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Rollitos de chocolate con plátano

• 1 tableta de chocolate negro para fundir (250 g)

• 1 lata pequeña de leche condensada

• 3 ó 4 plátanos maduros

• masa para rollitos 'Spring' (paquetes de 30 hojas)

1. Funde el chocolate, añade la leche condensada y los plátanos maduros y mezcla bien.

2. Corta cada hoja de masa para rollitos en cuatro partes iguales para que sean pequeños.

3. Coloca un poco de relleno en el centro de la hoja del rollito y empieza doblando los laterales para que se cierre del todo y no se salga el relleno cuando se haga en la sartén.

4. Frielos en aceite de girasol justo antes de servir, para que el chocolate esté un poco líquido.

5. Se puede acompañar con helado de plátano y vainilla. Decóralos con unas nueces cantonesas.

El consejo de Cris: Al hacer el rollito, píntalo con aceite de girasol, que se haga en el horno, y al sacarlo lo rocías con miel y lo adornas con nueces cantonesas (como garrapiñadas, pero envueltas en semillas de sésamo).

Parte II los textos según el ámbito social en que se emplean

TEXTO 1

Dolores de cabeza

Los dolores de cabeza no emanan en realidad del cerebro. Nacen de irritaciones en estructuras vecinas: la piel, las articulaciones, los músculos, los nervios o los vasos sanguíneos. El tejido cerebral, encerrado en el protector recinto del cráneo, no ha desarrollado en su evolución la capacidad de reaccionar a las sensaciones de presión. Los dolores de cabeza se clasifican en primarios y secundarios. Los secundarios son síntomas de otra dolencia. Hay numerosas causas, desde un nervio pinzado a una sinusitis. La mayoría de las cefaleas, sin embargo, son primarias, es decir, no son síntomas, sino el problema en sí. En este caso, que abarca las cefaleas debidas a la tensión muscular y las migrañas, el dolor procede quizá de una misma ruta neuroquímica en el cerebro. La cadena empieza cuando los centros cerebrales del dolor se activan. Segregan serotonina y norepinetrina, que dilatan los vasos sanguíneos de las meninges que rodean el cerebro. El flujo sanguíneo crece. Al hincharse los vasos, tensan las neuronas circundantes y éstas emiten señales al sistema trigeminal, área del cerebro que controla los mensajes de dolor de la cabeza y él rostro. Sentimos entonces la cefalea. Otra cosa es por qué se inicia esta ruta. Algunas circunstancias hacen más probable el dolor de cabeza. Los desencadenantes pueden ser internos (los cambios hormonales durante la menstruación, por ejemplo) o procedentes del entorno (el estrés o la falta de sueño). La verdad es que aún no se sabe bien cómo se transforman esos desencadenantes en señales químicas.

TEXTO 2

«He aquí, pues, un primer paso: lo que define al hombre moderno es su estado de ánimo. Precisemos. ¿Qué queremos decir con ello? Sometamos esa expresión a una sencilla manipulación para averiguar su riguroso significado. Busquémosla en el Diccionario de la Academia. Textualmente dice:

ANIMO, m. Alma o espíritu, en cuanto es principio de la actividad humana. || Valor, esfuerzo, energía. || Intención, voluntad. || Fig. Atención o pensamiento.

Si a través de estas explicaciones del Diccionario quisiésemos saber lo que es un estado de ánimo, lograríamos expresiones equivalentes, pero menos exactas, como estado de alma o espíritu, o bien caeríamos en una dirección defectuosa, porque las ideas de valor, esfuerzo, energía, intención, voluntad nos conducen a pensar en un determinado estado de ánimo, pero no en nuestro presente estado de ánimo. Este es el contraste que queríamos destacar para poder avanzar en el análisis.

Hace poco tiempo hablaba en mi clínica V. Weizsaecker, a propósito de la patología psicosomática, de esa especial y misteriosa entidad humana que llamamos ánimo. Dialogando sobre las dificultades de definición, me dijo: «Una vez hice experiencias con mescalina. En plena intoxicación me sentí en una situación especial: el mundo externo me era indiferente. Los estímulos no me acuciaban, mis pensamientos y mis sentimientos cursaban como si yo no participase de ellos; aquello era un estado de ánimo». Es decir, como una experiencia intejna del ser sobre la que flotan y en la que se insertan nuestros sentimientos, emociones y pasiones. Estado de ánimo es, a mi modo de ver, la percepción de las entrañas de la vitalidad. La vida humana se nos ofrece con determinadas notas externas, pero las vivimos como una serie consecutiva de estados de ánimo que recortan nuestro ser en cada circunstancia determinada. Los objetos del mundo físico se conciben sumergidos en el éter; los acontecimientos del mundo interior los concebimos como transcurridos en un ambiente especial: el estado de ánimo, que es como el éter de la persona humana.

