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La campana del príncipe

El timbre sonó insistentemente. Me apresuré a abrir la puerta.

− Perdón, − me dijo el cartero. – Es que este paquete pesa mucho.

Se lo quité de la espalda y comprendí entonces que quería desprenderse de él cuanto antes2.

− ¿Está usted seguro de que es para mí? – le pregunté.

− La dirección y el nombre no dejan lugar a dudas. – Me contestó el cartero y se secó el sudor. Después añadió. – Me gustaría saber1 qué contiene.

− Yo tampoco lo sé, y estoy tan intrigado como usted. Entonces, ¡vamos a ver!

Mi amigo Elefante y el cartero observaron cada uno de los movimientos de mis manos cuando trataba de desatar la cuerda con la que estaba atada la caja.

− ¡Es una campana! – exclamó el cartero.

− ¡Es la campana! – grité yo.

− ¿Pertenece a alguna iglesia?

− No, pertenece al Príncipe.

− ¿De qué país?

− Del océano. El Príncipe es un barco muy hermoso... ¡Ah! También hay una carta.

El cartero se despidió y cuando me quedé solo empecé a leer la carta que decía así:

Querido amigo:

Todas las cosas tienen su principio y su final. Es muy hermoso contemplar cómo un barco abandona el dique seco y toma contacto con el mar por primera vez. Pero el tiempo pasa y los barcos se hacen viejos. Es que nuestro Príncipe ha naufragado. Yo he salvado su campana para ti. Un abrazo, capitán.

Tu contramaestre,

Sergio.

Elefante tomó la campana por su cuenta y la hizo sonar de forma intermitente. Aquel sonido estimuló mis recuerdos: el mar en calma y el mar agitado; los días de camaradería felices e inolvidables; ciudades nuevas y diferentes; los divertidos delfines que buscaban nuestra compañía y los voraces tiburones que nos perseguían; las indiferentes ballenas, mi pequeño camarote y mi gorra azul de capitán.

Pero Elefante pasaba semanas haciendo sonar insistentemente la campana2 y la repetición de ese sonido en el apacible entorno de la casa acabó por borrar los recuerdos de mis tiempos del mar.

Preguntas del texto:

  1. ¿Quién llegó un día a la casa del amo y Elefante?

  2. ¿Qué trajo el cartero?

  3. ¿Qué tipo de campana contenía el paquete?

  4. ¿Quién había enviado la campana al amo y por qué?

  5. ¿Qué empezó a hacer Elefante con la campana?

  6. ¿Cuáles eran los recuerdos que estimuló aquel sonido?

  7. ¿Por qué desaparecieron por fin los recuerdos de los tiempos del mar?

Tres cuentos populares una apuesta con el diablo

Hace muchos años, el diablo se puso a tentar a San Crispín, que era labrador. Para eso, adquirió un campo junto al de San Crispín, y lo sembró. Le propuso lo siguiente: si acertaba con lo que había sembrado, le entregaría1 su cosecha, pero si no lo acertaba al tercer intento, él se quedaría2 con la suya. Estaba seguro de que ganaría3 la apuesta, y de que San Crispín iba a desesperarse y blasfemiar, e iba a entregarle su alma.

San Crispín aceptó, aunque veía la intención del diablo. Sin embargo, cuando empezaron a brotar las plantas en el campo del demonio, se dio cuenta de que no las conocía: y ningún labrador de los alrededores sabía qué era aquello. Pero se le ocurrió una idea. Dijo al diablo:

− Ten cuidado4 con el campo, porque anoche di una vuelta por allí y vi cerca de tu campo una bestia muy extraña.

Todo el contento del diablo desapareció enseguida, y se propuso velar el campo de noche. En cuanto llegó la noche, se metió San Crispín en un cubo de miel, se revolcó luego en un montón de plumas y se fue al campo enemigo. Su aspecto desconcertaba. Tenía traza de animal, de hombre y de pájaro. Llegó al campo, se agachó, y en cuanto el diablo comenzó la vigilancia, se puso a caminar a cuatro patas, meterse por los surcos y roncar tremendamente. El diablo, que lo vio en la oscuridad, tuvo que santiguarse. Él no sabía que en el mundo había monstruos así. Temblaba de miedo, y empezó a sentirse mal, pero pudo sacar fuerzas para espantar al monstruo:

− ¡Eh, monstruo – gritó, − que me vas a estropear las lentejas5!

Y el monstruo, pesadamente, desapareció en la noche.

Llegó el día terrible. El diablo se acicaló para visitar al santo, y se presentó ante él con una arrogancia muy provocativa.

− ¿Sabe usted a qué vengo? – le preguntó.

− Sí, señor.

− ¿Y recuerda usted la apuesta?

− Sí, señor.

− Si a la tercera vez no acierta usted, toda su cosecha es mía. Entonces, ¿qué es lo que sembré en mi campo?

− Lino.

− No.

− Mijo.

− Tampoco.

El diablo bailaba de alegría:

− Por última vez, Crispín; ¿qué es lo que tengo en mi campo?

− ¡Lentejas, hombre, lentejas!

Y el diablo soltó un bufido, y salió más corrido que una liebre.

Preguntas del texto:

  1. ¿Qué era San Crispín?

  2. ¿Qué hizo el diablo para tentarle?

  3. ¿Qué apuesta hicieron?

  4. ¿Sabía San Crispín o algún otro labrador cómo se llamaban las plantas en el campo del demonio?

  5. ¿Qué le dijo San Crispín a su enemigo una vez?

  6. ¿Qué hizo San Crispín para convertirse en un monstruo?

  7. ¿Qué sintió el diablo cuando le vio?

  8. ¿Qué gritó entonces?

  9. ¿Cómo se presentó el diablo ante San Crispín el día fijado?

  10. ¿Cómo salió el diablo cuando San Crispín dio la respuesta correcta?

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