- •Dedicado a todas esas personas (¿y por qué no?) que, después de la publicación de "Brujerías", inundaron al autor con sus respectivas versiones de la letra de "La Canción del Puercoespín".
- •Volvió a sentarse, con el gesto satisfecho de quien ha resuelto todo lo que uno puede desear saber en la vida sobre una crisis de identidad.
- •Volvió a erguirse ante el espejo.
- •Incluso un hambre atroz.
- •Volvió a erguirse con la cara resplandeciente, rebosante de satisfacción.
- •Volvió a golpear la puerta. En esta ocasión se abrió muy despacio. Un rostro pálido se asomó un poquito.
- •Volvió a sumergir la cuchara.
- •Volvió a mirar al caldero y a la señora Gogol alternativamente.
- •Volvió a sumergirse en el sueño.
- •Volvió a derrumbarse.
- •Volvió la vista hacia el espejo. Era de esos grandes, ovalados, con el marco dorado. Parecía de lo más normal. Y no era propio de Yaya Ceravieja asustarse de su propio reflejo.
- •Volaron en preocupado silencio durante un rato.
- •Vio como Yaya examinaba rápidamente las paredes mugrientas.
- •Vista desde tierra, la ciudad era aún más impresionante. Brillaba como un guijarro pulido contra el vaho que ascendía de los pantanos. De los muros exteriores pendían alegres banderas.
- •Iba a añadir: porque sé cómo funcionan los cuentos. Pero Tata Ogg la interrumpió.
- •Vio cómo la oscura figura descendía por los escalones, y se apoyó contra una columna.
- •Veamos, pensó Tata. Esto de aquí está conectado con eso de allá, esto gira, y eso otro gira aún más deprisa, esta ruedecita se mueve adelante y atrás...
- •Imagen tras imagen se van quebrando a todo lo largo de la enorme curva del mundo espejo, se rompen más deprisa de lo que puede viajar la luz...
- •Notas a pie de página
- •Ilerda III de Lancre, de quien se dice que fue una reina de lo más desagradable, sólo ha pasado a la posteridad por esta oscura alusión en la jerga popular rimada.
- •Nota acerca del autor
- •Serie del mundodisco:
Volvió a golpear la puerta. En esta ocasión se abrió muy despacio. Un rostro pálido se asomó un poquito.
-Disculpe... -empezó Magrat.
Yaya abrió la puerta de golpe. El propietario del rostro había estado apoyado contra ella. Oyeron como las botas se arrastraban contra el suelo, mientras lo desplazaban de mala gana hacia atrás.
-Que las bendiciones caigan sobre esta casa -dijo Yaya en tono profesional.
Siempre era una buena frase de bruja para empezar una conversación. Hacía que la gente pensara en las OTRAS cosas que podían caer sobre la casa, y les recordaba la existencia de bizcochos recién hechos, pan blanco y fardos de ropa seminueva, cosas que de otra manera quizá habrían pasado por alto.
Al parecer, una de las otras cosas había caído ya sobre la casa.
Era una posada, en cierto modo. Las tres brujas no habían visto en sus vidas un lugar tan carente de alegría. Pero, en cambio, estaba abarrotado. Un montón de personas, también pálidas, las miraron desde bancos situados junto a las paredes.
Tata Ogg olfateó el ambiente.
-Vaya -dijo-. ¡Qué cantidad de ajo! -Era cierto, había ristras enteras colgando de cada viga-. Bueno, siempre he dicho que el ajo nunca está de más. Me parece que este lugar me va a gustar.
Hizo un gesto de saludo al hombre de rostro demudado que estaba tras la barra del bar.
-¡Gud día, camarerou! Trois cervezas, pur favur si vous tanqueshen.
-¿Qué tienen que ver los tanques con esto? -quiso saber Yaya.
-Es una palabra extranjera que significa "gracias" -le explicó Tata.
-Me apuesto lo que sea a que no -bufó Yaya-. Te lo estás inventando sobre la marcha.
El tabernero, que se guiaba por el sencillo principio de que cualquiera que entrara por la puerta debía de querer beber algo, sirvió tres cervezas.
-¿Lo ves? -se jactó Tata, triunfal.
-Todo el mundo nos está mirando de una manera que no me gusta nada -dijo Magrat mientras Tata seguía parloteando al desconcertado tabernero en su muy particular esperanto-. Uno de esos hombres me ha sonreído.
