
- •Mascarada1 Terry Pratchett dedicatoria
- •Venga. Le pondría palabras alrededor.
- •Vio al Sr. Balde y al Sr. Salzella sumergidos en una discusión con el director de escena.
- •Ignoró sus orejas hasta que los sonidos del público se convirtieron en apenas un zumbido distante.
- •Varias de ellas se sacudían arriba y abajo airadamente.
- •Varios la miraron como preguntándose, por primera vez, quién era ella.
- •Vio la expresión triunfante de Yaya y gimió.
- •Volvió a mirar la máscara.
- •Iba a ser una de esas noches, lo sabía.
- •Inspeccionó la corbata de moño. Como André había previsto, presentaba ciertos problemas para alguien que había estado detrás de la puerta cuando los cuellos se repartían.
- •Incluso en su estado aturdido, Enrico Basilica alias Henry Perezoso reconoció lo que podía definirse como la dicotomía esencial de la declaración. Se ciñó a lo que sabía.
- •Volvió la espalda al público...
Volvió a mirar la máscara.
—Está bien —dijo, y su voz le sonó áspera—. Sé por qué lo está haciendo. Realmente lo sé.
Ninguna expresión podía cruzar esa cara de marfil, pero los ojos parpadearon.
Agnes tragó. Su parte Perdita quería rendirse ya mismo, porque eso sería lo más excitante, pero ella se mantuvo firme en su terreno.
—Usted quiere ser otra cosa y está obligado a cargar con lo que es —dijo Agnes—. Sé todo sobre eso. Usted tiene suerte. Todo lo que usted tiene que hacer es ponerse una máscara. Por lo menos tiene la forma correcta. ¿Pero por qué tiene que ir y matar a las personas? ¿Por qué? ¡El Sr. Maza no pudo haberle hecho ningún daño! Pero... hurgaba en lugares raros, ¿verdad?, y él... ¿encontró algo?
El fantasma asintió ligeramente, y luego sujetó su bastón de ébano. Sujetó ambos extremos y jaló, para que una larga y delgada espada se deslizara.
—¡Sé quién es usted! —explotó Agnes, mientras él se adelantaba—. Yo... ¡yo podría ayudarle probablemente! ¡Podría no haber sido su culpa! —Dio un paso hacia atrás—. ¡Yo no le he hecho nada a usted! ¡Usted no debe tener miedo de mí!
Se alejó un paso más cuando la figura avanzó.
Los ojos, en los huecos oscuros de la máscara, centellearon como joyas diminutas.
—Soy su amiga, ¿no lo ve? ¡Por favor, Walter! ¡Walter!
Lejos, se escuchó un sonido de respuesta que pareció tan fuerte como el trueno y tan imposible, en las circunstancias, como una jarra de chocolate.
Era el ruido metálico de un asa de balde.
—¿Qué sucede Señorita Perdita Nitt?
El Fantasma vaciló.
Se escucharon pisadas. Pisadas irregulares.
El Fantasma bajó la espada, abrió una puerta en un trozo de escenografía pintada para representar la pared de un castillo, se inclinó irónicamente, y escapó.
Walter giró una esquina.
Era un inverosímil caballero andante. En primer lugar, vestía un traje de etiqueta obviamente diseñado para alguien de forma diferente. Todavía llevaba su boina. También tenía puesto un mandil y llevaba un trapeador y balde. Pero nunca ningún heroico salvador empuñando una lanza galopó sobre un puente levadizo con mayor felicidad. Estaba prácticamente rodeado por un brillo dorado.
—¿... Walter?
—¿Qué le sucede a la Señorita Christine?
—Ella... er... se desmayó —dijo Agnes—. Er... probablemente... sí, la emoción. Con la ópera. Esta noche. Sí. Probablemente. La emoción. Debido a la ópera esta noche.
Walter le echó una mirada ligeramente preocupada.
—Sí —dijo, y añadió pacientemente—, sé dónde hay una caja de medicina ¿voy a buscarla?
Christine gimió y agitó sus pestañas.
—¿Dónde estoy?
Perdita apretó los dientes de Agnes. ¿Dónde estoy? Eso no sonaba como la clase de cosas que alguien dice cuando se despierta de un desmayo; parecía más bien como la clase de cosas que se dicen porque han escuchado que son la clase de cosas que las personas dicen.
—Usted se desmayó —dijo. Miró fijo a Walter—. ¿Por qué estaba usted aquí, Walter?
—Tenía que trapear el baño de los tramoyistas Señorita Nitt. ¡Siempre tiene problemas estuve trabajando en él por meses!
—¡Pero usted viste de etiqueta!
—Sí luego tengo que ser camarero después porque estamos cortos de personal y no hay nadie más para ser un camarero cuando tomen tragos y coman salchichas sobre palos antes de la ópera.
Nadie podía haberse movido tan rápido. Es cierto, Walter y el Fantasma no habían estado en la habitación al mismo tiempo, pero había escuchado su voz. Nadie podía haber tenido tiempo de agacharse detrás de las pilas de practicables y aparecer en el lado opuesto de la habitación en segundos, a menos que fuera algún tipo de mago. Algunas de las muchachas habían dicho que casi les parecía que el Fantasma podía estar en dos lugares a la vez. Quizás había otros lugares secretos como la vieja escalera. Quizás él...
Se detuvo. Walter Plinge no era el Fantasma, entonces. No tenía sentido tratar de encontrar una explicación nerviosa para probar que lo equivocado es correcto.
Se lo había dicho a Christine. Bien, Christine le estaba lanzando una mirada ligeramente desconcertada mientras Walter la ayudaba a levantarse. Y se lo había dicho a André, pero él pareció no creerle así que probablemente todo estaba muy bien.
Lo que significaba que el fantasma era...
... alguna otra persona.
Había estado tan segura.
—Tú lo disfrutarás, mamá. Realmente.
—No es para personas como nosotros, Henry. No veo por qué el Sr. Maspeinado no podía darte boletos para ver a Nellie Stamp en el teatro de variedades. Ahora, eso es lo que llamo música. Melodías correctas que puedes comprender.
—Canciones como ‘Ella Se Sienta Entre Las Coles Y Los Puerros’ no son muy culturales, mamá.
Dos figuras pasaron a través de la multitud hacia el Teatro de la Ópera. Ésta era su conversación.
—Sin embargo, provoca risa. Y no tienes que alquilar trajes. Me parece tonto tener que vestir ropa especial sólo para escuchar música.
—Mejora la experiencia —dijo el joven Henry, que lo había leído en algún lugar.
—Quiero decir, ¿cómo lo sabe la música? —dijo su madre—. Ahora, Nellie Stamp...
—Sigamos, madre.