
- •Mascarada1 Terry Pratchett dedicatoria
- •Venga. Le pondría palabras alrededor.
- •Vio al Sr. Balde y al Sr. Salzella sumergidos en una discusión con el director de escena.
- •Ignoró sus orejas hasta que los sonidos del público se convirtieron en apenas un zumbido distante.
- •Varias de ellas se sacudían arriba y abajo airadamente.
- •Varios la miraron como preguntándose, por primera vez, quién era ella.
- •Vio la expresión triunfante de Yaya y gimió.
- •Volvió a mirar la máscara.
- •Iba a ser una de esas noches, lo sabía.
- •Inspeccionó la corbata de moño. Como André había previsto, presentaba ciertos problemas para alguien que había estado detrás de la puerta cuando los cuellos se repartían.
- •Incluso en su estado aturdido, Enrico Basilica alias Henry Perezoso reconoció lo que podía definirse como la dicotomía esencial de la declaración. Se ciñó a lo que sabía.
- •Volvió la espalda al público...
Ignoró sus orejas hasta que los sonidos del público se convirtieron en apenas un zumbido distante.
O, por lo menos, un zumbido distante roto por la voz de Tata Ogg.
—Aquí dice que Dama Timpani, que canta la parte de Quizella, es una diva —dijo Tata—. Así que yo calculo que esto es como un trabajo de medio tiempo, entonces. Probablemente una buena idea, considerando que tienes que ser capaz de contener la respiración. Buen entrenamiento para la cantante.
Yaya asintió sin abrir los ojos.
Los mantuvo cerrados mientras la ópera empezaba. Tata, que sabía cuándo dejar a su amiga a sus propios pensamientos, trató de quedarse en silencio pero se sentía impelida a hacer algún comentario.
Entonces dijo:
—¡Allí está Agnes! ¡Hey, ésa es Agnes!
—Deja de saludar y siéntate —murmuró Yaya, tratando de regresar a su ilusión.
Tata se inclinó sobre el balcón.
—Está vestida como una gitana —dijo—. Y ahora hay una muchacha que se adelanta para cantar... —miró el programa robado—... la famosa aria ‘Departure’, dice aquí. Ahora eso es lo que llamo una buena voz...
—Ésa es Agnes cantando —dijo Yaya.
—No, es esta muchacha Christine.
—Cierra los ojos, tú anciana tonta, y dime si ésa no es Agnes cantando —dijo Yaya.
Tata Ogg cerró obedientemente los ojos por un momento, y luego los abrió otra vez.
—¡Es Agnes cantando!
—Sí.
—¡Pero está esa muchacha con la gran sonrisa justo ahí enfrente moviendo los labios y todo eso!
—Sí.
Tata se rascó la cabeza.
—Algo está un poco equivocado aquí, Esme. No puedo tolerar que esas personas roben la voz de nuestra Agnes.
Los ojos de Yaya todavía estaban cerrados.
—Dime si las cortinas de ese Palco abajo a la derecha se han movido —dijo.
—Acabo de verlas temblar, Esme.
—Ah.
Yaya se relajó otra vez. Se arrellanó en el asiento mientras el aria la rebalsaba, y abrió su mente otra vez...
Bordes, paredes, puertas...
En cuanto un espacio era cercado se convertía en un universo por sí mismo. Algunas cosas quedaban atrapadas en él.
La música pasó a través de su cabeza de un lado al otro, pero con ella venían otras cosas, hebras de cosas, ecos de viejos gritos...
Derivó más abajo, por debajo del consciente, hacia la oscuridad más allá del círculo de fuego.
Había miedo aquí. Asolaba el lugar como un gran animal oscuro. Se ocultaba en cada esquina. Estaba en las piedras. El viejo terror se agazapaba en las sombras. Eran uno de los terrores más antiguos, el que significaba que tan pronto la humanidad había aprendido a caminar sobre dos piernas, tuvo que caer de rodillas. Era el terror de la inestabilidad, la comprensión de que todo esto pasaría, que una voz hermosa o una figura estupenda eran algo cuya llegada no podías controlar y cuya partida no podías retrasar. No era lo que había estado buscando, pero quizás era el mar en el que nadaba.
Ella bajó aún más profundo.
Y allí estaba, rugiendo a través de la noche del alma del sitio como una fría corriente profunda.
Mientras se acercaba, vio que no era una cosa sino dos, enroscadas una alrededor de la otra. Extendió la mano...
Truco. Mentira. Engaño. Homicidio.
—¡No!
Parpadeó.
Todos se habían girado para mirarla.