El estado de ánimo es el modo fundamental de situarse en la vida. La vida exterior, la vida del cosmos, es un puro cambio; la vida interna también lo es, y entre ambas influencias se logra, sin embargo, una cierta zona de confluencia, que es nuestro estado de ánimo. En él se refleja el encontrarse con... ¿Con qué? Con la vida misma. Encontrarse bien o mal, alegre o triste, esperanzado o sumido en la más negra desesperación, cien expresiones del lenguaje de todos los días nos señalan cuánta importancia concedemos a nuestro estado de ánimo».

TEXTO 3

EL advenimiento de las masas, al acrecentarse extraordinariamente los desheredados de la fortuna, es lo que mejor caracteriza la evolución social durante esta centuria. El proletariado, o sea, el obrero que no posee otros bienes que su trabajo personal, se constituyó a mediados del siglo XIX como clase social poderosa (Cuarto Estado). Desaparecida por completo la antigua relación gremial, los enriquecidos industriales de la primera mitad de esta centuria, para aumentar sus ingresos no vacilaron en mantener duras, insanas y crueles condiciones de vida y trabajo para sus operarios (sobraba la mano de obra) amparándose en el liberalismo económico que exigía, como ya dijimos, el apartamiento estatal de toda intervención en el régimen de la producción y el trabajo. El empresario capitalista considera al obrero como un factor «material» más de la producción, al que retribuye con un salario determinado, a veces pagado en especie. El régimen de mano barata indujo a emplear también mujeres y niños, que con los hombres trabajaban noche y día hasta agotarse en minas y en aquellas malsanas fábricas-prisiones. Ninguna ley de previsión social daba al operario esperanzas para el futuro, apenas se prestaba atención a la salubridad, al descanso y al embellecimiento, la rationalización industrial había roto los antiguos vínculos de amistad que unían a empresarios y obreros, las nuevas máquinas quitaban su trabajo a muchos obreros y el exceso de producción frecuentemente producía el paro; la desmoralización del trabajador, descristianizado además por la vida urbana, condujo a una desunión social y a una reacción por parte del proletariado que colectivamente busca, dirigido por los teóricos del socialismo, reformas positivas y materialistas que resuelvan en parte la evidente desigualdad económica y sus justos derechos (aumento de salario, reducción de la jornada de trabajo, seguro de vejez, previsión de accidentes, etc.). Este movimiento social colectivo llevó a una lucha de clases, por lo general violenta, que resolvió una parte del problema del trabajo en este siglo.

Antonio Palomegue Torres, Historia Universal

TEXTO 4

DIANA. Apartaos, dadme lugar,

no le digáis necedades.

Déme vuestra señoría

las manos, señor Teodoro.

TEODORO. Agora esos pies adoro,

y sois más señora mía.

DIANA. Salios todos allá;

dejadme con él un poco.

MARCELA. ¿Qué dices, Fabio?

FABIO. Estoy loco.

DOROTEA. ¿Qué te parece?

ANARDA. Que ya

mi ama no querrá ser

el perro del hortelano.

DOROTEA. ¿Comerá ya?

ANARDA. Pues ¿no es llano?

DOROTEA. Pues reviente de comer.

Vayanse los criados.

DIANA. ¿No te vas a España?

TEODORO. ¿Yo?

DIANA. No dice vuseñoría:

«Yo me voy, señora mía,

yo me voy, el alma no».

TEODORO. Burlas de ver los favores

de la fortuna.

DIANA. Haz extremos.

TEODORO. Con igualdad nos tratemos,

como suelen los señores,

pues todos los somos ya.

DIANA. Otro me pareces.

TEODORO. Creo

que estás con menos deseo;

pena el ser tu igual te da.

Quisiérasme tu criado,

porque es costumbre de amor

querer que sea inferior

lo amado.

DIANA. Estás engañado,

porque agora serás mío

y esta noche he de casarme

contigo.