Yaya Ceravieja se sentó en uno de los bancos tratando de ocupar el mínimo espacio posible para minimizar el contacto con la madera, por si acaso lo de ser extranjero era contagioso.
-Mirad qué fácil ha sido -dijo Tata, que llevaba una bandeja-. Sólo he tenido que maldecirlo hasta que me ha entendido.
-Tiene un aspecto espantoso -gruñó Yaya.
-Salchichas de ajo y pan de ajo -dijo Tata, al tiempo que inspeccionaba el contenido-. Mi comida favorita.
-Tendrías que haber pedido algo de verdura fresca -señaló Magrat, la dietista.
-Ya lo he hecho. Hay ajo -replicó alegremente Tata, mientras cortaba una generosa rodaja de salchicha que le llenó los ojos de lágrirnas-. Y estoy segura de que en uno de esos estantes he visto cebolletas en salmuera.
-¿Sí? Entonces, para esta noche vamos a necesitar como mínimo dos habitaciones -bufó Yaya.
-Tres -se apresuró a corregirla Magrat.
Se arriesgaron a echar otro vistazo a la habitación. Los silenciosos aldeanos las miraban fijamente, con una expresión que la joven sólo pudo describir como de tristeza esperanzada. Por supuesto, cualquiera que pasara mucho tiempo en compañía de Yaya Ceravieja y Tata Ogg se acostumbraba a las miradas. Eran ese tipo de personas que llenan todo el espacio disponible. Seguramente, la gente de aquella zona no veía forasteros muy a menudo, rodeados como estaban de espesos bosques. Y la visión de Tata Ogg comiéndose una salchicha con verdadero entusiasmo no era de las que se olvidan fácilmente.
De todos modos..., las miradas de aquella gente...
Afuera, entre los árboles, un lobo aulló.
Los aldeanos se estremecieron al unísono, como si hubieran estado practicando. El propietario de la posada les susurró algo. Todos se levantaron de mala gana y se dirigieron en fila hacia la puerta, tratando por todos los medios de no separarse demasiado. Una anciana puso la mano sobre el hombro de Magrat durante un instante, sacudió la cabeza con tristeza, suspiró y se alejó arrastrando los pies. Pero Magrat también estaba acostumbrada a aquello. La gente solía compadecerse de ella a menudo, cuando la veían en compañía de Yaya.
Por último, el posadero encendió una antorcha, se acercó a ellas y les hizo una señal para que le siguieran.
-¿Cómo le has hecho entender lo de las camas? -quiso saber Magrat.
-Le dije: "Eh, oiga, truás caimas ñigu-ñigu" -explicó Tata Ogg.
Yaya Ceravieja repasó la frase mentalmente, y asintió.
-Tu nieto, Shane, entiende mucho de determinadas cosas, ¿verdad? -señaló.
-Dice que nunca le ha fallado -asintió Tata Ogg.
En realidad, sólo había dos habitaciones en el piso superior, al que se accedía tras ascender por una escalera decrépita. Y Magrat se quedó con una para ella sola. Hasta el posadero parecía desearlo. Se había mostrado muy atento con la joven.
De todos modos, a ella le habría gustado más que no se hubiera empeñado en cerrar las ventanas. Magrat prefería dormir con la ventana abierta. La habitación era demasiado oscura y olía a moho.
"En fin -pensó-, el hada madrina soy yo. Las otras sólo me acompañan.”
Se contempló sin esperanza en el pequeño espejo roto de la habitación. Luego, se tumbó en la cama y escuchó a sus compañeras a través de la pared, fina como el papel de fumar.
-¿Por qué vuelves el espejo contra la pared, Esme?
-Porque no me gustan los espejos, no paran de mirarme.
-Sólo te miran si tú los miras, Esme.
Hubo un momento de silencio.
-Oye, ¿para qué es esta cosa redonda?
-Supongo que debe de ser una almohada, Esme.
-¡Ja! Yo no lo llamaría almohada. Y ni siquiera las mantas son como deben ser. ¿Cómo dijiste que se llamaba esto?
-Creo que es un duvit, Esme.
-Pues en casa los llamamos edredones. ¡Ja!
Otra bendita pausa.
-¿Te has cepillado los dientes?
Más instantes de silencio.
-Oooh, Esme, no tienes los pies nada fríos.
-Claro que no. Los tengo calentitos.
Un nuevo silencio.