Tata tiró de su vestido.
—¡Siéntate, Esme!
Yaya miraba fijo. La araña de luces colgaba tranquila sobre los asientos llenos de gente.
—¡Lo golpean hasta morir!
—¿Qué es eso, Esme?
—¡Y lo lanzan al río!
—¡Esme!
—¡Sh!
—Señora, ¿se sentará de una vez!
—¡... y ahora ha empezado con las Volutas de Turrón!
Yaya cogió su sombrero e hizo una carrera estilo cangrejo a lo largo de la hilera, aplastando algunos de los más finos calzado de Ankh-Morpork con sus gruesas suelas de Lancre.
Tata la siguió de mala gana. Había disfrutado completamente la canción, y quería aplaudir. Pero su par de manos no era necesario. El público había estallado tan pronto como la última nota murió.
Tata Ogg miró el escenario, tomó nota de algo, y sonrió.
—Así fue, ¿no?
—¡Gytha!
Suspiró.
—Ya voy, Esme. Perdone. Perdone. Lo siento. Perdone...
Yaya Ceravieja estaba afuera en el lujoso corredor rojo, inclinada con la frente en contra la pared.
—Es uno malo, Gytha —farfulló—. Todo está retorcido. No estoy en absoluto segura de que pueda hacer que se vuelva bueno. La pobre alma...
Se enderezó.
—Mírame, Gytha, ¿por favor?
Gytha abrió sus ojos obedientemente. Hizo una pequeña mueca de dolor mientras un fragmento de la conciencia de Yaya Ceravieja se deslizaba detrás de los ojos.
Yaya se puso el sombrero, se remetió los ocasionales mechones rebeldes de pelo gris y luego tomó, uno por uno, los ocho agujones y los hincó con la misma resolución cejijunta con que un mercenario podría revisar sus armas.
—Muy bien —dijo por fin.
Tata Ogg se relajó.
—No es que me moleste, Esme —dijo—, pero desearía que uses un espejo.
—Desperdicio de dinero —dijo Yaya.
Ahora completamente blindada, partió a grandes zancadas a lo largo del corredor.
—Me alegra ver que no perdiste la paciencia con el hombre que se metió con tu sombrero —dijo Tata, corriendo por detrás.
—No importa. Va a estar muerto mañana.
—Oh, cielos. ¿De qué?
—Atropellado por un carro, creo.
—¿Por qué no le dijiste?
—Podría estar equivocada.
Yaya llegó a las escaleras y las bajó con estruendo.
—¿Adónde vamos?
—Quiero ver quién está detrás de esas cortinas.
El aplauso, distante pero todavía estruendoso, llenaba el hueco de la escalera.
—Les gusta la voz de Agnes indudablemente —dijo Tata.
—Sí. Espero que estemos a tiempo.
—¡Oh, cabrón!
—¿Qué?
—¡Dejé a Greebo allá arriba!
—Bueno, le gusta conocer nuevas personas. Por Dios, este lugar es un laberinto.
Yaya entró por un corredor curvo, algo más lujoso que el que habían dejado. Había una serie de puertas a lo largo.
—Ah. Ahora, entonces...
Caminó a lo largo de la hilera, contando, y luego probó un tirador.
—¿Puedo ayudarlas, damas?
Se volvieron. Una pequeña anciana se había acercado por detrás sin hacer ruido, llevando una bandeja de bebidas.
Yaya le sonrió. Tata Ogg sonrió a la bandeja.
—Nos estábamos preguntando —dijo Yaya—, a qué persona le gusta sentarse con las cortinas casi cerradas en estos Palcos.
La bandeja empezó a temblar.
—Oiga, ¿sujeto eso por usted? —dijo Tata—. Usted derramará algo si no tiene cuidado.
—¿Qué sabe usted sobre el Palco Ocho? —dijo la anciana.
—Ah. Palco Ocho —dijo Yaya—. Ése sería, sí. Que es éste aquí, ¿no...?
—No, por favor...
Yaya se adelantó y agarró el picaporte.
La puerta estaba con llave.
La bandeja fue empujada a las manos acogedoras de Tata.
—Bien, gracias, no me molesta si... —dijo.
La mujer tiró del brazo de Yaya.
—¡No lo haga! ¡Causará una terrible mala suerte!
Yaya se libró de la mano de ella.
—¡La llave, señora! —Por detrás, Tata inspeccionaba un vaso de champaña.
—¡No le haga enfadar! ¡Es suficientemente malo como es! —La mujer estaba evidentemente aterrorizada.
—Hierro —dijo Yaya, haciendo sonar el picaporte—. No puedo hacer magia sobre el hierro...
