- •Ven a verme
- •Viejo Rathaus
- •Igor parecía avergonzado por esto.
- •Igor miró los dibujos otra vez.
- •Incluso el acobardado retador farfulló con los demás a coro:
- •Informalmente, la visita era también una manera delicada de asegurarse de que tomara su medicina y de que no estuviera notablemente loco.
- •Igor estaba esperando junto a la puerta de calle cuando el Dr. Hopkins llegó a ella. Le saludó con la cabeza.
- •Varios se secaron el sudor de sus ojos y trotaron hacia el podio, aliviados por escuchar cualquier tipo de orden, mientras que detrás de ellos los Aplazadores aullaban.
- •Veo las perillas de color que se mueven...
- •Igor tenía que admitirlo. Cuando se trataba de hacer cosas raras, los sensatos derrotaban a los locos.
- •Igor le miró furioso, pero tomó las botellas.
- •Igor se puso tenso. Nunca antes había escuchado ese tono en la voz de Jeremy. En la voz de un amo, era un mal tono.
- •Igor se cuadró rígidamente, tan derecho como podía lograr el promedio de los Igors, y casi cerró la puerta detrás de su señoría mientras salía aprisa del edificio bajando los escalones.
- •Igor realmente tenía las manos de su abuelo. Y ahora se estaban cerrando en puños, completamente por sí mismas.
- •Igor retorció la cara y golpeó su sien un par de veces con la palma de la mano.
- •Igor hizo una mueca. Con respecto a su equipaje, los contadores eran probablemente peores noticias que los abogados.
- •Igor hizo una mueca, pero había que pensar en el Código.
- •Vio que el Dr. Hopkins trataba de poner la taza en los labios de Jeremy. El muchacho se puso las manos sobre la cara y lanzó un codazo a la taza, derramando la medicina a través del piso.
- •Igor miró desde él hasta Lady LeJean y hacia él.
- •Volvió a mirar las botellas, y una idea espontánea surgió en su mente.
- •Varias docenas de Auditores los estaban desarmando en sus moléculas componentes.
- •Ignore este cartel.
- •Volvió sobre Susan una mirada como una lanza térmica.
- •Investigó el tazón de su pipa con un fósforo.
- •Voy a esperar aquí durante un rato.
- •Incluso con turrón, puedes tener un momento perfecto.
- •Notas al final
Voy a esperar aquí durante un rato.
—¿Por qué?
POR LAS DUDAS.
—Ah.
SÍ.
Fue unos minutos después que Muerte extendió la mano dentro de su túnica y sacó un biómetro pequeño y ligero, lo suficiente para haber sido diseñado para una muñeca. Le dio media vuelta.
—Pero... yo morí —dijo la sombra de Unidad.
SÍ, dijo Muerte. ÉSTA ES LA SIGUIENTE PARTE...
Tick
Emma Robertson estaba sentada en el aula con la frente arrugada, masticando su lápiz. Entonces, más bien despacio pero con el aire de alguien comunicando grandes secretos, se puso a trabajar.
Fuimos a Lanker donde hay brujas son amables cultivan ierbas. Conocimos esta bruja era muy alegre y nos cantó un canto sobe un puerco tenía palabras difíciles. Jason trató de patear su gato lo persigue hasta arriba de un árbo. Ahora sé mucho sobre brujas no tienen verrugas no te comen son exactamente como tu abuelita excepto que tu abuelita no sabe palabras difíles.
En su alto escritorio Susan se relajó. No había nada como un aula de cabezas inclinadas. Un buen maestro usaba cualquier material que tuviera a la mano, y llevar a la clase a visitar a la Sra. Ogg fue una educación en sí misma. Dos educaciones.
Un aula marchando bien tenía su propio aroma: una pizca de virutas de lápiz, pinturas al agua, insecto palo muerto tiempo atrás, cola y, por supuesto, el pálido aroma de Billy.
Había tenido una incómoda reunión con su abuelo. Se había enfurecido porque él no le había dicho las cosas. Y le había dicho, por supuesto, que no lo había hecho. Si le dijeras a los humanos qué contenía el porvenir, no lo sería. Eso tenía sentido. Por supuesto que tenía sentido. Era buena lógica. El problema era que Susan era sólo en su mayor parte lógica. Y así que, ahora, las cosas estaban otra vez en ese estado incómodo y algo frío donde pasaban casi todo el tiempo, en la pequeña familia que funcionaba en disfuncionalidad.
Tal vez, pensó, ése era un estado de familia normal. Cuando pujar se volvía empujar —gracias, Sra. Ogg, siempre recordaría esa frase ahora— dependerían una del otro automáticamente, sin pensarlo. Aparte de eso, se mantenían fuera del camino, una del otro.
No había visto a Muerte de las Ratas últimamente. Era demasiado esperar que estuviera muerto. En todo caso, no había disminuido tanto la velocidad. Eso la hizo pensar con nostalgia en el contenido de su escritorio. Susan era muy estricta respecto a comer en la clase y tenía la opinión de que, si había reglas, entonces se aplicaban a todos, incluso a ella. De otro modo eran simplemente tiranía. Pero tal vez las reglas estaban ahí para hacerte pensar antes de romperlas.
Todavía había media caja del surtido más barato de Higgs & Meakins metida allí entre los libros y los papeles.
Abrir la tapa cuidadosamente y deslizar la mano adentro fue fácil, y lo fue mantener una cara adecuadamente maestril mientras lo hacía. Unos dedos buscadores encontraron un chocolate en el nido de pirotines de papel vacíos, y le dijeron que era un maldito turrón. Pero estaba decidida. La vida era dura. A veces recibías turrón.
Entonces recogió las llaves enérgicamente y caminó hasta la Alacena de Papelería con lo que ella esperaba fuera el paso resuelto de alguien a punto de controlar el suministro de lápices. Después de todo, nunca lo sabías con los lápices. Necesitaban ser observados.
La puerta hizo un clic detrás de ella, dejando solamente la débil luz a través del dintel. Puso el chocolate en su boca y cerró los ojos.
Un apagado sonido de cartón la hizo abrirlos. Las tapas de las cajas de estrellas se estaban levantando suavemente.
Se volcaron y giraron hacia arriba en las sombras de la alacena, brillantes contra la oscuridad, una galaxia en miniatura, girando suavemente.
Susan las observó durante un rato, y luego dijo:
—Muy bien, usted tiene toda mi atención, quien quiera que sea.
Por lo menos, eso fue lo que quiso decir. La peculiar pegajosidad del turrón causó que saliera algo como:
—Muben, ufte tene toda mi atenfón, quenfeaquefea. ¡Maldifión!
Las estrellas se dispararon alrededor de su cabeza, y el interior de la alacena se oscureció en un negro interestelar.
—Si eref tú, Muefte de laz Rataf... —empezó.
—Soy yo —dijo Lobsang.
Tick