-¡Botas! ¡Las botas! ¡Llevas las botas puestas!
-¡Por supuesto que llevo las botas, Gytha Ogg!
-¡Y la ropa! ¡Ni siquiera te has desnudado !
-En el extranjero, todas las precauciones son pocas. Puede haber cualquier tipo de bichos.
Magrat se arrebujó bajo el comosellamara, el duvit ese, y se dio media vuelta. Por lo visto, Yaya Ceravieja no necesitaba dormir más allá de una hora, mientras que Tata Ogg roncaba como un serrucho.
-¿Gytha? ¡Gytha! ¡GYTHA!
-¿Qué ... ?
-¿Estás despierta?
-Ahora sí...
-¡Oigo algo!
_... yo también...
Magrat se adormiló unos momentos.
-¿Gytha? ¡GYTHA!
-... ¿gué pasahora...?
-¡Estoy segura de que alguien está golpeando las contraventanas desde fuera!
-... imposible, a nuestra edad..., venga, duérmete...
El ambiente de la habitación era cada vez más caluroso, más cargado. Magrat salió de la cama, corrió los cerrojos de las ventanas y las abrió con gesto teatral.
Se oyó un gruñido y el ruido lejano de algo al caer contra el suelo. La luz de la luna bañó la habitación. Magrat se sintió mucho mejor, y volvió a la cama.
Le pareció que no había pasado apenas tiempo, cuando la voz de la habitación contigua volvió a despertarla.
-Gytha Ogg, ¿qué estás haciendo?
-Comer algo.
-¿Es que no puedes dormir?
-No cojo el sueño, Esme -se quejó Tata Ogg-. Y la verdad, no entiendo por qué.
-¡Oye, estás comiendo una salchicha de ajo! ¡Comparto la cama con alguien que está comiendo salchichas de ajo!
-¡Eh, que es mía! ¡Devuélvemela...!
Magrat oyó unas pisadas de botas en la noche, y el sonido de una ventana al cerrarse de golpe.
También le pareció oír un ligero "uuf", y otro golpe contra el suelo.
-Creía que te gustaba el ajo, Esme -dijo la voz resentida de Tata Ogg.
-Las salchichas de ajo están muy bien, en su lugar y en su momento, y su lugar y su momento no son la cama y la noche. No quiero oír ni una palabra más. Y échate a un lado, que te estás quedando con todo el duvit.
Tras unos momentos, el silencio aterciopelado se vio roto por los ronquidos graves, retumbantes, de Yaya Ceravieja. Poco después hicieron coro con los más suaves de Tata, que había dormido acompañada muchas más veces que Yaya y, por tanto, conseguido desarrollar una orquesta nasal mucho menos agresiva. Los ronquidos de Yaya habrían podido serrar troncos.
Magrat se rodeó las orejas con la almohada redonda, espantosamente dura, y metió la cabeza bajo las sábanas.
En algún lugar de los gélidos alrededores, un murciélago enorme trataba de remontar el vuelo otra vez. Ya había recibido dos buenos golpes, uno propinado por una contraventana que alguien abrió descuidadamente, y el segundo por un proyectil en forma de salchicha de ajo. Por tanto, no se encontraba nada bien. "Un contratiempo más y vuelvo al castillo -estaba pensando-. Además, está a punto de amanecer.”
Sus ojillos rojos brillaron al posarse en la ventana abierta de Magrat. Se tensó...
Una zarpa aterrizó sobre él.
El murciélago miró a su alrededor.
Greebo no había pasado una buena noche. Se había dedicado a investigar aquel lugar en busca de gatas, sin encontrar ninguna. Después, recorrió los estercoleros sin obtener mejor resultado. En aquella zona, la gente no tiraba la basura. Se la comía.
También había trotado por el bosque hasta dar con algunos lobos. Se sentó frente a ellos y les sonrió, hasta que se sintieron incómodos y se marcharon.
Sí, había sido una noche de lo más aburrida. Hasta aquel momento.
El murciélago se retorció bajo su zarpa. Al pequeño cerebro felino de Greebo le dio la sensación de que el bicho intentaba cambiar de forma, y eso sí que no se lo iba a consentir a un ratón con alas. Y menos ahora, que por fin había encontrado a alguien con quien jugar.
Genua era una ciudad de cuento de hadas. La gente sonreía y era feliz de la mañana a la noche. Sobre todo, si querían vivir para ver otra mañana y otra noche.