—Oiga —dijo Tata, haciendo un paso adelante de una manera un poco inestable—. Dame uno de tus agujones. Nuestro Nev me ha enseñado toda clase de trucos...
La mano de Yaya subió hasta el sombrero, y luego miró la cara arrugada de la Sra. Plinge. Bajó la mano.
—No —dijo—. No, creo que lo dejaremos por ahora...
—No sé qué está ocurriendo... —sollozó la Sra. Plinge—. Nunca solía ser así...
—Suénese bien —dijo Tata, pasándole un pañuelo sucio y palmeándole amablemente la espalda.
—... no había nada de esta cosa de asesinar personas... él sólo quería un lugar desde donde mirar la ópera... lo hacía sentirse mejor...
—¿De quién estamos hablando? —dijo Yaya.
Tata Ogg le lanzó una mirada de advertencia por encima de la cabeza de la anciana. Había algunas cosas que era mejor dejarlas a Tata.
—... lo abriría para mí una hora todos los viernes, para limpiar y siempre dejaba una pequeña nota que decía gracias o se disculpaba por los chocolates bajo el asiento... y dónde estaba el daño de eso, eso es lo que quiero saber...
—Sóplese otra vez —dijo Tata.
—... y ahora hay personas cayendo como moscas... dicen que es él, pero sé que él nunca representó ningún daño...
—Claro que no —dijo Tata, con dulzura.
—... muchas veces los he visto mirar hacia el Palco. Siempre se sentían mejor si lo miraban... y entonces el pobre Sr. Maza fue estrangulado. Miré por allí y estaba su sombrero, exactamente como...
—Es terrible cuando eso ocurre —dijo Tata Ogg—. ¿Cuál es su nombre, querida?
—Sra. Plinge —sorbió la Sra. Plinge—. Bajó delante de mí. Lo habría reconocido en cualquier lugar...
—Creo que sería una buena idea si la llevamos a casa, Sra. Plinge —dijo Yaya.
—¡Oh, cielos! ¡Tengo todas estas damas y caballeros de los que encargarme! Y de todos modos es peligroso ir a casa a esta hora de la noche... Walter me acompaña a casa pero esta noche tiene que quedarse tarde... Oh cielos...
—Tenga, sóplese otra vez —dijo Tata—. Busque un trocito que no esté demasiado empapado.
Se escuchó una serie de taponazos agudos. Yaya Ceravieja había trabado los dedos y extendido las manos para hacer sonar los nudillos.
—Peligroso, ¿eh? —dijo—. Bien, no podemos verle a usted contrariada de este modo. La acompañaré a casa y la Sra. Ogg se encargará de las cosas aquí.
—... sólo tengo que atender en los Palcos... tengo que servir todas estas bebidas... podría jurar que las tenía hace un momento...
—La Sra. Ogg conoce todo acerca de bebidas —dijo Yaya, mirando furiosa a su amiga.
—No hay nada que no sepa sobre bebidas —aceptó Tata, vaciando desvergonzadamente el último vaso—. Especialmente de éstas.
—... ¿y qué pasará con nuestro Walter? Se pondrá loco...
—¿Walter es su hijo? —dijo Yaya—. ¿Lleva una boina?
La anciana asintió.
—Siempre vuelvo a por él si está trabajando tarde... —empezó.
—Usted vuelve a por él... ¿pero él la lleva a casa? —dijo Yaya.
—Es... es... es... —La Sra. Plinge se animó—. Es un buen muchacho —dijo desafiante.
—Estoy segura de que lo es, Sra. Plinge —dijo Yaya.
Levantó cuidadosamente la poco blanca cofia de la cabeza de la Sra. Plinge y se la pasó a Tata, quien se la puso, y también tomó el poco blanco mandil. Eso era lo bueno del negro. Podías ser casi cualquier cosa, vistiendo de negro. Madre Superiora o Señora, era realmente sólo una cuestión de estilo. Sólo dependía de los detalles.
Se escuchó un clic. El Palco Ocho había echado llave. Y entonces se oyó el muy apagado chirrido de una silla cuando es calzada bajo el picaporte.
Yaya sonrió, y tomó el brazo de la Sra. Plinge.
—Estaré de regreso tan pronto como pueda —dijo.
Tata asintió, y las observó alejarse.
Había una pequeña alacena al final del corredor. Contenía un taburete, el tejido de la Sra. Plinge, y un bar pequeño pero muy bien provisto. También había, sobre una tabla de caoba lustrada, una cantidad de campanas sobre grandes muelles.