Добавил:
Upload Опубликованный материал нарушает ваши авторские права? Сообщите нам.
Вуз: Предмет: Файл:
Gary Jennings Aztec.doc
Скачиваний:
3
Добавлен:
14.09.2019
Размер:
69.12 Кб
Скачать

Veían como pequeños montecillos y sus caderas todavía no estaban bien formadas, pero

entre sus muslos, en donde su tipili de doncella debía estar casi invisible, había una

abertura en su piel y de ella sobresalían colgando flojamente un tepuíi de hombre y se

zarandeaban sus bolsitas de ololtin. Las varas blancas que movía, eran sus propios

huesos, los de sus muslos, pero las manos que los agarraban eran de hombre y sus

propias manos medio cortadas colgaban golpeando las muñecas de él.

Un grito de alegría salió de la gente, cuando yo me paré en medio de ellos, que

bailaban alrededor de esa cosa danzante que había sido mi hija. Ella había sido una

niña, una niña que parecía un destello de luz, y ellos la habían convertido en una carroña.

Esa efigie de Nochipa vino danzando hacia mí, con un hueso brillante extendido

hacia mí, como si me quisiera dar un golpecito de bendición antes de que yo la

abrazara, con el abrazo de un padre amante. Esa cosa obscena se fue acercando lo suficientemente

hasta que pude ver que sus ojos no eran los de No-chipa. Entonces sus pies

que danzaban vacilaron y finalmente se detuvieron ante mi mirada de rabia y repulsión,

y cuando se detuvo, lo mismo hizo toda la alegre multitud, 'dejando de moverse, de

hacer cabriolas, cesando todo ruido de alegría y la gente empezó a mirar con miedo, a

mí y a los guerreros que cercaban el sitio. Esperé hasta que nada podía oírse, excepto el

ruido producido por los fuegos ceremoniales. Entonces dije, sin dirigirme a nadie en

particular:

«Coged a esta asquerosa criatura... pero cogedla con suavidad, pues lleva los restos de

lo que una vez fue una niña viva.»

El pequeño sacerdote que llevaba puesta la piel de Nochipa, me miraba parpadeando

sin poder creerlo, luego dos de mis guerreros lo cogieron. Los otros cinco o seis

sacerdotes de la caravana, vinieron hacia mí, abriéndose paso a codazos entre la multitud

y gritando enojados porque había interrumpido la ceremonia. Yo los ignoré y dije

a los hombres que tenían agarrado al que representaba al dios:

«La piel de su rostro fue separada de su cabeza. Tomad esa piel del rostro de éste, con

mucho cuidado, y llevadla reverentemente hacia el fuego que está allá, rezad una

pequeña oración porque ella un día le dio belleza y quemadla. Traedme el collar de

ópalo que llevaba puesto.»

Yo volví mi rostro mientras hacían eso. Los otros sacerdotes

volvieron a gritar de rabia, cada vez más indignados, hasta que Siempre Enojado les

gritó tan amenazadoramente que se quedaron quietos y tan dóciles como la multitud

inmóvil.

«Ya está hecho, Campeón Mixtli», dijo uno de mis hombres, alargándome el collar,

algunas de cuyas piedras estaban manchadas con la sangre de Nochipa. Me volví otra

vez hacia el sacerdote cautivo. Ya no mostraba las facciones de mi hija ni su pelo, sino

su propia cara crispada por el miedo.

Yo dije: «Tendedlo sobre el suelo con los brazos y las piernas extendidos y tened

cuidado de no poner vuestras rudas manos sobre la piel de mi hija. Clavad con estacas

sus manos y sus pies al suelo.»

Él era, como todos los demás sacerdotes, un hombre joven y gritó como un niño

cuando la primera estaca entró dentro de su mano izquierda. Gritó las cuatro veces,

mientras los otros sacerdotes y la gente de Yanquitlan se movían y murmuraban aprensivamente,

y con razón, sobre el destino que les estaba reservado, pero todos mis

guerreros tenían listas sus armas y ninguno de ellos se atrevió a ser el primero en huir.

Yo miré hacia la grotesca figura que yacía en el suelo, retorciéndose bajo las cuatro

estacas que mantenían bien abiertas sus extremidades. Los jóvenes pechos de Nochipa

levantaban sus pezones puntiagudos hacia el cielo, pero los genitales del hombre

sobresalían de entre sus piernas, flaccidos y arrugados.

«Preparad agua con cal —dije—. Usad bastante cal, para que se concentre bien y

empapad la piel con ella. Seguid mojando la piel toda la noche, hasta que quede bien

penetrada de cal. Luego esperaremos a que el sol salga.»

Siempre Enojado asintió aprobando. «¿Y los otros? Esperamos sólo tus órdenes,

Campeón Mixtli.»

Uno de los sacerdotes, impelido por el terror, se echó hacia adelante, hacia nosotros y,

cayendo de rodillas delante de mí con sus manos llenas de sangre cogiendo la orilla de

mi manto, dijo: «Campeón, fue con su permiso que nosotros celebramos esta ceremonia.

Cualquier otro hombre aquí, se hubiera sentido feliz porque su hijo o hija

hubiera sido escogido para esa personificación, pero era la suya la que mejor reunía

todas las cualidades. Una vez que ella hubiera sido escogida por toda la población y

aprobada por los sacerdotes del pueblo, usted no habría podido rehusar ceder su hija

para la ceremonia.»

Yo me le quedé mirando y él bajó su mirada, pero luego dejó caer: «Por lo menos... en

Tenochtitlan... usted no habría podido rehusar.» Él se cogió de mi manto otra vez y

dijo implorante: «Ella era virgen, como se requería, pero también era lo suficientemente

madura como para funcionar como mujer, como ella hizo. Usted mismo

me dijo, Jefe Campeón: haga todas las cosas que los dioses requieran. Así es que ahora

la Muerte-Florida de su hija ha bendecido a su pueblo, a su nueva colonia y ha asegurado

la fertilidad de esta tierra. Usted no hubiera podido impedir esa bendición.

Créame, Jefe Campeón, ¡sólo deseábamos honrar a... Xipe Totee, a su hija... y a

usted!»

Le di un golpe que le hizo caer de lado, luego dije a Qualanqui:

«¦Estás familiarizado con todos los honores que tradicionalmente se le ofrecen a Xipe

Totee?» «

«Lo estoy, amigo Mixtli.»

«Bien, entonces tú sabes todo lo que le hicieron a la pura e inocente Nochipa. Que les

hagan a todos estos mugrosos las cosas que ellos le hicieron a Nochipa. Hazlo a tu

manera, como más te plazca, tienes suficientes guerreros para ello. Déjalos que se

diviertan todo lo que quieran, no hay prisa. Déjalos que inventen cosas y que hagan

todo a su placer. Pero cuando terminen, no quiero a nadie... nada... vivo en

Yanquitlan.»

Ésa fue la última orden que di allí. Siempre Enojado se hizo cargo de todo. Él se volvió

y ladró órdenes específicas y la multitud aulló como si ya estuviera en agonía, pero los

guerreros se movieron con rapidez para cumplir con las instrucciones. Varios de ellos

reunieron rápidamente a un grupo de hombres adultos, separándolos del resto y los

mantuvieron así a punta de espada. Los otros guerreros dejaron sus armas, se

desvistieron y empezaron a trabajar... o a jugar... y cuando alguno de ellos se cansaba,

cambiaba su lugar con otro de los que hacían guardia.

Yo miré durante toda la noche, pues los grandes fuegos mantuvieron la noche