De eso se encargaba Lilith. Por supuesto, la gente también había creído ser feliz antes de que ella hiciera que el Duc sustituyera al viejo Barón, pero aquélla era una felicidad aleatoria, desordenada. Por eso le resultó tan fácil entrar en escena.
Pero no era manera de vivir. Aquella felicidad carecía de organización.
Lilith estaba segura de que, algún día, le darían las gracias.
Pero, claro, siempre había quien se lo ponía difícil. Algunas personas no sabían comportarse, desde luego. Lilith hacía lo que más les convenía: dirigía bien la ciudad, se aseguraba de que sus vidas fueran alegres y llenas de felicidad en todo momento, y luego, sin motivo alguno, se volvían contra ella.
La sala de audiencias estaba rodeada de guardias. Y se estaba celebrando una. Desde el punto de vista técnico, claro, era el gobernante el que la celebraba, pero a Lilith le gustaba que también hubiera público. Un kilo de ejemplo valía más que una tonelada de castigo.
En aquellos tiempos, no había mucho crimen en Genua. Por lo menos, no ese tipo de crimen que se habría considerado como tal en otros lugares. Las cosas como el robo se solucionaban con facilidad, y rara vez requerían procesos judiciales o cosas por el estilo. En opinión de Lilith eran mucho más graves los crímenes contra el desarrollo de la narración. Sí, algunas personas no sabían comportarse.
Lilith ponía un espejo ante la Vida, y cortaba todos los trocitos de Vida que no encajaban bien...
El Duc se desparramaba como un flan en el trono, con una pierna por encima del reposabrazos. No tenía cogido el tranquillo a las sillas.
-¿Qué ha hecho éste? -preguntó.
Bostezó. Eso sí que se le daba bien, abrir la boca de par en par.
Un anciano menudo temblaba entre dos guardias.
Siempre hay gente que se presta a hacer de guardia, hasta en lugares como Genua. Además, te dan un uniforme tope guapo, con pantalones azules, casaca roja y un sombrero alto, con una escarapela y todo.
-P-pero... si no sé silbar... -tartamudeó el viejecito-. No..., no sabía que fuera obligatorio...
-Eres un fabricante de juguetes -dijo el Duc-. Los fabricantes de juguetes se pasan el día silbando y cantando.
Miró de soslayo a Lilith. Ésta asintió.
-N-no me sé ninguna... c-canción -insistió el juguetero-. No llegué a aprender a c-cantar. Sólo me enseñaron a hacer juguetes. Estuve como aprendiz con un juguetero...
-Aquí dice -siguió el Duc, al tiempo que hacía una convincente imitación de alguien que leyera un pliego de acusaciones-, que no cuentas cuentos a los niños.
-Nadie me dijo que tenía que contar cuentos -gimoteó el juguetero-. Oiga, yo me dedico a fabricar juguetes. Juguetes. Es lo único que sé hacer. Juguetes. Y son juguetes estupendos. No soy más que un fabricante de juguetes.
-No puedes ser un buen fabricante de juguetes si no cuentas cuentos a los niños -dijo Lilith, al tiempo que se inclinaba hacia adelante.
El fabricante de juguetes alzó la vista hacia el rostro oculto tras el velo.
-Es que no me sé ninguno -dijo.
-¿No sabes ninguno?
-Les podría contar c-cómo se fabrican los ju-juguetes -tartamudeó el anciano.
Lilith se volvió a acomodar en el asiento. El velo impedía ver su expresión.
-Me parece que sería buena idea que la Guardia del Pueblo te sacara de aquí -dijo-. Que te llevaran a un lugar donde, sin duda, aprenderías a cantar. Y es posible que con el tiempo aprendas incluso a silbar. ¿A que sería estupendo?
En tiempos del viejo Barón, las mazmorras habían sido repugnantes. Lilith las había hecho pintar y amueblar de nuevo. Y había colocado muchos espejos.
Cuando terminó la audiencia, una de las personas que integraban la multitud de espectadores se dirigió a hurtadillas hacia las cocinas del palacio. Los guardias de la puerta lateral no intentaron cortarle el paso. En el irrelevante rumbo de sus vidas, era una persona muy importante.
-Hola, señora Pleasant.
La mujer se detuvo, rebuscó en su cesta y sacó un par de muslos de pollo asado.
