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Pongamos que hablo de Madrid

Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quincenas, tan globalmente adquiridas para el prestigio de una dinastía, tan dotadas de tesoros —por otra parte— que puedan ser olvidados los no realizados a su tiempo, tan proyectadas sin pasión pero con concupiscencia hacia el futuro, tan desasidas de una auténtica nobleza, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué sino de un modo elemental y físico como el del campesino joven que de un salto cruza el río, tan embriagadas de sí mismas aunque en verdad el licor del que están ahitas no tenga nada de embriagador, tan insospechadamente en otro tiempo prepotentes sobre capitales extranjeras dotadas de dos catedrales y de varias colegiatas mayores y de varios palacios encantados —un palacio encantado al menos para cada siglo —, tan incapaces para hablar su idioma con la recta entonación llana que le dan los pueblos situados hacia el norte a doscientos kilómetros de ella, tan sorprendidas por la llegada de un oro que puede convertirse en piedra pero que tal vez se convierta en carrozas y troncos de caballos con gualdrapas doradas sobre fondo negro, tan carentes de una auténtica judería, tan llenas de hombres serios cuando son importantes y simpáticos cuando no son importantes, tan vueltas de espalda a toda naturaleza — por lo menos hasta que en otro sitio se inventaron el tren eléctrico y la telesilla —, tan agitadas por tribunales eclesiásticos con relajación al brazo secular, tan poco visitadas por individuos auténticos de la raza nórdica, tan abundantes de torpes teólogos y faltas de excelentes místicos, tan llenas de tonadilleras y llenas de autores de comedias de costumbres, de comedias de enredo, de comedias de capa y espada, de comedias de café, de comedias de punto de honor, de comedias de linda tapada, de comedias de bajo coturno, de comedias de salón francés, de comedias del café no de comedia dell'arte, tan abufaradas de autobuses de dos pisos que echan humo cuanto más negro mejor sobre aceras donde va la gente con gabardina los días de frío, que no tienen catedral.

TEXTO 7

Una madre relata a sus amigos el caso de su hija de doce años, que, con ocasión de encontrarse junto a un río con otros pequeños, y habiendo caído uno de éstos al agua, se lanzó valerosamente a la corriente y salvó su vida. La madre, orgullosa, terminó su relato con esta frase admirativa: "Desde luego, mi hija se ha portado como un..."

Llegada aquí, la madre titubea y termina diciendo: "se ha portado fantásticamente".

¿Qué ha pasado en esta hablante? El lector lo habrá imaginado. (¿Por qué el lector y no la lectora?) Su primer impulso fue decir "como un hombre" o "como un verdadero hombre", pero enseguida comprendió que la expresión no cuadraba. Intentó sustituir "hombre" por "mujer", pero el resultado no era el que ella quería. Al final, tuvo que recurrir a otra frase.

Una persona ofendida escribe al director de una revista: "Espero de su caballerosidad que usted publicará esta carta...". Pero el director de la revista resulta ser una mujer, cosa que ignora quien escribe. ¿Qué pensar de la palabra "caballerosidad" empleada en este contexto?

Con estos ejemplos triviales se pone de manifiesto el hecho de cómo muchas palabras que expresan cualidades, actitudes, etc, tradicionalmente tenidas por "viriles", han quedado acuñadas tan masculinamente que cuando queremos aplicarlas a una mujer (o mejor todavía, a persona de sexo no conocido) el resultado es un titubeo. Es el caso de voces como hidalguía, caballerosidad, hombría de bien, etc. Su existencia es expresiva de la identificación subconsciente de varón con persona, típica de toda sociedad patriarcal.

Álvaro García Messeguer, Lenguaje y discriminación sexual

TEXTO 8

Los mimos siempre han sabido que los movimientos corporales de un hombre son tan personales como su firma. Los novelistas también saben que, con frecuencia, reflejan su carácter.

Las investigaciones acerca de la comunicación humana a menudo han descuidado al individuo en sí. No obstante, es obvio que cualquiera de nosotros puede hacer un análisis aproximado del carácter de un individuo basándose en su modo de moverse —rígido, desenvuelto, vigoroso—, y la manera en que lo haga representa un rasgo bastante estable de su personalidad.

Tomemos por ejemplo la simple acción de caminar: levantar en forma alterna los pies, llevarlos hacia adelante y colocarlos sobre el piso. Este solo hecho nos puede indicar muchas cosas. El hombre que habitualmente taconee con fuerza al caminar nos dará la impresión de ser un individuo decidido. Si camina ligero, podrá parecer impaciente o agresivo, aunque si con el mismo impulso lo hace más lentamente, de manera más homogénea, nos hará pensar que se trata de una persona paciente y perseverante. Otra lo hará con muy poco impulso —como si cruzando un trozo de césped tratara de no arruinar la hierba— y nos dará una idea de falta de seguridad. Como el movimiento de la pierna comienza a la altura de la cadera, hay otras variaciones. El hecho de levantar las caderas exageradamente da impresión de confianza en sí mismo; si al mismo tiempo se produce una leve rotación, estamos ante alguien garboso y desenfadado. Si a esto se le agrega un poco de ritmo, más énfasis y una figura en forma de guitarra, tendremos la forma de caminar que, en una mujer, hará volverse a los hombres por la calle.

Esto representa el "cómo" del movimiento corporal, en contraste con el "qué": no el acto de caminar sino la forma de hacerlo.

Flora Davis, La comunicación no verbal

TEXTO 9

La araña

Al observar con atención los movimientos de una araña, tú mismo comienzas a producir enseguida un jugo mental que adopta las formas de una red en la que caen ideas con apariencia de insecto. Cada vez que se produce un golpe en el tejido, has de acudir deprisa hacia la idea atrapada en él e inyectarle un veneno líquido que la inmovilice sin matarla, para que se mantenga fresca hasta la hora de la comida. Así es como vienen trabajando las arañas y los sabios, desde Platón a Einstein, desde Confucio a Hawking.

Es cierto que no siempre caen en la trampa teorías de la relatividad, manzanas de Newton o principios de Arquímedes; sería tanto como que en la tela de la araña cayeran sin cesar libélulas o caballitos del diablo. Pero si tienes paciencia, y tu malla reflexiva es capaz de resistirlo, puedes cazar un moscardón que te mantenga mentalmente ocupado media vida. No es lo mismo un moscardón que una mariposa, pero todas las ideas, por groseras que parezcan, llevan el abdomen cargado de melazas suculentas como la intuición o licores ácidos como el presentimiento.

La araña, pues, más que cuerpos físicos, atrapa conceptos; ella misma parece el producto de una idea. Observándola con detenimiento te das cuenta de que la realidad, antes que un artefacto dotado de volumen, es una forma de meditación imperfecta, un pensamiento sin pulir, lleno de grumos, que nos distraen de la meditación trascendental precisa para completar nuestra metamorfosis. De ahí la sensación de estar inacabados y la conveniencia de contemplar el pensamiento textil de las arañas, porque su reflejo produce eii nosotros la secreción de un tejido mental en el que podría caer atrapada una idea envolvente y sutil de la que surgiríamos, como la oruga, convertidos al fin en mariposas.

TEXTO 10

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