a la señora Gogol alternativamente.
-¿De verdad puede usted ver ... ?
-Supongo que tendrá que poner cosas a marinar -señaló la señora Gogol.
-Sí. Sí, claro.
La señora Pleasant retrocedió unos pasos, pero de mala gana. Luego, se detuvo. Uno no se podía librar fácilmente de la señora Pleasant, a menos que ella quisiera.
-Esa mujer, Lilith, dice que puede ver el mundo entero en los espejos -dijo, con un dejo acusador.
La señora Gogol sacudió la cabeza.
-Cuando uno mira en un espejo, sólo se ve a sí mismo -replicó-. En cambio, cuando se mira en un buen gumbo, se puede ver todo.
La señora Pleasant asintió. Eso era un hecho irrebatible, todo el mundo lo sabía.
Cuando la cocinera se marchó, la señora Gogol sacudió la cabeza con tristeza. Como mujer vudú, se veía obligada a poner en práctica todo tipo de estratagemas con tal de aparentar conocimientos, pero le daba cierta vergüenza permitir que una mujer honrada creyera que podía ver el futuro en un caldero de gumbo. Porque, en un caldero del gumbo de la señora Gogol, sólo se podía ver un hecho del futuro: que alguien iba a comer de maravilla.
En realidad, todo lo había visto en un cuenco de jambalaya que había preparado antes.
Magrat estaba tumbada en la cama, con la varita bajo la almohada, en un agradable entresueño.
Sin lugar a dudas, era la más adecuada para llevar la varita. Eso era un hecho. En ocasiones (y apenas se atrevía a pensar en ello cuando se encontraba bajo el mismo techo que Yaya Ceravieja) había llegado a preguntarse hasta qué punto estaban las otras comprometidas con la brujería. La mitad de las veces no parecía que les importara un bledo.
Por ejemplo, estaba la cuestión de la medicina. Magrat sabía que a ella se le daban mucho mejor las hierbas que a las otras dos. De Tía Whemper, su predecesora en la casita, había heredado varios libros muy gruesos sobre el tema, y también había hecho unas cuantas anotaciones por su cuenta. Cuando hablaba a alguien de las propiedades de la Sama del Diablo, todos se mostraban tan interesados que salían corriendo, presumiblemente en busca de alguien a quien contárselo a su vez. Magrat sabía hacer destilados fraccionales, y dobles destilados, y otras cosas que implicaban quedarse toda la noche sentada, vigilando los cambios en el color de la llama bajo la retorta. Magrat trabajaba el tema.
Tata se solía limitar a poner una cataplasma caliente sobre cualquier cosa y a recomendar un buen vaso de lo que más le gustara al paciente, basándose en el principio de que, ya que uno iba a estar enfermo de todas todas, al menos podía disfrutarlo un poco. (Magrat prohibía el alcohol a sus pacientes, porque les afectaba al hígado; y si no sabían de qué manera les afectaba al hígado, invertía el tiempo que fuera necesario en explicárselo.)
En cuanto a Yaya..., Yaya daba a sus pacientes una botella de agua con colorante, y les decía que se encontraban mucho mejor.
Lo más molesto era que, casi siempre, era así.
¿Qué tenía eso que ver con la brujería?
En cambio, con una varita, las cosas podían ser muy diferentes. Con una varita se podía ayudar mucho a la gente. La magia existía para hacer más fácil la vida. Magrat lo sabía en lo más profundo del vaporoso tocador rosa que era su corazón.