-Estoy probando un nuevo rebozado con frutos secos -dijo-. Me gustaría mucho conocer vuestra opinión, muchachos.
Ellos aceptaron la comida, agradecidos. A todo el mundo le encantaba ver a la señora Pleasant. Sólo ella podía hacerle a un pollo cosas por las que casi se alegrara de que lo hubieran matado.
-Bueno, pues voy a salir a recoger unas hierbas -dijo la mujer.
La vieron alejarse, como una flecha gordezuela y decidida, en dirección a la plaza del mercado que estaba en la orilla del río. Luego, se comieron los muslos de pollo.
La señora Pleasant rebuscó en todos los tenderetes del mercado; se aseguró de rebuscar en todos. Hasta en Genua había siempre alguien dispuesto a contar una historia. Sobre todo en Genua. Ella era cocinera, así que rebuscaba en los tenderetes. Se aseguraba también de estar siempre regordeta y era, por suerte, alegre. Otra de las cosas que no olvidaba era mostrar siempre sus gordezuelos brazos. Si tenía la sensación de que alguien sospechaba de ella, exclamaba cosas como "¡Canastos!". Hasta la fecha, todo le iba bien.
Estaba buscando el cartel. Y por fin lo encontró. Posado sobre la viga central de un tenderete atiborrado de jaulas con gallinas, cuervos, abubillas y otras aves, había un gallito negro. La Doctora Vudú Estaba En Casa.
En el momento en que lo vio, el gallo volvió la cabeza para mirarla.
A cierta distancia del resto de los tenderetes había una tienda pequeña, semejante a otras muchas dispersas por todo el mercado. Frente a ella hervía un caldero sobre un fuego de carbón. Junto al caldero había cuencos, un cucharón para servir y una bandeja con monedas. Había bastantes monedas. Por los guisos de la señora Gogol la gente pagaba lo que creyera que valían, y la bandeja apenas daba abasto.
El espeso líquido del caldero era de un color marrón poco apetitoso. La señora Pleasant se sirvió un cuenco, y aguardó. Desde luego, la señora Gogol tenía talento.
-¿Qué se cuenta, señora Pleasant? -preguntó al cabo del rato una voz procedente de la tienda.
-Ha encerrado al fabricante de juguetes -dijo la señora Pleasant al aire en general-. Y ayer encerró al viejo Devereaux, el tabernero, por no ser gordo ni tener la cara sonrosada. Ya van cuatro veces este mes.
-Pase, pase, señora Pleasant.
El interior de la tienda estaba oscuro y hacía calor. Había otra hoguera dentro, y otro caldero. La señora Gogol estaba acuclillada ante él, removiéndolo. Hizo un gesto a la cocinera para que cogiera un fuelle.
-Avive un poco las brasas, a ver qué sale -dijo.
La señora Pleasant obedeció. Ella, personalmente, no utilizaba mucho la magia, sólo lo necesario como para que se espesase la salsa o subiese la masa del pan, pero respetaba a quienes sí lo hacían. Sobre todo a personas como la señora Gogol.
Las brasas se pusieron al rojo blanco. El líquido espeso del caldero empezó a agitarse. La señora Gogol escudriñó entre los vapores.
-¿Qué hace ahora, señora Gogol? -preguntó la cocinera con ansiedad.
-Trato de ver qué va a suceder -replicó la mujer vudú.
Su voz era el gruñido ronco de los que tienen poderes psíquicos.
La señora Pleasant echó un vistazo al líquido hirviente.
-¿Alguien va a comer gambas? -dijo, en un intento de colaborar.
-¿Ve ese trocito de okra? -siguió la señora Gogol-. ¿Ve cómo suben justo ahí las patas del cangrejo?
-Usted nunca ha sido de las que se quedan cortas a la hora de echar carne de cangrejo -la alabó la señora Pleasant.
-¿Ve cuántas burbujas hay junto a las hojas de oku? ¿Ve como todo gira en espirales en torno a esa cebolla morada?
-¡Lo veo, lo veo! -exclamó la señora Pleasant.
-¿Y sabe lo que significa eso?
-¡Significa que va a saber de maravilla!
-Desde luego -corroboró bondadosamente la señora Gogol-. también significa que viene gente.
-¡Uauh! ¿Cuánta gente?
La señora Gogol sumergió una cuchara en el líquido hirviente, y lo probó.
-Tres personas -dijo. Se lamió los labios con gesto pensativo-. Tres mujeres.
