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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha II

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EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE
Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas saltó sobre el ru­cio, y, sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fi esta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo más con él el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulación llegó donde estaba don Quijote, harto más maltrecho de lo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:
– Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
– ¿Qué diablo? – preguntó don Quijote.
– El de las vejigas – respondió Sancho.
– Pues yo le cobraré – replicó don Quijote – , si bien se encer­rase con él en los más hondos y escuros calabozos del infi erno. Sígueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.
– No hay para qué hacer esa diligencia, señor – respondió San­cho – : vuestra merced temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el ru­cio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se volvió a su amo.
– Con todo eso – dijo don Quijote – , será bien castigar el desco­medimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.
– Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación – replicó Sancho – , y tome mi consejo, que es que nunca se tome con far­santes, que es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como
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son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los am­paran, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen unos príncipes.
– Pues con todo – respondió don Quijote – , no se me ha de ir el demonio farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo. Iba dando voces, diciendo:
– Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender cómo se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería a los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y en­tendieron los de la carreta; y, juzgando por las palabras la inten­ción del que las decía, en un instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se cargaron de piedras y se pusier­on en ala, esperando recebir a don Quijote en las puntas de sus gui­jarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo, llegó Sancho, y, viéndole en talle de acometer al bien for­mado escuadrón, le dijo:
– Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señor mío, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y también se ha de considerar que es más te­meridad que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante.
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– Ahora sí – dijo don Quijote – has dado, Sancho, en el pun­to que puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como otras veces muchas te he di­cho, contra quien no fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertimientos saludables.
– No hay para qué, señor – respondió Sancho – , tomar vengan­za de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yo acabaré con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacífi camente los días que los cielos me dieren de vida.
– Pues ésa es tu determinación – replicó don Quijote – , Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más califi cadas aven­turas; que yo veo esta tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este felice fi n tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el día siguiente, le sucedió otra con un enamo­rado y andante caballero, de no menos suspensión que la pasada.
CAPITULO XII
DE LA ESTRANA AVENTURA
QUE LE SUCEDIO AL
VALERO(SO) DON QUIJOTE
CON EL BRAVO CABALLERO DE
LOS ESPEJOS
LA NOCHE que siguió al día del rencuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo de unos altos y som­brosos árboles, habiendo, a persuasión de Sancho, comido don Quijote de lo que venía en el repuesto del rucio, y entre la cena dijo Sancho a su señor:
– Señor, ¡qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las crías de las tres yeguas! En efecto, en efecto, más vale pájaro en mano que buitre volando.
– Todavía – respondió don Quijote – , si tú, Sancho, me dejaras acometer, como yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo me­nos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que y o se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
– Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes – re­spondió Sancho Panza – fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
– Así es verdad – replicó don Quijote – , porque no fuera ac­ertado que los atavíos de la comedia fueran fi nos, sino fi ngidos y apa-
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rentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífi ces, ca­balleros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufi án, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple dis­creto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudán­dose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.
– Sí he visto – respondió Sancho.
– Pues lo mesmo – dijo don Quijote – acontece en la come­dia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífi ces, y, fi nalmente, todas cuantas fi guras se pueden intro­ducir en una comedia; pero, en llegando al fi n, que es cuando se aca­ba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
– ¡Brava comparación! – dijo Sancho – , aunque no tan nue­va que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular ofi cio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
– Cada día, Sancho – dijo don Quijote – , te vas haciendo menos simple y más discreto.
– Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuestra mer­ced – respondió Sancho – ; que las tierras que de suyo son esté­riles y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto
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espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no des­digan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa mer­ced ha hecho en el agostado entendimiento mío.
Rióse don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y pare­cióle ser verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en cu­ando hablaba de manera que le admiraba; puesto que todas o las más veces que Sancho quería hablar de oposición y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de lo que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso desta historia.
En estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía cuando quería dormir, y, desaliñando al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quitó la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su señor que, en el tiempo que anduviesen en cam­paña, o no durmiesen debajo de techado, no desaliñase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón de la silla; pero, ¿quitar la silla al caballo?, ¡guarda!; y así lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor desta verdadera historia hizo particulares capítulos della; mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su prosupuesto, y escribe que, así como las dos bestias se juntaban, acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satis­fechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra parte más de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera tres días; a lo menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les compelía la ham­bre a buscar sustento.
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Digo que dicen que dejó el autor escrito que los había compara­do en la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se podía echar de ver, para universal admiración, cuán fi rme debió ser la amistad destos dos pacífi cos animales, y para con­fusión de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las cañas se vuelven lanzas;
y el otro que cantó:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de cami­no en haber comparado la amistad destos animales a la de los hom­bres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el agradeci­miento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se quedó dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco es­pacio de tiempo había pasado, cuando le despertó un ruido que sin­tió a sus espaldas, y, levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el ruido procedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar de la silla, dijo al otro:
– Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi pa­recer, este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía ar­mado, manifiesta señal por donde conoció don Quijote que de­bía de ser caballero andante; y, llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le volvió en su acu­erdo, y con voz baja le dijo:
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– Hermano Sancho, aventura tenemos.
– Dios nos la dé buena – respondió Sancho – ; y ¿adónde está, señor mío, su merced de esa señora aventura?
– ¿Adónde, Sancho? – replicó don Quijote – ; vuelve los ojos y mira, y verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
– Pues ¿en qué halla vuesa merced – dijo Sancho – que ésta sea aventura?
– No quiero yo decir – respondió don Quijote – que ésta sea aventura del todo, sino principio della; que por aquí se comienzan las aventuras. Pero escucha, que, a lo que parece, templando está un laúd o vigüela, y, según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
– A buena fe que es así – respondió Sancho – , y que debe de ser caballero enamorado.
– No hay ninguno de los andantes que no lo sea – dijo don Qui­jote – . Y escuchémosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta; que de la abundancia del corazón habla la lengua.
Replicar quería Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó; y, es­tando los dos atónitos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:
Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.
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A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un ¡ay!, arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fi n a su canto el Caballero del Bosque; y, de allí a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo:
– ¡Oh la más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! ¿Cómo que será posible, serenísima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya que he hecho que te confi esen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios, todos los castel­lanos y, fi nalmente, todos los caballeros de la Mancha?
– Eso no – dijo a esta sazón don Quijote – , que yo soy de la Man­cha y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero ya vees tú, Sancho, que desvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más.
– Sí hará – replicó Sancho – , que término lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue así, porque, habiendo entreoído el Caballero del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamen­tación, se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
– ¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por ventura de la del número de los contentos, o la del de los afl igidos?
– De los afl igidos – respondió don Quijote.
– Pues lléguese a mí – respondió el del Bosque – , y hará cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la afl ición mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni más ni menos.
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El caballero lamentador asió a don Quijote del brazo, diciendo:
– Sentaos aquí, señor caballero, que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballería, bástame el haberos hal­lado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondió don Quijote:
– Caballero soy, y de la profesión que decís; y, aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las des­venturas, no por eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas. De lo que contaste poco ha, colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena paz y compañía, como si al romper del día no se hu­bieran de romper las cabezas.
– Por ventura, señor caballero – preguntó el del Bosque a don Quijote – , ¿sois enamorado?
– Por desventura lo soy – respondió don Quijote – ; aunque los daños que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se de­ben tener por gracias que por desdichas.
– Así es la verdad – replicó el del Bosque – , si no nos turbasen la razón y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, pare­cen venganzas.
– Nunca fui desdeñado de mi señora – respondió don Quijote.
– No, por cierto – dijo Sancho, que allí junto estaba – , porque es mi señora como una borrega mansa: es más blanda que una manteca.
– ¿Es vuestro escudero éste? – preguntó el del Bosque.
– Sí es – respondió don Quijote.
– Nunca he visto yo escudero – replicó el del Bosque – que se atreva a hablar donde habla su señor; a lo menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya desple­gado el labio donde yo hablo.
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