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EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don
Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor
de los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban
a hacer la fi esta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su
amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría primero; pero,
en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo más con él
el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez
que veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su
rucio eran para él tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que
aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más
mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación
llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de lo que él
quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
– Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
– ¿Qué diablo? – preguntó don Quijote.
– El de las vejigas – respondió Sancho.
– Pues yo le cobraré – replicó don Quijote – , si bien se encerrase con él en los más hondos y escuros calabozos del infi erno.
Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della
satisfaré la pérdida del rucio.
– No hay para qué hacer esa diligencia, señor – respondió Sancho – : vuestra merced temple su cólera, que, según me parece, ya
el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al
pueblo, y el jumento se volvió a su amo.
– Con todo eso – dijo don Quijote – , será bien castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mesmo emperador.
– Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación – replicó
Sancho – , y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por
dos muertes y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como
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son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías
reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura
parecen unos príncipes.
– Pues con todo – respondió don Quijote – , no se me ha de ir
el demonio farsante alabando, aunque le favorezca todo el género
humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca
del pueblo. Iba dando voces, diciendo:
– Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar
a entender cómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven
de caballería a los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los de la carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta,
y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel, sin quedarse
la Reina ni el dios Cupido; y todos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don Quijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadrón,
los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las
piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué
modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que
se detuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo:
– Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa
merced, señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay
arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una
campana de bronce; y también se ha de considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde
está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan
los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no le mueve
a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los que
allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay
ningún caballero andante.
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EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE
– Ahora sí – dijo don Quijote – has dado, Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo
no puedo ni debo sacar la espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si
quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha hecho,
que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertimientos saludables.
– No hay para qué, señor – respondió Sancho – , tomar venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios;
cuanto más, que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa en las
manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacífi camente los días que
los cielos me dieren de vida.
– Pues ésa es tu determinación – replicó don Quijote – , Sancho
bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos
estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más califi cadas aventuras; que yo veo esta tierra de talle, que no han de faltar en ella
muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte
con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron
su viaje, y este felice fi n tuvo la temerosa aventura de la carreta de
la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza
dio a su amo; al cual, el día siguiente, le sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la pasada.

CAPITULO XII
DE LA ESTRANA AVENTURA
QUE LE SUCEDIO AL
VALERO(SO) DON QUIJOTE
CON EL BRAVO CABALLERO DE
LOS ESPEJOS
LA NOCHE que siguió al día del rencuentro de la Muerte
la pasaron don Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión de Sancho, comido don
Quijote de lo que venía en el repuesto del rucio, y entre la cena
dijo Sancho a su señor:
– Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido
en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced
acabara, antes que las crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto,
más vale pájaro en mano que buitre volando.
– Todavía – respondió don Quijote – , si tú, Sancho, me dejaras
acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido,
que y o se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
– Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes – respondió Sancho Panza – fueron de oro puro, sino de oropel o hoja
de lata.
– Así es verdad – replicó don Quijote – , porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran fi nos, sino fi ngidos y apa-
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rentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho,
que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente
a los que las representan y a los que las componen, porque todos
son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos
un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de
la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos
represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia
y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna
comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífi ces, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufi án, otro
el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.
– Sí he visto – respondió Sancho.
– Pues lo mesmo – dijo don Quijote – acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros
los pontífi ces, y, fi nalmente, todas cuantas fi guras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fi n, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban,
y quedan iguales en la sepultura.
– ¡Brava comparación! – dijo Sancho – , aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella
del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su
particular ofi cio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan
y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida
en la sepultura.
– Cada día, Sancho – dijo don Quijote – , te vas haciendo menos
simple y más discreto.
– Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra merced – respondió Sancho – ; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos
frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido
el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído;
la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto
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MIGUEL DE CERVANTES
espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y parecióle ser verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba de manera que le admiraba; puesto que todas o las
más veces que Sancho quería hablar de oposición y a lo cortesano,
acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad al
profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más elegante
y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de
lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso
desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y
a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos,
como él decía cuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio
pasto abundoso y libre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso
mandamiento de su señor que, en el tiempo que anduviesen en campaña, o no durmiesen debajo de techado, no desaliñase a Rocinante:
antigua usanza establecida y guardada de los andantes caballeros,
quitar el freno y colgarle del arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla
al caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad
que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan
trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor
desta verdadera historia hizo particulares capítulos della; mas que,
por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe,
no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su
prosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban,
acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que
le sobraba de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos
atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera tres días;
a lo menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les compelía la hambre a buscar sustento.
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Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes;
y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán
fi rme debió ser la amistad destos dos pacífi cos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos
a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos
los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son:
de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia;
de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque,
y don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo había pasado, cuando le despertó un ruido que sintió a sus espaldas, y, levantándose con sobresalto, se puso a mirar y
a escuchar de dónde el ruido procedía, y vio que eran dos hombres
a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla, dijo al otro:
– Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad
que han menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo
tiempo; y, al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado, manifiesta señal por donde conoció don Quijote que debía de ser caballero andante; y, llegándose a Sancho, que dormía,
le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
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– Hermano Sancho, aventura tenemos.
– Dios nos la dé buena – respondió Sancho – ; y ¿adónde está,
señor mío, su merced de esa señora aventura?
– ¿Adónde, Sancho? – replicó don Quijote – ; vuelve los ojos
y mira, y verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí
se me trasluce, no debe de estar demasiadamente alegre, porque
le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas muestras
de despecho, y al caer le crujieron las armas.
– Pues ¿en qué halla vuesa merced – dijo Sancho – que ésta sea
aventura?
– No quiero yo decir – respondió don Quijote – que ésta sea
aventura del todo, sino principio della; que por aquí se comienzan
las aventuras. Pero escucha, que, a lo que parece, templando está
un laúd o vigüela, y, según escupe y se desembaraza el pecho, debe
de prepararse para cantar algo.
– A buena fe que es así – respondió Sancho – , y que debe de ser
caballero enamorado.
– No hay ninguno de los andantes que no lo sea – dijo don Quijote – . Y escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus
pensamientos, si es que canta; que de la abundancia del corazón
habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero
del Bosque, que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó; y, estando los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:
Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
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A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio
fi n a su canto el Caballero del Bosque; y, de allí a un poco, con voz
doliente y lastimada, dijo:
– ¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que
será posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir
que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos
y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho
que te confi esen por la más hermosa del mundo todos los caballeros
de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos y, fi nalmente, todos los caballeros de la Mancha?
– Eso no – dijo a esta sazón don Quijote – , que yo soy de la Mancha y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan
perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú,
Sancho, que desvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más.
– Sí hará – replicó Sancho – , que término lleva de quejarse un
mes arreo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero
del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
– ¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número
de los contentos, o la del de los afl igidos?
– De los afl igidos – respondió don Quijote.
– Pues lléguese a mí – respondió el del Bosque – , y hará cuenta
que se llega a la mesma tristeza y a la afl ición mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente,
se llegó a él, y Sancho ni más ni menos.
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El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
– Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois,
y de los que profesan la andante caballería, bástame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía,
naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
– Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi
alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo
de las ajenas desdichas. De lo que contaste poco ha, colegí que las
vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella
hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura
tierra, en buena paz y compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas.
– Por ventura, señor caballero – preguntó el del Bosque a don
Quijote – , ¿sois enamorado?
– Por desventura lo soy – respondió don Quijote – ; aunque
los daños que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que por desdichas.
– Así es la verdad – replicó el del Bosque – , si no nos turbasen
la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.
– Nunca fui desdeñado de mi señora – respondió don Quijote.
– No, por cierto – dijo Sancho, que allí junto estaba – ,
porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que
una manteca.
– ¿Es vuestro escudero éste? – preguntó el del Bosque.
– Sí es – respondió don Quijote.
– Nunca he visto yo escudero – replicó el del Bosque – que
se atreva a hablar donde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío,
que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desplegado el labio donde yo hablo.
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