TEODORO. No hay más que darme;

fortuna, tente.

DIANA. Confío

que no ha de haber en el mundo

tan venturosa mujer.

Vete a vestir.

TEODORO. Iré a ver

el mayorazgo que hoy fundo,

y este padre que me hallé

sin saber cómo o por dónde.

DIANA. Pues adiós, mi señor conde.

TEODORO. Adiós, condesa.

DIANA. Oye.

TEODORO. ¿Qué?

DIANA. ¡Qué! Pues ¿cómo a su señora

así responde un criado?

TEODORO. Está ya el juego trocado,

y soy yo el señor agora.

DIANA. Sepa que no me ha de dar

más celitos con Marcela,

aunque este golpe le duela.

TEODORO. No nos solemos bajar

los señores a querer las criadas.

DIANA. Tenga cuenta con lo que dice.

TEODORO. Es afrenta.

DIANA. Pues ¿quién soy yo?

TEODORO. Mi mujer. Vayase.

DIANA. No hay más que desear; tente, fortuna,

como dijo Teodoro, tente, tente.

Lope de Vega, fragmento de “El perro del hortelano”

TEXTO 5

Sonó la trompeta, abrió el toril su ancha y sombría boca y salió un toro negro a la plaza.

—¡Ese es Medianoche! —Gritaba el gentío.

Medianoche era el toro de la corrida, como si dijéramos el rey de la función.

Medianoche, sin embargo, no salió de carrera, cual saien todos, como si fueran a buscar su libertad, sus pastos, sus desiertos. Él quería, antes de todo, vengarse; quería acreditar que no sería juguete de enemigos despreciables; quería castigar. Al oír la acostumbrada gritería que lo inundaba se quedó parado.

Los primeros que llamaron la atención del terrible animal fueron los picadores. Embistió al primero y lo tiró al suelo. Hizo lo mismo con el segundo sin detenerse y sin que la pica bastase a contenerle o hiciese más que herirle ligeramente. El tercer picador tuvo la misma suerte que los otros.

Entonces el toro, con las astas y la frente teñidas de sangre, se plantó en medio de la plaza, alzando la cabeza hacia el tendido, en donde salía una gritería espantosa, excitada por la admiración de tanta bravura.

Los chulos sacaron a los picadores a la bairera. Uno tenía una pierna rota y se lo llevaron a la enfermería. Los otros dos se fueron en busca de otros caballos. También montó el sobresaliente, y mientras que los chulos llamaban la atención del animal con las capas, los tres picadores ocuparon sus puestos respectivos con las garrochas en ristre.

Dos minutos después de haberlos divisado el toro, yacían los tres en la arena. El uno tenía la cabeza ensangrentada y había perdido el sentido. El otro se encarnizó en el caballo, cuyo destrozado cuerpo servía de escudo al malparado jinete.

Pepe Vera salió entonces armado a la lucha. Después de haber saludado a la au-toridad, se plantó delante de María y le brindó el toro.

Él estaba pálido; María, encendida y los ojos saltándosele de las órbitas. Su res-piración era ruidosa y agitada como el estertor del que agoniza. Apoyaba su cuer¬po en la barandilla y tenía clavadas en ella las uñas, porque María amaba a aquel hombre joven y hermoso, a quien veía tan sereno delante de la muerte.

Fernán Caballero, La Gaviota

TEXTO 6

Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, me­jor», decía José Arcadio Buendía, de buen humor. «Así nos rendirá más la vida». Pero la india les explicó que lo más temible de la enfer­medad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuer­po no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el en­fermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la concien­cia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasa­do. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indíge­nas. (...)

Al cabo de varias semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía se encontró una noche dando vuel­tas en la cama sin poder dormir. (...) No durmieron un minuto, pero al día siguiente se sentían tan cansados que se olvidaron de la mala noche. No se alarmaron hasta el tercer día, cuando a la hora de acostarse se sintieron sin sueño, y cayeron en la cuenta de que llevaban más de cincuenta horas sin dormir. (...)

Habían contraído, en efecto, la enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su madre el valor medicinal de las plantas, pre­paró e hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero no consi­guieron dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos. En ese estado de alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros. (...) Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Niños y adultos chupaban en­cantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos pe­ces rosados del insomnio y los tiernos caballitos amarillos del insom­nio, de modo que el alba del lunes sorprendió despierto a todo el pueblo. (...)

