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12 - Brujas de viaje - Terry Pratchett - tetelx...doc
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07.09.2019
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☆

Volvió a sumergir la cuchara.

-Pruébelo -dijo-. También hay un gato. Se nota enseguida, por el sasafrás. -Chasqueó los labios-. Gris. Un ojo. -Se hurgó una caries con la punta de la lengua-. El..., el izquierdo.

La señora Pleasant se quedó boquiabierta.

-La encontrarán a usted antes que a mí -continuó la señora Gogol-. Tiene que guiarlas hasta aquí.

La señora Pleasant contempló la sonrisa sombría de la señora Gogol, y volvió a clavar la vista en el líquido del caldero.

-¿Vienen hasta aquí para probar esto? -se sorprendió.

-Sin duda. -La señora Gogol se sentó-. ¿Ha ido a ver a la chica de la casita blanca?

La señora Pleasant asintió.

-Sí, a la joven Brasas -dijo-. Voy siempre que puedo. Cuando las Hermanas van al palacio. La tienen muy asustada, señora Gogol.

Volvió a mirar al caldero y a la señora Gogol alternativamente.

-¿De verdad puede usted ver ... ?

-Supongo que tendrá que poner cosas a marinar -señaló la señora Gogol.

-Sí. Sí, claro.

La señora Pleasant retrocedió unos pasos, pero de mala gana. Luego, se detuvo. Uno no se podía librar fácilmente de la señora Pleasant, a menos que ella quisiera.

-Esa mujer, Lilith, dice que puede ver el mundo entero en los espejos -dijo, con un dejo acusador.

La señora Gogol sacudió la cabeza.

-Cuando uno mira en un espejo, sólo se ve a sí mismo -replicó-. En cambio, cuando se mira en un buen gumbo, se puede ver todo.

La señora Pleasant asintió. Eso era un hecho irrebatible, todo el mundo lo sabía.

Cuando la cocinera se marchó, la señora Gogol sacudió la cabeza con tristeza. Como mujer vudú, se veía obligada a poner en práctica todo tipo de estratagemas con tal de aparentar conocimientos, pero le daba cierta vergüenza permitir que una mujer honrada creyera que podía ver el futuro en un caldero de gumbo. Porque, en un caldero del gumbo de la señora Gogol, sólo se podía ver un hecho del futuro: que alguien iba a comer de maravilla.

En realidad, todo lo había visto en un cuenco de jambalaya que había preparado antes.

Magrat estaba tumbada en la cama, con la varita bajo la almohada, en un agradable entresueño.

Sin lugar a dudas, era la más adecuada para llevar la varita. Eso era un hecho. En ocasiones (y apenas se atrevía a pensar en ello cuando se encontraba bajo el mismo techo que Yaya Ceravieja) había llegado a preguntarse hasta qué punto estaban las otras comprometidas con la brujería. La mitad de las veces no parecía que les importara un bledo.

Por ejemplo, estaba la cuestión de la medicina. Magrat sabía que a ella se le daban mucho mejor las hierbas que a las otras dos. De Tía Whemper, su predecesora en la casita, había heredado varios libros muy gruesos sobre el tema, y también había hecho unas cuantas anotaciones por su cuenta. Cuando hablaba a alguien de las propiedades de la Sama del Diablo, todos se mostraban tan interesados que salían corriendo, presumiblemente en busca de alguien a quien contárselo a su vez. Magrat sabía hacer destilados fraccionales, y dobles destilados, y otras cosas que implicaban quedarse toda la noche sentada, vigilando los cambios en el color de la llama bajo la retorta. Magrat trabajaba el tema.

Tata se solía limitar a poner una cataplasma caliente sobre cualquier cosa y a recomendar un buen vaso de lo que más le gustara al paciente, basándose en el principio de que, ya que uno iba a estar enfermo de todas todas, al menos podía disfrutarlo un poco. (Magrat prohibía el alcohol a sus pacientes, porque les afectaba al hígado; y si no sabían de qué manera les afectaba al hígado, invertía el tiempo que fuera necesario en explicárselo.)

En cuanto a Yaya..., Yaya daba a sus pacientes una botella de agua con colorante, y les decía que se encontraban mucho mejor.

Lo más molesto era que, casi siempre, era así.

¿Qué tenía eso que ver con la brujería?

En cambio, con una varita, las cosas podían ser muy diferentes. Con una varita se podía ayudar mucho a la gente. La magia existía para hacer más fácil la vida. Magrat lo sabía en lo más profundo del vaporoso tocador rosa que era su corazón.