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había in­vadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sa­bía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciéna­ga (...) Todos los forasteros (...) tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaba sano. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la boca.

Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad”

TEXTO 7

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que con­gregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un la­berinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Ba­bilonia (para hacer burla) de la simplicidad de su huésped lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces im­ploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profi­rieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus ca­pitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: «¡Oh, rey del tiempo y sustancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con mu­chas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni mu­ros que te veden el paso.»

Luego le desató las ligadura y lo abandonó en mitad del des­ierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.

Jorge Luis Borges, “Los dos reyes y los dos laberintos”

TEXTO 8

«¡MI AMOR adorado, estoy muriéndome y sólo deseo verte!» ¡Ay! Aquella carta de la pobre Concha se me extravió hace mucho tiempo. Era llena de afán y de tristeza, perfumada de violetas y de un antiguo amor. Sin concluir de leerla la besé. Hacía cerca de dos años que no me escribía, y ahora me llamaba a su lado con súplicas dolorosas y ardientes. (...) ¡Triste destino el de los dos! El viejo rosal de nuestros amores volvía para deshojarse piadoso sobre una sepultura. ¡La pobre Concha se moría! (...) Pasé la velada solo y triste, sentado en un sillón cerca del fuego. Estaba ador­mecido y llamaron a la puerta con grandes aldabadas, que en el silencio de las grandes horas pare­cieron sepulcrales y medrosas. Me incorporé sobresaltado y abrí la ventana. Era el mayordomo que había traído la carta de Concha, que venía a buscarme para ponernos en camino. (...)

Yo recordaba vagamente el Palacio de Brandeso, donde había estado de niño con mi madre, y su antiguo jardín y su laberinto que me asustaba y me atraía (...) El jardín tenía una puerta de arco, y labrados en piedra, sobre la cornisa cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes. ¡Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos! A la vista del Palacio nuestras mulas fatigadas trotaron alegremente hasta detenerse en la puerta llamando con el casco (...) Concha oyó mis pasos, y gritó desde el fondo de la estancia con la voz angustiada:

— ¡Ya llegas!... ¡Ya llegas, mi vida! (...)

Yo sentí toda la noche a mi lado aquel pobre cuerpo donde la fiebre ardía, como una luz sepul­cral en un vaso de porcelana tenue y blanco. La cabeza descansaba sobre la almohada, envuelta en una ola de cabellos negros que aumentaba la mate lividez del rostro, y su boca sin color, sus meji­llas dolientes, sus sienes maceradas, sus párpados de cera velando los ojos en las cuencas descar­nadas y violáceas, le daban la apariencia espiritual de una santa muy bella consumida con la peni­tencia y el ayuno. El cuello florecía de los hombros como un lirio enfermo, los senos eran dos rosas blancas aromando un altar, y los brazos, de una esbeltez delicada y frágil, parecían las asas del ánfora rodeando su cabeza (...) Concha tenía la palidez delicada de una Dolorosa, y era tan bella, así demacrada y consumida, que mis ojos, mis labios y mis manos hallaban todo su deleite en aquello mismo que me entristecía. Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasa­do, tan locamente como aquella noche.

Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entreabrieron tardos, y bajo mis ojos vi apa­recer sus ojos angustiados y sin luz:

— ¡Concha! ¡Concha!...

Me incorporé sobre la almohada, y helado y prudente solté sus manos aún enlazadas en torno de mi cuello. Parecían de cera. Permanecí indeciso, sin osar moverme (...) A lo lejos aullaban canes. Sin ruido me deslicé hasta el suelo y contemplé aquel rostro ya deshecho y mi mano trémula tocó aque­lla frente. El frío y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no podía responderme. Pensé huir y cauteloso abrí una ventana. Miré en la oscuridad con el cabello erizado, mientras en el fondo de la alcoba flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujías del candelabro de plata. Los perros seguían aullando muy distantes, y el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas (...) Después súbitamente recobrado, encendí todas las luces del candelabro y lo colo­qué en la puerta para que me alumbrase el corredor. Volví, y mis brazos estrecharon con pavura el pálido fantasma que había dormido en aquellos tantas veces. Salí con aquella fúnebre carga.

Valle-Inclán, “Sonata de otoño”

TEXTO 9

(...) Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres. (...) Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca en los dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda (...) De golpe Mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... (...) «Esta mañana Ni­co preguntó por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la pri­ma Matilde se había caído y tenía una clavícula sacada, los perros es­taban bien. Pero Nico había preguntado por ellos. (...)

Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Se­guía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo esperaba con su son­risa amistosa, el rostro parecía haberse desdibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el color, y el relieve. (...) No, no le mostraría la carta. (...) Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no hubiese llegado carta de ma­má. Barajaro las hipótesis usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado (...). Una quincena más tarde reconoció el sobre familiar. Guardó el sobre antes de salir a la ca­lle y contestar al saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos días después había empezado a ras­carse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la peste al Negro. (...) La señora de al lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre había si­do muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. (...) Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se ha­bía quemado el brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.

Después había como una estrellita azul y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba a Eu­ropa como parecía, pero eso era el destino de los viejos, los hijos son go­londrinas que se van un día, hay que tener resignación mientras el cuerpo vaya tirando.

Julio Cortázar, “Las armas secretas”

TEXTO 10

(...) Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café tropezando a los clientes con su tremendo trasero. Doña Rosa dice con frecuencia leñe y nos ha merengao. Para doña Rosa, el mundo es su café, y al­rededor de su café, todo lo demás. (...) A doña Rosa lo que le gusta es arrastrar sus arrobas, sin más ni más, por entre las mesas. Fuma ta­baco de noventa y cuando está a solas, y bebe ojén, buenas copas de ojén, desde que se levanta hasta que se acuesta. Después tose y sonríe. Cuando está de buenas, se sienta en la cocina, en una ban­queta baja, y lee novelas y folletines, cuanto más sangrientos, mejor: todo alimenta. Entonces le gasta bromas a la gente y les cuen­ta el crimen de la calle de Bordadores o el expreso de Andalucía.

(...) Doña Rosa tiene la cara llena de manchas, parece que está siem­pre mudando la piel como un lagarto. Cuando está pensativa, se distrae y se saca virutas de la cara, largas a veces como tiras de ser­pentinas. Después vuelve a la realidad y se pasea otra vez, para arriba y para abajo, sonriendo a los clientes, a los que odia en el fon­do, con sus dientecillos renegridos, llenos de basura.

Don Leonardo Meléndez debe seis mil duros a Segundo Segura, el limpia. El limpia, que es un grullo, que es igual que un grullo raquítico y entumecido, estaba ahorrando durante un montón de años para después prestárselo todo a don Leonardo. Le está bien empleado lo que le pasa. Don Leonardo es un punto que vive del sa­ble y de planear negocios que después nunca salen . No es que salgan mal, no; es que, simplemente, no salen, ni bien ni mal. Don Le­onardo lleva unas corbatas muy lucidas y se da fijador en el pe­lo, un fijador muy perfumado que huele desde lejos. Tiene aires de gran señor y un aplomo inmenso (...). A los acreedores los trata a patadas y los acreedores le sonríen y le miran con aprecio, por lo menos por fuera. (...) A don Leonardo, lo que más le gusta decir son dos cosas: palabritas en francés, como por ejemplo, madame y rué y cravate, y también, nosotros los Meléndez. Don Leonardo es un hombre culto, un hombre que denota saber muchas cosas. Jue­ga siempre un par de partiditas de damas y no bebe nunca más que café con leche. A los de las mesas próximas que ve fumando tabaco ru­bio les dice, muy fino: ¿me da usted un papel de fumar? Quisiera liar un pitillo de picadura, pero me encuentro sin papel. Enton­ces el otro se confía: no, no gasto. Si quiere usted un pitillo hecho.... Don Leonardo pone un gesto ambiguo y tarda unos segundos en res­ponder: bueno, fumaremos rubio por variar. A mí la hebra no me gusta mucho, créame usted. A veces el de al lado le dice no más que no: no, papel no tengo, siento no poder complacerle...., y entonces don Leonardo se queda sin fumar.

Camilo José Cela, “La Colmena”

TEXTO 11

A poco de celebrarse las dos bodas [de sus hijos], se trasladó doña Paca de la calle del Almendro a la Imperial buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo no le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habían reducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastaba para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del mes se pasaban en angustiosos arbitrios i para reunir cuartos, cosa en extremo difícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédi­to en tiendas o en cajones de la plaza se había agotado. De los hijos na­da podía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente su subsistencia. La situación era, pues, desesperada. Por aquellos días, hi­zo Benina prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a su ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como te­nía conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores ex­celente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precio ín­fimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o re­pollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para po­bres, que ocupaban casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistades y relaciones, y con poquísimo dinero o sin ninguno a veces, to­mando al fiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos o lentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas por­querías que presentaba a la señora como artículo de mediana clase.

Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermeda­des, conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gus­to y apetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquel caso de las más rebeldes porque en las farmacias, llamadas tiendas de co­mestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos, emplean­do la actividad corpórea, la atención intensa y la inteligente travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien, con delicade­zas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía, y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para compensar­la, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Se conformaba ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando Doña Paca quedase satisfecha.

La situación llegó a ser un día tan extremadamente angustiosa, que la he­roica anciana, cansada de mirar a cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el crédito en las tiendas, cerrados todos los ca­minos, no vio más arbitrio para continuar la lucha que poner su cara en ver­güenza saliendo a pedir limosna. Lo hizo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, y siguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el triste oficio mendicante, privándola en absoluto de cualquier otro medio de atender a los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no po­día menos de llegar y permanecer allí hasta la muerte, por ley social, eco­nómica, si es que así se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tanta desventura, armó el enredo de que le había salido una bue­na proporción de asistencia, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadoso como adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingido personaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D. Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenues­tros para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por quien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las no­ches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedía noti­cias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta la casa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladas referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.

Benito Pérez Galdós, “Misericordia”

TEXTO 12

EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE SORIA

SECRETARÍA GENERAL

(RECURSOS HUMANOS)

DON GONZALO GÓMEZ SAIZ, SECRETARIO GENERAL DE LA EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE SORIA,

CERTIFICO.- Que de los documentos obrantes en esta Secretaría de mi cargo, resulta, que Da MARÍA JESÚS JIMÉNEZ SÁNCHEZ, con DNI 72878095N, Aux. de Enfermería de la Residencia Sor María de Jesús, de Agreda, tiene concedida Excedencia por cuidado de hijo hasta el día 6 de Julio de 2009.

Y para que conste y a petición de la interesada extiendo la presente certificación que sello y visa el Ilmo. Sr. Presidente de la Corporación, en Soria, a veinticuatro de Febrero de dos mil nueve.

Vº Bº

EL PRESIDENTE

(firma)

TEXTO 13

DOÑA ANA CRISTINA NOGUEIRA RAMADAS, REGISTRADORA DE LA PROPIEDAD DE PONTEVEDRA NÚMERO DOS, PROVINCIA DE PONTEVEDRA, COMUNIDAD DE GALICIA.

CERTIFICO:

Que en vista del precedente documento, presentado a las trece horas y cincuenta minutos del día diecinueve de enero de dos mil nueve, he examinado en todo lo necesario los libros del archivo de mi cargo y de los mismos resulta:

A) La FINCA DE MARÍN N°: 16437, tiene la descripción que a continuación se dice:

URBANA.- DEPARTAMENTO NUMERO VEINTE.- VIVIENDA INTERIOR, señalada con la Letra A, ubicada en el a la Este de la quinta planta alta de! edificio sito en la calle Ezequiel Massoni numero quince de la villa de Marin Tiene una superficie útil de ochenta y cinco metros cincuenta y siete decímetros cuadrados y una terrraza de quince metros veintisiete decímetros cuadrados. Esta distribuida en: hall, pasillo, salón comedor, cocina, tendedero, dos cuartos de baño y tres dormitorios.

REFERENCIA CATASTRAL.- 4832048NG2943S0020RL

B) Que según resulta del Registro su titularidad es la siguiente:

Consta inscrita a favor de DON ANTONIO CALVAR SANTOS, soltero, con D.N.I./N.I.F. 52490614Z. y a íavor de DOÑA ROSANA LORENZO IGLESIAS, soltera, con D.N.I./N.I.F. 53.110.672-S, en pleno dominio, por iguales partes indivisas por título de compra, según la inscripción 6ª, de fecha 4 de Septiembre de 2.003, al folio 121, del Libro 234 del término municipal de Marin, Tomo 902 del Archivo.

Y para que conste, todo ello, lo extiendo y expido en el presente folio de papel especial distribuido por el Colegio de Registradores para certificaciones, en Pontevedra a veintiuno de Enero de dos mil nueve.

(firma)

TEXTO 14

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